La Jiribilla | Nro. 154
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

LA CONSAGRACIÓN DE LA PRIMAVERA
 
A medida que nos vamos acercando a Jagüey, aumenta el número de camiones cargados de milicianos y soldados en columna rodante engrosada por los jeeps, “pisicorres”, Toyotas, que desembocan de vías secundarias y caminos reales. Yo conocía ya esos signos anunciadores de los campos de batalla, de pronto inscritos, brutalmente insertados, en paisajes tan quietos que, aun en las fronteras del plomo y del fuego, parecían particularmente indiferentes ante el tráfago humano.


Alejo Carpentier
 

Sólo merece la libertad y la vida Aquel que
cada día debe conquistarlas.

Goethe
Segundo Fausto


Por conocer un poco este camino calculo que a eso de las diez de la noche llegaremos a Jagüey Grande, antesala de donde —y mucho dice y poco dice, a la vez, el Primer Comunicado de Guerra del Gobierno Revolucionario— “tropas de desembarco, por mar y por tierra, están atacando varias partes del territorio del sur de la Provincia de Las Villas, apoyadas por aviones y barcos de guerra”... Rodeado de los hombres de mi milicia, vengo rodando desde hace horas en este destartalado y gruñiente autobús que, a menudo, tiene que arrimarse a un lado de la carretera para dejar el paso a camiones que con sus claxons nos piden la vía, repletos de jóvenes combatientes que coreando canciones e himnos nos alcanzan y dejan atrás. Al aparearse con nosotros y ver que vamos a lo mismo que ellos, nos saludan con bromas, animosos gritos, y mueras a un enemigo que sale escarnecido en alma y prosapia hasta la tercera generación ascendente. Vuelan alegres apóstrofes de vehículo a vehículo, y quedamos a la zaga otra vez, cantando en una oscuridad de donde surge, de trecho en trecho, un mínimo caserío dormido con alumbrado de veinte bombillas. Todo es pretexto a risas: el chofer, que mal sorteó un bache; aquel que, montado en un jamelgo esquelético, nos viene al encuentro (“¡viva la gloriosa caballería!”); unos novios abrazados bajo un árbol que sorpresivamente iluminan las luces nuestras (“¡Suéltala!”... “¡dejen algo para luego!”... “¡No te la comas!”...). No sé cómo cabemos —entre mochilas, cajas de parque, las armas...— en esta añosa “guagua” de la línea Habana-Cienfuegos, transformada en transporte militar. Los muchachos que me acompañan van a pelear como puede irse a una fiesta —o, más bien, a una competencia deportiva donde se está seguro de ganar (¡y qué diferencia entre ellos y los soldados de la Dictadura que, como es sabido, iban hacia la Sierra Maestra con un miedo atroz, agarrados por el engranaje de una servidumbre militar a la que les era imposible sustraerse!...). No pueden ignorar, estos, que la guerra no es cosa de broma. Pero su ánimo es el mismo que vengo observando en ellos cuando trabajan, se reúnen, discuten, en sus fábricas, talleres, oficinas, escuelas. Ganas de ir hacia adelante, de vencer la dificultad por el esfuerzo propio, la perseverancia, la voluntad —cosa nueva en un criollo acostumbrado, por largos años de acomodo con un medio donde nada se le exigía, a conseguir ventajas y beneficios mediante la astucia, la artimaña y la ganzúa. Yo jamás me hubiese esperado  ver operarse semejante transformación en mis compatriotas, aunque mucho habría deplorado que con ellos perdieran su buen humor, su afición al baile, y su propensión a hacer música con todo, en virtud de sus manifiestas o recónditas raíces africanas. Por ello me felicitaba, esta noche, de ver a mis gentes tan alegres y desenfadadas ya que, como combatiente de otra guerra sabía, mejor que nadie, lo que nos esperaba al término del camino... A medida que nos vamos acercando a Jagüey, aumenta el número de camiones cargados de milicianos y soldados en columna rodante engrosada por los jeeps, “pisicorres”, Toyotas, que desembocan de vías secundarias y caminos reales. Yo conocía ya esos signos anunciadores de los campos de batalla, de pronto inscritos, brutalmente insertados, en paisajes tan quietos que, aun en las fronteras del plomo y del fuego, parecían particularmente indiferentes ante el tráfago humano. (Jamás conocí silencio mayor que el que reinaba en el sector de la Moncloa, cierta vez, horas antes de entablarse una de las más encarnizadas batallas por la defensa de Madrid...) Y, por fin, entramos en un pueblo rico y activo, antaño gran centro de agencias bancarias y representantes de firmas comerciales por su cercanía con los centrales “Australia” y “Covadonga”, que, de sus períodos de excepcional prosperidad, conservaba opulentas fachadas con pomposas columnas pasadas a la pintura de aceite —muestrarios de verdes, azules, ocres, amarillos, presentados en entablamentos clásicos que mis nociones estéticas se niegan a aceptar con semejantes embadurnos. Hay gran movimiento de gente en las calles y luces en todas