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Avanzando con el pueblo en armas
 
El desembarco se realizó de madrugada. Avisadas las milicias del batallón de Cienfuegos, que acampaban en el Australia, sirviendo la zafra libre, salieron al paso al invasor, que avanzaba sembrando el terror y la muerte por cada pedazo de costa, por cada palmo de tierra, por cada casa que encontraban, por cada sitio fácil e indefenso.


Dora Alonso*
 

Santiago de Cuba amaneció, el lunes 17 de abril, con un calor tremendo y un sol fuerte. Sobre las diez de la mañana estábamos visitando la placita de Santo Tomás y leyendo en una tarja los nombres de bronce de los muchachos del barrio aquel, asesinados por el ejército de Batista. Cuando llegábamos al de Frank País, el chofer de la máquina llegó corriendo a dar su aviso:

― ¡Ya estamos en guerra! ¡Llegó la invasión!

― ¿Por dónde?

― Dicen que por Cienfuegos. Están dando los partes.

En un momento se advierte que la noticia ha volado de boca en boca. Santiago parece moverse en masa en un leve desplazamiento de sus habitantes. No es bullicio; ya lo hemos dicho: el santiaguero es mesurado y firme. No es tampoco alarma ni remolino; sencillamente se palpa, se respira un movimiento intenso de emoción en cada rostro, en cada persona.

Los milicianos parecen vibrar.

Al llegar al hotel, ya tenemos decidida la salida rumbo a Cienfuegos. A tirones y a la carrera, diez minutos más tarde, estábamos en el salón de espera de los ómnibus Santiago-Habana. Allí hay rostros serios y llenos de preocupación. Se habla a media voz; los pasajeros preguntan y comentan y los empleados tratan de servir al público que comienza a acudir en solicitud de pasajes para distintas partes de la Isla. Hay bastante confusión sobre la posibilidad de que se mantengan o no las comunicaciones por carretera; las aéreas están suspendidas.

Antes de salir, bromeamos con una empleadita de quince años:

―Prepárate, que pronto vendrá otro desembarco destinado a los santiagueros.

Y echando chispas por los ojos verdes y luminosos, responde entera:

―Si vienen, cogerán el polvo tinto en sangre. ¡Ahora mismo voy a buscar mi Fal!

A las 12:30 del día, nuestro vehículo arranca desde la antigua y típica plaza de Marte, dando tumbos pesadotes y llevando ocupados todos los asientos.

A pesar de nuestra personal preocupación, vamos observando el ambiente. Nadie habla. Ni siquiera con el compañero de asiento. El conductor avanza, solicitando los pasajes, y el tric-trac del ponchador se escucha claramente.

Por las ventanillas cruza el adusto paisaje envuelto en plumas de palmeras verdes, quietas dentro del viento muerto. El ómnibus ruge en cada sección de la carretera y luego vuelve a su marcha monorrítmica, de curva en curva.

En los primeros pueblos, ya se nota expectación. Hay público en las esquinas. Frente a los sindicatos se agolpan los obreros. Y a todo lo largo de los montes, se ven sombreros de yarey, camisas azules y los cañones de los fusiles, como un seto de acero y de vergüenza dispuesto a contener al invasor.

Las milicias campesinas se suceden a todo lo largo del tiempo y del camino. Son muchachos de tierra y sol, serios y fuertes, que unidos avanzan formando largas tiras de cubanía. Y en cada poblado se van reuniendo por miles y miles, en un incansable y poderoso afluir que reúne al pueblo armado de todos los sectores de trabajo.

A veces, delante del ómnibus, una larga hilera de camiones repletos de milicianos, enfila la ruta con nosotros, Cuba abajo.

Otras, por la izquierda y en sentido contrario, sobre una línea de combatientes que parece no acabarse nunca; o se movilizan, pesados y cargados hasta los topes, docenas de transportes militares con pertrechos para distintas plazas.

Al cruzar los poblados, las banderas engalanan portales y ventanas. Hombres, mujeres y niños saludan entre vivas el paso de los milicianos. Ellos contestan a gritos, levantando los armamentos sobre las cabezas juveniles. Es como una poderosa fiesta. Una extraña y admirable forma de cumplir el deber de cubanos. Van alegres al combate y quizá si a la muerte. Y los despide un cerrado aplauso sin lágrimas ni miedo.

Dentro del ómnibus, el mutismo empieza a ceder. Alguna que otra palabra, que otra frase suelta, parece firmar sobre el silencio, brevemente. Se alcanzan periódicos locales y se buscan noticias políticas. Los vendedores de naranjas, de dulces, de pan, ya son atendidos a medias; las manos se alargan por las ventanillas para comprar y pagar.

Hasta Holguín dura ese estado de semisilencio, de semiinercia; el peso de la realidad guerrerista que el Pentágono siembra como un hierro traidor en la entraña de Cuba.

Ya en la ciudad oriental, se escuchan las primeras bolas. Se anuncian más invasiones, se asegura que Santa Clara está siendo bombardeada y que los aviones yanquis ametrallan las ciudades y las carreteras.

Sin embargo, no parece haber pánico, sino odio y desasosiego en todos los lugares. Los síntomas del temor no aparecen, aunque buscamos bien, deseando ser veredictos. Únicamente un recelo, una reserva modesta parece posarse sobre el grupo de pasajeros. Nadie quiere opinar en voz alta. Y ya comenzamos a sentirnos, molestos, a escudriñar miradas y gestos, a intentar saber, penetrar el porqué de esa forma cerrada de manifestarse en tal momento.

Cuando cae la tarde, el conductor asegura que de ser ciertos los rumores, tendremos que hacer noche en Camagüey, porque no nos permitirán seguir más allá. Se mencionan posibilidades de sabotaje, quizá sí bombardeos de las vías de comunicación.

El desembarco crece en la imaginación como un fantasma. Pero en Camagüey, si bien no hay más partes oficiales para orientarnos, tampoco hay orden alguna de cortar la marcha. Y seguimos.

Hasta la zona de Las Villas no se reiteran los registros; pero una vez en aquella provincia, milicianos que nunca llegan a los veinte años, suben avizores, corteses, dando excusas, y miran y observan. Se repiten las breves paradas.

Entonces. Alguna protesta injusta nos detona las ganas de pelear y sostenemos pequeñas escaramuzas verbales, recordándoles a los nerviosos los registros al uso del ejército de la tiranía.

Un pasajero joven, con burlones ojos, con un silbido muy revelador de tonada banal en los labios, señala en pretensión de razones:

―Es que resulta muy molesto. Quisiéramos volar para llegar pronto a  La Habana.

―Bueno ―respondemos― por volar no se preocupe demasiado. A lo mejor volaremos dentro de un rato con las bombas yanquis. En un momentito llegaremos todos al paradero final.

La descarga surte efecto, y sobre todo, lo surte el pensamiento directo de los aviones de combate entre la noche buscando señales de faro sobre la cinta negra de la carretera.

