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Avanzando con el pueblo en armas
El
desembarco se realizó de madrugada. Avisadas las
milicias del batallón de Cienfuegos, que acampaban en el
Australia, sirviendo la zafra libre, salieron al paso al
invasor, que avanzaba sembrando el terror y la muerte
por cada pedazo de costa, por cada palmo de tierra, por
cada casa que encontraban, por cada sitio fácil e
indefenso.
Dora
Alonso*
Santiago de Cuba
amaneció, el lunes 17 de abril, con un calor tremendo y
un sol fuerte. Sobre las diez de la mañana estábamos
visitando la placita de Santo Tomás y leyendo en una
tarja los nombres de bronce de los muchachos del barrio
aquel, asesinados por el ejército de Batista. Cuando
llegábamos al de Frank País, el chofer de la máquina
llegó corriendo a dar su aviso:
―
¡Ya estamos en guerra! ¡Llegó la invasión!
―
¿Por dónde?
―
Dicen que por Cienfuegos. Están dando los partes.
En
un momento se advierte que la noticia ha volado de boca
en boca. Santiago parece moverse en masa en un leve
desplazamiento de sus habitantes. No es bullicio; ya lo
hemos dicho: el santiaguero es mesurado y firme. No es
tampoco alarma ni remolino; sencillamente se palpa, se
respira un movimiento intenso de emoción en cada rostro,
en cada persona.
Los milicianos parecen vibrar.
Al
llegar al hotel, ya tenemos decidida la salida rumbo a
Cienfuegos. A tirones y a la carrera, diez minutos más
tarde, estábamos en el salón de espera de los ómnibus
Santiago-Habana. Allí hay rostros serios y llenos de
preocupación. Se habla a media voz; los pasajeros
preguntan y comentan y los empleados tratan de servir al
público que comienza a acudir en solicitud de pasajes
para distintas partes de la Isla. Hay bastante confusión
sobre la posibilidad de que se mantengan o no las
comunicaciones por carretera; las aéreas están
suspendidas.
Antes de salir, bromeamos con una empleadita de quince
años:
―Prepárate, que pronto vendrá otro desembarco destinado
a los santiagueros.
Y
echando chispas por los ojos verdes y luminosos,
responde entera:
―Si vienen, cogerán el polvo tinto en sangre. ¡Ahora
mismo voy a buscar mi Fal!
A
las 12:30 del día, nuestro vehículo arranca desde la
antigua y típica plaza de Marte, dando tumbos pesadotes
y llevando ocupados todos los asientos.
A
pesar de nuestra personal preocupación, vamos observando
el ambiente. Nadie habla. Ni siquiera con el compañero
de asiento. El conductor avanza, solicitando los
pasajes, y el tric-trac del ponchador se escucha
claramente.
Por las ventanillas cruza el adusto paisaje envuelto en
plumas de palmeras verdes, quietas dentro del viento
muerto. El ómnibus ruge en cada sección de la carretera
y luego vuelve a su marcha monorrítmica, de curva en
curva.
En
los primeros pueblos, ya se nota expectación. Hay
público en las esquinas. Frente a los sindicatos se
agolpan los obreros. Y a todo lo largo de los montes, se
ven sombreros de yarey, camisas azules y los cañones de
los fusiles, como un seto de acero y de vergüenza
dispuesto a contener al invasor.
Las milicias campesinas se suceden a todo lo largo del
tiempo y del camino. Son muchachos de tierra y sol,
serios y fuertes, que unidos avanzan formando largas
tiras de cubanía. Y en cada poblado se van reuniendo por
miles y miles, en un incansable y poderoso afluir que
reúne al pueblo armado de todos los sectores de trabajo.
A
veces, delante del ómnibus, una larga hilera de camiones
repletos de milicianos, enfila la ruta con nosotros,
Cuba abajo.
Otras, por la izquierda y en sentido contrario, sobre
una línea de combatientes que parece no acabarse nunca;
o se movilizan, pesados y cargados hasta los topes,
docenas de transportes militares con pertrechos para
distintas plazas.
Al
cruzar los poblados, las banderas engalanan portales y
ventanas. Hombres, mujeres y niños saludan entre vivas
el paso de los milicianos. Ellos contestan a gritos,
levantando los armamentos sobre las cabezas juveniles.
Es como una poderosa fiesta. Una extraña y admirable
forma de cumplir el deber de cubanos. Van alegres al
combate y quizá si a la muerte. Y los despide un cerrado
aplauso sin lágrimas ni miedo.
Dentro del ómnibus, el mutismo empieza a ceder. Alguna
que otra palabra, que otra frase suelta, parece firmar
sobre el silencio, brevemente. Se alcanzan periódicos
locales y se buscan noticias políticas. Los vendedores
de naranjas, de dulces, de pan, ya son atendidos a
medias; las manos se alargan por las ventanillas para
comprar y pagar.
Hasta Holguín dura ese estado de semisilencio, de
semiinercia; el peso de la realidad guerrerista que el
Pentágono siembra como un hierro traidor en la entraña
de Cuba.
Ya
en la ciudad oriental, se escuchan las primeras bolas.
Se anuncian más invasiones, se asegura que Santa Clara
está siendo bombardeada y que los aviones yanquis
ametrallan las ciudades y las carreteras.
Sin embargo, no parece haber pánico, sino odio y
desasosiego en todos los lugares. Los síntomas del temor
no aparecen, aunque buscamos bien, deseando ser
veredictos. Únicamente un recelo, una reserva modesta
parece posarse sobre el grupo de pasajeros. Nadie quiere
opinar en voz alta. Y ya comenzamos a sentirnos,
molestos, a escudriñar miradas y gestos, a intentar
saber, penetrar el porqué de esa forma cerrada de
manifestarse en tal momento.
Cuando cae la tarde, el conductor asegura que de ser
ciertos los rumores, tendremos que hacer noche en
Camagüey, porque no nos permitirán seguir más allá. Se
mencionan posibilidades de sabotaje, quizá sí bombardeos
de las vías de comunicación.
El
desembarco crece en la imaginación como un fantasma.
Pero en Camagüey, si bien no hay más partes oficiales
para orientarnos, tampoco hay orden alguna de cortar la
marcha. Y seguimos.
Hasta la zona de Las Villas no se reiteran los
registros; pero una vez en aquella provincia, milicianos
que nunca llegan a los veinte años, suben avizores,
corteses, dando excusas, y miran y observan. Se repiten
las breves paradas.
Entonces. Alguna protesta injusta nos detona las ganas
de pelear y sostenemos pequeñas escaramuzas verbales,
recordándoles a los nerviosos los registros al uso del
ejército de la tiranía.
Un
pasajero joven, con burlones ojos, con un silbido muy
revelador de tonada banal en los labios, señala en
pretensión de razones:
―Es que resulta muy molesto. Quisiéramos volar para
llegar pronto a La Habana.
―Bueno ―respondemos― por volar no se preocupe demasiado.
A lo mejor volaremos dentro de un rato con las bombas
yanquis. En un momentito llegaremos todos al paradero
final.