partes. Un pequeño café rebulle de milicianos —y me parece que algunos no deben tener más de catorce o quince años. Parece que cuando aquí se supo del desembarco enemigo, la población entera se volcó sobre el arsenal pidiendo armas. Todo el mundo parece haberse movilizado. Ante corros esquineros, en el parque, en los soportales, algunos, que ya regresaron de donde se está peleando, cuentan sus primeras impresiones. Dicen que allá (y señalan hacia el sur) las fuerzas invasoras llegaron en varios barcos; disponen de tanques ligeros, del tipo Sherman, tienen armas de todo calibre y cuentan con un respaldo de aviones. (Yo miro las armas que traemos: buenos morteros de calibre 120, algunas bazukas, tres ametralladoras 30 y dos 50. Es poco para hacer frente a lo que se nos viene encima... Pero no estamos solos: somos una pequeñísima porción de combatientes que vienen a sumarse a fuerzas que reúnen dos columnas de combate del Ejército, provistas de batería de obuses 122, el Batallón de Responsables de Milicias de Matanzas, con tres baterías de morteros 120, el Batallón 339 de Cienfuegos, que soportó ya la primera embestida enemiga, el Batallón de la Policía, el 117 de Las Villas, y también el 114, de equipo pesado, con sus bazukas, morteros y ametralladoras 30 y 50...) Todo aquí huele ya a guerra —y recuerdo que, en la carretera de Valencia a Madrid, ese olor solo venía a percibirse repentinamente en un pueblo cualquiera, situado en la impalpable, invisible línea divisoria de pronto trazada entre el mundo del arado y la azada y el mundo del incendio y la estampida. Y aquí, tras de las engreídas columnas del Casino Español, veo, por las ventanas abiertas, las camas de numerosos heridos —¿ya?— atendidos por médicos militares y civiles, milicianos sanitarios y enfermeras, con la asistencia de escolares afanosos de ser útiles. Primer hospital —y prefiero no recordar que, en tiempos de guerra, los hospitales de este tipo recibían heridos de las ambulancias de campaña que en España se designaban con el escalofriante nombre de “hospitales de sangre”... Pasada la media noche, trasladamos nuestro armamento a un camión grande donde, hacinados con otros milicianos que no son de nuestro grupo, empezamos a rodar —pero ahora con todos los focos apagados— hacia el Central “Australia”, sede de la Comandancia de nuestras fuerzas en el frente de Playa Larga. El batey y caserío de la gran fábrica azucarera estaba a obscuras. Pero aquí sí que se sentía — ¡caray!— que estábamos, no ya en la antesala sino en el umbral de la zona de operaciones. Había un solo edificio iluminado: el de la administración del Central al que de repente vi llegar, como surgido de las sombras, el Comandante Fidel Castro, que regresaba de la línea de combate seguido de varios oficiales... Hubo un compás de espera que algunos aprovecharon para desentumecerse las piernas, orinar o apoyar el lomo en una pared, dando cabezazos. Creo que, en realidad, estaban más amodorrados que fatigados por la monotonía de un viaje que hubiese sido bastante breve en tiempos normales pero que hoy, con tantas paradas, esperas e incidencias a lo largo del camino, nos había parecido interminable. —“Yo tenía las nalgas que no podía más” —dice uno. —“Aquí lo importante está en no enseñarlas al enemigo” —dice otro. Y brotaban, se multiplicaban, proliferaban las malas palabras que, sirviendo acaso de alivio a una íntima expectación, suenan y resuenan dondequiera que los hombres visten uniformes que no son de mero aparato y lucimiento. Pero pronto corrieron noticias que dieron como “un segundo aire” a quienes parecían soñolientos y cansados. Al cabo de un combate empezado al amanecer, a la hora del crepúsculo nuestra aviación había derribado cuatro aparatos enemigos del tipo B 26, hundido dos barcazas de desembarco y un transporte lst en la Bahía de Cochinos. —“Mañana será duro el día” —dice uno. —“En todo caso, nos estamos preparando” —digo yo, señalando lo que, con mayor experiencia que otros, habían advertido mis ojos en la noche: la llegada de camiones y más camiones, no solo cargados con tropas, sino con numerosos cañones de 85 milímetros, varios de 122, ametralladoras antiaéreas de las que llamaban “cuatrobocas”, y morteros, muchos morteros, de 120 —que me asombraron por su número, aunque pronto me explicaría tal profusión de un arma eficientísima en guerra de trinchera o en combates de calle a calle, por la caída en parábola cerrada, casi vertical, de sus proyectiles, pero cuya utilidad veía yo menos en espacios despejados como los que ahora conoceríamos, lugares que por llamarse Playa Larga y Playa Girón se me presentaban como extensiones claras, hechas para enfrentamientos cara a cara. —“Con eso al lado sí se puede pelear” —dijo uno. —“Pero ante todo con esto” —dijo el Teniente Cuéllar, llevándose una mano a la costura de la bragueta.