Ya no hay más sosiego: realmente no lo hay. Cada cual mira y mira hacia la noche, al cielo, prestando oídos a cualquier rumor de motores aéreos. En suspenso, latiendo los pulsos aceleradamente, se llega a Sancti Spíritus... Pero allí aseguran que no, que no es cierto.

―No, hombre, no: ¡nada de bombardeos en Santa Clara ni en las carreteras! En Matanzas sí hubo otro desembarco.

― ¿Lo dice el parte oficial?

―No han dado ninguno más. Pero los camioneros que pasaron hace un rato por aquí, dijeron que...

Es en Santa Clara, a la medianoche, donde hallamos el primer destello real de todo lo que esta pasando. El ómnibus se detiene en el andén y corremos hacía un viejo empleado, que fuma sentado sobre un taburete, con la gorra echada sobre los ojos.

―Compañero, ¿puede darme alguna noticia sobre la invasión?

El viejo nos mira y luego señala hacía el salón de espera:

― ¿Ve aquella señora vestida de negro? Ella viene de allá.

Fue a saber de sus hijas, que estaban precisamente en la zona de combate.

La mujer se destaca junto a un banco. Allí corremos. Allí llegamos.

―Señora, por favor, ¿qué me cuenta?

Es una mujer campesina, de mediana edad, humilde, trigueña.

― ¡Figúrese! Yo tenía a mis dos hijitas precisamente en la Ciénaga. Anoche durmieron en los pantanos por los bombardeos de esos canallas que han entrado como malas bestias, acabando con cuanto encontraban...

―Pero ¿y que más? ¿Cómo va todo? ¿Qué cosa sabe de la batalla?

―Pues mira, yo no pude llegar a Jagüey Grande, porque ya es zona militar; pero supe de mis hijas, que están en el pueblo.

¡Ya les hemos tumbado tres aviones a esos perros! ¡Se está peleando muy duro, pero no los dejamos avanzar!

Ahogándonos de emoción retornamos al ómnibus, gritando la nueva a un soldadito rebelde que va sentado en el primer asiento. Todo el mundo vibra y luego, cerrado, estalla un aplauso.

El joven de los ojos verdes, trata de sonreír y hace una mueca. Y entonces dice que se alegra mucho. Que si sabíamos que estaba preso Boza Masvidal...

COLÓN-JAGÜEY-AUSTRALIA

Llegamos a Colón a las 3:30 de la mañana. En la cafetería del hotel, un buen hotel que lleva el nombre de la misma ruta que nos trae, hay un joven miliciano, un hermoso muchacho trigueño, alto, sonriente, de grandes ojos negros. Como leontina de guerra, a la cintura lleva una granada de mano. No tiene más de dieciocho años. Está hablando con dos compañeros. Por él confirmamos las noticias de la campesina vestida de negro. El muchachote viene de allá y cuenta de los aviones derribados por nuestros artilleros. De la pelea empeñada. De la moral y de la fuerza miliciana y rebelde.

En cuanto amanece, nos disponemos a salir para Jagüey Grande. Los choferes se niegan o piden demasiado dinero para vencer el temor. Al fin hallamos uno dispuesto a medias:

―Bueno, lo los llevo, pero en cuanto la primera posta diga que hay que virar...

Lo tranquilizamos y al enfilar la carretera de Guareiras, se suelta un poco y empieza a decir cosas:

―Óiganme, esos milicianos no le tienen miedo a la muerte. Cuando llegó la movilización se fajaban para coger puesto en los camiones que iban para el frente. Nada más gritaban: ¡Venceremos!

― ¡Pues claro está que venceremos! ¿Lo duda?

Se azora un poco haciéndonos sonreír.

Cruza Guareiras, entre paradas de postas, explicaciones y carné de BOHEMIA revolucionaria. Pasado Manguito recogemos a un campesino con su yarey, su fusil y su camisa azul.

Ramón Monzón, de la Finca Adelaida, es un guajiro viejo, curtido, con mano donde el arado dejó dureza de hierro. Nos responde claro y muy firme.

―Para mí, que la misa ya se está acabando. No tienen con qué pelear contra nosotros; les falta la razón y así no valen armamentos. Mire, yo tengo un hijo en el frente, y ahora mismo no sé sí es vivo o muerto, pero sí algo le sucedió fue por Cuba libre y me conformaré.

Ramón Monzón es responsable de milicias campesinas. Tiene formas muy suyas de comentar.

―Usted sabe. ¿No? Anoche hubo mucha comida pesada para los invasores.

― ¿Y qué sabe, viejo?

―Bueno, pues que trajeron paracaidistas y tanques de cuanto Dios crió. Los guajiros del frente, los cienagueros a quienes les ametrallaron la familia, cuando los apeaban de sus paraguas querían echárselos a los caimanes.

― ¿Y qué le parece todo esto?

Nos mira, asombrado de la pregunta:

― ¡Qué me ve a parecer! Que va era hora de que acabaran de decidirse a venir. Hemos vivido martirizados más de un año, cargando el fusil de la casa pa´l trabajo y del trabajo pa’ la casa, como los monos.

Ahora se ríe, mostrando la falta de dos dientes.

―Solamente, que, en este momento, los monos son ellos peleando contra los leones.

Ya estamos en la primera calle de Jagüey Grande. Otro campesino nos da el alto. Después hablamos brevemente. Nos informa sobre los paracaidistas, asegurándonos que traían encima mucho dinero en dólares. Y añade:

―Ahora tendremos más divisas.

Hablándonos del cañoneo de la noche, gráficamente, al modo guajiro que tanto conocemos, dice también.

―Había una tronazón que a la fuerza tenía que llover.

Aquí en la primera calle de Jagüey, empieza la realidad del ataque para nosotros. Un ataque infame y de una infinita crueldad. Un ataque cobarde, que va desarrollándose por cuadros que nos refieren voces de hombres rudos, voces de adolescentes, voces de mujeres milicianas, de la Cruz Roja, de la Federación; voces de ancianos carboneros, de combatientes viriles, de soldados y de jefes de la Revolución.

El desembarco se realizó de madrugada. Avisadas las milicias del batallón de Cienfuegos, que acampaban en el Australia, sirviendo la zafra libre, salieron al paso al invasor, que avanzaba sembrando el terror y la muerte por cada pedazo de costa, por cada palmo de tierra, por cada casa que encontraban, por cada sitio fácil e indefenso.

La aviación yanqui devastaba a bombazos los humildes hogares donde morían mujeres, niños y ancianos. Y los cubanos que venían a "liberarnos" cruzaban "triunfantes" sobre la sangre inocente de los humildes compatriotas afligidos y espantados.