La
descarga surte efecto, y sobre todo, lo surte el
pensamiento directo de los aviones de combate entre la
noche buscando señales de faro sobre la cinta negra de
la carretera.
Ya
no hay más sosiego: realmente no lo hay. Cada cual mira
y mira hacia la noche, al cielo, prestando oídos a
cualquier rumor de motores aéreos. En suspenso, latiendo
los pulsos aceleradamente, se llega a Sancti Spíritus...
Pero allí aseguran que no, que no es cierto.
―No, hombre, no: ¡nada de bombardeos en Santa Clara ni
en las carreteras! En Matanzas sí hubo otro desembarco.
―
¿Lo dice el parte oficial?
―No han dado ninguno más. Pero los camioneros que
pasaron hace un rato por aquí, dijeron que...
Es
en Santa Clara, a la medianoche, donde hallamos el
primer destello real de todo lo que esta pasando. El
ómnibus se detiene en el andén y corremos hacía un viejo
empleado, que fuma sentado sobre un taburete, con la
gorra echada sobre los ojos.
―Compañero, ¿puede darme alguna noticia sobre la
invasión?
El
viejo nos mira y luego señala hacía el salón de espera:
―
¿Ve aquella señora vestida de negro? Ella viene de allá.
Fue a saber de sus hijas, que estaban precisamente en la
zona de combate.
La
mujer se destaca junto a un banco. Allí corremos. Allí
llegamos.
―Señora, por favor, ¿qué me cuenta?
Es
una mujer campesina, de mediana edad, humilde, trigueña.
―
¡Figúrese! Yo tenía a mis dos hijitas precisamente en la
Ciénaga. Anoche durmieron en los pantanos por los
bombardeos de esos canallas que han entrado como malas
bestias, acabando con cuanto encontraban...
―Pero ¿y que más? ¿Cómo va todo? ¿Qué cosa sabe de la
batalla?
―Pues mira, yo no pude llegar a Jagüey Grande, porque ya
es zona militar; pero supe de mis hijas, que están en el
pueblo.
¡Ya les hemos tumbado tres aviones a esos perros! ¡Se
está peleando muy duro, pero no los dejamos avanzar!
Ahogándonos de emoción retornamos al ómnibus, gritando
la nueva a un soldadito rebelde que va sentado en el
primer asiento. Todo el mundo vibra y luego, cerrado,
estalla un aplauso.
El
joven de los ojos verdes, trata de sonreír y hace una
mueca. Y entonces dice que se alegra mucho. Que si
sabíamos que estaba preso Boza Masvidal...
COLÓN-JAGÜEY-AUSTRALIA
Llegamos a Colón a las 3:30 de la mañana. En la
cafetería del hotel, un buen hotel que lleva el nombre
de la misma ruta que nos trae, hay un joven miliciano,
un hermoso muchacho trigueño, alto, sonriente, de
grandes ojos negros. Como leontina de guerra, a la
cintura lleva una granada de mano. No tiene más de
dieciocho años. Está hablando con dos compañeros. Por él
confirmamos las noticias de la campesina vestida de
negro. El muchachote viene de allá y cuenta de los
aviones derribados por nuestros artilleros. De la pelea
empeñada. De la moral y de la fuerza miliciana y
rebelde.
En
cuanto amanece, nos disponemos a salir para Jagüey
Grande. Los choferes se niegan o piden demasiado dinero
para vencer el temor. Al fin hallamos uno dispuesto a
medias:
―Bueno, lo los llevo, pero en cuanto la primera posta
diga que hay que virar...
Lo
tranquilizamos y al enfilar la carretera de Guareiras,
se suelta un poco y empieza a decir cosas:
―Óiganme, esos milicianos no le tienen miedo a la
muerte. Cuando llegó la movilización se fajaban para
coger puesto en los camiones que iban para el frente.
Nada más gritaban: ¡Venceremos!
―
¡Pues claro está que venceremos! ¿Lo duda?
Se
azora un poco haciéndonos sonreír.
Cruza Guareiras, entre paradas de postas, explicaciones
y carné de BOHEMIA revolucionaria. Pasado
Manguito recogemos a un campesino con su yarey, su fusil
y su camisa azul.
Ramón Monzón, de la Finca Adelaida, es un guajiro viejo,
curtido, con mano donde el arado dejó dureza de hierro.
Nos responde claro y muy firme.
―Para mí, que la misa ya se está acabando. No tienen con
qué pelear contra nosotros; les falta la razón y así no
valen armamentos. Mire, yo tengo un hijo en el frente, y
ahora mismo no sé sí es vivo o muerto, pero sí algo le
sucedió fue por Cuba libre y me conformaré.
Ramón Monzón es responsable de milicias campesinas.
Tiene formas muy suyas de comentar.
―Usted sabe. ¿No? Anoche hubo mucha comida pesada para
los invasores.
―
¿Y qué sabe, viejo?
―Bueno, pues que trajeron paracaidistas y tanques de
cuanto Dios crió. Los guajiros del frente, los
cienagueros a quienes les ametrallaron la familia,
cuando los apeaban de sus paraguas querían echárselos a
los caimanes.
―
¿Y qué le parece todo esto?
Nos mira, asombrado de la pregunta:
―
¡Qué me ve a parecer! Que va era hora de que acabaran de
decidirse a venir. Hemos vivido martirizados más de un
año, cargando el fusil de la casa pa´l trabajo y del
trabajo pa’ la casa, como los monos.
Ahora se ríe, mostrando la falta de dos dientes.
―Solamente, que, en este momento, los monos son ellos
peleando contra los leones.
Ya
estamos en la primera calle de Jagüey Grande. Otro
campesino nos da el alto. Después hablamos brevemente.
Nos informa sobre los paracaidistas, asegurándonos que
traían encima mucho dinero en dólares. Y añade:
―Ahora tendremos más divisas.
Hablándonos del cañoneo de la noche, gráficamente, al
modo guajiro que tanto conocemos, dice también.
―Había una tronazón que a la fuerza tenía que llover.
Aquí en la primera calle de Jagüey, empieza la realidad
del ataque para nosotros. Un ataque infame y de una
infinita crueldad. Un ataque cobarde, que va
desarrollándose por cuadros que nos refieren voces de
hombres rudos, voces de adolescentes, voces de mujeres
milicianas, de la Cruz Roja, de la Federación; voces de
ancianos carboneros, de combatientes viriles, de
soldados y de jefes de la Revolución.
El
desembarco se realizó de madrugada. Avisadas las
milicias del batallón de Cienfuegos, que acampaban en el
Australia, sirviendo la zafra libre, salieron al paso al
invasor, que avanzaba sembrando el terror y la muerte
por cada pedazo de costa, por cada palmo de tierra, por
cada casa que encontraban, por cada sitio fácil e
indefenso.
La
aviación yanqui devastaba a bombazos los humildes
hogares donde morían mujeres, niños y ancianos. Y los
cubanos que venían a "liberarnos" cruzaban "triunfantes"
sobre la sangre inocente de los humildes compatriotas
afligidos y espantados.
