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MERIDIANA, LA BÚSQUEDA
DE LA VERDAD
 
Manuel García Verdecia | La Habana

Cuando me plantearon el reto de traducir Meridian, lo primero en que pensé fue en el nombre de la autora. Me sobrecogió la magnitud de su prestigio. Luego, inmerso en la febril e ingente faena que me absorbió durante apenas dos meses, me concentré en el océano del idioma, en sus honduras, corrientes y arrecifes, buscando la feliz navegación. En la revisión, me atrapó la historia, salpimentada de anécdotas y episodios insospechados. Al final quedó un nombre, una figura afinada y resistente como un tallo de bambú que iza un pendón de luz: Meridiana. Porque esta novela puede ser muchas cosas, pero sobre todo es el personaje eléctrico, sensual y amoroso de Meridiana. Felices los escritores que logran incorporar al imaginario público un icono con la fuerza de la carne y el mito, una criatura hecha de barro y sueños. 

Meridiana es el relato de una resurrección, pero no en el sentido místico, sino como redención ética, espiritual, cultural. Es una historia de salvación por la pureza y el amor. La novela se centra en los años de luchas por los derechos civiles. Pero este no es su tema, sino las motivaciones y la actuación humana en un contexto convulso. Desde allí, como las vigorosas raíces del Transeunte, árbol emblema de la historia, se hunde en el pasaje del pueblo negro, sintetizado en varias generaciones de mujeres en la ascendencia de Meridiana, pero también en el pueblo indio, obsesión solidaria del padre de la protagonista. De manera que la historia Meridiana compendia la de la mujer negra. Ha sido esta, junto con la mujer aborigen, la más sufrida de ese devenir. Ha arrostrado las vicisitudes e inclemencias a la que la han sometido tres poderes: el dinero, la supremacía blanca y la dominación del macho. Es por esto que el esfuerzo de encontrarse y revelarse pasa por la necesaria confrontación múltiple. 

La novela se asienta en un trípode humano que sostiene el conjunto de sucesos y significaciones. Son sus elementos Meridiana, como núcleo, Truman y Lynne, como elementos azarosos que se cortan con su destino. Dicho así parecería el clásico triángulo amoroso. Sin embargo, la ramasón de sentidos, emociones y pensamientos es mucho más compleja e irreversada. No hay dos a quienes estorba un tercero que genera la crisis. Cada uno de ellos halla en el otro razones para el amor y el rechazo, para la solidaridad y el conflicto, porque en definitiva todos están sumidos en mareas mucho más turbias y potentes. Truman ha sido un luchador, un revolucionario, a quien Meridiana ha encontrado en sus años estudiantiles. Por él penetra en ese sendero de constantes bifurcaciones y oposiciones, la lucha civil. En algún momento aparece Lynne, mujer blanca atraída por la cultura de los negros y, de ahí, adherente a la causa de estos. Pero, ¿es ciertamente la revolución lo que busca Truman? ¿es en verdad la solidaridad lo que mueve a Lynne? Son dos de las interrogantes que despliega la narración y que, deductivamente abarcan una época y una generación. No es fortuito que cuando Truman encuentra a Meridiana a la vuelta de los años, esta le suelta: pareces un revolucionario. ¿Lo eres

Truman se ha enamorado de Meridiana y ha vivido momentos de pasión; sin embargo, es alguien demasiado atento a lo importante, los modos del tiempo, lo que mueve a las épocas —el atuendo, las poses, las lecturas, los iconos— y esto va licuando sus verdaderos ardores libertarios hasta arrinconarlos en un espacio manejable, menos conflictivo, atrayente, el arte. De manera que su respuesta a Meridiana sea: solo si todos los artistas lo son. Es así que pasa de revolucionario a artista. En esos vaivenes se ha hallado con Lynne, la chica infatuada por la energía del movimiento negro. Con ella tendrá un affair, del que nacerá una hija y posteriormente un despegue, un remordimiento y una vuelta a la fuerza terrenal de Meridiana. Truman es el que siempre se va, vuelve y se va. Prende la candela, pero teme a la expansión, a sus llamas, de ahí el dictamen de Meridiana: se que te afliges huyendo. Simulando que nunca has estado allí. No le falta sensibilidad sino coraje para el compromiso. 