Playa Larga, al final de la carretera que va de Jagüey a la costa sur, recibió entre la tiniebla la llegada de la fuerza organizada y dirigida por el Pentágono. El vecindario infeliz de la Ciénaga de Zapata comenzó, bajo la metralla inmisericorde, una evacuación precipitada. A través de pantanos, huían las familias.

Pero no todas pudieron salvarse de la matanza. Ya de día, mujeres, ancianos y niños, a pesar de llevar sábanas blancas desplegadas, fueron volados bajo el ataque de los bombarderos yanquis, despedazados, atacados sin perdón ni conciencia. Ardió un camión con su carga humana, entre llanto de niños y gritos de mujer. Las casas humildes, de guano volaron también.

Cuando el miliciano termina el relato del primer cuadro del desembarco, nos señala dónde queda la casa de las milicias.

Allí hemos de ir para poder llegar a la comandancia general de operaciones, situada en el Central Australia, a pocos kilómetros de la costa donde se libran los combates.

El poblado está bastante tranquilo. Hay excepción, pero los habitantes no lucen excitados. En los portales se advierte el vecindario que comenta y recibe noticias. Pero los comercios en total, funcional normalmente. Todo luce poco más o menos como el resto de la Isla.

Llegan continuamente camiones cargados de campesinos evacuados por la Revolución.

La máquina toma entonces el camino del ingenio. Alguien que sube y nos acompaña, va dando más noticias.

―En el Central están acampadas las tropas que regresan del frente y las que irán a combatir. También está el hospital de sangre, organizado por la Cruz Roja y la Federación de Mujeres.

Por la carretera se enfilan enormes y poderosas distintas piezas de artillería de gran potencia de fuego, que se sitúan, tomando posiciones. O que marchan al frente. O que reposan, como gigantes de acero, en espera de su misión y de su hora.

A la entrada del batey del Australia, frente a la torre que se levanta contra un cielo azul parejo y fino, se agolpan las milicias en un hormiguear  de armas y de hombres. Llega un aviso con el primer grupo.

―Deben tener cuidado. Hay que estar alertas. Los aviones yanquis pretendieron llegar aquí para volar el ingenio y los tanques de alcohol de la refinería.

La comandancia queda en un gran caserón, donde suponemos las oficinas del Central. Todo a su alrededor está cubierto del pueblo en armas. Son miles y miles de cubano, vistiendo el uniforme de la libertad.

Los milicianos que llegan del frente, extenuados, fatigados, se echan por tierra e inundan el paso buscando un breve descanso.

Sobre los grandes portales donde funciona la comandancia, se ven, sudorosos, manchados de sangre y lodo, pero ardiendo en fe, en una inquebrantable fe, que fascina y contagia. Los hay de todas procedencias y clases, y desde el negro retino al rubio claro. Toda Cuba, y toda edad y todo color de piel, se unen y se funden en una fuerza inmensa que ya nada ni nadie logrará romper.

A la sombra de los distintos edificios, también reposan los combatientes. Echados contra sus armas, o recostados a las paredes, conversando en una animación que estalla en palabras y sonrisas y en la jocunda forma de nuestra chispa.

Las cantimploras se levantan por cientos en el aire caliente, vertiendo en las sedientas bocas su chorro refrescante. Se respira una poderosa, irresistible confianza. Una seguridad sin límites en la victoria. Aquí nadie duda ni supone ni ha pensado en ningún momento que el invasor pueda salir, no ya victorioso, sino siquiera vivo de la aventura. Desde los chiquillos de 12 y 13 años, que también vienen a defender su tierra, hasta los ancianos campesinos de 70, que blanden el fusil junto a las canas y el corazón entero, están convencidos de ello. Es un convencimiento lleno de hechos que sostienen esa convicción:

―Oiga, señora: ¿ya usted sabe lo del batallón de fusileros de Cienfuegos?

Al segundo de oírse está pregunta cien voces gritan lo mismo. Ha sido una heroicidad tan grande, que hasta estos guerreros se asombran y se conmueven.

El batallón de Cienfuegos contuvo al invasor con fuego de fusiles, luchando contra la artillería enemiga, hasta dar lugar a la llegada del refuerzo. Hizo contacto a las 4 de la mañana y sostuvo la posición hasta las 9 diezmado, ametrallado, resistió con coraje indescriptible. El batallón pasa a ser parte de la historia patria en sus mejores páginas.

Ibrahím González Chaviano, responsable de milicias del Central Washington, obrero azucarero, de 31 años de edad, del batallón de la Escuela de Milicias de Matanzas, es un héroe más que relata para nosotros:

―Los invasores abrieron fuego contra un camión de mujeres y niños que huían de los combates. Lo volaron a cañonazos y después lo ametrallaron. Eso nunca se podrá olvidar.

Otra voz joven cuenta:

―A un carbonero le ametrallaron la familia, compuesta de tres hijos y la esposa, y le volaron la casa. El hombre se apareció aquí, en la comandancia, pidiendo un arma para ir al frente a pelear. Fidel ordenó que lo incorporaran a la batería de cañones y el hombre no ha abandonado el frente desde ese momento.

Lleva más de 24 horas combatiendo.

Y dice otro:

―Hay tres americanos muertos. Los muy perros venían de arriba, en paracaídas, o manejando los aviones, para acabar con cuanto encontraran. Un muchacho campesino, cienfueguero, cazó a uno de ellos en el aire y cuando tocó tierra, lo remató, arrebatándole la pistola que traía. Ahora el muchacho está peleando también. Tiene doce años.

Un jovenzuelo oriental, que lleva al cuello, a modo de pañuelo, un pedazo de nylon estampado arrancado a un aviador enemigo, comenta:

―Anoche, sobre las 2 de la mañana, sí fue duro verdá el combate. Tiraban con ametralladoras calibre 50 y un mortero.

Estuvimos en la línea de fuego desde las dos hasta las cinco.

Cuentan también que ayer por la mañana la artillería nuestra derribó dos aviones de combate B-26 y otros dos por la tarde:

―Les metimos con calibre 30 y 50. Hoy ya tumbamos dos más.

Ricardo Castro, de las milicias de Matanzas, de 19 años, que trabaja en la Zona Fiscal, es quien la cuenta. Y Felipe Cruz, obrero del calzado. Y Nelson Álvarez, de Ciego de Ávila. Todos ellos entraron en combate, ayer a las 9 de la mañana con el primer refuerzo de los fusileros de Cienfuegos.

―Entramos en contacto con el enemigo a menos de 200 metros. Tiraban con bombas de fragmentación.

Rafael Caballero, Alberto Seoane, de la Escuela de Milicias matancera y de la compañía de morteros, asisten a lo dicho.

Ellos también venían en ese grupo.

―Óigame, ¡nuestra infantería de la escuela los hizo retroceder cerca de cinco kilómetros, avanzando contra los nidos de ametralladora calibre 50, morteros y bazucas y disponiendo ellos además, del apoyo de la aviación yanqui! ¡Qué mierderos son!

