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LOS NÁUFRAGOS
Confiaba en la inteligencia y el poder de los yanquis y
no podía imaginarse que el famoso plan sería, desde el
principio, una cadena de errores condenados al fracaso.
Después de todo, él no era más que un peón movido
primero por la subestimación de la CIA y los consejeros
de Kennedy y, ahora, por el azaroso viento del Caribe.
M. H.
Lagarde|
La Habana
La gaviota planeó dos
veces sobre el barco y él fue el único en divisar el
vuelo del ave alrededor de la vela blanca hinchada como
un pulmón. El pájaro se posó sobre la rodilla inerme del
hombre situado en la proa y desde allí contempló los
cuerpos moribundos de los dieciocho sobrevivientes a
bordo.
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Como una serpiente,
la mano del hombre arrinconado en la proa se arrastró
cautelosa entre las manchas de la tela de camuflaje. Él
contuvo la respiración como si la gaviota estuviera
sobre su rodilla y fuese su mano la que se cerrara
fuertemente en el aire justo debajo del aleteo blanco y
negro de plumas que se elevó hasta lo alto del palo
mayor.
¿Ahora qué coño
pasa?, dijo alguien, mientras el soldado que hasta hacía
un momento ocupaba la proa trepaba por el mástil. Vio el
salto de rapiña de la mano, dos o tres plumas
arrastradas por el viento y la sangre tiñendo de rojo la
blancura del ave. Como los demás, trató de incorporarse,
de estar cerca para ayudar al cazador a desplumar el
bicho, pero le fue imposible moverse. Tres hombres, en
mejores condiciones que él, se repartieron los restos
del pájaro. Oyó el traqueteo de los de los dientes
royendo los huesos, una ofensa, un golpe y el quejido de
uno de los dichosos.
Sintió rabia y luego
lástima. Piedad por la gaviota, la única señal de vida
en aquellos nueve días de deriva por la muerte. Pena por
sí mismo. En cierto modo, lo habían atrapado como al ave
y ahora lo estaban devorando.
Todo había comenzado
nueve días atrás cuando, ante la incontenible ofensiva
del enemigo, se despojó de las ropas y se tiró al mar
para tratar de alcanzar el velero. Vestido solo con el
calzoncillo de soldado compitió contra decenas de
hombres por ocupar un espacio en la nave fondeada cerca
de la orilla. Cuando el barco estuvo repleto empezaron a
remar con las manos para ponerse a salvo, no del
enemigo, sino del fuego de las browning de sus
propios compañeros. Desde la playa, un grupo de
integrantes de la 2506, atrapados entre el mar y los
milicianos, disparaban contra el velero, no como
escarmiento para los cobardes, sino para tratar de
ocupar sus puestos en la fuga.
Cuarenta y cuatro
manos convertidas en remos guiaron el velero de 22 pies
de eslora en dirección a los destructores anclados en el
horizonte. Pero los buques americanos, en vez de
acercarse, se alejaban. De nada valieron ni los gritos
ni mentadas de madre, las mismas ofensas que ahora se
escuchan porque alguien ha divisado otro barco a lo
lejos. Esta vez le faltan las fuerzas para, como en
otras ocasiones, empezar a sonar la lata y dar gritos de
“Aquí, aquí”, que no llegan a ninguna parte. Mientras
los demás se trepan al mástil y ondean sus harapos
pintarrajeados, él permanece acostado sobre cubierta,
con los ojos clavados en las grises barrigas de las
nubes. Se entera de la marcha del barco por las
maldiciones y las oraciones que nuevamente terminan
hundiéndose, poco a poco, en el agua azul oscura de la
que hace más de una semana permanece prisionero y de la
que está convencido no podrá escapar.
La claridad le cierra
los ojos y se ve de nuevo a bordo del Houston…full de
jotas y el trago frío de whisky que saborea en la
garganta y se le derrama por dentro…full de mujeres en
el Cadillac que a 80 km por hora atraviesa en un abrir y
cerrar de ojos la península de Hicacos. No hay quien se
resista a virar la cabeza para verlo pasar. No por el
Cadillac, ni por las tres rubias tetonas que mastican
palabras en inglés a sus espaldas, sino por él, el héroe
de la patria, el Comandante de Girón… tres mujeres y la
mano es suya y recoge el dinero que va a gastar en Cuba
cuando no quede un comunista con cabeza. Se tira en la
hamaca. Con el sombrero tejano sobre los ojos oye a los
demás hombres —que ocultan su nerviosismo mientras
revisan los uniformes y los BAR (fusiles automáticos
browning) — haciendo proyectos para el futuro…
¡Qué no me tiren por
la borda, coño!, dijo alguien. Por las cara de los otros
se da cuenta que la muerte, otra vez, ha vuelto a trepar
a cubierta. El muerto de turno, el quinto, está acostado
en posición supina alrededor del mástil. Era el jefe de
los paracaidistas y tenía fama de ser un tipo duro.