Playa Larga, al final de la carretera que va de Jagüey a
la costa sur, recibió entre la tiniebla la llegada de la
fuerza organizada y dirigida por el Pentágono. El
vecindario infeliz de la Ciénaga de Zapata comenzó, bajo
la metralla inmisericorde, una evacuación precipitada. A
través de pantanos, huían las familias.
Pero no todas pudieron salvarse de la matanza. Ya de
día, mujeres, ancianos y niños, a pesar de llevar
sábanas blancas desplegadas, fueron volados bajo el
ataque de los bombarderos yanquis, despedazados,
atacados sin perdón ni conciencia. Ardió un camión con
su carga humana, entre llanto de niños y gritos de
mujer. Las casas humildes, de guano volaron también.
Cuando el miliciano termina el relato del primer cuadro
del desembarco, nos señala dónde queda la casa de las
milicias.
Allí hemos de ir para poder llegar a la comandancia
general de operaciones, situada en el Central Australia,
a pocos kilómetros de la costa donde se libran los
combates.
El
poblado está bastante tranquilo. Hay excepción, pero los
habitantes no lucen excitados. En los portales se
advierte el vecindario que comenta y recibe noticias.
Pero los comercios en total, funcional normalmente. Todo
luce poco más o menos como el resto de la Isla.
Llegan continuamente camiones cargados de campesinos
evacuados por la Revolución.
La
máquina toma entonces el camino del ingenio. Alguien que
sube y nos acompaña, va dando más noticias.
―En el Central están acampadas las tropas que regresan
del frente y las que irán a combatir. También está el
hospital de sangre, organizado por la Cruz Roja y la
Federación de Mujeres.
Por la carretera se enfilan enormes y poderosas
distintas piezas de artillería de gran potencia de
fuego, que se sitúan, tomando posiciones. O que marchan
al frente. O que reposan, como gigantes de acero, en
espera de su misión y de su hora.
A
la entrada del batey del Australia, frente a la torre
que se levanta contra un cielo azul parejo y fino, se
agolpan las milicias en un hormiguear de armas y de
hombres. Llega un aviso con el primer grupo.
―Deben tener cuidado. Hay que estar alertas. Los aviones
yanquis pretendieron llegar aquí para volar el ingenio y
los tanques de alcohol de la refinería.
La
comandancia queda en un gran caserón, donde suponemos
las oficinas del Central. Todo a su alrededor está
cubierto del pueblo en armas. Son miles y miles de
cubano, vistiendo el uniforme de la libertad.
Los milicianos que llegan del frente, extenuados,
fatigados, se echan por tierra e inundan el paso
buscando un breve descanso.
Sobre los grandes portales donde funciona la
comandancia, se ven, sudorosos, manchados de sangre y
lodo, pero ardiendo en fe, en una inquebrantable fe, que
fascina y contagia. Los hay de todas procedencias y
clases, y desde el negro retino al rubio claro. Toda
Cuba, y toda edad y todo color de piel, se unen y se
funden en una fuerza inmensa que ya nada ni nadie
logrará romper.
A
la sombra de los distintos edificios, también reposan
los combatientes. Echados contra sus armas, o recostados
a las paredes, conversando en una animación que estalla
en palabras y sonrisas y en la jocunda forma de nuestra
chispa.
Las cantimploras se levantan por cientos en el aire
caliente, vertiendo en las sedientas bocas su chorro
refrescante. Se respira una poderosa, irresistible
confianza. Una seguridad sin límites en la victoria.
Aquí nadie duda ni supone ni ha pensado en ningún
momento que el invasor pueda salir, no ya victorioso,
sino siquiera vivo de la aventura. Desde los chiquillos
de 12 y 13 años, que también vienen a defender su
tierra, hasta los ancianos campesinos de 70, que blanden
el fusil junto a las canas y el corazón entero, están
convencidos de ello. Es un convencimiento lleno de
hechos que sostienen esa convicción:
―Oiga, señora: ¿ya usted sabe lo del batallón de
fusileros de Cienfuegos?
Al
segundo de oírse está pregunta cien voces gritan lo
mismo. Ha sido una heroicidad tan grande, que hasta
estos guerreros se asombran y se conmueven.
El
batallón de Cienfuegos contuvo al invasor con fuego de
fusiles, luchando contra la artillería enemiga, hasta
dar lugar a la llegada del refuerzo. Hizo contacto a las
4 de la mañana y sostuvo la posición hasta las 9
diezmado, ametrallado, resistió con coraje
indescriptible. El batallón pasa a ser parte de la
historia patria en sus mejores páginas.
Ibrahím González Chaviano, responsable de milicias del
Central Washington, obrero azucarero, de 31 años de
edad, del batallón de la Escuela de Milicias de
Matanzas, es un héroe más que relata para nosotros:
―Los invasores abrieron fuego contra un camión de
mujeres y niños que huían de los combates. Lo volaron a
cañonazos y después lo ametrallaron. Eso nunca se podrá
olvidar.
Otra voz joven cuenta:
―A
un carbonero le ametrallaron la familia, compuesta de
tres hijos y la esposa, y le volaron la casa. El hombre
se apareció aquí, en la comandancia, pidiendo un arma
para ir al frente a pelear. Fidel ordenó que lo
incorporaran a la batería de cañones y el hombre no ha
abandonado el frente desde ese momento.
Lleva más de 24 horas combatiendo.
Y
dice otro:
―Hay tres americanos muertos. Los muy perros venían de
arriba, en paracaídas, o manejando los aviones, para
acabar con cuanto encontraran. Un muchacho campesino,
cienfueguero, cazó a uno de ellos en el aire y cuando
tocó tierra, lo remató, arrebatándole la pistola que
traía. Ahora el muchacho está peleando también. Tiene
doce años.
Un
jovenzuelo oriental, que lleva al cuello, a modo de
pañuelo, un pedazo de nylon estampado arrancado a un
aviador enemigo, comenta:
―Anoche, sobre las 2 de la mañana, sí fue duro verdá el
combate. Tiraban con ametralladoras calibre 50 y un
mortero.
Estuvimos en la línea de fuego desde las dos hasta las
cinco.
Cuentan también que ayer por la mañana la artillería
nuestra derribó dos aviones de combate B-26 y otros dos
por la tarde:
―Les metimos con calibre 30 y 50. Hoy ya tumbamos dos
más.
Ricardo Castro, de las milicias de Matanzas, de 19 años,
que trabaja en la Zona Fiscal, es quien la cuenta. Y
Felipe Cruz, obrero del calzado. Y Nelson Álvarez, de
Ciego de Ávila. Todos ellos entraron en combate, ayer a
las 9 de la mañana con el primer refuerzo de los
fusileros de Cienfuegos.
―Entramos en contacto con el enemigo a menos de 200
metros. Tiraban con bombas de fragmentación.
Rafael Caballero, Alberto Seoane, de la Escuela de
Milicias matancera y de la compañía de morteros, asisten
a lo dicho.
Ellos también venían en ese grupo.
―Óigame, ¡nuestra infantería de la escuela los hizo
retroceder cerca de cinco kilómetros, avanzando contra
los nidos de ametralladora calibre 50, morteros y
bazucas y disponiendo ellos además, del apoyo de la
aviación yanqui! ¡Qué mierderos son!
