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UN PERSONAJE LLAMADO BERTOLT BRECHT
A
Brecht lo tildan de experto y desconfiado artesano que
comprendió que en el marxismo había encontrado un
instrumento capaz de penetrar muy a fondo en la trama
del mundo moderno, en las relaciones humanas, en la
sustancia de nuestra civilización.
Jaime
Sarusky |
La Habana
En
el otoño de 1923 Bernhard Reich, director del Teatro de
Cámara de Munich, donde se habría de representar La
vida de Eduardo II de Inglaterra, de Bertolt Brecht,
trazaba este breve retrato del entonces joven dramaturgo
de 25 años de edad:“Brecht era entonces de figura
delgada. La conformación de la cabeza expresaba una
tensión dinámica. Ojos hundidos, amenazadores. ¿Un
poeta? Más bien un pensador, un inventor o un
manipulador de almas y destinos. Los encuentros con él
se llenaban inmediatamente de dramatismo. Hablaba con
mucha calma, pero hacía afirmaciones sencillas, y
expresaba estas afirmaciones de formas paradójicas. De
modos absolutamente categóricos. No respondía a las
objeciones, las eliminaba bruscamente. Daba a entender a
sus interlocutores que él, Brecht, consideraba
desesperada cualquier resistencia que se le opusiera, y
aconsejaba amigablemente que no perdieran el tiempo y
capitularan. ¿Era una actitud dictada por la astucia,
por la pose, por una infantil arrogancia, o bien tenía
un derecho interior a asumirla?”
Sobre la
compleja, por no decir enrevesada, personalidad de
Brecht abunda el crítico italiano Paolo Chiarini,
estudioso de su obra:
“El
tono de la perpetua provocación, la actitud cínica e
iconoclasta, el espíritu de contradicción
continuamente al acecho y pronto a manifestarse de los
modos más diversos, (los subrayados son nuestros,
J.S.) parecen verdaderamente –llegados a este punto —no
ya un ‘disfraz’, una ‘máscara’, sino una dimensión bien
arraigada y de hondura del Brecht hombre y poeta”.
Quizás las primeras y más intensas contradicciones del
joven Bertolt Brecht se revelaron frente a su familia y
a su status social. Así lo confiesa en el siguiente
poema
Yo crecí
hijo
de gente acomodada. Mis padres
me pusieron cuello duro y me educaron
en las costumbres de quien es servido
y me instruyeron en el arte de dar órdenes. Pero
cuando fui mayor y miré a mi alrededor
no me gustó la gente de mi clase,
ni dar órdenes ni ser servido.
Y dejé mi clase y me junté
con la gente de la clase baja
Para algunos críticos, Brecht no ha creído jamás en el
marxismo por fe, por un ímpetu de entusiasmo. Lo tildan
de experto y desconfiado artesano que comprendió que en
el marxismo había encontrado un instrumento capaz de
penetrar muy a fondo, más a fondo que cualquier otro, en
la trama del mundo moderno, en las relaciones humanas,
en la sustancia de nuestra civilización.
¿Acaso tendrá razón uno de esos críticos al afirmar que
siempre se mantuvo atado al arte burgués, al mundo
burgués, incluso cuando se hizo más virulenta su condena
de ambos? O califica de “frío heroísmo” su obra cuyo
despiadado análisis crítico estaba dirigido, por lo
menos indirectamente, contra sí mismo, contra sus
propios gustos, contra el mundo de su propia formación
intelectual y sentimental.
Poco antes
de morir, escribió, irónico, que por lo menos había
sabido conservar intacta una cualidad de su carácter a
lo largo de los años y del madurar de sus experiencias
humanas e ideológicas: el espíritu de contradicción.
Ese
espíritu le dio la clave de su interpretación del mundo
burgués contemporáneo: la paradoja.
Se ha dicho
que su arte refleja una relación de fricción con el
mundo, está ligado polémicamente con el mundo.
El último
Brecht insistía en la posibilidad de un teatro inmerso
en la realidad contemporánea, solo como representación
de un mundo “transformable”. De ahí se desprende
su teoría de la moderna dramaturgia como “dramaturgia de
la comedia”, en el sentido de que sólo en ella se darían
“soluciones”, en tanto que la tragedia conduciría a un
callejón sin salida.
Para
Brecht, “la vitalidad amarga y desconsolada” del drama,
está en la verdad humana de una naturaleza que no puede
ser enteramente buena o
enteramente mala, sino que —la actual
condición humana— es buena y mala al mismo tiempo.
Como dice
Shen-Te en La buena alma de Sezuan, en su diálogo
con el aviador desocupado que desespera y piensa
suicidarse y ella cree haber descubierto en él una
chispa de bondad, de amabilidad:
A pesar de
tanta miseria, siempre hay personas amables. Una vez,
cuando yo era pequeña, me caí llevando un paquete de
arroz. Un viejo me levantó y me dio también un poco de
queso. Con frecuencia me acuerdo de ello. Los que tienen
poco que comer, suelen ser los que más a gusto reparten
con los demás. Se comprende que la gente se siente
contenta de mostrar lo que puede hacer; ¿y cómo pueden
mostrarlo mejor que siendo amables? La maldad no es más
que una especie de torpeza. Cuando se canta para
alguien, o se construye una máquina, o se planta arroz,
es ya como una especie de amabilidad. También usted es
amable.”
¿Hasta qué
punto Galileo Galilei vino a ser algo así como un
esbozo, un adelanto de su testamento intelectual? Porque
el infarto que le arrebató la existencia en 1956 se
produce en los días de febrero en que estaba ensayando
el montaje de esa pieza fundamental en el conjunto de su
obra. Como la califica un estudioso, fue quizás su
página más atormentada y compleja. Sin duda, se trataba
de un héroe “antitrágico” o, mejor aún, de un antihéroe.
El Galileo de Brecht: un hombre vacilante, con dudas,
humanizado. La raíz de su comportamiento seguramente se
hallaría en su consagración a la ciencia, los que se
suman a un sentimiento pagano de la existencia. Como
dice en una de sus réplicas ese Galileo tan parecido a
Bertolt Brecht en los modos de ver el mundo:
“Amo las
consolaciones de la carne, y no puedo sufrir a los
bellacos que las llaman debilidades (...) Yo afirmo que
el goce de las cosas tiene en sí algo de perfecto”.
Y del
Galileo de Brecht dirá el personaje que encarna al Papa
en la obra y que casi lo retratará con la frase:
“Ante un vino
viejo, como ante un pensamiento nuevo, no sabe
decir que no.”
Me atrevo a afirmar que, en el
sentido más íntimo y más profundo de esa visión
hedonista y de pleno goce de la existencia, hay tanto
más del propio Bertolt Brecht que del viejo Galileo.
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