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PALABRAS EN LA PRESENTACIÓN
DE MISIONES EN BAGDAD

 
Tubal Páez| La Habana


Compañeras y compañeros: 

En la historia de la diplomacia cubana están los casos de varios periodistas que pasaron, en una etapa de su vida, a desempeñarse como embajadores. Me vienen a la mente los nombres de Manuel Márquez Sterling, quizás el primero, Luis Amado Blanco, cuyo centenario estamos celebrando, Carlos Lechuga, Raúl Valdés Vivó, Gregorio Ortega, José Tabares, Euclides Vázquez, Soledad Cruz y Bruno Rodríguez. 

El que ha escrito la obra que presentamos hoy está entre los que, a la inversa, han sido embajadores que han incursionado en el periodismo de manera brillante. Digo periodismo porque lo que se ha publicado de Abascal tiene por lo general la estructura de los principales géneros: información, crónica y reportaje. Pero, saliéndonos de la técnica, lo más importante es la acción de escribir al pulso de la actualidad, y el deseo de opinar y contribuir a la información de los demás.  

El hecho de que durante décadas haya estudiado la región del Medio Oriente, por las funciones desempeñadas, le da a su trabajo la profundidad y solidez imprescindibles a todo periodismo serio. En este caso, como protagonista principal de un equipo de compañeros que estuvo cumpliendo firmemente su misión diplomática en Iraq hasta que, invadido militarmente ese país, sin el gobierno allí ante el cual estaban representados, regresaron a la Patria. 

De Ernesto Gómez Abascal se han impreso otros dos títulos de gran utilidad para nuestros colegas, especialistas y el lector interesado. El primero Bajo el relámpago de los sables, que es un relato histórico que explica el origen y desarrollo del enfrentamiento político en Líbano a principio de los 90. El segundo, presentado en esta Feria el pasado año, se titula Palestina ¿Crucificada la justicia?, con idéntico propósito, pero dirigido al conflicto palestino en particular y del Medio Oriente en general, partiendo desde los relatos bíblicos. 

Misión en Bagdad no es un libro de guerra aunque sean bélicos los acontecimientos que relata. Es un libro de cultura, y sobre todo de cultura política, que nos ilumina el escenario enfocándolo con la luz de la historia, las creencias, los valores y las tradiciones de pueblos muy antiguos, y las realidades del mundo de hoy.  

Cuando doblamos la última página, nos sentimos más ilustrados, más preparados para entender muchas cosas y posiblemente más conocedores de nosotros mismos, como hombres y mujeres que formamos parte de esta humanidad, que ha recibido una cuchillada terrible precisamente en la zona donde tuvo sus orígenes nuestra civilización. 

Al final de la lectura, no puede uno resistir el ansia de seguir profundizando en el tema, que tiene una importancia vital para nosotros los cubanos, colocados en un lugar de privilegio en la lista de rincones oscuros susceptibles de ser alumbrados por las llamas de la guerra imperial. 

Desde las primeras páginas de este libro que nos pone en la mano la incansable Editora Abril, la aparentemente compleja partida de ajedrez se simplifica. El petróleo y los bolsillos mueven toda la maquinaria de la peligrosa aventura, que agita sin cesar en el crimen de las Torres.

El equipo gobernante en Washington está estrechamente relacionado con los negocios energéticos. El Presidente había tenido su propia compañía, la Bush Exploration; su vice integraba el directorio de la Halliburton; la consejera de Seguridad Nacional, Condolezza Rice, provenía de la Chevron; el secretario de Comercio presidió la Petrolera Brown y la Sharp Brilling; y otros fueron ejecutivos destacados o han estado vinculados a la Exxon y la Enron. 

En la primera parte de Misión en Bagdad, que comienza con la llegada del nuevo embajador cubano a la capital iraquí en un viejo IL-62 cargado de peregrinos, se relata la antesala de la agresión, en medio del ambiente político y militar en la nación amenazada, con descripciones apasionantes de sus recorridos por el país, como alertándonos de la tragedia que se cierne sobre una geografía donde cada piedra tiene una historia rica y milenaria, como anunciando que puede repetirse la invasión mongola, del año 1258, cuyos combates dejaron 800 000 muertos. Se cuenta en esta obra la narraciones sobre los atacantes, que entregados al pillaje y la candela, lanzaron al Tigris todos los libros de la Casa del Saber. Eran tantos, que las aguas se tiñeron de negro por la tinta de los manuscritos. 