Un chiquillo pecoso y burlón, vendado un brazo, se acerca para comentarnos:

―Escriba ahí que esa gente trae medallitas de San Cristóbal.

Nos gritaban "comunistas cochinos".

Algo que los tiene llenos de orgullo y dispuestos a dejarse matar diez veces es la alta moral de los jefes que los mandan:

―Todos nuestros jefes, lo mismo del Ejército Rebelde que de las milicias, avanzan con su unidad cuando batimos el frente.

Eso da mucha confianza.

Hombro con hombro pelean con la tropa. Y, además, "el hombre" está aquí dirigiendo personalmente las operaciones.

Y, ya se sabe en Cuba y en el mundo entero quién es "el hombre".

Mientras anotamos presurosamente todos los detalles que nos llegan, las anécdotas y comentarios, alguien dice, conmoviendo al grupo entero.

―Ahí está el teniente Rivero. ¡Es un león!

Ibrahím Rivero es un joven negro de 22 años. Delgado, modesto hasta el punto de rogar que no le preguntemos, que no hablemos de él. Que solamente cumplió con su deber de soldado de la Revolución. El teniente Rivero es el instructor de milicias.

Tiene una quemadura de fuego de bazuca en el cuello, bastante grande. Sonríe, huidizo tímido ante nuestra insistencia para que nos refiera de su hazaña.

―Diga nada más que estoy muy orgulloso de mis combatientes. Anoche, a las dos, llegamos a la primera línea, bajo el fuego de las ametralladoras. En esa posición fue donde el enemigo nos castigó con fuego de bazuca, que resistimos tendidos y cada un en su puesto sin ceder una sola pulgada. Mis combatientes mostraron una gran disciplina y mucho valor. Como fiera acosada se defendían los invasores.

Después de hablar de Rivero, entramos a la comandancia, donde Augusto Martínez Sánchez despacha en la oficina. A través del cristal de una ventana contemplamos su incesante actividad, su rostro sereno, sus penetrantes ojos, su gesto peculiar de mesarse la negra barba rebelde. Nos recibe un teniente ayudante, Manuel Ortega Valdés, que nos brinda toda clase de facilidades. Que nos acompaña unos minutos mostrándonos cascos, paracaídas y otros efectos cogidos a los mercenarios, todos, naturalmente, de procedencia norteamericana. Las cámaras de la televisión y las de la prensa van captando.

En su compañía salimos al portal, para recibir a un miliciano que trae, como botín de guerra, una bomba de 81 milímetros sin estallar. La bomba está llena de blanco polvo y se nos figura un raro animal venenoso, mortal, listo para sembrar la destrucción. El teniente la sostiene sin mucha delicadeza y luego la deposita en el piso, para ser fotografiada. De allí vuelve a las mismas manos que ahora la alejan por el campamento adelante.

En este momento llega un jeep, trayendo un prisionero recientemente capturado. Viste el ropaje rameado que les obsequia el Pentágono. Como un estampido corre la voz:

―¡Es un piloto yanqui! ¡Es un yanqui!

Mil y mil manos, mil y mil voces roncas de ira y de rencor, se alargan en el aire para esperarlo.

Se amontonan todos, se atropellan, corriendo hacia él. Es una furia nacida de la crueldad de esa aviación mercenaria y asesina.

Casi en voladas, prácticamente por el aire, lo llevan a la comandancia. Detrás, en un ímpetu, quieren lanzarse los milicianos fogueados y los bisoños que aguardan la hora de su turno en la pelea por Cuba.

Tiene que oírse la orden enérgica e incansable de un responsable que guarda celosamente la puerta de entrada del despacho para que se detengan, pero quedan rondando, cruzando frente a la puerta y la ventana desde donde se ve al prisionero, que después pasa al despacho de Martínez Sánchez para ser interrogado.

Más como mujer que como periodista, nos ceden el lugar junto al vidrio y desde allí podemos ver parte del interrogatorio que sucede dentro.

El prisionero, ahora podemos contemplarlo bien, no es yanqui ni tampoco creemos que sea un piloto. Es un cubano. Luce vencido y temeroso, y echa ojeadas a su alrededor. Bajo la gorra rameada en dos tonos de verde, los ojos irritados, de corta mandíbula de un joven delgado y de mediana estatura. Alguien por allí asegura que lo conoce: es un dependiente de una fonda de Marianao.

Tras la conversación con el Comandante lo llevan a otra sala.

El prisionero pide agua y es complacido inmediatamente. Sin solo insulto, sin un maltrato, sin una burla. Bebe largo, baja de nuevo la cabeza y allí que da custodiado esperando su suerte. Cuando saludamos al comandante Martínez Sánchez le pedimos "tres palabras" para BOHEMIA y nos responde instantáneamente: ― ¡Muerte al invasor!

Al salir de nuevo, se nos acerca Luis Gómez. Tal vez, al vernos allí, piense en algún poder oficial que pueda servirle en sus deseos.

Es un guajirito regordete, un niño de escasos 14 años, que ni bozo apunta. En la cintura pende el machete, sobre la cabeza el sombrero alón. Sus ropas se ven llenas de fango. Sonríe tímidamente y baja la cabeza cuando habla.

― ¿Qué tú quieres, hijo?

―Bueno, que usté me ayude a conseguir un arma. Yo quiero irme pa’ ‘lla dentro a pelear contra esa gente que está matando muchachitas y viejas.

― ¿Cómo lo sabes? ¿Qué cosa viste?

―Bueno, yo vi una viejita a la que le dieron un tiro cuando huía. Y a su nietecita chiquita con el cuerpo lleno de sangre y de balas. La viejita ya se murió.

Nos mira con sus ojos grandes y puros, donde ahora asoma la cólera y la decisión de un hombre.

― ¿Qué tú piensas de la batalla, Luis? ¿Y el desembarco?

Y el chiquillo no duda por un solo momento su respuesta:

― ¿Que qué pienso? Pues que ahoritica los cogemos uno por uno.

Son las 9:30 de la mañana. Las ambulancias de la Cruz Roja continuamente entran y salen del batey. Máquinas particulares, convertidas en hospitalarias voluntariamente ofrecidas por sus dueños muestras improvisadas cruces rojas sobre el techo, para entrar en la línea del fuego a sacar heridos y muertos. Por los caminos se levantan de continuo nubes de polvo y suben hasta lo alto de los cañones que cubren la retaguardia.

Entran dos camiones cargados de obreros que fueron hechos prisioneros por los invasores en Playa Larga. Ahora llegan al Australia, liberados por el avance del ejército del pueblo. Uno de ellos, que viene llorando, apenas puede contar algo, vencido por los nervios y la tensión:

―Me llamo Vicente Santana Abreu. Fui hecho prisionero con 124 compañeros más que trabajamos en las obras de la playa.

