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Melena blanca,
bigote negro, traje oscuro
Si
uno pretende acompañar y legitimar la rebelión cotidiana
contra el modo de vida capitalista con herramientas
teóricas y conceptuales, conviene no desconocer ni
olvidar El Capital. En esta obra de escandalosa
actualidad, Marx hunde el cuchillo de la crítica en el
corazón del modo de producción capitalista.
Néstor
Kohan|
La Habana
En la
penumbra gris y opaca del anochecer, solo se alcanzaba a
vislumbrar el contorno de su barba blanca y su espeso
bigote negro. Su larga cabellera se mantenía medio
despeinada. Parecía exhausto, agotado, casi
desilusionado. Estaba muy solo y bastante triste.
Vestía
un saco antiguo, totalmente fuera de moda, de colores
oscuros. Tenía apoyada la mano en el estómago y, sobre
ella, un pequeño reloj con cadena. Permaneció sentado
sobre una silla de madera, tieso, con una mirada
enigmática, como preguntándose. Así quedó, petrificado,
cuando la noche se volvió oscura.
Paulatinamente corrió el rumor. Era el año 1989. Muchos
lo dieron por muerto. Como tantas otras veces. Habían
esperado ese momento desde un tiempo sin memoria.
Festejaron con un entusiasmo desbocado y grosero. ¡Ahora
sí!, se codeaban mutuamente, mientras acariciaban, entre
risotadas y exabruptos, sus tarjetas de crédito y sus
acciones bursátiles. Esos años inmediatos fueron
crueles, despiadados, inmorales. Ellos no tuvieron
escrúpulos. Ni una pizca de lástima. Los aprovecharon
bien, con una obscenidad y un cinismo sin límites.
Pero al
poco rato regresó. Estaba anonadado. Aunque los conocía
de cerca, porque los había estudiado durante décadas, le
costaba asimilar la tremenda frivolidad de sus enemigos.
Ahora ya
no estaba en penumbras. Se lo veía sonriente, enérgico,
decidido. Como quien retorna en la mañana con ganas de
recuperar el tiempo perdido. Venía caminando con
movimientos rápidos y pasos cortos. Tampoco estaba
solo. Lo acompañaban muchos jóvenes, un nutrido racimo
de muchachos y muchachas de diversas nacionalidades y
culturas, vestidos de una manera muy distinta a la suya.
Sus peinados contrastaban con la larga cabellera canosa
del viejo. Conversaban animadamente sobre las nuevas
estrategias del capital, la globalización y la lucha
contra el imperialismo.
Él les
hablaba gesticulando, enfatizando cada palabra con un
gesto de la mano. Ellos lo interrogaban y escuchaban sus
respuestas con atención. Lo observaban con una expresión
de asombro que no terminaba nunca de apagarse. Estaban
impresionados. Después de casi dos décadas de discursos
fragmentarios, monocordes y “realistas”, volver a
encontrarse con los conceptos totalizantes del viejo
generaba una emoción difícil de disimular. Sus preguntas
siempre apasionadas provocaban una inmediata aceleración
de las palpitaciones.
Cuando
lo vieron aparecer de nuevo, asomando su melena blanca
en medio de tantos jóvenes, sus enemigos no lo podían
creer. Se les cayó la mandíbula. ¡Era imposible que el
fantasma hubiera resurgido de las cenizas!
Tratando
de explicar ese repentino regreso, durante el año 1999
la BBC News On line de Londres realizó una votación por
Internet en la que preguntaba quiénes eran “los diez
pensadores más grandes del milenio”. El resultado
confirmaba lo que se temía. Esos jóvenes no se habían
equivocado. Había vuelto.
La
compulsa de la BBC culminó de la siguiente manera:
primero Carlos Marx, segundo Alberto Einstein, tercero
Isaac Newton, cuarto Carlos Darwin, quinto Santo Tomás
de Aquino…décimo Federico Nietzsche.
Con la
boca abierta y sin argumentos, algunos periodistas de
medios de comunicación “independientes” y “serios” solo
atinaron a explicar el sorprendente resultado de la
encuesta británica afirmando que “Fidel Castro ordenó
votar por Internet a todos los cubanos y por eso ganó
Marx…”. Fue cómico. Y también patético.
Obviamente, la importancia y la justeza de las ideas de
un pensador no pueden medirse en términos cuantitativos.
Y menos que nada a través de encuestas, instrumento de
análisis sociológico que se ha convertido en uno de los
elementos privilegiados para reforzar el consenso y la
dominación política durante los simulacros de elecciones
desarrolladas periódicamente en las “democracias”
capitalistas de nuestros días.