Un
chiquillo pecoso y burlón, vendado un brazo, se acerca
para comentarnos:
―Escriba ahí que esa gente trae medallitas de San
Cristóbal.
Nos gritaban "comunistas cochinos".
Algo que los tiene llenos de orgullo y dispuestos a
dejarse matar diez veces es la alta moral de los jefes
que los mandan:
―Todos nuestros jefes, lo mismo del Ejército Rebelde que
de las milicias, avanzan con su unidad cuando batimos el
frente.
Eso da mucha confianza.
Hombro con hombro pelean con la tropa. Y, además, "el
hombre" está aquí dirigiendo personalmente las
operaciones.
Y,
ya se sabe en Cuba y en el mundo entero quién es "el
hombre".
Mientras anotamos presurosamente todos los detalles que
nos llegan, las anécdotas y comentarios, alguien dice,
conmoviendo al grupo entero.
―Ahí está el teniente Rivero. ¡Es un león!
Ibrahím Rivero es un joven negro de 22 años. Delgado,
modesto hasta el punto de rogar que no le preguntemos,
que no hablemos de él. Que solamente cumplió con su
deber de soldado de la Revolución. El teniente Rivero es
el instructor de milicias.
Tiene una quemadura de fuego de bazuca en el cuello,
bastante grande. Sonríe, huidizo tímido ante nuestra
insistencia para que nos refiera de su hazaña.
―Diga nada más que estoy muy orgulloso de mis
combatientes. Anoche, a las dos, llegamos a la primera
línea, bajo el fuego de las ametralladoras. En esa
posición fue donde el enemigo nos castigó con fuego de
bazuca, que resistimos tendidos y cada un en su puesto
sin ceder una sola pulgada. Mis combatientes mostraron
una gran disciplina y mucho valor. Como fiera acosada se
defendían los invasores.
Después de hablar de Rivero, entramos a la comandancia,
donde Augusto Martínez Sánchez despacha en la oficina. A
través del cristal de una ventana contemplamos su
incesante actividad, su rostro sereno, sus penetrantes
ojos, su gesto peculiar de mesarse la negra barba
rebelde. Nos recibe un teniente ayudante, Manuel Ortega
Valdés, que nos brinda toda clase de facilidades. Que
nos acompaña unos minutos mostrándonos cascos,
paracaídas y otros efectos cogidos a los mercenarios,
todos, naturalmente, de procedencia norteamericana. Las
cámaras de la televisión y las de la prensa van
captando.
En
su compañía salimos al portal, para recibir a un
miliciano que trae, como botín de guerra, una bomba de
81 milímetros sin estallar. La bomba está llena de
blanco polvo y se nos figura un raro animal venenoso,
mortal, listo para sembrar la destrucción. El teniente
la sostiene sin mucha delicadeza y luego la deposita en
el piso, para ser fotografiada. De allí vuelve a las
mismas manos que ahora la alejan por el campamento
adelante.
En
este momento llega un jeep, trayendo un prisionero
recientemente capturado. Viste el ropaje rameado que les
obsequia el Pentágono. Como un estampido corre la voz:
―¡Es un piloto yanqui! ¡Es un yanqui!
Mil y mil manos, mil y mil voces roncas de ira y de
rencor, se alargan en el aire para esperarlo.
Se
amontonan todos, se atropellan, corriendo hacia él. Es
una furia nacida de la crueldad de esa aviación
mercenaria y asesina.
Casi en voladas, prácticamente por el aire, lo llevan a
la comandancia. Detrás, en un ímpetu, quieren lanzarse
los milicianos fogueados y los bisoños que aguardan la
hora de su turno en la pelea por Cuba.
Tiene que oírse la orden enérgica e incansable de un
responsable que guarda celosamente la puerta de entrada
del despacho para que se detengan, pero quedan rondando,
cruzando frente a la puerta y la ventana desde donde se
ve al prisionero, que después pasa al despacho de
Martínez Sánchez para ser interrogado.
Más como mujer que como periodista, nos ceden el lugar
junto al vidrio y desde allí podemos ver parte del
interrogatorio que sucede dentro.
El
prisionero, ahora podemos contemplarlo bien, no es
yanqui ni tampoco creemos que sea un piloto. Es un
cubano. Luce vencido y temeroso, y echa ojeadas a su
alrededor. Bajo la gorra rameada en dos tonos de verde,
los ojos irritados, de corta mandíbula de un joven
delgado y de mediana estatura. Alguien por allí asegura
que lo conoce: es un dependiente de una fonda de
Marianao.
Tras la conversación con el Comandante lo llevan a otra
sala.
El
prisionero pide agua y es complacido inmediatamente. Sin
solo insulto, sin un maltrato, sin una burla. Bebe
largo, baja de nuevo la cabeza y allí que da custodiado
esperando su suerte. Cuando saludamos al comandante
Martínez Sánchez le pedimos "tres palabras" para
BOHEMIA y nos responde instantáneamente: ― ¡Muerte
al invasor!
Al
salir de nuevo, se nos acerca Luis Gómez. Tal vez, al
vernos allí, piense en algún poder oficial que pueda
servirle en sus deseos.
Es
un guajirito regordete, un niño de escasos 14 años, que
ni bozo apunta. En la cintura pende el machete, sobre la
cabeza el sombrero alón. Sus ropas se ven llenas de
fango. Sonríe tímidamente y baja la cabeza cuando habla.
―
¿Qué tú quieres, hijo?
―Bueno, que usté me ayude a conseguir un arma. Yo quiero
irme pa’ ‘lla dentro a pelear contra esa gente que está
matando muchachitas y viejas.
―
¿Cómo lo sabes? ¿Qué cosa viste?
―Bueno, yo vi una viejita a la que le dieron un tiro
cuando huía. Y a su nietecita chiquita con el cuerpo
lleno de sangre y de balas. La viejita ya se murió.
Nos mira con sus ojos grandes y puros, donde ahora asoma
la cólera y la decisión de un hombre.
―
¿Qué tú piensas de la batalla, Luis? ¿Y el desembarco?
Y
el chiquillo no duda por un solo momento su respuesta:
―
¿Que qué pienso? Pues que ahoritica los cogemos uno por
uno.
Son las 9:30 de la mañana. Las ambulancias de la Cruz
Roja continuamente entran y salen del batey. Máquinas
particulares, convertidas en hospitalarias
voluntariamente ofrecidas por sus dueños muestras
improvisadas cruces rojas sobre el techo, para entrar en
la línea del fuego a sacar heridos y muertos. Por los
caminos se levantan de continuo nubes de polvo y suben
hasta lo alto de los cañones que cubren la retaguardia.
Entran dos camiones cargados de obreros que fueron
hechos prisioneros por los invasores en Playa Larga.
Ahora llegan al Australia, liberados por el avance del
ejército del pueblo. Uno de ellos, que viene llorando,
apenas puede contar algo, vencido por los nervios y la
tensión:
―Me llamo Vicente Santana Abreu. Fui hecho prisionero
con 124 compañeros más que trabajamos en las obras de la
playa.