A pesar de que las ciudades conocían ya los calores de abril, la mañana, aquí, se anunciaba casi fría. Rodábamos hacia un lugar llamado Pálpite, y, a ambos lados de esta carretera que terminaba en Playa Larga, una neblina opalescente demoraba sobre la tierra amarillenta y pobre, con tramos pedregosos, pero donde una profusión de junquillos denunciaba la existencia de humedades soterradas. —“Estamos cruzando la ciénaga de Zapata” —me dijo el Teniente. —“Bueno, pero... ¿y el agua?” —“¿Qué agua?” —“Una ciénaga es cosa de mucha agua. Con vegetaciones que flotan. Sapos y ranas. Tembladeras... No sé”. —“Eso está por allá” (señala a la izquierda): “Hacia la Laguna del Tesoro. Ese nombre de “Laguna del Tesoro” tiene el poder de realzarme un poco este paisaje monótono, recordándome lo que, de niño, me enseñaban en el colegio de Belén sobre los pantanos —invisibles para mí ahora— donde, según decían, había caimanes de grandes dimensiones, vecinos del casi mítico manjuarí, de repulsiva estampa y agresivos colmillos, que aparecía en consejas campesinas como protagonista de ancestrales conflictos entre los peces y la especie humana, en tiempos muy remotos. Pero aquí solo veía yo extensiones de una vegetación rastrera y revuelta interrumpida, de trecho en trecho, por cerradas cortinas de zarzales y marabú, tendidas entre palmacanas y almácigos de tronco escamado en rojo-cobre, con algunas yagrumas en perpetuo revoloteo de penachos sobre las intrincadas marañas de abajo. Una flaca y esmirriada palma real aquí y allá, y, a veces, en la orilla de los claros, una casa de carbonero abandonada apresuradamente por sus habitantes —covacha con las paredes ennegrecidas por el humo de los cercanos túmulos que aún conservaban algunos fuegos internos en ausencia de sus dueños. Y, en tales soledades, la vida solo se manifestaba en uno que otro cangrejo violáceo, atareado entre los restos de alguna carroña. —“¿Y habrá que pelear aquí?” —pregunto al Teniente Cuéllar. —“Nos bajaremos un poco después de Pálpite —¡digo!— si se puede”. —“¿Lejos del mar, todavía?” —“Un poco. Es decir: si no se viene con la jeba en luna de miel que, para eso, todo camino es corto”. (Ríe.) —“Ahora entiendo el porqué de tantos morteros. Aquí habrá que avanzar de un claro a otro claro, cruzando por las marañas esas... De treinta metros en treinta metros, como quien dice”. —“Exactamente”... Miro a la derecha, a la izquierda, de la carretera: es, en todas partes, el mismo paisaje monótono, de visibilidad limitada, bueno para emboscadas, malo para combatir. Algo está ardiendo delante de nosotros, con un humo negro que se alza, denso, hacia arriba, en el aire de poca brisa: un autobús de transporte, que acaba de consumirse en hoguera de chatarras —alcanzado de lleno, acaso, por algún proyectil enemigo. Aquí se está ya —y hace rato ya que lo vengo advirtiendo por el olfato de quien tiene alguna experiencia de ello— en zona de constante peligro. Y, por lo mismo, mi percepción de todo sonido, de todo movimiento, se hace sensibilidad a flor de piel. Expectación —intensa expectación. Y creo que algo parecido ocurre a los demás que, puestos en estado de extrema alerta por el instinto, hablan menos y con menos broma que antes... Y, de pronto, fue como el comienzo de una enorme batalla invisible. Hacia el mar —y no muy lejos—, tras de los telones de vegetación, varias ametralladoras 50 habían abierto el fuego a la vez. Siguieron los morteros, en disparos cerrados. Y, bronco y retumbante —más metido en las entrañas de cada uno—, el estallido de un proyectil de artillería, con la amplia y repercutiente deflagración de los cañones 122, punteados por los 57 y 75, de disparo más seco y apretado, del enemigo. —“¡Se armó!” —dijo uno. —“¡Ahora sí!” —“¡Y que es ahí mismo!” —“No tanto, no tanto” —dije yo: “Parece que es ahí mismo, pero todavía falta”. —“Y que él sabe de esto” —dice uno, sin sospechar hasta qué punto me halaga con decirlo... —“¡Aaaaaaaaaaavión!” —grita el Teniente: “¡Aaaaaaaaaaaavión!”... Y ya todos hemos caído cuesta abajo, en las faldas del talud, para tirarnos en cunetas y zanjones. La sombra del aparato nos pasa por encima, pintando una cruz negra sobre la tierra, antes de que se oiga el tableteo de su ametralladora. Un pase, durante el cual la tierra reseca se levanta cerca de mí en pequeños copos que marcan la trayectoria de una ráfaga horizontal. Un guijarro, desprendido de lo alto, rueda sobre mí. —“¡No se muevan, coño!” —grita el Teniente. Un segundo pase, más alto, que nos agujerea los costados del camión que quedó en la carretera. Y, finalmente, para despedida, un tiro de cola, que pudo ser el más jodido, pero no alcanzó a nadie. El Teniente, ya de pie: “¡Se fue! ¡Arriba todo el mundo!” Yo me levanté, haciendo una fea mueca. —“¿Qué pasa? ¿Te measte?” —me pregunta uno. —“¡Carajo! Cuando estaba tirado ahí, mordí una yerba o una hoja, no sé, que me dejó un sabor a marisco podrido”. El otro ríe: “Una cigua. ¿A quién se le ocurre? Ahora, en todo el día, no se te quita ese sabor a mierda”. —“¡Al camión!» —ordena el Teniente, viendo que el conductor ha podido hacer arrancar el motor sin novedad... Y ahora, estamos llegando a Pálpite. Y ahí sí tengo la impresión de haber penetrado en el ámbito de una guerra —más oída que vista, hasta el momento. No sólo se oye, muy agrandado, el fragor de la batalla que se libra en Playa Larga, a unos pocos kilómetros de aquí, sino que veo, magníficamente disimulados entre la maleza, cañones de 122 ya emplazados, distintas piezas de artillería, ametralladoras antiaéreas, cuatrobocas, y hasta algunos tanques. Ágil, preciso en gestos y palabras, el Capitán Fernández, moviéndose de un lado a otro de la carretera a grandes trancos, rectifica