La
encuesta de la BBC debería ser tomada entonces con
pinzas y cuentagotas. No define nada. Sin embargo, que
el nombre de Marx deje de estar asociado, como ocurrió
en los primeros años 90, a los escombros del Muro de
Berlín y al derrumbe —sin dignidad ni decoro— de las
burocracias de los regímenes eurorientales y comience,
nuevamente, a ser símbolo de la rebelión juvenil contra
la mundialización del capital constituye todo un síntoma
de época.
El
Moro (como lo llamaban cariñosamente su familia y sus
amigos) dejó una obra monumental. Por el contenido, por
el brillo y también por el tamaño. Todavía hoy, en la
madrugada del siglo XXI, restan materiales de Marx que
aún no han sido traducidos a nuestro idioma. Sus papeles
y manuscritos póstumos son casi tan extensos como los
libros editados en vida. Muchos de esos papeles vieron
la luz gracias a su inseparable amigo y compañero
Federico Engels. Otros fueron publicados hacia fines del
siglo XIX por la socialdemocracia alemana, corriente que
le introdujo no pocos cortes y mutilaciones. Más tarde,
durante el primer tercio del siglo XX, la edición estuvo
a cargo de uno de los máximos estudiosos mundiales del
marxismo, conocido por el seudónimo de David Riazanov.
Un entrañable compañero, trágicamente asesinado en
tiempos de Stalin. De la mano de Riazanov (quien llegó a
tener como “ayudantes” y “colaboradores” de su trabajo
editorial a pensadores de la talla de György Lukács)
pudimos conocer los Manuscritos económico-filosóficos
de 1844 y La ideología alemana, sin mencionar
numerosos escritos históricos y políticos de los
fundadores de la filosofía de la praxis.
De esa
impresionante acumulación de escritos, a los que Marx
subordinó su felicidad personal, el bienestar de su
familia y hasta su salud física, El Capital sigue
siendo una obra fundamental. “Un cañonazo” y “un misil
contra la burguesía”, como lo describió su autor sin
haber exagerado en lo más mínimo.
Cuando a
inicios de la Revolución cubana Fidel y el Che se
pusieron a estudiar en forma colectiva El Capital,
seguramente deben haber tenido por delante una serie
inimaginable de urgencias que resolver. Lo mismo le debe
haber ocurrido a Lenin y a sus compañeros bolcheviques
cuando lo estudiaban en las catacumbas de la autocracia
zarista. Y a Rosa Luxemburg, cuando se puso a repasar
los análisis de El Capital sobre la reproducción
mientras alentaba el surgimiento de una corriente
revolucionaria en Alemania. En Argentina, ocultos y
clandestinos, entre una y otra dictadura militar,
Santucho y sus compañeros se esforzaron por estudiar a
Marx y también llegaron, con la ayuda de Lenin, hasta la
Ciencia de la Lógica, de Hegel. ¿Por qué todos
ellos le dedicaron tiempo y esfuerzo, a pesar de
condiciones tan poco propicias, a la lectura y al
estudio de esta obra tan compleja?
¿Y
nosotros? ¿No tenemos acaso otras demandas más urgentes?
Cada
quien responderá a su manera. En nuestra opinión no todo
lo que hay que saber en la vida se encuentra en El
Capital. Grave equivocación la de aquellos que nos
sugieren leer únicamente textos marxistas y dejar de
lado el resto del pensamiento social, clásico y
contemporáneo.
Sin
embargo, si uno pretende acompañar y legitimar la
rebelión cotidiana contra el modo de vida capitalista
con herramientas teóricas y conceptuales, conviene no
desconocer ni olvidar El Capital. En esta obra de
escandalosa actualidad, Marx hunde el cuchillo de la
crítica en el corazón del modo de producción
capitalista. No le tiembla el pulso ni la mano. Allí
descubre un entramado de relaciones sociales en el cual
la explotación viene entrecruzada por relaciones de
dominación.
A
contrapelo de la mirada economicista (que el
neoliberalismo instaló como sentido común durante los
años 80 y 90), Marx vuelve observable algo que está
oculto para el fetichismo de las apariencias donde se
mueve cómodamente la economía neoclásica. El valor, el
dinero y el capital no son cosas ni “factores de
producción” ―como dicen los manuales de economía de la
Universidad argentina―, sino relaciones. Relaciones de
producción, atravesadas por la lucha de clases, por lo
tanto, relaciones sociales de poder y de fuerza. No hay
economía “pura” sin política, sin poder y sin relaciones
de fuerza. La política no es algo externo a las
relaciones sociales. Algo así como un aditamento
“superestructural”. Un epifenómeno que se derivaría de
manera lineal del “factor económico”. Por eso, El
Capital no es un manual (izquierdista) de economía,
sino una Crítica de la economía política.