Estábamos durmiendo y como a las dos de la madrugada de
ayer desembarcaron allí mismo. Luego empezó el tiroteo
con las milicias. Así hasta que hoy nos liberaron.
Jesús Luis Pérez, Pedro Cabezas y Díaz, Rafael Rodríguez
y Armando García Rodríguez, del castigado y heroico
batallón de Cienfuegos, nos buscan para saludar a través
de BOHEMIA al pueblo de Cuba. Volvemos a indagar
por la fabulosa historia bélica.
―Cuenten ustedes:
―Pues mire, a las cuatro de la mañana salimos rumbo a
Playa Larga y a cinco kilómetros hicimos contacto.
Tuvimos que aguantar a esa gente con metralletas y
fusiles. Al ver que no podíamos avanzar, decidimos
mantener la posición y cortarles el avance a ellos. Nos
atacaban con la aviación, con morteros, con
ametralladoras 50 y balas incendiarias. Así nos
aguantamos hasta las nueve más o menos, viendo caer a
los paracaidistas. Nadie echó un paso atrás. Donde
llegamos nos quedamos hasta que apareció la artillería
nuestra para reforzarnos.
―Y
entonces, ¿se retiraron?
―
¡Qué va! Los que quedamos vivos seguimos dando leña.
Félix Humberto Tarancón, pertenece al cuerpo sanitario
de la columna de Fidel, cuenta algunos detalles de su
labor en aquellas horas:
―Teníamos que encender fósforos para curar a los heridos
más graves.
Tarancón nos acompaña a la pequeña casa del "Australia",
donde funciona el improvisado hospital de la Cruz Roja.
Hay varios heridos y un muchacho de poco más de veinte
años, que ha perdido el habla a consecuencia de un
impacto emocional: una bomba le cayó a pocos pasos.
Lo
traen del brazo, como a un niño afligido. Camina como un
autómata, mostrando una dolorosa y ausente mirada. Sobre
el bolsillo de la camisa miliciana se lee un apellido
poco usual:
Guelvenzur, Jorge es el nombre.
El
Dr. Hilario Sierra, del Ejército Rebelde, lo conmina a
hablar:
―Di cómo te llamas. Dilo alto. ¡Habla! ¡Tienes que
hablar!
Los ojos del joven se llenan de lágrimas, poco a poco.
La mano temblorosa toca el borde del bolsillo
señalándolo. Luego inclina la cabeza y el llanto corre
en un hilo amargo por sus mejillas como un surco de
angustia y de impotencia.
El
médico explica, con su compañero, el Dr. Ramón Lorenzo:
―Padece un estado de mutismo y negativismo, como
consecuencia del impacto: Cuestión de tiempo ahora...
Adentro, en la pequeña casa de un de las generosas y
valientes mujeres que están sirviendo de voluntarias en
las tareas de la sangre, hablamos con Bamby Martínez,
que es alfabetizadora; con Agustina Morejón, Edelmira
Lezcano, Estrella Ochoa, todas de la Federación de
Mujeres Cubanas. En el primer cuarto se ha improvisado,
sobre dos mesas de madera cubierta de hule blanco, mesas
de curaciones. El instrumental hierve en un depósito
sobre un fogón eléctrico. Rollos de algodón,
medicamentos y ampolletas se amontonan sobre una silla.
Llega una ambulancia. Junto al chofer viene un joven de
17 años. Trae un corto pantalón y las piernas desnudas y
vendadas. Sobre el vendaje se advierte el manchón de la
sangre reciente. Se llama Ignacio García Capote. Es de
Güines. En el interior de la ambulancia, Manuel Roy
Bello, de Potrerillo, Placetas, herido también por
fragmentos de metralla, junto a Israel Gutiérrez, de La
Habana, lastimado por un golpe de tanque. Los tres
pertenecen a una escuela de Responsables de Milicias.
Vale decir:
¡A
una fragua de héroes!
PLAYA LARGA
De
momento, nos encontramos sin vehículo para salir a la
zona de operaciones de Playa Larga, en las avanzadas;
pero vigilamos el paso de la primera cosa rodante que
enfilara la carretera de la costa. Fue un jeep de la
Cruz Roja y el jeep nos llevó.
Seis horas antes, allá se había librado un duro combate
y era lugar de riesgo continuo por la continuas
incursiones de los aviones bombarderos yanquis, que
pretendían cruzar la línea de fuego para atacar nuestra
única línea de abastecimiento de tropas y armas. Esa
línea era, precisamente, la misma carretera por donde
íbamos.
Además, los paracaidistas podían aparecer por la
retaguardia, ametrallando desde su escondite en la
maleza.
A
la salida del batey, también todo se cubría de uniformes
del ejército popular. Se almorzaba a base de una lata de
leche condensada y pan, dulce de guayaba y alguna otra
cosa. Vimos a la tropa, lata en mano, disponiendo del
frugal almuerzo. Había unidad, un informe entusiasmado,
una increíble satisfacción por ir al combate. De eso,
cuantos tuvimos el honor infinito de contemplarlo y
compartirlo, podemos dar fe.
Al
timón del jeep que nos lleva a las avanzadas, está
Manuel Esponda Álvarez, de la sexta brigada de la Cruz
Roja, Ezequiel Velásquez, Rafael Hernández y Roberto
Pérez Calero, delegado por La Habana.
Al
subir al vehículo habíamos advertido algo extraño: junto
al grupo hospitalario, que porta banderas con grandes
cruces rojas, va también un mocetón llevando un arma
antiaérea. Nos explican el porqué de la medida:
―Los aviones yanquis han ametrallado tres de nuestras
ambulancias, y nos hemos visto precisado a pedir escolta
para poder cumplir nuestro deber.
Apenas podemos creerlo. Únicamente los nazis se lanzaron
a tal barbarie. Y llegan más detalles mientras corremos
entre una nube de polvo.
―Algunos heridos fueron muertos en esa forma, dentro de
los carros. Ya verá usted las ambulancias volcadas en
las cunetas.
Dominando la idea de ver aparecer en cualquier momento
la terrible amenaza aérea, o de sentir el tableteo de
las ametralladoras de los paracaidistas, fijamos la
mente en la temible, poderosa protección que guarda el
territorio. Nidos de todas las armas, perfectamente
disimulados y protegidos, se meten a los dos lados de la
carretera, tierra adentro y tierra adentro y tierra
adelante. Como fieles mastines de la independencia, se
agazapan, para destrozar cualquier avance del enemigo.
Son cañones de distintos calibres; antiaéreas, nidos de
50, de 30. Entre el raquítico o el espeso monte de la
ciénaga se vislumbra asomando sus bocas mortales. Y
detrás de cada una de ellas, cientos de vidas jóvenes
con el corazón entero dispuesto al sacrificio por la
patria.
―Por aquí estaban ellos y los hemos ido haciendo
retroceder.
Fíjese en los hoyos recién tapados que llenan la
carretera. Fueron hechos por las bombas aéreas.
Sobre el camino cubierto de polvo blanco que reseca la
garganta, que emblanquece el pelo y las pestañas, se
enfilan ómnibus repletos de milicias y Ejército Rebelde
que van a reforzar el frente y las avanzadas. Son
muchos, y también algunas rastras cargadas de parque.