Estábamos durmiendo y como a las dos de la madrugada de ayer desembarcaron allí mismo. Luego empezó el tiroteo con las milicias. Así hasta que hoy nos liberaron.

Jesús Luis Pérez, Pedro Cabezas y Díaz, Rafael Rodríguez y Armando García Rodríguez, del castigado y heroico batallón de Cienfuegos, nos buscan para saludar a través de BOHEMIA al pueblo de Cuba. Volvemos a indagar por la fabulosa historia bélica.

―Cuenten ustedes:

―Pues mire, a las cuatro de la mañana salimos rumbo a Playa Larga y a cinco kilómetros hicimos contacto. Tuvimos que aguantar a esa gente con metralletas y fusiles. Al ver que no podíamos avanzar, decidimos mantener la posición y cortarles el avance a ellos. Nos atacaban con la aviación, con morteros, con ametralladoras 50 y balas incendiarias. Así nos aguantamos hasta las nueve más o menos, viendo caer a los paracaidistas. Nadie echó un paso atrás. Donde llegamos nos quedamos hasta que apareció la artillería nuestra para reforzarnos.

―Y entonces, ¿se retiraron?

― ¡Qué va! Los que quedamos vivos seguimos dando leña.

Félix Humberto Tarancón, pertenece al cuerpo sanitario de la columna de Fidel, cuenta algunos detalles de su labor en aquellas horas:

―Teníamos que encender fósforos para curar a los heridos más graves.

Tarancón nos acompaña a la pequeña casa del "Australia", donde funciona el improvisado hospital de la Cruz Roja. Hay varios heridos y un muchacho de poco más de veinte años, que ha perdido el habla a consecuencia de un impacto emocional: una bomba le cayó a pocos pasos.

Lo traen del brazo, como a un niño afligido. Camina como un autómata, mostrando una dolorosa y ausente mirada. Sobre el bolsillo de la camisa miliciana se lee un apellido poco usual:

Guelvenzur, Jorge es el nombre.

El Dr. Hilario Sierra, del Ejército Rebelde, lo conmina a hablar:

―Di cómo te llamas. Dilo alto. ¡Habla! ¡Tienes que hablar!

Los ojos del joven se llenan de lágrimas, poco a poco. La mano temblorosa toca el borde del bolsillo señalándolo. Luego inclina la cabeza y el llanto corre en un hilo amargo por sus mejillas como un surco de angustia y de impotencia.

El médico explica, con su compañero, el Dr. Ramón Lorenzo:

―Padece un estado de mutismo y negativismo, como consecuencia del impacto: Cuestión de tiempo ahora...

Adentro, en la pequeña casa de un de las generosas y valientes mujeres que están sirviendo de voluntarias en las tareas de la sangre, hablamos con Bamby Martínez, que es alfabetizadora; con Agustina Morejón, Edelmira Lezcano, Estrella Ochoa, todas de la Federación de Mujeres Cubanas. En el primer cuarto se ha improvisado, sobre dos mesas de madera cubierta de hule blanco, mesas de curaciones. El instrumental hierve en un depósito sobre un fogón eléctrico. Rollos de algodón, medicamentos y ampolletas se amontonan sobre una silla.

Llega una ambulancia. Junto al chofer viene un joven de 17 años. Trae un corto pantalón y las piernas desnudas y vendadas. Sobre el vendaje se advierte el manchón de la sangre reciente. Se llama Ignacio García Capote. Es de Güines. En el interior de la ambulancia, Manuel Roy Bello, de Potrerillo, Placetas, herido también por fragmentos de metralla, junto a Israel Gutiérrez, de La Habana, lastimado por un golpe de tanque. Los tres pertenecen a una escuela de Responsables de Milicias. Vale decir:

¡A una fragua de héroes!

PLAYA LARGA

De momento, nos encontramos sin vehículo para salir a la zona de operaciones de Playa Larga, en las avanzadas; pero vigilamos el paso de la primera cosa rodante que enfilara la carretera de la costa. Fue un jeep de la Cruz Roja y el jeep nos llevó.

Seis horas antes, allá se había librado un duro combate y era lugar de riesgo continuo por la continuas incursiones de los aviones bombarderos yanquis, que pretendían cruzar la línea de fuego para atacar nuestra única línea de abastecimiento de tropas y armas. Esa línea era, precisamente, la misma carretera por donde íbamos.

Además, los paracaidistas podían aparecer por la retaguardia, ametrallando desde su escondite en la maleza.

A la salida del batey, también todo se cubría de uniformes del ejército popular. Se almorzaba a base de una lata de leche condensada y pan, dulce de guayaba y alguna otra cosa. Vimos a la tropa, lata en mano, disponiendo del frugal almuerzo. Había unidad, un informe entusiasmado, una increíble satisfacción por ir al combate. De eso, cuantos tuvimos el honor infinito de contemplarlo y compartirlo, podemos dar fe.

Al timón del jeep que nos lleva a las avanzadas, está Manuel Esponda Álvarez, de la sexta brigada de la Cruz Roja, Ezequiel Velásquez, Rafael Hernández y Roberto Pérez Calero, delegado por La Habana.

Al subir al vehículo habíamos advertido algo extraño: junto al grupo hospitalario, que porta banderas con grandes cruces rojas, va también un mocetón llevando un arma antiaérea. Nos explican el porqué de la medida:

―Los aviones yanquis han ametrallado tres de nuestras ambulancias, y nos hemos visto precisado a pedir escolta para poder cumplir nuestro deber.

Apenas podemos creerlo. Únicamente los nazis se lanzaron a tal barbarie. Y llegan más detalles mientras corremos entre una nube de polvo.

―Algunos heridos fueron muertos en esa forma, dentro de los carros. Ya verá usted las ambulancias volcadas en las cunetas.

Dominando la idea de ver aparecer en cualquier momento la terrible amenaza aérea, o de sentir el tableteo de las ametralladoras de los paracaidistas, fijamos la mente en la temible, poderosa protección que guarda el territorio. Nidos de todas las armas, perfectamente disimulados y protegidos, se meten a los dos lados de la carretera, tierra adentro y tierra adentro y tierra adelante. Como fieles mastines de la independencia, se agazapan, para destrozar cualquier avance del enemigo. Son cañones de distintos calibres; antiaéreas, nidos de 50, de 30. Entre el raquítico o el espeso monte de la ciénaga se vislumbra asomando sus bocas mortales. Y detrás de cada una de ellas, cientos de vidas jóvenes con el corazón entero dispuesto al sacrificio por la patria.

―Por aquí estaban ellos y los hemos ido haciendo retroceder.

Fíjese en los hoyos recién tapados que llenan la carretera. Fueron hechos por las bombas aéreas.

Sobre el camino cubierto de polvo blanco que reseca la garganta, que emblanquece el pelo y las pestañas, se enfilan ómnibus repletos de milicias y Ejército Rebelde que van a reforzar el frente y las avanzadas. Son muchos, y también algunas rastras cargadas de parque.