ciertas maniobras o imparte órdenes. Cerca, se ven los restos de varias casas incendiadas. Queda una cama de hierro, reducida a sus patas y bastidor, en medio de un claro. Más lejos, prendida acaso por cargas de napalm, arde la vegetación con intermitentes chisporroteos y revuelos de pavesas. Esto, lo conozco. Lo he sentido, olido, padecido, hace ya más de treinta años... Y ahora seguimos rodando —aunque a menor velocidad. A lo lejos, retumban los morteros —siempre los morteros. —“Deben de estar al rojo de tanto disparar” —dice uno. Pero, no. También está arreciando la artillería, trabada en furibundos coloquios que se aquietan por algunos segundos para volver a empezar con mayor furia. —“¡Aquí!” —dice el Teniente, saltando del camión: “A bajar el material y el parque. Y pronto, que no se puede estar cerrando el tráfico”. Y ahora que no suena el motor de nuestro vehículo, parece que la batalla que nos rodea se acreciera en fragor y extensión. Pero suena otro motor y, muy despacio, se nos acerca un pesado Mack, tan lleno de milicianos que uno de ellos había ido a sentarse sobre la caseta del conductor, con las piernas colgantes y un M 52 atravesado en los muslos... —“¡Mi hermano!” —me grita el encaramado, sacándose un tabaco de la boca. —“¡Gaspar!” —“¡Sí! ¡Aquí! ¿Y tú?” —“¡Aquí!” —“Como en Brunete”. —“Pero allá la perdimos”. —“¡Aquí la ganaremos!” —“¡Patria o muerte!” —“¡Patria o muerte!” —“Nos vemos después”. —“Nos vemos después” —repite la voz de Gaspar que ya se aleja. (Y, como para exorcizar al Dios de los Ejércitos, acaso enojado por el desafiante optimismo de ese “nos veremos después”, junto el meñique y el índice de ambas manos en gesto de conjuro gitano). —“¡Carajo! ¡Apúrense!” —grita el Teniente, ayudando a bajar el material al lado izquierdo de la carretera. (La inesperada aparición de Gaspar ha venido a dar una realidad mayor a los momentos que ahora estoy viviendo. Y pienso que si Fabricio del Dongo había estado en la batalla de Waterloo sin saber si había estado realmente en la batalla de Waterloo, lo que soy yo, caray, bien sé en qué batalla me encuentro...). —“¡Adelante!” —dice el Teniente: “¡Avancen desplegados! ¡Y cuidado, que en los matorrales puede haber ‘pintos’.” Y echa a andar, para indicar el rumbo... Ahora, todas las detonaciones sueltas son enlazadas entre sí por un continuo tableteo de ametralladoras. Y, nuevamente, los morteros, muchos morteros. —“esta es una guerra de morteros” —digo. —“Tiene que ser” —me responde uno: “No hay más que ver esta mierda de terreno”. —“¡Avancen!” —dice y vuelve a decir el Teniente, como si estuviésemos haciendo otra cosa. Y, sin embargo, su mismo paso, por el que ritmamos el nuestro, es de cautela y constante mirar hacia sus hombres. A mí ni hay que decirme que avance. Avanzo. Desde que dejamos el camión, he entrado en ese “estado segundo” que me devuelve a los días de la guerra de España —estado en que todo el intelecto se pasa a lo instintivo e inmediato, y una prodigiosa capacidad de ver, oír, percibir, sentir, se aplica a lo circundante en pasmosa recuperación de ancestrales reflejos de defensa. La piel se hace orejas, la nuca tiene ojos, los músculos se crispan antes de que llegue al suelo el obús que aún está en caída —y algunos parecen haber sido disparados ya hacia donde estamos. Éste, sobre todo, que nos retumba dentro... —“¡Carajo! ¡Talmente parecía que nos estaba dedicado!” —dice uno. —“Es que ya nos estamos acercando” —dice otro. Y, nuevamente, estamos en una zona de malezas, cuyas espinas nos hincan las caras. Los que cargan con bazucas son los más incomodados por esa maldita vegetación, que nos envuelve y entorpece nuestros movimientos, y que ahora crece en suelo que se ha vuelto fangoso. Al fin divisamos un claro, más extenso que otros dejados atrás, pero que está cerrado — ¡otra vez!— por una espesa cortina de zarzas y marabú, con los inevitables almácigos. —“¡No salgan en descubierto!” —grita el Teniente. Y en ese segundo estalla el matorral que tenemos delante. Un macizo de árboles dispara por todas sus espesuras y una enorme cohetería de morteros y ametralladoras lo estremece todo con su estampida. Y es el zumbido de las balas que ya pasaron, y la instintiva aprensión de las que están por llegar. Y oigo un enorme ruido como de tela alquitranada que rasgaran de un cuchillazo, y una explosión, y mi pierna izquierda que pierde toda consistencia, se afloja, me abandona, haciéndome caer en forma tal que me golpeo la sien con la culata de mi propio fusil. Todo ha sido tan rápido que... Pero es que no puedo levantarme. —“Es el fango... El fango...” Mi pierna derecha bracea absurdamente, sin ayudarme ni obedecer. —“No es nada... No es nada”. Pero —¡carajo!—, taladrándome,  es ese dolor —¡ese dolor!—, que es espantoso dolor. Mi mano, que ha ido a donde duele, me vuelve llena de sangre. Sangre que me llevo al pecho, a la frente, a la boca. El dolor se me hace intolerable, y me doy cuenta de que me ha estallado una granada de mortero al lado, y que he sido alcanzado en la pierna ésta, y probablemente más arriba, también más arriba, porque tengo sangre en todas partes, porque en todas partes me la encuentro, y a veces las grandes heridas, las del tórax, no duelen de primer momento. —“¡Me jodieron!” —digo. Ahora el dolor me invade tan totalmente que no sé de dónde proviene. Soy todo un solo y único dolor, respirando a gemidos. —“¡Me jodieron! ¡Me jodieron!” Quizá, logrando volverme sobre el costado derecho, sufriría menos. Pero el suelo se ablanda, el suelo se hunde, se hunde, se hunde, y dejo de ver, de oír, y es caer, caer, caer girando, hacia abajo, cada vez más pronto, cada vez más pronto, en una noche honda, honda, tan honda que...