A
pie, a los lados de la carretera, se riegan milicianos
junto a sus nidos armados. Nos saludan alegremente,
haciendo chistes y mostrando ufanos las tiras de nylon
estampado de los paracaídas capturados al ejército
imperialista y mercenario.
Las blancas barbas de Norberto Barreras nos saludan al
pasar, donde vela junto a su arma. Tiene 66 años. Viene
del Escambray.
Es
reparador de telégrafos de Jagüey Grande.
Continuamente, por la izquierda y en sentido contrario,
enfilan sobre la carretera las luces encendidas y a toda
velocidad de las ambulancias y máquinas que llevan la
bandera blanca con la cruz de sangre. La muerte y el
dolor van en ellas, en desesperado esfuerzo de arribada
pronta al hospital del batey del "Australia".
Son muchas ambulancias y muchas las máquinas que van y
vienen por este camino de riesgo y muerte, prestando el
mismo servicio.
A
nuestro lado, Pérez Calero, ansiosamente en una tensión
desesperada que advertimos en cada rasgo de su
expresión, en la mandíbula cerrada, en la mirada ansiosa
que lanza a cada vehículo que regreso del frente vela el
regreso de su único hijo.
Hace muchas horas que su muchacho salió a cumplir su
deber humano allá donde la pelea es continua y terrible
la metralla, y no ha regresado. El padre sufre con un
sufrimiento callado y fijo, vibrando a cada luz de faro
que se anuncia a lo lejos.
―
¿Vendrá ahí mi hijo?
El
jeep detiene un poquito la marcha cuando nos cruzamos
con los vehículos.
La
voz del padre entonces grita su llamada ansiosa:
―
¿Han visto a Roberto?
Pero siempre los compañeros repiten que no. Que había
ido al frente a recoger heridos; pero que no saben. Que
nada pueden decirle.
Otra vez se acelera el jeep y nadie se atreve a
comentar.
De
pronto se oye un ruido de motores aéreos. Todo el mundo
mira arriba, y en el mocetón dispone el arma, en
guardia. Los ojos se clavan en el cielo con fijeza. El
pulso se acelera y un nudo aprieta la garganta mientras
cruzan segundos que parecen siglos... Pero, no; no eran
aviones. Seguimos.
Cruzan kilómetros. Los árboles, a ambos lados de la
carretera, muestran la herida honda de sus cortezas,
destrozadas durantes los encuentros liberados horas
antes.
Dos ambulancias ametralladas se incrustan en la cuneta.
Pérez Calero apunta, con una ironía dolorosa:
―Mire la obra de los "salvadores" de Cuba.
Cerca de Soplillar tropezamos con dos nidos de antiaérea
múltiples. A derecha e izquierda de la carretera,
guardando un punto estratégico, sus ocho bocas vigilan
lo alto, apuntando a las nubes.
Y
guardándolas y sirviéndolas, como el pabellón más
gallardo de toda está epopeya, están los niños de la
Base Granma.
Parece increíble. A pesar nuestro, a pesar de una orden
severa que nos damos, a pesar de saber que no vinimos
para llorar, sino para mantener alta la moral
revolucionaria, sentimos una niebla tibia cubrirnos las
pupilas. Por que son niños, criaturas de 13 años, de 14
y 15; los mayores tienen 17.
Desnudos los pechos adolescentes, donde lucen collares
milicianos de semillas de monte, las caritas graciosas
llenas de sudor, sucias de polvo, risueñas, capaces,
heroicas, inmensas, con aquellos ojos llenos de luz y de
fervor por Cuba y su vergüenza, los niños artilleros
saludan alegremente, nos rodean y casi aplauden cuando
se enteran a lo que vinimos. Cuando saben que es
BOHEMIA la que llega a buscarlos y a estar junto a
ellos en la hora de prueba.
Y
como lo que son, como criaturas llenas de ingenuidad se
sitúan complacidos un segundo frente a la cámara de
Gilberto Ante, el buen compañero de toda esta marcha del
deber, peinándose apresuradamente con los dedos y
sonriente para situarse mejor.
Nos regalan casquillos. Dos casquillos de sus armas,
como recuerdo.
Y
cuando quisiéramos abarcarlos en los brazos para
protegerlos, para guardarlos de una posible muerte
inhumana y maldita, tenemos asombroso plomo de su
protección varonil dispuesta.
―No tenga miedo, que aquí estamos nosotros. Ningún avión
se atreverá a pasar por aquí. ¡Si viene, queda!
A
nuestro lado, el delegado de la Cruz Roja rehúye los
ojos, porque cada muchacho le recuerda a su hijo. Y le
pide al chofer, nerviosamente:
―
¡Sigue, sigue, anda! Vamos a ver si tropezamos a
Roberto.
Tiene que estar por ahí. Tiene que estar al regresar.
Iré hasta el frente a buscarlo si es necesario.
Silenciosos kilómetros. Cruza la visión blanca de un
carro de abastecimiento de combustible perteneciente al
enemigo y volcado panza arriba por nuestra artillería.
Siguen cruzando como ráfagas los autos embanderados de
cruces rojas. Pero nadie llega. El padre sufre.
De
pronto, como visión de pesadilla aparecen las primeras
casas campesinas voladas por los aviadores del
imperialismo norteamericano. Son huecos negruzcos
todavía humeantes, que muestran en sus cráteres restos
de los que fue una familia y un hogar cubano. De cubanos
pobres a los que la Revolución defiende y ampara con su
cuerpo inmenso.
La
indignación nos enmudece. Pero ya está el castigo
martillado los sucios hocicos del invasor y de sus
padrinos de lodo y abuso. ¡Ya muchos yanquis que nos
creyeron presa fácil para su codicia siempre
insatisfecha, están guardados entre las lisas tablas de
salida del monte cubano! Ya muy pronto, los invasores de
su propia patria, los que vendieron su ciudadanía por el
apoyo criminal de un imperio guerrerista y feroz,
estarán en larga fila prisionera, custodiada por el
pueblo en armas.
El
jeep, a bastante velocidad, corre hacia Playa Larga.
Ya
estamos en la zona de operaciones de guerra. Por la
carretera, delante de nosotros, aparecen cinco inmensas
moles que adelantan camino hacia el frente de combate.
Son cinco tanques con sus largos cañones como duros
brazos extendidos, como puños cerrados que amenazan al
invasor.
Sobresaliendo del corazón de hierro, se ven los jóvenes
tanquistas, artilleros salidos de la de la entraña de la
sierra y el llano, campesinos muy jóvenes, de 20 años a
lo más, morenos y rudos bajo los cascos negros que ciñen
el rostro tostado.
Estamos en el lugar donde la Revolución embelleció la
ciénaga con fabricaciones turísticas a varias millas de
costa todavía.
En
el sitio donde los caimanes se reúnen muy ufanos y
complacidos, por la proximidad de sus compadres yanquis:
Los viejos compadres de las empresas mercenarias donde
no es su propia carne la que viene a morir bajo las
balas de un pueblo libre. Que si algún yanqui aviador
está cayendo no ha sido más que por el conocido
menosprecio y subestimación al valor y a la dignidad de
los pueblos de Latinoamérica.
