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JUAN DAVID: tiempos y hombres
La caricatura: tiempos y hombres, de Juan David, no
solo le confirmará el aserto, sino que le enseñará
cuanto de sacrificio, seriedad y compromiso hay en la
obra de todo aquél que, con verdadero arte, casi a
diario, nos hace pasar de la más profunda reflexión a la
sonrisa, sin que dejemos de creer en el hombre y lo que
hay en él de eterno.
Jorge R.
Bermúdez|
La Habana
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Por la solidez de los cimientos, se infiere la altura
que iba a tener el edificio. Esta es la primera
impresión que nos deja la lectura de La caricatura:
tiempos y hombres, del gran artista gráfico cubano
Juan David, que ha tenido a bien editar el Centro
Cultural Pablo de la Torriente Brau, de La Habana. El
símil no es gratuito. Los padres del libro moderno
siempre concibieron este objeto visual como una casa o
edificio. Y el esperado libro de David, es una de esas
casas, que de haberse terminado, habría sido aún más
útil y bella. Esta obra llenó buena parte de los últimos
veinte años de la vida del autor. Las obligaciones,
urgencias cotidianas y finalmente la salud,
contribuyeron a que la dejara inconclusa, cuando, desde
todo punto de vista, parecía ser la continuación, a un
nuevo nivel histórico crítico, de aquella Historia de
la caricatura contemporánea concebida a inicios de
la República por el malogrado crítico de arte Bernardo
G. Barros.
La
propia estructura del libro es la mejor evidencia de lo
antes dicho. De sus ocho capítulos, cinco están
dedicados al origen y desarrollo de la caricatura en
tanto género artístico, a partir de una perspectiva
historicista generalizadora de los procesos estéticos y
comunicativos que le han sido afines en el plano
nacional e internacional. He aquí los cimientos. Los
tres capítulos restantes, la caricatura en la República,
las relaciones mediáticas que la sustenta y hasta
radicaliza en relación con el acontecer político, social
y cultural del país, así como los nombres que le dan
relieve propio en el panorama de la cultura visual
nacional, harán su corpus, es decir, lo que la
propia experiencia cívica y profesional del
caricaturista tiene de aporte en su nueva condición de
investigador e historiador de la caricatura. Sin duda,
le faltó tiempo; el proyecto sobrepujó la plasmación.
Prometedora figura de la caricatura nacional en la
década del 30, cuando sus trabajos aparecen en la
emblemática revista Social, dirigida por otro
grande, Conrado W. Massaguer, y protagonista central de
la concebida en el período revolucionario, cabe
preguntarse, ¿de dónde sacó fuerza y tiempo Juan David
para acometer tal empeño historiográfico en el vórtice
mismo del proceso de transformación social de los 60? No
hay que pensarlo dos veces: del amor que sentía por su
arte.
Si
atendemos el estatus que tenía la caricatura
entonces ―y ahora―, en más de un sentido evaluado de
inferior en relación con el del arte (entiéndase
pintura, escultura, etcétera), observamos que tal
perspectiva discriminatoria no se correspondía en
absoluto con la pujanza que este medio de expresión
gráfica alcanzó a favor de una visualidad de vanguardia.
En tal caso, también la justicia social tenía que
hacerse efectiva en las diferencias de clase entre
gráficos y plásticos, dándoles a los caricaturistas el
lugar que le correspondía en la consecución de una
cultura visual nacional. Todo pueblo, en cada época
importante de su historia, ha tenido una forma y
expresión diferentes de insistir en su propio
conocimiento. El de Cuba, lo hizo por la poesía en la
Colonia, y por el ensayo en la República. En lo que
atañe a la comunicación visual de este último período,
cabe decir, que la caricatura jugó un papel
destacadísimo, como, quizás, no tuvo después. En la
República, el que más y el que menos hizo caricatura.
