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EL DON DE LA UTILIDAD
 
“Creo que si hubiese tenido en el año 1974 la experiencia de realizar una edición como la Biblioteca familiar, hoy sería mejor editor. Además de las 21 antologías publicadas, tengo 17 sin publicar. Eso es solo una parte de mi vida como editor; la Biblioteca familiar es otra, enorme, trascendente e irrepetible”. Esteban Manuel Llorach Ramos, Premio Nacional de edición 2003.


Jorge Sariol | La Habana
Fotos: Jorge Luis Baños y Alejandro Ramírez

 

Esteban Manuel Llorach Ramos, conocido editor de la casa Gente Nueva desde 1974, ha recibido el Premio Nacional de edición 2003, distinción instaurada por primera vez en 1998 y conferida antes a Imeldo Álvarez García, Radamés Giro, Ambrosio Fornet, Eduardo Heras León y Ana María Muñoz Bach, a quienes ya varias generaciones de cubanos agradecen el empeño.

Llorach tieno hoy un average significativo: recibió la Distinción Por la Cultura Nacional (1996), los premios de Cultura Comunitaria (1998), así como también el Romance de la Niña Mala (UNEAC de Sancti Spíritus) (2001) y el Premio Abril de Edición por el conjunto de su obra (2002). y el haber sido laureado en cinco ocasiones con el Premio La Rosa Blanca, de la UNEAC

En una nota oficial puede leerse: “Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana en 1974, año en que precisamente comenzó su extensa trayectoria editorial en Gente Nueva, Llorach Ramos (La Habana, 1950) ha tenido a su cargo incontables títulos de la literatura infantil y juvenil cubanas (y de otras manifestaciones), y por algunos de ellos ha ganado en cinco ocasiones el Premio La Rosa Blanca de la UNEAC. Tales son los casos de Platero y yo (1997), Leer a Martí (1998, 1999), Sol sin prisa (2000), De sangre a flor (2000) y Las perlas de la mora (2001). Asimismo, ha recibido la Distinción por la Cultura Nacional (1996) y los Premios de Cultura Comunitaria (1998) y Romance de la Niña Mala (UNEAC de Sancti Spíritus, 2001) y, al siguiente año, el Premio Abril de Edición por el conjunto de su obra.

Vicepresidente de la Sección de Literatura Infantil y Juvenil de la Asociación de Escritores de la UNEAC, la labor de Esteban no se ha limitado a la edición de libros, pues comprende veinte selecciones (con introducción y notas suyas), entre ellas, En el corazón de un poeta, de Pablo Neruda; De sangre a flor, de César Vallejo; En mi pecho bravo, de José Martí; Contra tu pecho desnudo, de Walt Whitman; De América soy hijo (setenta y cinco autores latinoamericanos), Las perlas de la mora (poesía árabe, hispano-árabe e hispano-hebrea), Luna de otoño (haikús japoneses) y Fábulas de Jean de la Fontaine. Es de destacar igualmente su ininterrumpido quehacer docente y de asesoramiento (conforma el Consejo Técnico Asesor del ICL y realiza similar función en el Consejo Nacional de Casas de Cultura), así como su trabajo en la Colección Biblioteca Familiar desde el 2001.

Ha realizado, entre otros trabajos, las siguientes selecciones:

Autores soviéticos. A la luz del día, 1978.
Esopo. Fábulas, 1980, 1993, 1995 (Introducción y notas, además.)
Mayakovski, Vladimir. Mi descubrimiento de América y otros escritos, 1980. (Introducción).
Mansfield, Katherine. Una taza de té, 1981, 1989. (Con prólogo de Eliseo Diego).
Neruda, Pablo. En el corazón de un poeta, 1984, 1988, 1997 (Introducción y notas...).
Autores soviéticos. No habrá lluvia hoy, 1986. (Introducción.).
Estevanell, J.E. Santiago, 1987. (Introducción).
Martí, José. Sin amores, 1991.
Vallejo, César. De sangre a flor, 1992, 1998. (Introducción, cronología y notas).
Martí, José. En mi pecho bravo, 1996. (Introducción y notas).
Whitman, Walt. Contra tu pecho desnudo, 1998.
Autores latinoamericanos. De América soy hijo, 2000. (Introducción y notas.)
Del clavel enamorado  Antología de teatro para niños.  Prólogo y selección para la  Colección Biblioteca Escolar. 

Con semejante hoja de servicios pudiera pensarse que ya se ha hecho todo: “me ha faltado por hacer radio, televisión y cine, medios en los cuales la edición tiene mucha importancia. Con cualquiera de las antologías que he editado ―publicadas hasta el momento―, se puede hacer recitales en la radio o guiones para la televisión. Me lo tengo porpuesto antes de morirme, estoy buscando la oportunidad”.

Trabajar en Gente Nueva,  ¿qué le ha aportado? ¿Qué ha dejado Ud.,  allí ?

Me ha aportado tenacidad y resistencia , capacidad para investigar ; lo que separa a un editor de otro, es la  capacidad para investigar en cualquiera de las ramas. Incluso en la didáctica de la edición, que es una temática que imparto en el diplomado de edición, en la Facultad de Comunicación, donde soy profesor titular.