Sospechamos que esa crítica de la economía política
tiene mucho que aportar a la hora de replantearnos la
lucha contra el capitalismo globalizado de nuestros
días.
Durante
demasiado tiempo, el marxismo oficial en los países del
Este ―difundido a todo vapor en América Latina a través
de una extendida serie de manuales de divulgación―
depositó sus esperanzas en un supuesto desarrollo
autónomo de la economía. Se subestimó la lucha
contrahegemónica. La batalla cultural por la creación de
hombres y mujeres nuevos, el gran sueño del Che Guevara,
a pesar de los elogios formales y de compromiso, fue
recluida en la buhardilla de los trastos viejos. Ese
proyecto por la creación de una nueva subjetividad
histórica no entraba en el lecho de Procusto del
archicitado “reflejo superestructural”.
De este
modo, en aquella ideología oficial el mercado se
transformó en el demiurgo mágico cuyo desarrollo y
expansión posibilitaría, supuestamente, “alcanzar al
capitalismo” y disputarle en su mismo terreno. La
competencia capitalista fue reproducida al interior de
las sociedades del Este europeo, cambiando solamente el
término de “competencia” por el de “emulación”, como si
esa simple sustitución nominalista pudiera impedir o
frenar el deterioro de la conciencia socialista en las
masas populares. El proyecto comunista y las
aspiraciones radicales de los primeros tiempos de la
revolución bolchevique fueron trágicamente reemplazados
por la razón de Estado, el oportunismo político y el
pragmatismo economicista, acompañados, como suele
ocurrir, por el más feroz dogmatismo ideológico. Todo en
nombre del “realismo”. Hoy en día ha quedado más que
claro a qué conducen los cantos de sirena del
“realismo”... cuyos susurros vuelven periódicamente a
merodear en los oídos de los revolucionarios.
En
América Latina, esa codificación otrora oficial
desconoció todo lo original aportado por la experiencia
política y cultural de nuestro continente. Desde ese
estrecho marco que cerraba caprichosamente el ángulo de
la mirada, la Reforma Universitaria nacida en Córdoba,
Argentina, en 1918 (es decir, 50 años antes que el mayo
francés...) y extendida rápidamente hasta Cuba y México,
pasando por el Perú y el Brasil, se convirtió en “una
corriente idealista de ideología confusa,
pequeñoburguesa y reaccionaria”. José Carlos Mariátegui,
a pesar de su crispada polémica con Haya de la Torre, se
transformó por arte de prestidigitador en apenas un
simple “populista” (Miroshevski dixit). José Martí en un
demócrata progresista, pero... pequeñoburgués. El Che
Guevara en un ingenuo “aventurero ultraizquierdista y
foquista”. Etcétera, etcétera, etcétera. Todo proceso
cultural que no encajara en los moldes pretendidamente
“clásicos” de Europa, quedaba por decreto fuera de la
historia. Si América Latina tenía un desarrollo
económico atrasado (con supuestas reminiscencias
“feudales”...), y si la economía determinaba de manera
unívoca a la superestructura, pues entonces
necesariamente toda la cultura política latinoamericana
debía ser ineluctablemente un reflejo de ese atraso. Era
inconcebible cualquier desarrollo autónomo y original
que se adelantase al orden establecido.
Desde
ese patrón eurocéntrico de medida, la cultura radical
que acompaña a la Reforma Universitaria, y años más
tarde, la pedagogía del oprimido, la teoría de la
dependencia, la teología de la liberación y todo el
proceso insurreccional que la Revolución cubana alienta
en el continente son clasificados, sin mayores trámites,
como herejías (en clásico lenguaje religioso a pesar del
“ateísmo científico”) o revisionismos (en la jerga
tradicional, no menos religiosa). Para ese marxismo
unilateral y rudimentario, lo real maravilloso que Alejo
Carpentier definió como una característica de nuestra
América resultaba incomprensible y sospechoso. Tan
sospechoso ―o incluso más― que aquella imaginación
libertaria reclamada por el 68 europeo.