Pocos días antes, cuando aún contaba con fuerzas, había
hecho un alarde valor. De la linterna sorda que colgaba
del barco se había enganchado un tiburón casi del tamaño
del velero. Varios soldados, durante casi una hora,
estuvieron peleando con el pez y casi estaban a punto de
atarlo a un costado de la embarcación cuando el canalete
se rompió en la cabeza del animal. El tiburón se soltó y
perdieron la linterna. En más de una ocasión, el jefe de
los paracaidistas, el hombre de más rango a bordo, trató
de tirarse al mar para acabar, cuchillo en mano, con el
escualo. Sus subordinados le impidieron morir de un modo
diferente a como lo iba a hacer ahora.
El primero que murió
a bordo, un tipo de 43 años, era el único que sabía algo
de pesca. Poco después de iniciado el viaje tosía
continuamente y de vez en cuando llamaba a su madre cual
un crío de cinco años. Mentaba los nombres de amigos de
otros tiempos y hasta sostenía con ellos largas
conversaciones. El último tema de su delirio fue la
guerra. Había participado en la captura de un niño de
doce años. El chamaco, dijo el moribundo, estaba vestido
de miliciano y se había negado a doblegarse a las
fuerzas de la brigada invasora. Cuando le preguntaron
por qué lo hacía, el muchacho solo dijo: “Mis maestros y
mis padres me dijeron que los milicianos son los buenos.
Ellos me quieren y yo les creo”. Cuando amaneció el
pescador estaba muerto.
El jefe de
paracaidistas, a quien ahora le había llegado su turno,
trató de conservar su cuerpo sobre cubierta. Nadie sabía
cuándo podía llegar el auxilio. Pero los demás,
desobedeciendo a su jefe, tiraron el cadáver al mar.
Pronunciaron, arrodillados, una elegía luego de rezar el
rosario. Esa misma mañana dos o tres hombres pudieron
estirar los pies en el espacio dejado por el muerto.
“¡Deben colgarme del
mástil y llevarme a tierra!”. La última orden del que
hasta ahora había intentado poner las cosas en su lugar
parecía una súplica. Su agonía duró casi toda una
jornada. La noche del décimo día la tripulación entera
compartió sus mortales alucinaciones. El jefe de los
paracaidistas les enviaba mensajes a los consejeros
norteamericanos. Unas veces daba golpecitos con la mano
en el mástil, gritaba las coordenadas donde se hallaba o
decía incongruencias que recordaban los mensajes en
clave que durante toda la invasión estuvieron repitiendo
los mentirosos de radio Swan: “¡Alerta! ¡Alerta! Miren
bien el arco iris. El primero saldrá muy pronto. Chico
está en casa. Visítenlo. El firmamento es azul. El árbol
es verde y café. Las cartas llegaron bien. Las cartas
son blancas. El pez no tardará mucho en subir. El pez es
rojo.”
Otro de los mensajes,
sin embargo, tenía una lógica terrible: “Estamos
débiles, enfermos y a punto de morir.” Las últimas
palabras se le escaparon de la boca como un estertor:
“Estamos salvados. Viene un barco”. Nadie quiso cerrarle
los ojos llenos del pus verde, el único rasgo, con que
la muerte distinguía a vivos y muertos entre los
náufragos.
Mientras miraba el
cuerpo del oficial perderse bajo el agua, pensó que la
esperanza del salvación solo era posible en los desvarío
de un moribundo. Ahora, apenas sabía si él mismo estaba
muerto o no. Le resultaba imposible creer que aquel
naufragio podía también ser parte del plan. Los primeros
días esa sospecha le había pasado por la mente. Entonces
creía que todo era parte del “infalible” plan preparado
por los sesudos de Washington. Incluso, cuando el miedo
lo tiró al agua en calzoncillos aquella tarde del 19 de
abril no se sintió vergüenza porque la huía podía ser
también parte del plan. Solo cuando el sol empezó a
quemarle la piel a bordo de ese barco al garete que
recordaba a la invasión, al embarque que los americanos
les dieron por partida doble, se le ocurrió la idea de
que también podía ser parte de la estrategia el rumor
que imperaba entre los hombres de la 2506. Hacía falta
un buen pretexto para invadir a Cuba. Tal vez estaba
previsto que los comunistas capturaran a miles de
hombres huyendo a la desbandada por los pantanos de la
Ciénaga de Zapata, y que a él y a los otros, a quienes
el viento había empujado primero al sudoeste y luego
hacia al noroeste a la bolsa del golfo, la
deshidratación y la inanición les cobrara el precio de
sus hazañas.