Pasé por todas las dependencias de Gente Nueva: desde la redacción de historia, cuando no había redactor , hasta el trabajo en textos de ciencia y técnica, y libros de artes plásticas. Cuando llegué al ICL, por preferencia ―porque decidí que allí desarrollaría un trabajo que valdría la pena― me fui a la editorial de textos infantiles. La literatura infantil fue menospreciada siempre, porque desde siglos no se le daba al niño la importancia dentro de la familia ― por eso es antigua,  escasa y mala. Hoy eso ha cambiado mucho.

En Cuba, una de las primeras ideas que se lanzaron a la sociedad cuando triunfó la Revolución fue “nada es más importante que un niño”. Eso explica la difusión que han tenido en la literatura infantil, personalidades  como Reneé Méndez Capote, Dora Alonso o Mirta Aguirre, con una vastísima cultura y con una producción literaria de altos kilates.

Si vas al siglo XIX la máxima representación está en La Edad de Oro, escrito supuestamente para niños y adolescentes, y que hoy la lee cualquier adulto con total disfrute en la apreciación de los mensajes, porque como ya se ha dicho, es un texto que no envejece. Y ahí está la mano maestra de Martí.

De acuerdo, la cubana es bastante rica; en cambio,  el teatro para niños ―o que podrían escenificar los niños― no lo parece ser tanto…

En realidad es cuestión de poca divulgación.  Si revisas lo que existe te sorprenderás: la antología El clavel enamorado tiene 21 autores, todos ellos con  una obra; pero no la única que tienen en su producción. Tengo una antología de teatro juvenil ―sin publicar― que tiene 30 autores. Lo que sucede es que muchos creen que la gente no lee treatro y solo prefiere ver las puestas en escena, y no es así. Puede disfrutarse también leído, pero además existen muchos grupos teatrales para niños y de niños, y los directores andan locos buscando obras. En todo caso habría que echar mano a los adaptadores y punto.

Ese preciosimo por llegar a las cosas lo ha llevado ―según se dice por ahí―  a ser un experto en la obra de Juan Ramón Jiménez…

¡Falso! Eso es un disparate. Por llegar,  por vías de la investigación, a la obra de Cintio Vitier  ―que sí es un experto en el tema y sí ha batallado contra molinos de vientos― tuve el placer de encontrar el único texto de  la edición española de 1917, que no era el que se conocía en Cuba, que era la del año 14.

Sucedía que en el 17 había conocido a Zenobia Camprubí con la que se casó, y quien le hizo sentirse seguro. Muchos de los capítulos relacionados con la muerte, las enfermedades y la inseguridad aparecieron entonces en la edición de Platero y Yo, de 1917.

Y es curioso hablar aquí de Juan Ramón Jiménez, porque él mismo era un brillantísimo editor, entre otros, de las obras de Antonio Machado, quien le enviaba notas pequeñitas pidiendo opiniones y confesando  

“como siempre estoy seguro de que le harás grandes aportes”.

¿Ha tenido ese tipo de relación especial con algún autor?

Por lo general, yo no he tenido suerte. Casi siempre he trabajado con autores muertos, cumpliendo así una ley del código de Hammburabi, donde se ponía que lo mejor que podía ocurrir era que el autor estuviera muerto antes de editarlo ― y si no se dice realmente, merecía que se dijera,  ya que declararon tantas cosas en sus tablas…― y como un Sine-cua-nom, ejecutas las acciones en ese orden: primero matas al autor y luego editas sus obras. Así no tiene derecho a protestar.

Pero, sí, he tenido algunas experiencias reveladoras y fructífera.

El epistolario de Dulce María Loynaz fue una edición difícil y grata.

En treinta y tantos años, ¿cuál ha sido el trabajo de edición  que más le ha hecho sentirse realizado?

Creo que si hubiese tenido en el año 1974 la experiencia de realizar una edición como la Biblioteca familiar, hoy sería mejor editor.

He tenido que desarrollar una capacidad multifacética, para enfentrarme al mismo tiempo  ―desde mi puesto de redactor-jefe―  a Por quién doblan las campanas, Memorias de una cubanita que nació con el siglo, y al mismo tiempo estar pensando en las ilustraciones ideales para otro libro.

Además de las 21 antologías publicadas, tengo 17 sin publicar. Eso es solo una parte de mi vida como editor; la Biblioteca familiar es otra, enorme, trascendente e irrepetible

Esto me hacer recordar una sentencia latina que asegura que la gota no horada la roca a la fuerza, sino siempre cayendo.

He tenido, naturalmente, muchos enfrentamientos, pero han sido de carácter administrativo, nunca con los autores. Como siempre he sido un librepensador y he dicho las cosas, no en los pasillos, sino donde corresponde.

No son pocos los editores que han terminado por ser autores…

No es mi caso. Si tuviera la facilidad, el don de la utilidad que tuvo el apóstol, escribiría La Edad de Oro.
 

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