......................................................................................................

...vuelvo en mí cuando me siento llevado a un camión en cuyo piso me acuestan, entre otros heridos. El dolor me vuelve a empujones, por embates que me llegan al pecho. Y esta pierna escombro, inerte, inútil, que sólo me sigue prendida al cuerpo para dolerme atrozmente. La sacudida ha sido tal — ahora me doy cuenta de ello confusamente— que aún estoy como atontado. Sé que el camión está rodando, por el traqueteo y los baches. Demasiados baches. —“Los obuses han desfondado la carretera” —dice uno, al nivel de mi oído. Debo haber perdido mucha sangre, porque el pantalón está cubierto por una costra de lodo y de sangre. Esta pierna, que ya no intento mover... La misma que fue herida en España. Segunda vez en el mismo lugar. Debe ser malo. Muy malo. Acaso... Pero, no. No quiero pensar en eso. No. No puede ser... Y lo primero que pregunto al médico que me examina es eso. —“¡No, hombre!” —dice él: “¡Olvídese de eso!” Una hincada en el brazo. Cesa el dolor. Me tienen que cortar la tela del pantalón con unas tijeras. Y no sé qué más. Me llevan. Un gran sol redondo y cercano se enciende sobre mí. Y cuando dejo de ver el gran sol redondo y cercano, es como dormir y despertar en una cama. Una aguja larga, fija con esparadrapo, hace pasar un suero, gota a gota, en una vena de mi mano izquierda. No me siento la pierna herida. —“Gaspar” —digo: “Gaspar”, sin poder decir más. Y con mi mano libre señalo la pierna que no se ve, que ya no siento. —“No, hombre, no. No te figures eso” —dice Gaspar, riendo: “Varias fracturas delicadas... Te extrajeron los cascos y te hicieron una buena cura. La operación te la van a hacer en el Hospital Militar. Cosa de estética, como enderezarse la nariz, o, para una mujer, levantarse las tetas caídas... Dentro de poco estás echando un pie, como antes... Ahora te van a poner un calmante para que duermas»... Y amanece. Y es el revuelo de las enfermeras que, durante el sueño, me han quitado la cánula de la mano, y que ahora me toman la temperatura... El día me halla en un estado de lúcido embrutecimiento. —“¿Y la guerra? ¿La guerra?” —pregunto varias veces a las enfermeras. Y ellas me contestan: “Parece que la tenemos ganada”... Al anochecer, Gaspar viene a verme, trayendo un pequeño aparato receptor de radio. —“Oye” —me dice: “Ahora te van a llevar en la ambulancia al Hospital Militar. Pero antes, entérate. Oye el Cuarto Comunicado de Guerra, que empezaron a pasar a las cinco y media”. Hay silbidos y frituras de estática, y emerge una voz clara, cuyo volumen aumenta el músico: “Fuerzas del Ejército Rebelde y de las Milicias Nacionales Revolucionarias tomaron por asalto las últimas posiciones que las fuerzas mercenarias invasoras habían ocupado en el territorio nacional... Playa Girón, que fue el último punto de los mercenarios, cayó a las 5 y 30 de la tarde... La Revolución ha salido victoriosa, aunque pagando un saldo elevado de vidas valiosas de combatientes revolucionarios que se enfrentaron a los invasores y los atacaron incesantemente sin un solo minuto de tregua, destruyendo así, en menos de setenta y dos horas, el ejército que organizó durante muchos meses el gobierno imperialista de los Estados Unidos... El enemigo ha sufrido una aplastante derrota». Pero, ya entran los camilleros. —“La ganamos” —dice Gaspar: “Y bien que la ganamos”. —“Esta nos desquita de otras que hemos perdido allá” —digo. —“En la guerra revolucionaria, que es una sola en el mundo, lo importante está en ganar batallas en alguna parte” —dice Gaspar: “Ahora nos ha tocado a nosotros”. —“Ahora nos ha tocado a nosotros” —digo, oyendo mi propia voz como en eco de la otra. Y ya me llevan por el pasillo de salida. En la calle, es el júbilo de escolares, campesinos y milicianos. Parece que están llegando los primeros prisioneros. —“Todos serán unos angelitos” —dice Gaspar, riendo: “No sabíamos... Veníamos engañados... Nos dijeron... Creíamos que... Pero si la hubiesen ganado ellos... ¡ay, mi madre!... Tú y yo (se pasa el filo de un índice por el pescuezo)... ¡ya tú sabes!... ¡Y que esa gente no perdona!...”