Con relatos como este, Abascal nos lleva de la mano por Bagdad, Mosul, las ruinas Babilonia, Samara, centro de la región de los pantanos, Tikrit, tierra natal de Saladino y el Presidente, Kourn, lugar de unión del Trigis y el Éufrates, donde se dice que estuvo el paraíso terrenal, en Basrah, el puerto del marinero Simbad, donde ahora 250 000 personas padecen el Síndrome del Golfo a causa del uso del uranio empobrecido en los proyectiles disparados por Bush padre; por los campos de trigo del granero mesopotámico, por entre los rebaños de carneros, columnas de palacios, mausoleos, minaretes y templos antiquísimos o, por antiguas rutas transitadas por arameos, mongoles, cruzados de Europa, sectas cristianas y numerosas tribus que bebieron en las aguas de sus famosos ríos. O nos describe las modernas industrias golpeadas por más de una década de bloqueo.

El autor, conocedor de la sed creciente de conocimientos de un lector como el cubano, centro de la obra cultural que se edifica en nuestra Isla, marca la diferencia con la ignorancia de los nuevos bárbaros, nos ayuda a que comprendamos mejor la tragedia y nos advierte que el razonamiento occidental no entiende bien determinadas manifestaciones y choca con una forma de interpretar la vida. 

“En este mundo oriental, nos aclara, en especial entre los creyentes chiítas (el 60 % de los iraquíes), que por lo general han constituido la comunidad minoritaria dentro del Islam, está muy difundida la taky a que puede traducirse como el arte del disimulo. Ello consiste en que cualquiera que sea la opinión personal, no se la exponga de una vez, sino simularse del lado de los que tienen el poder o pertenecen al grupo dominante en tanto no sea posible enfrentarlo; en suma, aparentar ponerse al lado del que manda.  

“Para los occidentales —agrega—la taky a puede ser objeto de rechazo moral, pues aparece como hipocresía o engaño, pero en el Medio Oriente donde existe una codificación distinta del pensamiento y el lenguaje, no se juzga en el plano moral, es una técnica aceptada de supervivencia: los débiles tienen derecho a defenderse con las armas que disponen.”  

En el libro que en breve tendrán ante sus ojos, se transcriben documentos con la posición de Cuba, lo que declara Fidel, el discurso agresivo y desafiante del presidente Bush y otros personeros de su gobierno, lo que dicen los políticos europeos, la ONU y sus inspectores, el Papa y el propio Saddan Hussein. 

El autor, en medio del desastre sale a la calle, habla con la gente, con otros diplomáticos, con periodistas, mantiene contactos telefónicos cotidianos con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba y en especial con nuestro Comandante en Jefe, que llama una y otra vez, siempre jovial, para levantar el ánimo, aconsejar sobre la seguridad del personal cubano, su principal preocupación, preguntar por la situación y conocer cada detalle o simplemente para explicar al embajador, dentro del refugio, la forma de preparar yogurt.  

Los que lo escuchan todo, que nunca conocerán a Fidel suficientemente, debieron haberse roto la cabeza aquel día tratando de encontrar algún mensaje oculto en la receta. Yo fui testigo y es posible que alguien más en esta sala, de una de esas conversaciones telefónicas establecidas desde acá, en una reunión de artistas e intelectuales en el Palacio de Convenciones, y el Jefe de Estado cubano nos repetía lo que no podíamos oír, como el caso de los bates de béisbol esgrimidos por nuestros compañeros para persuadir el asedio de los intrusos en el barrio. 

Abascal describe los pormenores del acontecer cotidiano, a veces a cada minuto, reflejando el aumento de la tensión y la temperatura que se va elevando en la caldera alimentada por la histeria belicista. En su libro hay una mención constante, antes y después de la invasión, a las  fuentes informativas y al rol negativo desempeñado por los grandes consorcios de difusión masiva, los mismos que habían estado muy atareados en las últimas dos décadas tratando de meternos por los ojos que era posible el milagro neoliberal de hacer pasar por el hueco de una aguja a los ricos con toda su fortuna a cuestas, mientras se silenciaban los cientos de miles de personas que cada día emprendían el camino hacia el matadero de la exclusión. 

Las factorías mediáticas trabajaron a todo tren y cumplieron con gran entusiasmo las tareas encomendadas a ese frente de operaciones, desde la etapa de preparación militar de los periodistas, a quienes vistieron de verde, les pusieron un casco en la cabeza y los montaron en tanques y portaaviones, hasta la participación del personal del Pentágono, maquillados y puestos ante las cámaras, como “analistas” o “expertos”.  

El mundo fue víctima de la campaña de mentiras, tergiversaciones y ocultamiento más grande de la historia. Sorprende tanto la similitud con los métodos de propaganda en la Alemania de Hitler, que es obligado pensar que la estudiaron y se inspiraron en ella. 