Precisamente la novela transcurre como una espiral que se abre a nuevos ciclos en una de las tantas vueltas de Truman. Viene en busca de Meridiana. La halla en un pueblito apartado, envuelta en un episodio de subversión cívica: lograr que los niños negros vean el espectáculo de una mujer diseca un día común y no el que les han asignado. Su exclamación al presenciar los hechos delata su inextinguible admiración: ¡Cómo puedes amar a una mujer así! Esta vez, juntos van a repasar y valorar los años transcurridos. 

¿Por qué Truman vuelve otra vez a Meridiana? Porque hay una fuerza tectónica, esencial, en ella que él necesita para reafirmarse: su autenticidad. Es notable que, mientras Truman alcanza cierto estatus, una confortable solvencia como artista, Meridiana se deshace de todo. En sus visitas, él se percataba de que tenía menos y menos muebles, menos y menos piezas de ropa, menos posición social en la comunidad donde quiera que fueradonde viviera. Y es que ella está buscando algo que está más allá de lo aparente y lo circunstancial. Esto le permite al final despegarse de Truman y reemprender el vuelo; como el mismo la ve, era suficientemente fuerte para marcharse y no poseía nada que empacar. Y ahí se cumple un ciclo en su destino de mariposa. Meridiana ha vivido atormentada por un sentido de culpa reflejo, subrayado por la imposibilidad de razonar sobre sus sentimientos, cada vez que se acercaba a ventilarlos con la madre, esta le preguntaba, ¿has robado algo? Ha sufrido intensas penas propiciadas por su especial sensibilidad; estas se van a transmutar en dolores físicos; la acomete una rara enfermedad que la hace perder el pelo, peso corporal, lozanía; se desvanece constantemente. Sin embargo, la persistencia en una sabiduría probada y el empeño de su bondad, la mantienen no solo viva, sino que le devuelven vital para reiniciar la marcha. Es esta sabiduría, constituida de sentido de belleza, justicia y bondad, la que la hace evitar extremos destructivos. Hay un momento de concentrada significación, cuando las amigas le piden que declare si está lista a matar por la revolución; su mente vuela y le trae el instante en que la madre, de exacerbada militancia en su fe, le pide que exprese su entrega al Señor. Meridiana no puede hacerlo, su corazón está lleno de música y amor. Ese día supo que perdió a la madre. Los extremos, bajo cualquier signo, llevan a la destrucción. Fue lo que sucedió con el hermoso Transeúnte, decapitación dolorosa a la que Meridiana se opuso. 

¿Qué busca Meridiana? Creo que en primer lugar se busca a sí misma. Pero esta búsqueda no está desasida de su pasado. En ella afluyen Feather Mae, la tatarabuela materna, la madre con su resignación y su fe, el padre con su amor y entereza. O sea, la conformación de una fuerza espiritual que purifique el sufrimiento, las vicisitudes, los desatinos de su pueblo. De ahí su respuesta a Truman: lo que está ante ti es una mujer en el proceso de cambiar su manera de pensar. Parte de esa fibra esencial, ese núcleo de autenticidad, está conformado por su fidelidad a un pasado desde el cual se proyecta. Preserva una médula ética que le impide actuar mal; está en los himnos, en los proverbios de la iglesia, en la experiencia mística en la Serpiente Sagrada. Esto decanta y consolida su pureza y bondad. 

Las jornadas de Meridiana son una inmersión en la luz. Son su bautizo en el río, no de Babilonia, sino en el de la historia y el espíritu de su pueblo. Ha decidido andar ligera de equipaje, como diría el poeta. De ahí su humildad, su levedad final, ya espíritu puro. Es allí donde la debe buscar el lector. Es esta la incitación que promueve la obra, el juntarse en esta aventura del espíritu. De ahí los versos finales de Meridiana que quedan como un incienso que anima el aire de la tarde:

toda la gente qUe está tan sola como yo, un día nos reuniremos en el río. Veremos echarse el sol del ocaso. Y en la oscuridad quizás conozcamos la verdad.

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