......................................................................................................

...Otra vez sobre mí el gran sol redondo y cercano, con pequeños rectángulos concéntricos. Pero ahora, el gran sol redondo se mueve lentamente hacia mis piernas, en una escenografía que, esta vez, es de gran estreno. Aquí habrá función mayor. Me rodean Hombres Blancos y varias coéforas que, con leves entrechoques metálicos, disponen una panoplia de pequeños enseres relucientes, con filos, puntas y dientes, que prefiero no mirar. —“¿Cómo se siente?” —me pregunta, detrás de mí, uno a quien no veo. —“Bien, Muy bien”. —“¡Oxígeno!” Me tapan la boca y las narices con una máscara. Grata sensación de respirar plenamente, de sorber una brisa fina que se me cuela en los pulmones. Se abre una puerta. Aparecen los Grandes Oficiantes con los gorros puestos y las caras cerradas, hasta los ojos, como los de las mujeres mahometanas. Quiero hacer un chiste, pero no me dan tiempo. Ya se me acerca, con una aguja en alto, el anestesista. —“No vas a tener el tiempo de contar hasta tres...” —me dice. Llego a dos, y salgo de este mundo para renacer en el mundo de mi infancia. Todo es enorme, gigantesco, en casa de mi tía. Y mi tía también es grande, gigantesca, con esa papada, esos brazos blancos, esos collares de varias vueltas. Salimos en su grande, gigantesco, automóvil negro —ella, detrás, como una reina; yo, delante, al lado del grande, gigantesco, chofer uniformado. Pero al salir por la grande, gigantesca verja de la entrada, tenemos que detenernos ante una jaula negra, montada en ruedas, tirada por una mula, conducida por un policía, que está llena de niños presos. Unos lloran, otros dicen cosas feas, otros me sacan la lengua por el enrejillado. —“La jaula de los niños majaderos y desobedientes” —dice mi tía. —“Diga más bien la Señora Condesa que son ‘mataperros’. Y con perdón” —dice el Chofer: “Hacen bien en recogerlos. Se pasan la vida correteando por las calles, comiendo mangos y bañándose en las pocetas del litoral.” (A mí, esa vida me parecía maravillosa, y no la mía, de niño obligado a levantarse por reloj, hacerlo todo con mesura, y besar señoras gordas y sudorosas, y a horribles ancianos, con mejillas olientes a tabaco y a sepultura, porque eran “personas de respeto”... —“Esos no respetan nada” —proseguía el Chofer, señalando a los enjaulados. —“¡Cómo van a respetar nada, si no tienen religión ni fundamento! Y nacidos en esos solares, donde las negras paren como conejas...” Volvemos del paseo por el Prado y el Malecón, Mademoiselle me hace comer y me acuesta. Pero apenas Mademoiselle me arropa y sale, me levanto, saco el carrito bombero y lo hago correr por el cuarto. Vuelve la Mademoiselle, enojada. A la tercera, sube con mi tía, toda perfumada y envuelta en gasas, que me amenaza con su pericón. —“Si no te acuestas, llamo a la Policía para que te lleven en la jaula”. Y sale, después de apagar la luz. La jaula no. Todo menos la jaula. Es terrible, espantosa, la jaula. Solo hay una manera de impedir que mi tía pida la jaula: matarla. En el cajón de los juguetes, tengo dos pistolas amarillas y azules, con un corcho en cada cañón. Corto los cordeles que retienen los corchos a las mirillas del arma, y, con una culata en cada mano, bajo las escaleras... En el comedor, hay varias personas alrededor de la mesa, que hacen un ruido de tenedores y cuchillos impropio de gente educada. Entro. Me acerco a mi tía, que en ese instante, me parece más enorme, más gigantesca, que nunca. Alzo las pistolas. Disparo. Los dos corchos le dan en medio del escote. Hay voces y nuevos ruidos de cuchillos y tenedores. —“¡Asesino! ¡Mataperros!” —grita mi tía. Y alza la mano derecha, en gesto de darme una bofetada... Y recibo la bofetada en la mejilla derecha, pero es bofetada seca y leve, que no duele. Y ahora, sin que mi tía alce la mano, es otra ligera bofetada en la otra mejilla. Sigue el ruido de tenedores y cuchillos. —“Despierte, compañero. Terminó todo”. Una enfermera. Y otra más. El anestesista (los cirujanos desaparecieron): —“Vamos. Abra los ojos. Mire... Ya terminó todo. Ha quedado estupendamente”. Cierro los ojos otra vez, porque gozo de un prodigioso bienestar. —“Vamos, compañero” —me dice la enfermera: “¿O es que se va a quedar a dormir aquí, con nosotros?” Me pasan a la camilla rodante. A mi lado anda otra enfermera con la pequeña bombona del suero en alto. Ascensor. Me suben. Un largo corredor, ahora, en que voy como momia llevada con los pies adelante. La puerta de mi cuarto, donde hay tres personas: dos mujeres, un hombre. Los conozco bien a los tres. Deleitosa, suave, honda cama. Me duermo con ganas de volver al mundo de mi infancia donde acabo de estar, con sus colores bellísimos... (..............) Están ahí los tres. Los conozco... Tengo sueño... (..............) El hombre es Gaspar: “Dice el doctor que quedaste cheque. Pronto te manda pa’ tu casa. Y ya sabes: el próximo 26 de julio, tú y yo, en la Plaza de la Revolución”... (..............) Mirta se acerca a la cama. Quien está a su lado es Vera. —“Te traje a la rusa de Baracoa”. No entiendo. Y ese sueño que vuelve a cerrarme los