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Sobre la belleza del
cuerpo humano
vista por los filósofos
René Coyra
1
belleza del cuerpo
visto desde la ventanilla del tren
en año sabático
desde el carretón de caballos que se
niega a obedecer.
en la oscuridad los rostros
parecen seres que ocultan su existencia
tienen un corazón y una túnica los
envuelve
una rémora amaestrada les sirve de cobijo
bajo el agua profunda de los cuerpos
tú contemplas el amanecer.
los rostros que se dejan mirar
por una lucecita tenue
te muestran la poca ternura que les
queda.
yo tuve este cuerpo
y el diminuto cuerpo tuyo
y el de quien pidió un poco de dinero
y nada de fulgor.
el deseo del paciente
la insistencia de tu respiración
en el otoño verdadero.
4
atrévete a pensar
señoreaban las sombras
a los cuerpos que pasaban por delante
de la caverna
cavidad subterránea y lóbrega
de donde los cuerpos solo escaparán
si se atreven a hacerlo.
Retrato
de muchacho con galgo
(según antiguo y poco conservado
dibujo)
a la espera del día viernes
la impertinente llovizna
vuelve menos verosímil la partida del
muchacho
con el galgo a cuestas.
su rostro refulge
más que la belleza singular del galgo
hambriento por el nimio estío.
luz que no es ni luz ni lumbre
ni errática bonanza del vidente.
coloca mano sobre torso
haciendo gesto de amantísimo padre.
ojos de diablo y dientes filosos
hechos para comer de la mano del hombre
incluso.
el lebrel sería más hermoso
si descansara en su mano
parecido a un muy fino mantel
(nadie se apiadará de una mano como esta
si no estuviésemos condenados a la
soledad).
larga fila de árboles semeja el largo
collar
que termina en serena mano.
por qué sujeta con tanta urgencia al
animal
si ningún acontecimiento alejará el belfo
de la bestia
de la humeante cintura del muchacho,
beso más extravagante que la naturaleza
de las cosas que no tiene fin.
los transeúntes no pueden notar la
belleza del gesto
solo se atreven a increpar la
extravagancia del joven
navidad de animal y bestia.
poco sabemos sobre los nacimientos.
es vil el hombre común
no siente la paz que trasmite el lebrel
como vasos de hierbas, amasijo de objetos
inservibles
recordándonos una noche, un gesto, un
mínimo color.
no hay cárcel que pueda reprender la
belleza del galgo,
el
muchacho pasea en paz bajo la llovizna enemiga. |