A pie, a los lados de la carretera, se riegan milicianos junto a sus nidos armados. Nos saludan alegremente, haciendo chistes y mostrando ufanos las tiras de nylon estampado de los paracaídas capturados al ejército imperialista y mercenario.

Las blancas barbas de Norberto Barreras nos saludan al pasar, donde vela junto a su arma. Tiene 66 años. Viene del Escambray.

Es reparador de telégrafos de Jagüey Grande.

Continuamente, por la izquierda y en sentido contrario, enfilan sobre la carretera las luces encendidas y a toda velocidad de las ambulancias y máquinas que llevan la bandera blanca con la cruz de sangre. La muerte y el dolor van en ellas, en desesperado esfuerzo de arribada pronta al hospital del batey del "Australia".

Son muchas ambulancias y muchas las máquinas que van y vienen por este camino de riesgo y muerte, prestando el mismo servicio.

A nuestro lado, Pérez Calero, ansiosamente en una tensión desesperada que advertimos en cada rasgo de su expresión, en la mandíbula cerrada, en la mirada ansiosa que lanza a cada vehículo que regreso del frente vela el regreso de su único hijo.

Hace muchas horas que su muchacho salió a cumplir su deber humano allá donde la pelea es continua y terrible la metralla, y no ha regresado. El padre sufre con un sufrimiento callado y fijo, vibrando a cada luz de faro que se anuncia a lo lejos.

― ¿Vendrá ahí mi hijo?

El jeep detiene un poquito la marcha cuando nos cruzamos con los vehículos.

La voz del padre entonces grita su llamada ansiosa:

― ¿Han visto a Roberto?

Pero siempre los compañeros repiten que no. Que había ido al frente a recoger heridos; pero que no saben. Que nada pueden decirle.

Otra vez se acelera el jeep y nadie se atreve a comentar.

De pronto se oye un ruido de motores aéreos. Todo el mundo mira arriba, y en el mocetón dispone el arma, en guardia. Los ojos se clavan en el cielo con fijeza. El pulso se acelera y un nudo aprieta la garganta mientras cruzan segundos que parecen siglos... Pero, no; no eran aviones. Seguimos.

Cruzan kilómetros. Los árboles, a ambos lados de la carretera, muestran la herida honda de sus cortezas, destrozadas durantes los encuentros liberados horas antes.

Dos ambulancias ametralladas se incrustan en la cuneta. Pérez Calero apunta, con una ironía dolorosa:

―Mire la obra de los "salvadores" de Cuba.

Cerca de Soplillar tropezamos con dos nidos de antiaérea múltiples. A derecha e izquierda de la carretera, guardando un punto estratégico, sus ocho bocas vigilan lo alto, apuntando a las nubes.

Y guardándolas y sirviéndolas, como el pabellón más gallardo de toda está epopeya, están los niños de la Base Granma.

Parece increíble. A pesar nuestro, a pesar de una orden severa que nos damos, a pesar de saber que no vinimos para llorar, sino para mantener alta la moral revolucionaria, sentimos una niebla tibia cubrirnos las pupilas. Por que son niños, criaturas de 13 años, de 14 y 15; los mayores tienen 17.

Desnudos los pechos adolescentes, donde lucen collares milicianos de semillas de monte, las caritas graciosas llenas de sudor, sucias de polvo, risueñas, capaces, heroicas, inmensas, con aquellos ojos llenos de luz y de fervor por Cuba y su vergüenza, los niños artilleros saludan alegremente, nos rodean y casi aplauden cuando se enteran a lo que vinimos. Cuando saben que es BOHEMIA la que llega a buscarlos y a estar junto a ellos en la hora de prueba.

Y como lo que son, como criaturas llenas de ingenuidad se sitúan complacidos un segundo frente a la cámara de Gilberto Ante, el buen compañero de toda esta marcha del deber, peinándose apresuradamente con los dedos y sonriente para situarse mejor.

Nos regalan casquillos. Dos casquillos de sus armas, como recuerdo.

Y cuando quisiéramos abarcarlos en los brazos para protegerlos, para guardarlos de una posible muerte inhumana y maldita, tenemos asombroso plomo de su protección varonil dispuesta.

―No tenga miedo, que aquí estamos nosotros. Ningún avión se atreverá a pasar por aquí. ¡Si viene, queda!

A nuestro lado, el delegado de la Cruz Roja rehúye los ojos, porque cada muchacho le recuerda a su hijo. Y le pide al chofer, nerviosamente:

― ¡Sigue, sigue, anda! Vamos a ver si tropezamos a Roberto.

Tiene que estar por ahí. Tiene que estar al regresar. Iré hasta el frente a buscarlo si es necesario.

Silenciosos kilómetros. Cruza la visión blanca de un carro de abastecimiento de combustible perteneciente al enemigo y volcado panza arriba por nuestra artillería. Siguen cruzando como ráfagas los autos embanderados de cruces rojas. Pero nadie llega. El padre sufre.

De pronto, como visión de pesadilla aparecen las primeras casas campesinas voladas por los aviadores del imperialismo norteamericano. Son huecos negruzcos todavía humeantes, que muestran en sus cráteres restos de los que fue una familia y un hogar cubano. De cubanos pobres a los que la Revolución defiende y ampara con su cuerpo inmenso.

La indignación nos enmudece. Pero ya está el castigo martillado los sucios hocicos del invasor y de sus padrinos de lodo y abuso. ¡Ya muchos yanquis que nos creyeron presa fácil para su codicia siempre insatisfecha, están guardados entre las lisas tablas de salida del monte cubano! Ya muy pronto, los invasores de su propia patria, los que vendieron su ciudadanía por el apoyo criminal de un imperio guerrerista y feroz, estarán en larga fila prisionera, custodiada por el pueblo en armas.

El jeep, a bastante velocidad, corre hacia Playa Larga.

Ya estamos en la zona de operaciones de guerra. Por la carretera, delante de nosotros, aparecen cinco inmensas moles que adelantan camino hacia el frente de combate. Son cinco tanques con sus largos cañones como duros brazos extendidos, como puños cerrados que amenazan al invasor.

Sobresaliendo del corazón de hierro, se ven los jóvenes tanquistas, artilleros salidos de la de la entraña de la sierra y el llano, campesinos muy jóvenes, de 20 años a lo más, morenos y rudos bajo los cascos negros que ciñen el rostro tostado.

Estamos en el lugar donde la Revolución embelleció la ciénaga con fabricaciones turísticas a varias millas de costa todavía.

En el sitio donde los caimanes se reúnen muy ufanos y complacidos, por la proximidad de sus compadres yanquis: Los viejos compadres de las empresas mercenarias donde no es su propia carne la que viene a morir bajo las balas de un pueblo libre. Que si algún yanqui aviador está cayendo no ha sido más que por el conocido menosprecio y subestimación al valor y a la dignidad de los pueblos de Latinoamérica.