ojos... (..............) Pero ahora tengo la impresión de volver de muy lejos. Oigo, veo, lo entiendo todo, pero soy incapaz de articular una palabra. —“No mueva los labios así, que no se oye nada” —me dice la enfermera, metiéndome un termómetro en la boca: “Son los efectos del tipo de anestesia que le pusieron. No podrá hablar hasta dentro de un rato largo”. Contemplo a Vera. Se ha descuidado mucho. Tiene el pelo entrecano y está vestida de cualquier manera. Pero su rostro —de cutis reseco y quemado, como de gente que hubiese estado muy expuesta al sol y a los vientos marinos— sigue iluminado por esa mirada prodigiosamente clara, de un verdor hondo aunque transparente, que me atrajo cuando la conocí en Valencia. Me sonríe y toma mi mano derecha entre las suyas. Lo que no entiendo es eso de Baracoa, que dijo Mirta —igual a como la vi por última vez, pero más mujer, y acaso con las caderas más redondeadas. (Brevísimo sueño, del que vuelvo creo que enseguida. Están los tres sentados junto a la ventana, y hablan de José Antonio:) “...en todo gran acontecimiento tiene que haber una nota cómica” —dice Gaspar: “Y el que la puso fue él. Figúrate que el día 18, cuando se leyó el Segundo Comunicado de Guerra y se supo lo de la invasión, el José Antonio ese, que se había cogido la Revolución para él solo, se puso a oír la radio de Miami. Y entonces — ¡ay, mi madre!—, que si el desembarco había sido un éxito; que si los carboneros de la Ciénaga de Zapata habían recibido a los gusanos con vivas al “Ejército de Liberación”; y que, en su avance victorioso, en todas partes los invasores eran recibidos por el pueblo con arcos de triunfo, flores y caramelos; y que si estaban ya a cuarenta kilómetros de la Capital, mientras “una pequeña resistencia” era vencida en Santiago de Cuba. El hombre hizo un cálculo y se dijo: “¿a cuarenta kilómetros? Entonces, están ya en Catalina de Güines, almorzando en el Puesto del Congo”. Metió dos camisas, dos calzoncillos y un cepillo de dientes en un maletín, y se fue a asilar en la Embajada del Brasil”. (Risas de las dos mujeres.) —“¡Quedó como una mierda, con los de aquí, y con los de enfrente! ¡La cabeza en un cubo! Lo mejor que puede hacer ahora es ir a trabajar de locutor en la Radio-Mato-Grosso. Lo que dije siempre: buchipluma no más. Nunca fue sino un buchipluma”. (Ahora hablaban de Calixto:) —“Se fue con los alfabetizadores. Pidió que lo mandaran a la Sierra, que él bien conoce. Parece que hacia fines de año todo el mundo sabrá leer aquí. Así que, dentro de pocos meses...” (hace un gesto giratorio con las dos manos, apuntando con los índices hacia el suelo:)... “vuelve a lo suyo”... Y ahora se me embrolla un poco la conversación porque hablan los tres juntos, pero emerge la voz de Gaspar: “...yo sigo en lo que siempre estuve: en tocar la trompeta, mientras me queden labios. Pero, eso sí, con una diferencia: antes tocaba para hacer bailar gente que me miraba como a un mono músico; ahora toco la trompeta para gente que me llama ‘compañero’. Ahí está el detalle —como diría Cantinflas”. (Nuevo sueño... Cuando abro los ojos me parece que está cayendo la tarde... Oigo la voz de Mirta:) “...Tú no eres mujer de pasarte el día tejiendo suéteres o preparando natillas...” (Gesto evasivo de Vera, y es Mirta quien, ahora, se dirige a mí:) —“Le digo que vuelva a trabajar sobre La consagración de la primavera. Sí. Y ya nada se opone a que se represente como ella lo quería. Y hay un público nuevo. Y nuestras compañías salen al extranjero sin tener por qué avergonzarse de recibir una ayuda de arriba. Nunca, como ahora, tuvo tanto éxito el ballet...” (Gaspar:) —“¿Por qué no te decides, Vera?” —“¡Bah!” (Mirta insiste:) —“Calixto estará de regreso para octubre o noviembre. Si quieres voy a reunir la gente que teníamos, y en seguida empezamos a trabajar”. —“También habría que encontrar nuevos bailarines para sustituir a los que nos mataron” —dice Vera, como desalentada de antemano. —“Eso se consigue fácilmente, ahora que muchos jóvenes están estudiando la danza en las Escuelas de Instructores de Arte». —“Estoy muy vieja para empezar de nuevo”. —“¿Tú no crees, Enrique, que tengo razón?” —me pregunta Mirta ahora. —“¿No ves que no puede contestarte?” —dice Vera. Trato de contestar, sin embargo. Pero las palabras pensadas no pasan a la articulación: “Mmmmmmmmmm... Eeeeeeeeee a... a... o...” —“Descansa” —dice Vera... No puedo hablar, pero puedo mover las manos. Y, en el espacio, trazo unos signos. —“No entiendo” —dice Gaspar. —“No entiendo” —dice Mirta. Repito el gesto. —“Se está persignando” —dice Mirta. —“Nadie se persigna apuntando para afuera” —dice Gaspar. —“Yo creo que sí  entiendo” —dice Vera. Mirta se levanta: “¿Te llevo, Vera?” —“¿No será mejor que me quede a dormir aquí?” —“¿Para qué?” —dice Gaspar (y yo asiento con las manos): “Esto no tiene peligro y no vas a hacer más de lo que pueden hacer las enfermeras”. Muevo la cabeza con mímica que expresa mi aprobación. —“¿Ya ves? Dice que sí”. Vera me aprieta la mano otra vez, largamente. —“Aaaaaaaaaa... Veeeeeeeee”... Quedo solo otra vez. Sueño. Tremendo sueño. Miro hacia la pequeña bombona de suero que no acaba de vaciarse...