Escritores como Jesús Castellanos y Jorge Mañach,
incursionaron en el género, con resultados alentadores
para el primero. Sin obviar un artista de la talla de
Eduardo Abela. La pujanza del periodismo en el naciente
ámbito republicano, y en él, la de la propia ilustración
artística en relación con la publicidad impresa, harían
el resto. A fines del 20, los salones de humorismo
habían dicho mucho más sobre la visualidad de vanguardia
que los de artes plásticas. Las primeras imágenes
novedosas del siglo estaban hechas con lápiz y fijadas
por el impreso. De esta fiebre ni siquiera escaparon los
prohombres de la patria. Todos sin excepción fueron
caricaturizados según los códigos estéticos dominantes
en cada decenio. De José Martí, por ejemplo, se hicieron
caricaturas impresionistas, cubistas, estridentistas, en
fin, vanguardistas. Luego, la lucha entre partidos,
causa primera de la caricatura política moderna,
propiciaría un segundo momento, sobre todo, a partir de
los convulsos años 30.
El
octavo y último capítulo, sin embargo, parece
sintetizar y, a la vez, prefigurar, lo que hubiera sido
el verdadero tono del discurso de David, de haber tenido
tiempo y salud para llevar su texto hasta las propias
vivencias de una contemporaneidad de ochenta años de
vida. En él, “tiempos y hombres” hacen, como en la vida
misma, una unidad indisoluble, dándonos su valoración
crítica de la obra de cada una de las figuras
prominentes de la caricatura republicana, su acción
gráfica en relación con el ámbito comunicativo que la
genera y con las circunstancias históricas que le sirven
de causales a su definitiva ubicación en el panorama de
la gráfica vernácula. A Ricardo de la Torriente, “el
Veterano”, le siguen Rafael Blanco, “el Grande”, Eduardo
Abela y Conrado W. Massaguer, el más internacional de
los caricaturistas cubanos de su tiempo... y de todos
los tiempos. La valoración que hace David de estos
grandes artistas, es de agradecer, por la justeza y
honestidad de sus juicios. También la de otros no menos
importantes como Jaime Valls, Her-Car (Hernández
Cárdenas), Hurtado de Mendoza, al igual que los primeros
relacionados ―excepto Blanco y Abela―, generalmente,
soslayados o minimizados por nuestra historia del arte.
Es, precisamente, la obra de Juan David, la que se hará
acreedora de este legado. Desde entonces ella irá
ganando en originalidad y fuerza, para a la vuelta de
unos decenios devenir una de las más auténticas de la
gráfica de comunicación cubana de todos los tiempos.
Este protagonismo lo hizo el caricaturista con mayor
idoneidad para dar testimonio del desarrollo alcanzado
por la manifestación durante el período revolucionario.
Sobre todo, cuando por experiencia sabemos que la
mayoría de los gráficos no escriben. David se decidió a
escribir… Pero, por las razones antes aducidas,
finalmente, nos dejó con la miel en los labios; es
decir, nos dejó sin su testimonio y juicio crítico sobre
la caricatura que se hizo en el período revolucionario
del 60 al 80. Para un país como Cuba, donde las mayores
verdades se han dicho medio en broma, medio en serio, y
donde el humor es parte esencial de la idiosincrasia de
su pueblo, el libro de David, su pasión y esfuerzo,
volcados en ciento veinte páginas de amena lectura, es
un llamado a caricaturistas y a estudiosos de nuestra
cultura, para acometer nuevas investigaciones sobre el
género y los que la hicieron. La presente obra es apenas
un inicio. Para aquel que dude que el camino más corto
de toda comunicación es la sonrisa, La caricatura:
tiempos y hombres, de Juan David, no solo le
confirmará el aserto, sino que le enseñará cuanto de
sacrificio, seriedad y compromiso hay en la obra de todo
aquél que, con verdadero arte, casi a diario, nos hace
pasar de la más profunda reflexión a la sonrisa, sin que
dejemos de creer en el hombre y lo que hay en él de
eterno.
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