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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO
DISTINCIÓN POR LA CULTURA NACIONAL

 
David Mitrani | La Habana


Aunque dentro de pocas líneas referiré una anécdota personal y mis palabras partirán de una visión también personal, quiero que mi agradecimiento sea, en nombre de los otros dos colegas, que también hoy son Distinguidos por la Cultura Nacional: los escritores Adelaida Fernández de Juan, y Jorge Renato Ibarra.

Mi admirador número uno, todos tenemos un admirador número uno, es un anciano de 82 años, con unas libras de más y pelo encanecido, que colecciona monedas, sellos y recortes de periódicos; se llama Salomón y es mi padre. Este, mi admirador número uno, después de leerse mi último libro Los malditos se reúnen, me llamó aparte, y me dijo: “ven acá, hijo mío –este hijo mío hay que oírlo-, no te pongas bravo, ni te deprimas por lo que voy a decirte, pero cuentos de relajo como el tuyo se vendían a 30 centavos en mi juventud”. Se notará que, especialmente lo de los 30 centavos es muy ofensivo. Pero yo me reí con una felicidad que todavía no he podido definir. Mi admirador número uno jamás, se ha callado ni el halago ni la censura, y yo lo agradezco, sobre todo porque nunca ha dejado de ser, y todo parece indicar que nunca dejará de ser, mi admirador número uno. Siempre, pese a los contratiempos, me ha distinguido, y ello ha sido algo vital en mi existencia como el propio hecho de haber contribuido a ella. Ergo, la distinción estimula y fortalece. Nos gusta ser distinguidos de algo o de álguienes, lo que inevitablemente refuerza nuestra individualidad. Esto por supuesto no debería suceder. Resulta formidable ser distinto, por ejemplo, a una guanábana, a una babosa, a un sillín de bicicleta, sin embargo, agrada más lo que nos parece menos constatable, ser distinto al prójimo. Si no nos consideramos distintos antes de que alguien nos lo diga o nos lo marque, entonces nunca tendremos la dicha de sentirnos distintos, porque todo nos parecerá poco, y, efectivamente, todo puede ser superado: la riqueza por otra más grande, la inteligencia por otra más lúcida. Nuestro mejor poema, nuestra novela más rigurosa, nuestra obra de toda la vida, pueden ser superados. Lo único insuperable, sin embargo, es que somos distintos; nadie hubo, ni hay, ni habrá igual a nosotros, el “yo” es intransferible, nadie puede arrebatarnos ese gozo, esa propiedad. Míralo así, de ese modo, nada sorprendente o emocionante pudiera parecer que se nos distinguiese, porque ya está hecho desde el mismo momento en que se llegó al mundo, y, por tanto, tampoco ningún sentido tendría agradecerlo.

Sin embargo, pese a esta verdad elemental, cuando alguien, a cualquier altura de la vida, nos dice: “¡Eh, usted mismo, venga, párese frente a todos, que le vamos a aplaudir un rato!”, nos sorprendemos y nos emocionamos. Esto, desde todos los puntos de vista, contradice nuestra lucidez; por eso, definitivamente creo que una distinción, nos distingue a nosotros de nosotros mismos. Cosa que muchas veces, somos incapaces de hacer. Al adolescente del adulto. Al principiante del menos principiante. Al que empezó, años atrás, a investigar o a escribir, casi a solas, sin saber a cuál obra correspondería el cimiento; del creador comunitario, responsable ante la sociedad de cada línea escrita. Esta distinción al mismo tiempo –otra verdad que contradice nuestra lucidez– nos integra, nos indistingue en otro organismo vasto y permanente, la cultura de una nación; y esta, que es la etapa indistintiva de la distinción, es quizás el mayor propósito de nuestra índole, el que buscamos desde el principio. He aquí, por esta razón, nuestro agradecimiento al ICL y al Ministerio de Cultura por habernos propuesto para la condecoración y a todos aquellos que están involucrados, nuestros primeros maestros de escuela, nuestros amigos, nuestros lectores, por  permitirnos este episodio inquietante, este encuentro con nosotros mismos en cierto punto de la vida, este decirnos: “¿Qué alegría verte, amigo? He oído hablar muy bien de ti”. 

Muchas gracias.

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