|
MISIÓN DIPLOMÁTICA O UNA NUEVA VISIÓN
DE LA GUERRA EN IRAQ
Yinett
Polanco |
La Habana
Alguien me dijo una vez que después de haber visto morir
tantos hombres en una guerra, ya nada se sentía igual,
que la vida y hasta la misma muerte se miraban entonces
de otro modo. Por eso sé que el hombre que escribió
Misión en Bagdad no es un hombre con una visión
corriente. Porque Ernesto Gómez Abascal ha visto
desangrarse durante los largos años de su trabajo como
diplomático cubano, a los pueblos árabes en cruentas
luchas intestinas y además, sufrió una a una, las bombas
que cayeron sobre Bagdad en la más reciente guerra de
EE.UU. contra Iraq, bombas sin nombres arrojadas sobre
hombres y símbolos, sobre civiles y monumentos de una de
las culturas más antiguas de la humanidad, la más
antigua de todas, si damos por ciertos a los textos
bíblicos.
Misión en Bagdad
se presentó en la sala Nicolás Guillén, una de las salas
más grandes y lindas de La Cabaña, adornada con plantas
y flores, como si todas las flores del estrado trataran
de suavizar el horror de aquellos días contado por
Abascal, en un libro que al decir de Tubal Paéz,
presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, “no es un
libro de guerra, aunque sean bélicos los acontecimientos
que relatan.” En sus palabras de presentación, Tubal
agregó que “lo más importante (del libro) es la acción
de escribir al pulso de la actualidad”.
En ocasiones, a
algunos testimoniantes se les ha acusado de escribir por
la vanidad de confesarse partícipes en un hecho, otros
lo hacen porque no pueden resistirse a ofrecer su visión
particular de un acontecimiento, pero Ernesto Gómez
Abascal se decidió a escribir porque podía “ser útil
para nuestro pueblo, para nuestra gente, para que
conozca qué fue lo que pasó, que conozca cómo fue que se
manipularon las cosas, que quede para la historia esta
vivencia directa de la guerra en Iraq, y que quede para
toda la gente como una protesta más, como una denuncia
contra esta guerra criminal contra el pueblo iraquí.”
Con estas
declaraciones está claro que Abascal se considera un
mediador y trata de restarle importancia a su trabajo
como diplomático, al hecho de haber permanecido en un
territorio donde apenas dos o tres países habían dejado
a algunos de sus representantes, para servirnos de ojos
sobrenaturales, ojos que miran y ven una guerra loca,
como casi todas, por sobre la distancia y el tiempo. |