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El editor intermediario
y el performance carildiano
 
Laura Ruiz Montes | La Habana


Ejercer de mediador en las necesidades personales y colectivas presupne un esfuerzo que quizá solo el entusiasmo puede llevar adelante. Mediar y rconciliar, es el oficio, la labor, la misión de un editor. Esto conlleva altas exigencias, pero está bien —muy bien , creo yo— que todavía se espere algo de algún oficio.

La labor de permanecer en línea neutra, siendo aliado de todas las partes, es una tarea riesgosa por todo aquello que los implicados esperan del intermediario. Esperan los lectores, espera el autor y por si fuera poco, espera también el editor en cuestión.

Editar a Carida Oliver Labra es una misión de guerra en tiempo de paz. Desde el inicio es preciso entrar en un campo minado. Trabajar con textos de una porta tan reconocida y leída constituye un acto casi suicida. Encontrar la punta del ovillo por el cual habrá de tirar para desenredar la madeja es lo más difícil, sobre todo cuando se trata de recolococar un mito de tamaña magnitud.

Lo que sostiene el mito es la tenacidad y contra esa tenacidad habrá de luchar el editor. Habrá de adentrarse en un mundo sumergido. Bucear —también tenazmente— hasta encontar la  Altántida poética que permanece debajo de los más leídos, publicados, antologados y hasta declamados de la Oliver.

Pero puede suceder que ese proceso de búsqueda provoque una ruptura, un desgarrón de muchas expectativas. Puede suceder que con determinada selección de textos queden mortalmente heridas las necesidades colectivas.

Procurar el placer presupone entrar en un camino agónico. Sentir que alguien pueda haberlo hallado, despierta las más increíbles sensaciones y morbosidades. Esa debe ser una de las causas por la que desde el año 1946, el poema “Me desordeno amor, me desordeno” se ha convertido quizás en el texto más antologado, leído y declamado de Carilda Oliver Labra.

La gracia erótica es una experiencia extrictamente presonal que al ser escrita, descrita, versificada y cantada pasa a hacerse colectiva y provoca una regocijada sensación de transgresión.

“...Te toco con la punta de mi seno...” pasó a ser el máximo deseo de un momento, el estado de ánimo, el espíritu de una época, la necesidad de reconocerse en el acto íntimo que queda develado a voces ante los ojos de otros iguales deseosos (o no) de recibir ese deleite. He aquí una de las posibles explicaciones ―digámoslo con palabras de marketing― para el éxito de estos versos, para el entusiamo que aún después de más de cincuenta años continúan despertando.

Difícil, extremadamente difícil la labor del editor —intermediario que decide, pese a las expectativas colectivas, no incluirlo en una antología o selección de la obra de Carilda Oliver y afronta la posibilidad de parecerles a muchos un pecador insensato más difícil aún si lucha por conformar una selcción de texto donde destierre a plena conciencia los poemas que más idealicen el Eros, los textos que la convierten en una líder del cuerpo, porque sabe que —como escribió E. Ichikawa— existe el peligro de convertir el placer en un dogma y por eso una duda, un sano escepticismo es necesario.

Hurgar en el performance carildiano puede resultar, para un editor un fuerte enfrentamiento con el mito de esta mujer que ha jugado a inventarse y creerse sus propios fantasmas y se ha atrevido a hacer que los demás crean en ellos.

En el cuadro “Alegoría de amor”, cuando Cupido acaricia el seno de Venus no ocurre todo el desorden que ciertas zonas de la poesía de Oliver provoca. El porqué, la respuesta de estas diferentes reacciones públicas, siguen estando en las necesidades colectivas no satisfechas, en los deseos de transguedir a cualquier precio. Ya se sabe que la noche, el minuto, el momento o el segundo de nuestras vidas en el que creemos que estamos transguediendo espacios físicos, emocionales o morales pasa a formar parte definitiva del mapa de la eternidad que cada quien se autoconforma.

De todo esto intenta en ocasiones huir el editor porque sabe que existe una trampa bien simulada bajo estos versos eróticos. Existe una Carilda ajena a lo que ocurre en ese primer plano, ajena a lo que ocurre en la escena principal cuando las luces están no encendidas, pero no apagadas, y los deseos aún están vibrando con toda su fuerza pero sí latiendo por entre los muslos a punto del estallido. Existe una Carilda a la que “le estorba la carne en la que habita” pero que se encarga de disimularlo con maestría. En pos de ese camino ambiguo va el editor. Misión altamente riesgosa y casi imposible.

 Como mismo después de acabadas algunas guerras, hay expedientes imposibles de desclasificar, así también hay mitos casi imposibles de recolocar. El editor que intente que la obra de Carilda sea leída y asimilada más por lo que calla que por lo que dice, sabe de antemano que tendrá ante sí una ardua tarea. Sería casi —salvando las distancias, claro está— como pretender develar el enigma de “Las Meninas”, uno de los cuadros con mayor misterio y secreto del arte español. Buscar el porqué de la puerta de salida que lo es también de entrada y el porqué de los espejos. O intentar separar en el laboratorio los diferentes átomos de un compuesto químico.

La poesía, la literatura, el arte, es sabido que sobrepasan al creador y no siempre es otorgada la posibilidad de convertir el arte, la literatura, la poesía en algo manejable. Los versos han sobrepasado a Carilda, se le han escapado. El editor siempre habrá de tener esto en cuenta. El editor deberá tener la entereza necesaria para no perder la paciencia porque como apuntara alguna vez Lezama Lima: algún día el mito se cumplirá al revés. Para ese entonces los cuerpos expectantes no buscarán el placer escrito en los versos, sino serán estos los que correrán detrás del editor —intermediario, detrás de los lectores, detrás de los hombres, pugnando por regresar hacia el íntimo adentro con el que quizás no debieron nunca cortar la dependencia umbilical, la vital y definitoria razón de existencia.

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