Pero esa
metafísica brutalmente economicista que tanto daño hizo
al marxismo no desapareció con el hundimiento de los
países del Este. Al contrario. El pensamiento burgués de
nuestros días, a pesar de su anticomunismo galopante, la
reproduce a un grado infinitamente mayor. Al
resquebrajarse la contensión del capital que obligó a
los empresarios y teóricos occidentales a desarrollar
una revolución pasiva para prevenir la indisciplina de
los trabajadores ―Henry Ford y John Maynard Keynes
fueron emblemáticos, en este sentido―, el fetichismo
economicista se multiplicó hasta el paroxismo, ahora de
la mano de la economía neoclásica. “Los Mercados”, como
si tuvieran vida propia, se engulleron el planeta. El
neoliberalismo de Milton Friedman, von Hayek, Karl
Popper, Thatcher y Reagan, hegemónico durante los años
80 y 90, fue la expresión ideológica de este proceso.
¿Por qué
el marxismo de los países del Este no pudo enfrentar esa
ofensiva ideológica? Resulta demasiado simplista y
caricaturesco responsabilizar únicamente a un burócrata
desideologizado como Gorbachov por esa derrota. Las
raíces que la explican son mucho más antiguas y
profundas. ¿Cómo podría contrarrestar el aluvión
neoliberal aquel marxismo que postulaba, ya desde los
tiempos de Stalin (mucho antes que Gorbachov) que “la
conciencia siempre atrasa frente a la economía”. La
llamada ley del “retardo de la conciencia” depositaba el
motor de la historia exclusivamente en el desarrollo
tecnológico. La lucha por la hegemonía, la ética y los
valores, la cultura y la ideología, en suma, la batalla
de las ideas (para utilizar una expresión de Martí tan
cara a Fidel) se encontraba completamente desdibujada.
No casualmente nuestro entrañable Roque Dalton, con su
filosa ironía humorística de siempre, se preguntó: “¿Qué
le dijo el Movimiento Comunista Internacional a Gramsci?
No tengo edad, no tengo edad para amaaaaaarte....”
Desgastada esa pretendida ortodoxia economicista, el
marxismo del siglo XXI deberá poner en el eje de su
reflexión y de sus prácticas la lucha cultural, la
batalla de las ideas, la confrontación de los valores,
la insubordinación como una ética de vida y la creación
de una nueva subjetividad (de hombres nuevos y mujeres
nuevas).
¡Debemos
aprender de nuestros enemigos! Ya en el año 1987, en la
Conferencia de Ejércitos Americanos de Mar del Plata
(Argentina), las Fuerzas Armadas norteamericanas y sus
sirvientes locales, definieron al maxismo gramsciano y a
la teología de la liberación como los enemigos
estratégicos de nuestros días. En este registro de
pensamiento, uno de los estrategas del Ejército
argentino e ideólogo de varias dictaduras militares, el
general Osiris Villegas, sostuvo en varios de sus libros
que la lucha cultural y la batalla por la conciencia
constituye uno de los núcleos fundamentales de la guerra
revolucionaria de nuestros días.
El Marx
del siglo XXI, nuestro Marx, será precisamente aquel que
prioriza como eje de su monumental obra la crítica del
fetichismo. No solo en el terreno económico de la
economía globalizada, que él ya describió y pronosticó
en El Manifiesto Comunista, sino también
en aquella otra esfera menos visible y ruidosa, pero no
menos importante: la metafísica de la vida cotidiana y
el mundo de la seudoconcreción, como los llamaba Karel
Kosik. Es decir, el terreno del sentido común, donde se
desarrolla día a día la batalla por el corazón, la mente
y los sueños de nuestros pueblos.
El
marxismo, entendido como teoría crítica y no como razón
de Estado, concebido como filosofía política de la
praxis y no como una cosmología evolucionista de la
naturaleza, tiene mucho que ofrecer a los jóvenes de
hoy que en todo el mundo se hacen nuevas preguntas y ya
no se conforman con las respuestas mediocres del
neoliberalismo, la resignación del posmodernismo ni con
la impotencia política elevada a metafísica por el
posestructuralismo. Si las resistencias mundiales
pretenden triunfar contra la dominación imperialista del
capital globalizado, no podrán prescindir de su legado.
¿Tiene
entonces sentido insistir, una vez más, con el viejo de
melena blanca, bigote negro y traje antiguo? Creemos que
sí. Vale la pena hacer el esfuerzo por desaprender los
lugares comunes, bastardeados hasta el límite, que hasta
ayer nomás monopolizaban la palabra en el campo
revolucionario. Carlos Marx, viejo pero joven, canoso
pero enérgico, crítico pero entusiasmado, con el
pesimismo de su reflexión pero con el optimismo de su
voluntad, seguirá dando batallas junto a nosotros. Y
nosotros junto a él.
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