Rugen los poderosos motores de los colosos de acero. Y de allá, de las casetas turísticas convertidas en unidades de milicias y el ejército rebelde, sale la voz de un responsable gritándole a un tanquista:

― ¡Ve mirando arriba, compañero! ¡El Objetivo Arriba!

Y se rectifica de inmediato alguna posición del fuego artillero, levantando la guardia.

Mirando al cielo donde amenazan cada segundo los aviones de combate.

Pérez Calero ordena de nuevo la marcha en su angustiosa ansiedad por el hijo. Dejamos los tanques detrás. Allá viene ahora, a pocos kilómetros de Playa Larga, y una ambulancia con su bandera desplegada al viento y sus faros encendidos pidiendo vía. Cruza como un relámpago. El padre se levanta, agarrándose al parabrisa con las dos manos, dilatando los ojos, y en un grito, se le sale el alma:

― ¡Roberto! ¡Ahí va Roberto!

Nuestro jeep, de un timonazo vira en redondo y embisten el regreso, como si llevara por ímpetu el corazón del padre.

A pocos metros fue el encuentro.

El abrazo. Un abrazo que parecía incrustarle al cuerpo de su simpático muchacho, que sonreía al padre el casco protector.

Allí también el saludo de la Revolución. El teniente Gonzalo Álvarez, del cuerpo de Sanidad del Ejército Rebelde. A su cargo está el abastecimiento de los puestos de primeros auxilios. Con Rafael Jorge, Sergio Álvarez y Rafael Fuentes. Y con Manuel Lima, de las milicias, todos matanceros. Actúan desarmados pero la comandancia los remite a escolta por los ataques anteriores a los carros hospitalarios.

Nos muestra jeringuillas hipodérmicas, plásticas, muy modernas; vendas, sulfa y otros medicamentos.

―Todo esto lo dejaron en un botiquín de Playa Larga, hace unas horas, cuando fueron desalojados.

Los yanquis lo prepararon todo muy bien. Traen de todo: ¡hasta tanques traen! Ha sido un desembarco del tipo de la Segunda Guerra Mundial.

Apuntamos:

―Un combatiente del batallón de Cienfuegos, Santos González Cabrera, aseguró que traían hombres ranas en la expedición. Se halló un cartel a pocos metros de la playa que decía: "Cortesía de los hombres ranas del Bárbara J.: Bienvenidos, libertadores."

Tras el breve encuentro, seguimos adelante. Son tantas las emociones que por un rato hemos olvidado el cielo, los bombarderos y los paracaidistas.

El delegado de la Cruz Roja de La Habana, feliz con el encuentro de su muchacho, sigue el recorrido, mientras el hijo regresa a la retaguardia.

Ahora, en estos pocos kilómetros, quizás dos, que desembocan finalmente en la costa, se camina, realmente, sobre la muerte. Por todas partes, en los ribazos, se riegan bombas sin estallar, granadas y balas, cajas con explosivos TNT. Las huellas de una dura batalla se observan a cada paso. La carretera está cubierta de casquillos de todo calibre, de pequeños cráteres abiertos por el fuego de los morteros.

Y llegamos a la bifurcación de la carretera que conduce a la tienda del pueblo. Precisamente allí, ladeado en un zanjón, entre los dos caminos, hay un tanque todavía lleno de granadas. Ese tanque lo perdimos anoche y por la mañana nuestros bravos combatientes lo recuperaron. Hace solamente unas horas que aquí se combatió en una batalla muy dura.

Detrás del tanque, en lo hondo de la zanja, donde se advierte que estuvo emplazada una calibre 50 por el gran número de casquillos que se riegan alrededor, hay dos cadáveres de invasores.

Los contemplamos sin odios y en silencio. Son dos jóvenes de poco más de 20 años. Yacen contraídos, rígidos, quemados en parte, con los ojos velados y abiertos mirando el cielo de su patria, que no supieron respetar. Vistiendo un uniforme extraño fabricado por una potencia extranjera, por el Pentágono, que los empujó a este suicidio estúpido. A esta aventura sin gloria ni esperanza. A este túnel oscuro donde sus nombres no tendrán el llanto de su pueblo para lavarlos del olvido, como los muertos milicianos.

Pensamos en las madres que nunca llorarán bastante esos cuerpos de donde escapó la vida joven.

― ¡Cuidado, hay muchas granadas regadas! ¡Cuidado, miren dónde pisan, que puede haber minas!

Las advertencias cruzan el silencio y la desolación del lugar. A pocos pasos, del otro lado del ribazo, más cadáveres también con el uniforme pintarrajeado con que el gobierno de Kennedy les disfrazó su triste suerte.

Mientras tanto, por la carretera, más armas, más milicias, más fuerza del pueblo inundando el día y avanzando contra el enemigo que se repliega costa arriba, buscando un imposible refugio. Una escapatoria inexistente, metiéndose más y más en un bolsón sin salida.

Minutos después, a pie, atravesando con cuidado la corta distancia, llegamos al mar. Toda la extensa planicie de Playa Larga, por donde se realizó el desembarco hace solamente día y medio, ahora está materialmente cubierta de hombres que llegaron a luchar hasta vencer. La tropa del pueblo se riega perfectamente armada y bien segura de la victoria.

Aquí nadie teme ni duda ni da un solo paso atrás ni consulta una orden a la hora de su cumplimiento. La poderosa, la querida figura del jefe que dirige la operación, la fuerte y recia sombra de Fidel, es la mejor garantía para el pueblo en armas. Saber que está aquí, junto a ellos, moviéndose, caminando, hablándoles, exponiéndose, les crea nuevo coraje que se respira, que salta a los ojos en clara revelación.

Y como Fidel, Almeida, Osmani, Martínez Sánchez, René Rodríguez, Ameijeiras, todos y cada uno de los jefes del Ejército de Cuba. Como ayer en la Sierra Maestra, hoy en la Ciénaga de Zapata, es la misma cosa: un solo hombre todos los hombres de la Revolución.

Sobre la arena y las rocas, a la orilla del agua, nos rodean nuevamente niños artilleros de la base pinareña. Hay emplazadas varias baterías antiaéreas que ellos sirven con la misma responsabilidad de los hombres hechos. Pero esta vez no dan un solo paso que los separe de su artillería. Saben bien que los buitres merodean cerca.

Nos procuran unos anteojos de campaña para que podamos ver uno de los barcos que utilizó el gobierno americano para transportar la invasión hasta aquí desde Guatemala o Nicaragua o la Florida. Nuestra aviación lo bombardeó y se ve a cosa de dos millas, escorado, inerte y vencido, guardando una verdad que ya todos sabemos.

Pero los muchachos artilleros están gritándonos sus nombres, rogando una lista para BOHEMIA. ¿Y qué puede negarse a estos héroes?