Rugen los poderosos motores de los colosos de acero. Y
de allá, de las casetas turísticas convertidas en
unidades de milicias y el ejército rebelde, sale la voz
de un responsable gritándole a un tanquista:
―
¡Ve mirando arriba, compañero! ¡El Objetivo Arriba!
Y
se rectifica de inmediato alguna posición del fuego
artillero, levantando la guardia.
Mirando al cielo donde amenazan cada segundo los aviones
de combate.
Pérez Calero ordena de nuevo la marcha en su angustiosa
ansiedad por el hijo. Dejamos los tanques detrás. Allá
viene ahora, a pocos kilómetros de Playa Larga, y una
ambulancia con su bandera desplegada al viento y sus
faros encendidos pidiendo vía. Cruza como un relámpago.
El padre se levanta, agarrándose al parabrisa con las
dos manos, dilatando los ojos, y en un grito, se le sale
el alma:
―
¡Roberto! ¡Ahí va Roberto!
Nuestro jeep, de un timonazo vira en redondo y embisten
el regreso, como si llevara por ímpetu el corazón del
padre.
A
pocos metros fue el encuentro.
El
abrazo. Un abrazo que parecía incrustarle al cuerpo de
su simpático muchacho, que sonreía al padre el casco
protector.
Allí también el saludo de la Revolución. El teniente
Gonzalo Álvarez, del cuerpo de Sanidad del Ejército
Rebelde. A su cargo está el abastecimiento de los
puestos de primeros auxilios. Con Rafael Jorge, Sergio
Álvarez y Rafael Fuentes. Y con Manuel Lima, de las
milicias, todos matanceros. Actúan desarmados pero la
comandancia los remite a escolta por los ataques
anteriores a los carros hospitalarios.
Nos muestra jeringuillas hipodérmicas, plásticas, muy
modernas; vendas, sulfa y otros medicamentos.
―Todo esto lo dejaron en un botiquín de Playa Larga,
hace unas horas, cuando fueron desalojados.
Los yanquis lo prepararon todo muy bien. Traen de todo:
¡hasta tanques traen! Ha sido un desembarco del tipo de
la Segunda Guerra Mundial.
Apuntamos:
―Un combatiente del batallón de Cienfuegos, Santos
González Cabrera, aseguró que traían hombres ranas en la
expedición. Se halló un cartel a pocos metros de la
playa que decía: "Cortesía de los hombres ranas del
Bárbara J.: Bienvenidos, libertadores."
Tras el breve encuentro, seguimos adelante. Son tantas
las emociones que por un rato hemos olvidado el cielo,
los bombarderos y los paracaidistas.
El
delegado de la Cruz Roja de La Habana, feliz con el
encuentro de su muchacho, sigue el recorrido, mientras
el hijo regresa a la retaguardia.
Ahora, en estos pocos kilómetros, quizás dos, que
desembocan finalmente en la costa, se camina, realmente,
sobre la muerte. Por todas partes, en los ribazos, se
riegan bombas sin estallar, granadas y balas, cajas con
explosivos TNT. Las huellas de una dura batalla se
observan a cada paso. La carretera está cubierta de
casquillos de todo calibre, de pequeños cráteres
abiertos por el fuego de los morteros.
Y
llegamos a la bifurcación de la carretera que conduce a
la tienda del pueblo. Precisamente allí, ladeado en un
zanjón, entre los dos caminos, hay un tanque todavía
lleno de granadas. Ese tanque lo perdimos anoche y por
la mañana nuestros bravos combatientes lo recuperaron.
Hace solamente unas horas que aquí se combatió en una
batalla muy dura.
Detrás del tanque, en lo hondo de la zanja, donde se
advierte que estuvo emplazada una calibre 50 por el gran
número de casquillos que se riegan alrededor, hay dos
cadáveres de invasores.
Los contemplamos sin odios y en silencio. Son dos
jóvenes de poco más de 20 años. Yacen contraídos,
rígidos, quemados en parte, con los ojos velados y
abiertos mirando el cielo de su patria, que no supieron
respetar. Vistiendo un uniforme extraño fabricado por
una potencia extranjera, por el Pentágono, que los
empujó a este suicidio estúpido. A esta aventura sin
gloria ni esperanza. A este túnel oscuro donde sus
nombres no tendrán el llanto de su pueblo para lavarlos
del olvido, como los muertos milicianos.
Pensamos en las madres que nunca llorarán bastante esos
cuerpos de donde escapó la vida joven.
―
¡Cuidado, hay muchas granadas regadas! ¡Cuidado, miren
dónde pisan, que puede haber minas!
Las advertencias cruzan el silencio y la desolación del
lugar. A pocos pasos, del otro lado del ribazo, más
cadáveres también con el uniforme pintarrajeado con que
el gobierno de Kennedy les disfrazó su triste suerte.
Mientras tanto, por la carretera, más armas, más
milicias, más fuerza del pueblo inundando el día y
avanzando contra el enemigo que se repliega costa
arriba, buscando un imposible refugio. Una escapatoria
inexistente, metiéndose más y más en un bolsón sin
salida.
Minutos después, a pie, atravesando con cuidado la corta
distancia, llegamos al mar. Toda la extensa planicie de
Playa Larga, por donde se realizó el desembarco hace
solamente día y medio, ahora está materialmente cubierta
de hombres que llegaron a luchar hasta vencer. La tropa
del pueblo se riega perfectamente armada y bien segura
de la victoria.
Aquí nadie teme ni duda ni da un solo paso atrás ni
consulta una orden a la hora de su cumplimiento. La
poderosa, la querida figura del jefe que dirige la
operación, la fuerte y recia sombra de Fidel, es la
mejor garantía para el pueblo en armas. Saber que está
aquí, junto a ellos, moviéndose, caminando, hablándoles,
exponiéndose, les crea nuevo coraje que se respira, que
salta a los ojos en clara revelación.
Y
como Fidel, Almeida, Osmani, Martínez Sánchez, René
Rodríguez, Ameijeiras, todos y cada uno de los jefes del
Ejército de Cuba. Como ayer en la Sierra Maestra, hoy en
la Ciénaga de Zapata, es la misma cosa: un solo hombre
todos los hombres de la Revolución.
Sobre la arena y las rocas, a la orilla del agua, nos
rodean nuevamente niños artilleros de la base pinareña.
Hay emplazadas varias baterías antiaéreas que ellos
sirven con la misma responsabilidad de los hombres
hechos. Pero esta vez no dan un solo paso que los separe
de su artillería. Saben bien que los buitres merodean
cerca.
Nos procuran unos anteojos de campaña para que podamos
ver uno de los barcos que utilizó el gobierno americano
para transportar la invasión hasta aquí desde Guatemala
o Nicaragua o la Florida. Nuestra aviación lo bombardeó
y se ve a cosa de dos millas, escorado, inerte y
vencido, guardando una verdad que ya todos sabemos.
Pero los muchachos artilleros están gritándonos sus
nombres, rogando una lista para BOHEMIA. ¿Y qué
puede negarse a estos héroes?