El fiscal estadounidense que acusó en Nuremberg al jefe nazi encargado del trabajo con la prensa, declaró en el proceso: “El uso dado por los conspiradores nazis de la guerra psicológica es bien conocido. Antes de cada agresión, con algunas pocas excepciones basadas en la conveniencia, ellos comenzaron una campaña de prensa calculada para debilitar a sus víctimas y preparar sicológicamente al pueblo alemán para el ataque. Usaron la prensa, después de sus primeras conquistas, como un medio para posterior influencia en la política externa y maniobrando para la siguiente agresión”. 

El propio Hans Fritzsche, el alto funcionario nazi inculpado por esa razón, después de detallar las fabricaciones y manipulaciones que contribuyeran al apoyo a la ocupación de Polonia, describió las instrucciones recibidas del alto mando en vísperas del ataque a la URSS en junio de 1941, con estas palabras oigan esto que nos recuerda algo:  

“Ribbentrop nos informó —dijo este Fritzsche en el juicio— que la guerra contra la Unión Soviética empezaría ese mismo día y pedía a la prensa alemana presentarla como una guerra preventiva para la defensa de la Patria, como una guerra a la cual fuimos forzados por el peligro inmediato de ataque de la Unión Soviética contra Alemania.” 

“Es probable, concluyó el Fiscal norteamericano, que muchos alemanes comunes nunca habrían participado o tolerado las atrocidades cometidas a lo largo de Europa, de no haber sido condicionados y estimulados por la constante propaganda nazi”. 

El apoyo de grandes medios a la guerra de Bush, era clave para lanzar una invasión que, como explica Abascal, no tenía el aval de la ONU, ni el apoyo de los países vecinos de Iraq, dentro del cual no se había producido ninguna sublevación, ni golpe militar interno, y se enfrentaba el rechazo de la opinión pública internacional, que en el caso de España, uno de los pilares del eje agresor, era casi unánime.  

Nuestro embajador sería testigo presencial de los esfuerzos de la enviada de una teleemisora española para que el público viera una situación muy distinta de la que estaba ocurriendo.

El capítulo final es la invasión cruda, el estruendo de las bombas, la onda expansiva que abre la puerta del refugio en la embajada, el ruido de los tanques, los incendios, las tropas invasoras, la descripción de los estragos, el dolor de las familias, el infierno de los hospitales, las llamadas de Fidel, que pide alimentación adecuada para el perro del vecino que con sus ladridos anticipa los ataques aéreos, la comunicación con los familiares en Cuba y en Damasco, las visitas a los periodistas en el hotel Palestina, los contactos con otras sedes diplomáticas, el vandalismo de los saqueadores que llegan a penetrar en los predios de nuestra sede y andan por todas partes llevándose cualquier cosa, desde una alfombra de una vivienda hasta decenas de alazanes pura sangre del Club Hípico de Bagdad. 

La sangre corre a raudales, el dolor y la indignación son inmensos. El Pentágono reconoce, para dar más miedo, la utilización de bombas que explotan en el aire, como la CBU-87 y antes de tocar tierra dispersan otras 200 del tipo BLU-97, las que a su vez estallan en 300 fragmentos que cubren un área equivalente a una cancha de fútbol. Los cohetes crucero llueven desde los B-52, fortalezas estratosféricas que las víctimas no pueden ver ni oír. 

El libro cierra con la operación de partida de Iraq, planificada hasta el último detalle y coordinada con la Cruz Roja, con reportes telefónicos mediante teléfonos satelitales portátiles en la autopista hacia Amman, pero antes, el descenso solemne de la bandera cubana, el cierre de la misión y el abrazo de los vecinos, amigos y empleados que acuden a despedirse al amanecer. 

Atrás quedaba la gente con la incertidumbre de los días por venir en un país en el que el invasor debía asegurar, como dice el autor, su despliegue en ciudades desconocidas, dentro de un pueblo humillado por la ocupación del ejército de una gran potencia, que los había bombardeado sin discriminación, por lo que eran considerados enemigos de su cultura y su religión, además de verlos como el principal soporte del sionismo, que tanto daño ha hecho a los pueblos de la zona y que ocupa de forma ilegal lugares sagrados para los creyentes islámicos. 

De seguro, invitadas e invitados, “el pueblo iraquí dirá la última palabra”, como dice esta obra al final.  

Y en su propio lenguaje, agrego yo. 

Muchas gracias. 

(Palabras del presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, en la presentación del libro Misión en Bagdad, en la sala Nicolás Guillén de XIII Feria Internacional del Libro, 12 de febrero de 2004.)

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