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Palabras ante un Premio
 
María del Carmen Barcia Zequeira | La Habana
Fotos: Alejandro Ramírez
 


María del Carmen Barcia, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2003

Tratando de no pensar en esta ocasión, que no por protocolar es menos emotiva, han transcurrido algunos días desde que me fue concedido el Premio Nacional de Ciencias Sociales. Pasado el primer momento y la indiscutible sorpresa que me provocó esa noticia, permanecen las dudas de su merecimiento, y también cierta reflexión sobre qué azar del destino pudo motivar esta circunstancia.

No puedo decir, como otros amigos, que desde niña me atrajese la historia, tampoco que hubiera crecido en un hogar cuyo ambiente familiar me acercase a esos temas. Mi padre fue un inmigrante gallego, fabulador, buscador de inexistentes tesoros de piratas, al cual debo, ineludiblemente la capacidad de imaginar, y la posibilidad de trasladarme a otros ambientes; y mi madre es una campesina pinareña, mantuana por más señas, encargada de ajustar cuanta tuerca disciplinaria aflojase mi padre, a la cual debo el rigor, el método y la autoexigencia.

De España me llegó también la influencia de la República, cuando la Guerra civil arrojó a nuestras playas un primo, que  a pesar de su juventud era ya profesor de la Universidad de Granada, y aún cuando no puedo recordar su presencia física, pues la edad no me alcanzaba para eso, las influencias que sembró en mi familia me marcaron para toda la vida. En mi casa quedó la biblioteca que reunió durante sus años en Cuba, y los suyos fueron mis primeros libros: Obras dramáticas, poesía y mucha literatura de izquierda. De esa forma me familiaricé con José Martí, García Lorca y Martínez Villena, hojeé artículos de Ultra y de Espuela de Plata, leí sin entender Bufa Subversiva y abrí por primera vez un libro de carátula roja, muy grueso, que volví a poner en su lugar y no estudié hasta los años 60: El Capital, de Carlos Marx, en la pésima traducción de Wenceslao Roces.

Al recibir el premio de manos del Ministro de Cultura Abel Prieto e Iroel Sánchez, Presidente de esta FIL

De niña escribía versos, recitaba por todas partes y dibujaba. Probablemente porque Rubia Barcia, mi primo español, era un hombre de teatro, me interesó ser actriz, y paralelamente a mis estudios de bachillerato, matriculé en la Escuela de Arte Dramático y tuve la suerte de tener como profesores, ya en su madurez, a Modesto Centeno, a Ramonín Valenzuela, a Mario Rodríguez Alemán y a Julio Martínez Aparicio. En mi entorno no estaba presente nada que tuviera que ver con la historia, como no fuera la fascinación por las culturas antiguas que alimentaba un imaginario que me permitía trasladarme a las Pirámides de Egipto, a la Ur de los Caldeos, o a la Grecia de Homero. A esa etapa de sueños puso punto final la situación del país.

Los años 60 me atraparon trabajando en el Museo Nacional de Bellas Artes y también estudiando en la Universidad de La Habana, entre ejercicios de milicias, reuniones de la UJC, libros y trabajos voluntarios. Las visitas de Fidel a nuestro más alto centro docente eran frecuentes y en una de ellas planteó la necesidad de formar profesores para la secundaria y el preuniversitario, adonde llegarían los alfabetizadores. El Plan de Fidel fue mi primer acercamiento a la profesión, simplemente porque debía escoger entre ser profesora de Gramática o de Ciencias Sociales, y la primera opción no me atraía lo suficiente.

Desde ese momento, a las deudas familiares se sumaron otras también impagables, las que tengo con mis maestros, con Estrella Rey, que no solo fue mi profesora en la Universidad, sino la persona que dirigía, con el norteamericano Leonel Martin, nuestra formación como profesores, y las acumuladas con el claustro de Filosofía y Letras, desde los que eran entonces muy jóvenes como Graziella Pogolotti o Adelaida de Juan, hasta los que habían alcanzado, desde mucho tiempo atrás, un lugar en sus respectivas especialidades, como Rosario Novoa, Vicentina Antuña, Fernando Portuondo, Hortensia Pichardo, Elena Calduch, todos nos enseñaron, no solo sus respectivas asignaturas, sino una ética ante la vida.

La mayor parte de los alumnos de mi promoción, una vez graduados, debimos quedarnos en la Universidad, pues el éxodo de profesores había dejado numerosos vacíos en el claustro que tenían que ser descubiertos. Mis aspiraciones personales me inclinaban al departamento de Historia del Arte, pero en este no había plazas, las necesidades se perfilaban en el área de Historia y fue entonces que enrumbé, definitivamente, por ese camino.

La Escuela de Historia se convirtió entonces en uno de los polos de mi vida, trasladada la familia a la Universidad y la Universidad a mi casa en un movimiento continuo y constante que dejaba pocas opciones. La categoría de tiempo libre, en ese contexto, era puramente surrealista y a las deudas profesionales se sumaron las familiares, con mi compañero que compartía ese desandar constante y fatigoso, y con mis hijas que crecieron entre reuniones burocráticas y discusiones académicas.

A pesar de todo considero que logré mantener un nivel decoroso de actualización profesional, agradezco a Sara Fildelzait los libros que me facilitó y que de otras formas no hubiera conseguido. A Sergio Benvenuto, el espíritu innovador, la amplitud  de miras y cierta osadía intelectual; a Sergio Aguirre, la imperiosidad de abordarlo todo o perecer; a Fernando Portuondo, su confianza en que llegaría cuando no era nadie; a Hortensia Pichardo, por su ejemplo de trabajadora incansable y perfeccionista; a mis años en el Instituto de Historia de Cuba, la insólita posibilidad de dedicar todo mi tiempo a lo que más me gustaba, investigar, y la sana disposición de mis compañeros de trabajo: Oscar, Gloria, Fe, Doria, Mercedes e Imilcy, en fin todos los que trabajamos juntos en esa etapa, a compartir conocimientos y datos, a mis alumnos de tantos y diversos cursos, el afán de estudiar por dar una buena clase, la pregunta que me hizo pensar, la duda que me ayudó a confirmar una idea, y la juventud que me hace ver la edad como una actitud ante la vida; a Marta, Berta, Beba, Aurea, Daisy, Lucy, Alicia, Josefina, Leonor, Eduardo, Alejandro, entre todos los que no debo olvidar, mis amigas y amigos de entonces, ahora y siempre, el entendimiento y la complicidad, a algunos colegas que también recuerdo, una intransigencia que me hizo ser más humana.

Estoy llena de deudas ante un premio que apenas me pertenece, pero si él contribuye a saldarlas, me doy por satisfecha.

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