Aquí están Freddy Palenzuela, Roberto Quiñones, Lucio
Menéndez, Rafael Sardinas, Arcadio Radillo, José María
Oquendo, Sergio Lázaro Obregón, Norberto Galbán, Jorge
Concepción (con su collar donde una niña-novia asoma el
rostro lindo junto al pecho del bravo chiquillo, y
dentro de una semilla de poja en forma de corazón);
Manuel Galbán, Roberto Henríquez Rey, Erasmo Puerta,
Rafael Sánchez, Jorge Henríquez, Roberto Alfonso, Sergio
Montoya, Manuel Albo...
Por allí también la silueta, vestida de verde olivo y
negro, de una muchachita alfabetizadora. Mareta Chang,
sentada entre sus compañeros, relata que estaba en
Pálpite, en la cooperativa, con su escuela y sus doce
niños. Pero que ya no tiene escuela ni ella ni los
guajiritos cienagueros porque un avión la bombardeó. La
braca muchacha vino al frente a servir en las trincheras
de Caletón, curando heridos y haciendo cuento puede. Y
hasta hoy está ahí, sin retroceder.
Jesús Brocha se nos acerca. Tiene 18 años. Es tímido,
muy tímido. Nos invita para enseñarnos la cafetería en
construcción. Le respondemos que en ese momento una
cafetería no nos interesa demasiado. Y entonces,
balbuceante:
―Mire ―dice en voz baja― es que me da pena pedirle un
favor, porque ya usted debe haber escrito todo para
BOHEMIA; pero fíjese, yo soy artillero y que dije:
Jesús, sirve bien a tu patria y aquí estoy. Yo tengo
tres hermanos milicianos. El menor en la cooperativa, el
mayor en la limpia del Escambray y mi hermana que
alfabetiza.
Se
detiene, turbado. No sabe cómo acabar la petición.
―Bueno, ¿y qué cosa tú quieres? Dilo, ¿no ves que quiero
complacerte?
Entonces, Jesús traga en seco azorado.
―Es que yo... ¡yo quiero pedirle que también ponga mi
nombre ahí para la revista! Es por la vieja, ¿se da
cuenta? Yo quisiera que se enterara que estoy bien.
Sobre los riscos, dentro del mar, se ve una caseta
aislada que es como una avanzada sobre la playa. Allá
nos vamos para conocer a un chiquillo de dieciséis años,
un rubio muy campante carirredondo, de una
extraordinaria simpatía. Pertenece a la batería 18, se
llama Lázaro Quesada. Lázaro con Antonio Cifuentes.
En
ese momento se dio la alarma. De lejos, llegó el grito
de peligro y muerte:
―
¡Avión!
Sobre la playa se mueve en oleaje humano la marejada
combatiente. Los artilleros se alertan tras las armas.
El muchachote rubio, rápidamente nos toma del brazo, nos
señala el horizonte por donde avanza un punto negro
zumbando enfurecido con sus motores a todo andar, desde
su madriguera norteamericana:
―
¡Métase adentro de la caseta, que ese viene a
bombardear! ¡Tírese al suelo! ¡Corra!
Todo fue dicho en atropello, pero nosotros mirábamos,
como fascinados, sin poder separarnos un paso: el avión
crecía por segundos, venía recto, directo como un
proyectil, maniobraba de modo que formaba una cruz con
sus alas y el fuselaje. Parecía un pez temible, un pez
martillo enfurecido, embestidor...
El
aire se llenó de ruido de motores aéreos y de silencio.
Y en el último segundo, me lancé al suelo, bajo la mesa,
en el mismo momento en que las antiaéreas múltiples y
los cañones vomitaban su estampido.
El
buitre giró alejándose ante el recibimiento miliciano.
Se perdió de nuevo, rumbo a su barco pirata.
Lázaro entró riéndose del avión y del piloto yanqui, a
carcajadas.
―
¿No se lo dije? ¡Son unos piojosos!
Y
galantemente me ayudó a levantar del piso, lamentando
muchísimo el polvo que nos cubría la ropa.
Cinco minutos después se intentó un nuevo ataque. Esta
vez nos refugiamos con Báez, nuestro compañero de
BOHEMIA y del periódico Revolución, que
reportan desde la avanzada, en el frigorífico vacío del
restaurante en construcción.
Y
otra vez nuestros muchachos artilleros espantan la
muerte con alas: el sucio yanqui vuelve a huir.
Solamente que esta vez casi a nuestro lado, una bala se
coló, hiriendo a uno de nuestros hombres. Por fortuna se
trata de una herida a sedal en la frente y el hombro.
Fue a vendarse y volvió para burlarse de la mala
puntería del artillero del bombardero.
Como que todo parece tranquilo de nuevo, siquiera por un
momento, salimos otra vez a la plaza cargando la caja de
metal vacía con letreros en inglés, donde venían balas
de calibre 50, que no sirvieron al deseo de los
invasores. Como las bombas y la muerte, están regadas
por cualquier parte.
Nos llaman. Nos llama un humilde hombre de campo. Pablo
Gómez, vecino de esa misma playa. Quiere algo que es
necesario atender, pero ante su tragedia le dejamos la
palabra. Será su verdad la que hable al mundo desde las
páginas de esta revista:
―Mire, ayer lunes, a eso de las seis y treinta de la
mañana, yo salí con mi señora, Cira María García, y mi
hija, y niños y ancianos heridos por los bombardeos para
tratar de llegar a algún sitio seguro. Entonces, al
llegar a la curva de ahí delante, y a pesar de ver ellos
bien claro que éramos civiles indefensos nos
ametrallaron, matando tres mujeres y a dos de los
heridos. Mi mujer cayó, con el cuerpo lleno de sangre. Y
cuando mi hija de quince años, que es miliciana, se le
arrimó llorando, ella la animó, mientras yo la recostaba
a mi cuerpo:
―Hija, no llores ni dejes la milicia. ¡Patria o Muerte!
―Después se me murió y la enterré en el arenal y esperé
hasta que vino el ejército de Fidel y nos libertó. Ahora
supe que BOHEMIA había llegado hasta las
avanzadas y yo quiero pedir un gran favor: quiero
desenterrar a mi muerta con mis propias manos y que la
retraten y se la enseñen al mundo entero como una
muestra de la libertad y la esperanza que los americanos
y los invasores le traían al pueblo humilde de Cuba.
Fue dicho así. Sencillamente así. Salimos en silencio.
Sombrero en mano, iba delante. Sombrero en mano por el
arenal, hasta donde estaba ella y cumplió su deseo.
Luego, con amor, lloroso el rostro barbudo y afligido,
la colocó con cuidado en el modesto sarcófago que había
traído desde Jagüey Grande.
Cuando cierra la humilde cubierta de madera, allá, por
Playa Girón, por el frente de combate, truena el cañón
del ejército del pueblo como un responso de coraje y
justicia por la vida humilde de la campesina asesinada.
¡Está escrito el final de la invasión!
Tomado de Bohemia, Año 53,
número 18, 30 de abril de 1961.
* Escritora y periodista cubana
fallecida en marzo de 2001.
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