......................................................................................................

...El médico, con quien hablé al salir, me dijo que la operación de Enrique —muy delicada, porque eran varias las fracturas— había sido un logro total: “Pronto lo podrá llevar a la casa”... Aquella vez —allá— lo que me había devuelto la Guerra era un vencido, pues no había sanado Jean-Claude de sus heridas, cuando ya caía Brunete, otra vez, en manos de los franquistas. Aquí, lo que me ha devuelto la Guerra es un vencedor, porque el enemigo fue arrojado al mar por donde vino, en un ejemplar escarmiento de barcos hundidos, aviones derribados, tanques abandonados, con el lastimoso espectáculo de sus hombres-leopardos (me refiero a las pintas del bélico traje que traían) llevando, entre columnas de milicianos victoriosos, el paso renqueante y alicaído de los prisioneros que demasiado pronto esperaban el rápido triunfo de una mala causa... Al comenzar la batalla, se había hecho una necesaria redada de gente propicia a constituirse en Quinta Columna o realizar acciones de sabotaje. Amplia redada, pero acaso no todo lo amplia que hubiese debido ser —y en esto el Gobierno Revolucionario había dado muestras de gran moderación dentro del rigor que exigían las circunstancias— pues me constaba que antiguas alumnas mías, de la escuela del Vedado, hoy casadas y algunas con hijos, habían celebrado prematuras fiestas, el día de la invasión, en torno a los aparatos de radio que desde el extranjero difundían los mentirosos partes del avance victorioso del enemigo, resueltas de antemano a no escuchar las noticias que transmitían las estaciones locales. Mucho champaña se había bebido ese día, y desde muy temprano y con el estampido de muchos tapones disparados entre burbujas, en sus salones de ventanas cerradas, y me divierto, de pronto, al observar que en francés no se dice “beber champaña”, sino “sabler le Champagne” —que es como decir: en-arenar, poner en arena, reminiscencia, tal vez, de los tiempos en que para mantener frescas las botellas de ciertas bebidas se hundían las botellas en arena mojada cubierta de sal: enarenar. Y había algo cruelmente simbólico en ese en-arenamiento, si pensábamos hoy que, en esos mismos momentos, los combatientes y mercenarios de la contrarrevolución, se en-arenaban de verdad en Playa Girón —que aquel sí que había sido el gran en-arenamiento, en arena mojada y bien mojada, con sal fina del mar y sal gruesa de metralla, y disparos de tapones que eran de muy grueso calibre... Pero bien pronto se había entibiado el vino en las copas y, a estas horas, los esperanzados de aquellos días debían estar preparando sus equipajes para largarse al extranjero, y más si habían oído, como yo en Baracoa, aquellas palabras pronunciadas por Fidel Castro en el acto del sepelio de las víctimas del bombardeo del 16 de abril: “¡Nosotros, con nuestra Revolución, no solo estamos erradicando la explotación de una nación por otra nación, sino también la explotación de unos hombres por otros hombres! ¡Nosotros hemos condenado la explotación del hombre por el hombre, y también erradicaremos, en nuestra patria, la explotación del hombre por el hombre!... Compañeros obreros y campesinos: ésta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes. Y para esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida”.

Y, reinstalada en mi casa desde hace unas horas —después de arreglarla un poco, con ayuda de Gaspar y de Mirta, para el regreso del herido—,  recostada en una de las sillas de extensión de la azotea, pienso en el misterioso determinismo que rige la prodigiosa urdimbre de destinos distintos, convergentes, paralelos o encontrados, que, llevados por un inapelable mecanismo de posibilidades, acaban por incidir en razón de acontecimientos totalmente ajenos a la voluntad de cada cual. Yo, burguesa y nieta de burgueses, había huido empeñosamente de todo lo que fuera una revolución, para acabar viviendo en el seno de una revolución. (Inútil me había sido infringir el precepto de Gogol: “No huyas del mundo donde te ha tocado vivir”...) Enrique, burgués y nieto de burgueses, había huido de su mundo burgués, en busca de algo distinto que, a la postre, era la Revolución que volvía a unirnos ahora. Los dos girábamos ya en el ámbito de una Revolución, cuyas ideas fundamentales coincidían con las de la grande y única Revolución de la época. Ocurre hoy lo que nunca creía posible: que yo hallase mi propia estabilidad dentro de lo que se enunciaba en español, en francés, en inglés, con una palabra de diez letras —sinónimo para mí, durante tantos años, de caldero infernal. Tengo la impresión de que la hora presente se me ensancha, se me aclara, ofreciéndome un Tiempo nuevo en cuyo transcurso futuro llegaré acaso a ser — ¡por fin!— la que nunca fui. “Puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo” —dijo a Alice el Gato de Lewis Carroll. Pero — ¡caray!— ¡qué accidentado y difícil me fue el camino”... —“¿Qué querría decirnos Enrique con esos gestos que hacía?” —me pregunta Mirta, de pronto. —“Yo lo entendí muy bien —dije: “Con la mano dibujaba: 1, 2, 3, 1 yyyyy 2 yyyyy 3... 1, 2, 3, 1 yyyyy 2 yyyyy 3”... Preparé el efecto, lo confieso, alargando una pausa. Y, alzando la voz: “En noviembre ponemos La consagración de la primavera en la tablilla de ensayos”. —“1, 2, 3, 1 yyyyy 2 yyyyy 3” —clamó Mirta, riendo y aplaudiendo. Y, llevada por Gaspar, dio una vuelta en redondo por la azotea, cantando y bailando: “1 y 2 y 3... ¡Qué paso más chévere! / ¡Qué paso más chévere / el de mi conga es!” —“Esto, Vera, se merece un trago” —dijo Gaspar, volviendo a mi asiento... Cayó la noche, se fueron los dos, y 1, 2, 3, 1 yyyyy 2 yyyyy 3, me conté a mí misma cuando quedé sola, volviendo a colocar la zapatilla de Anna Pávlova en su pequeña vitrina, junto a mi preciosa edición de las Cartas sobre la danza donde el maestro Noverre había escrito, en 1760: “Los ballets no pasaron, hasta ahora, de ser tímidos bocetos de lo que llegarán a ser algún día. 1, 2, 3, 1 yyyyyy 2 yyyyyy 3...

(22 de mayo de 1978)
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600