Desde un principio,
en los entrenamientos en la base Trax, había notado que
algunas cosas no andaban bien. En una ocasión le soltó
la risa en la cara al instructor americano que, de pie
delante del mapa, al señalar a Trinidad aseguró que era
la segunda ciudad más grande de Cuba. Sin embargo, sus
dudas no fueron mucho más lejos. Confiaba en la
inteligencia y el poder de los yanquis y no podía
imaginarse que el famoso plan sería, desde el principio,
una cadena de errores condenados al fracaso. Después de
todo, él no era más que un peón movido primero por la
subestimación de la CIA y los consejeros de Kennedy y,
ahora, por el azaroso viento del Caribe.
No podía saber que el
piloto del avión que el día quince sobrevoló el Houston,
cuando regresara a Miami afirmaría que la fuerza aérea
de Cuba estaba exterminada o que la Agencia haría oídos
sordos ante los consejos del servicio de Inteligencia
británico. En la Isla, habían dicho los ingleses, no
habría ninguna rebelión interna.
Confiaba en que
detrás de la brigada estaban los marines. Eso le habían
dicho sus instructores en Guatemala y se lo había
confirmado el submarino que de vez en cuando sacaba a
flote su lomo de acero a uno de los costados del
Houston. ¿Qué significaba entonces la escolta de la
flota de destructores? Si él no hubiera tenido la
certeza de que los americanos le cuidarían todo el
tiempo las espaldas, no estaría ahora mirando una de las
botas del jefe de los paracaidistas hundiéndose en el
azul del golfo.
El onceno día fue una
copia de los anteriores. El mundo permanecía partido en
dos por la línea interminable del horizonte. De un lado,
el mundo real con los rayos del sol enterrándose cada
vez más en su cuerpo inerme. Ha perdido casi veinte
kilos y la garganta hinchada por la acidez del agua y la
orina con sabor a derrota. Y del otro, el mundo irreal
del pasado, de la nostalgia por la vida que había
dejado, en puerto Cabeza. Se despidió de tierra firme,
de sí mismo, como los demás, haciendo ondular en el aire
pañuelos de colores. En el muelle, recortada por el
paisaje costero, permanecía, con el rostro entalcado, la
dandy figura de Somoza. ¿Alguien le traería dos pelos de
la barba de Castro? La vida que habría podido haber
hecho en Miami (allí encontró a Mr. B. Frank Bender, el
hombre a cargo del reclutamiento) donde aguardaba por
que las oficinas de Refugio lo ayudaran con dinero o le
ofrecieran un trabajo.
Después de todo, se
alegra de que el duodécimo día su cadáver no esté entre
los cinco que fueron echados por la borda, sin oraciones
ni rezos, hacia esa parte baja del mundo que no puede
ser otra que el infierno. Se alegra de seguir a flote,
mirando cómo el cielo se torna gris oscuro y hasta que
los nimbos que presagian la tormenta se asemejen a la
columna de humo que brotaba del Houston hundido en medio
de Playa Girón. De la lluvia que ahora le entra en la
boca, tan fuerte y cerrada como el fuego de los morteros
de los milicianos de uniforme azul.
Al día siguiente del
aguacero empezó a delirar. Estaba amaneciendo cuando vio
al avión con franjas azules dibujadas bajo las alas.
¿Disparará contra nosotros o no?, preguntó alguien. Pero
el ruido de los motores del avión fue suplantado por el
estrépito del camión que se acercaba por la carretera.
Ante la presencia del enemigo le empezaron a temblar las
piernas. Gritó la contraseña Águila, pero no
recibió la réplica acordada: Negra. La única
respuesta fue el estruendo del motor camión y las luces
de los faros que le encandilaron los ojos. Apretó el
gatillo y el camión saltó por el aire envuelto en
llamas. En el vehículo viajaban dos milicianos, tres
mujeres y dos niñas.
Una y otra vez volvió
a recordar la escena de su único combate. Por eso no vio
cómo la vela empezaba a aumentar de tamaño, ni oyó los
gritos de los demás tripulantes, ni el repique atronador
de las latas que intentaban llamar la atención de una
embarcación que dio varias vueltas alrededor del velero
para perderse de nuevo en la penumbra azul de la
distancia. El estruendo del camión tampoco lo dejó
escuchar la explicación de por qué no los recogían: “La
tierra debía estar cerca”.
Solo volvió en sí el
próximo atardecer. En el mar ondulaba un sendero de luz
rumbo al sol. De pronto, uno de los hombres se acercó al
mástil y empezó a gritar que la vela era el manto de la
Caridad del Cobre.
“No le reces más a la
virgen. Hemos orado por días. Solo el diablo puede
salvarnos”, dijo alguien, poco antes de que junto al
velero emergiese la oscura silueta de un buque.
A pesar de los
brincos y la algarabía del resto de los náufragos estaba
seguro de que la nueva aparición no era más que otro
espejismo, otro engaño de los sentidos. Una alucinación
más, similar a la gaviota que en ese mismo instante le
tapó la mirada con la sombra de su vuelo.
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