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APOCALIPSIS
José David Curbelo
I
Esta ya no es mi historia, ni la vuestra,
sino el surco aprendido del naufragio,
la soledad apenas entrevista
que esparce la virtud, como si el guante
de un retador el rostro nos cruzara.
No les voy a contar ningún delirio,
mis monstruos son tan dóciles que tiemblan;
sólo vengo a imponerles que los palpen,
que les den la humildad de ser feroces,
el reclamo salvaje de su suerte.
Esta ya no es la culpa. No propongo
el surtidor manchado del mancebo,
no la piel entreabierta donde el agua
suele formar artísticas crueldades;
ahora estamos al este del suicidio
pidiéndonos brebajes con urgencia,
embotando lo efímero del odio,
la plástica misión del juego asiduo.
Esta ya no es la historia en que el chicuelo
tembló prendido al espesor del alba,
en que fue deslumbrado por la línea
que sobre el ojo la familia engendra;
no es la historia ritual del matrimonio
lleno de meditada intolerancia,
de pájaros de un golpe en la mejilla,
o en la mitad más húmeda del cerco:
pájaros que cerraron las esclusas,
estrujaron el humo y la cebada,
o simplemente ardieron, vacilantes,
cuando el calor sustituyó al espanto.
Esta ya no es la historia de las máscaras
arropadas, con tino, antes del baile,
ni la orquesta inventada bajo el soplo
del arco con la cuerda más oscura.
No les puedo afirmar que sea distinta
esta historia de guerra y bajo aliento;
sólo vengo a invocarles que me escuchen:
la destrucción comienza por mí mismo.
¿De qué resina genital henchido
corto y pulo maderas ignoradas
por el prójimo y yo? ¿De cuál simiente
nacer hago una lámina tras otra
como hurtándole a Dios el tiempo dado?
¿Adónde lleva este galope? ¿Saben
cuál es el punto vil de la llegada?
¿Quiénes han de esperarme en esa tierra
si tengo la arrogancia, el pesimismo
del triunfador veloz que pronto muere?
¿No es una estela el porvenir acaso
cuando los enemigos se disparan
y los parcos adornan la cicuta
en el cuenco de un agua irreversible?
¿Quién podrá predecir el mutuo golpe,
quién arriesgar la permanencia, el salto
a una inmortalidad que no quisimos?
¿Cómo han de verse un día mis brocales,
mis grietas, mis cordones honorarios?
¿Quién va a decirle al similar mi nombre,
quién ha de bautizar a un hijo suyo
con el pecado bíblico que ostento?
Todas son las preguntas, las mentiras,
las posibles verdades. Todo es nada.
Yo seguiré tallando mis maderas,
sorbiendo el escampar de los laúdes,
respirándome el páramo en silencio.
Ya vendrán a buscarme los verdugos,
los traidores, o el rey para rendirse.
De la aturdida multitud que pasa
a presenciar mi ejecución, ninguno
osa encararse con el mal. Van yertos.
El miedo les corrompe la costumbre,
la placidez en lo fatal, la envidia.
Todos, cual si corderos embridados,
dan urgentes el trino de la esfinge:
untan su cuerpo del metal prohibido
y se sacian en ellos, en su sombra.
Son una piara adulta que fenece
enseñando el desastre a sus pupilos,
los cultores de un júbilo más ebrio,
de una piedad rayana en el absurdo.
Vienen a ver mi candidez, se asustan
de la ofrenda mezquina con que azotan
y escapan endeudados, displicentes,
ante mi sobria soledad. Les pego
en la mejilla opuesta al desamparo;
les ordeno mi sorna; los convoco
a esta crucifixión donde se pierden.
Ellos siguen viniendo a contemplarme,
pero ya no hay paisaje entre mi arcilla,
ya me esculpí en el sol. Ya soy el otro.
(De Salvado por la danza,
Ediciones Unión, 1995) |