Aquí están Freddy Palenzuela, Roberto Quiñones, Lucio Menéndez, Rafael Sardinas, Arcadio Radillo, José María Oquendo, Sergio Lázaro Obregón, Norberto Galbán, Jorge Concepción (con su collar donde una niña-novia asoma el rostro lindo junto al pecho del bravo chiquillo, y dentro de una semilla de poja en forma de corazón); Manuel Galbán, Roberto Henríquez Rey, Erasmo Puerta, Rafael Sánchez, Jorge Henríquez, Roberto Alfonso, Sergio Montoya, Manuel Albo...

Por allí también la silueta, vestida de verde olivo y negro, de una muchachita alfabetizadora. Mareta Chang, sentada entre sus compañeros, relata que estaba en Pálpite, en la cooperativa, con su escuela y sus doce niños. Pero que ya no tiene escuela ni ella ni los guajiritos cienagueros porque un avión la bombardeó. La braca muchacha vino al frente a servir en las trincheras de Caletón, curando heridos y haciendo cuento puede. Y hasta hoy está ahí, sin retroceder.

Jesús Brocha se nos acerca. Tiene 18 años. Es tímido, muy tímido. Nos invita para enseñarnos la cafetería en construcción. Le respondemos que en ese momento una cafetería no nos interesa demasiado. Y entonces, balbuceante:

―Mire ―dice en voz baja― es que me da pena pedirle un favor, porque ya usted debe haber escrito todo para BOHEMIA; pero fíjese, yo soy artillero y que dije: Jesús, sirve bien a tu patria y aquí estoy. Yo tengo tres hermanos milicianos. El menor en la cooperativa, el mayor en la limpia del Escambray y mi hermana que alfabetiza.

Se detiene, turbado. No sabe cómo acabar la petición.

―Bueno, ¿y qué cosa tú quieres? Dilo, ¿no ves que quiero complacerte?

Entonces, Jesús traga en seco azorado.

―Es que yo... ¡yo quiero pedirle que también ponga mi nombre ahí para la revista! Es por la vieja, ¿se da cuenta? Yo quisiera que se enterara que estoy bien.

Sobre los riscos, dentro del mar, se ve una caseta aislada que es como una avanzada sobre la playa. Allá nos vamos para conocer a un chiquillo de dieciséis años, un rubio muy campante carirredondo, de una extraordinaria simpatía. Pertenece a la batería 18, se llama Lázaro Quesada. Lázaro con Antonio Cifuentes.

En ese momento se dio la alarma. De lejos, llegó el grito de peligro y muerte:

― ¡Avión!

Sobre la playa se mueve en oleaje humano la marejada combatiente. Los artilleros se alertan tras las armas. El muchachote rubio, rápidamente nos toma del brazo, nos señala el horizonte por donde avanza un punto negro zumbando enfurecido con sus motores a todo andar, desde su madriguera norteamericana:

― ¡Métase adentro de la caseta, que ese viene a bombardear! ¡Tírese al suelo! ¡Corra!

Todo fue dicho en atropello, pero nosotros mirábamos, como fascinados, sin poder separarnos un paso: el avión crecía por segundos, venía recto, directo como un proyectil, maniobraba de modo que formaba una cruz con sus alas y el fuselaje. Parecía un pez temible, un pez martillo enfurecido, embestidor...

El aire se llenó de ruido de motores aéreos y de silencio. Y en el último segundo, me lancé al suelo, bajo la mesa, en el mismo momento en que las antiaéreas múltiples y los cañones vomitaban su estampido.

El buitre giró alejándose ante el recibimiento miliciano. Se perdió de nuevo, rumbo a su barco pirata.

Lázaro entró riéndose del avión y del piloto yanqui, a carcajadas.

― ¿No se lo dije? ¡Son unos piojosos!

Y galantemente me ayudó a levantar del piso, lamentando muchísimo el polvo que nos cubría la ropa.

Cinco minutos después se intentó un nuevo ataque. Esta vez nos refugiamos con Báez, nuestro compañero de BOHEMIA y del periódico Revolución, que reportan desde la avanzada, en el frigorífico vacío del restaurante en construcción.

Y otra vez nuestros muchachos artilleros espantan la muerte con alas: el sucio yanqui vuelve a huir.

Solamente que esta vez casi a nuestro lado, una bala se coló, hiriendo a uno de nuestros hombres. Por fortuna se trata de una herida a sedal en la frente y el hombro. Fue a vendarse y volvió para burlarse de la mala puntería del artillero del bombardero.

Como que todo parece tranquilo de nuevo, siquiera por un momento, salimos otra vez a la plaza cargando la caja de metal vacía con letreros en inglés, donde venían balas de calibre 50, que no sirvieron al deseo de los invasores.  Como las bombas y la muerte, están regadas por cualquier parte.

Nos llaman. Nos llama un humilde hombre de campo. Pablo Gómez, vecino de esa misma playa. Quiere algo que es necesario atender, pero ante su tragedia le dejamos la palabra. Será su verdad la que hable al mundo desde las páginas de esta revista:

―Mire, ayer lunes, a eso de las seis y treinta de la mañana, yo salí con mi señora, Cira María García, y mi hija, y niños y ancianos heridos por los bombardeos para tratar de llegar a algún sitio seguro. Entonces, al llegar a la curva de ahí delante, y a pesar de ver ellos bien claro que éramos civiles indefensos nos ametrallaron, matando tres mujeres y a dos de los heridos. Mi mujer cayó, con el cuerpo lleno de sangre. Y cuando mi hija de quince años, que es miliciana, se le arrimó llorando, ella la animó, mientras yo la recostaba a mi cuerpo:

―Hija, no llores ni dejes la milicia. ¡Patria o Muerte!

―Después se me murió y la enterré en el arenal y esperé hasta que vino el ejército de Fidel y nos libertó. Ahora supe que BOHEMIA había llegado hasta las avanzadas y yo quiero pedir un gran favor: quiero desenterrar a mi muerta con mis propias manos y que la retraten y se la enseñen al mundo entero como una muestra de la libertad y la esperanza que los americanos y los invasores le traían al pueblo humilde de Cuba.

Fue dicho así. Sencillamente así. Salimos en silencio. Sombrero en mano, iba delante. Sombrero en mano por el arenal, hasta donde estaba ella y cumplió su deseo.

Luego, con amor, lloroso el rostro barbudo y afligido, la colocó con cuidado en el modesto sarcófago que había traído desde Jagüey Grande.

Cuando cierra la humilde cubierta de madera, allá, por Playa Girón, por el frente de combate, truena el cañón del ejército del pueblo como un responso de coraje y justicia por la vida humilde de la campesina asesinada.

¡Está escrito el final de la invasión!

Tomado de Bohemia, Año 53, número 18, 30 de abril de 1961.

* Escritora y periodista cubana fallecida en marzo de 2001.

 

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