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eduardo
 
Los pueblos que pasas te saludan, te gritan, te cantan como a un héroe. Y tal vez tengan razón. Tal vez la guerra la ganaron todos. Los que combatieron y los que no combatieron. Los que esperaron y vivieron como tú, y los que no pudieron esperar porque la muerte terminó con su espera.


Eduardo Heras León | La Habana
 

Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?

R
oberto Fernández Retamar

 

Al teniente de milicias Dionisio González, mi viejo

I

Regresas. La guerra ha terminado y estás vivo. Vas recorriendo estos kilómetros que te parecen interminables, con los puños apretados y un pedazo de victoria colgando del fusil y de la boina. Todos te llaman héroe. Porque llevas los camiones cargados con un poco de la miseria que ellos traían en sus barcos. Y te sientes héroe. Y cantas la victoria, porque cada pueblo que cruzas, te saluda y te grita consignas y te tira flores a los ojos.

Los camiones se detienen y una multitud se te acerca. Pero todos te hablan alegrías desbordadas a la vez y no oyes a nadie porque tienes los oídos cansados de esperar. Y no oyes voces sino gestos, manos que te hablan a las ropas, voces de niños que te tocan el fusil y te piden balas o pedazos de la tela de los paracaidistas que llevas amarrada en la boina, y una mujer te ofrece caramelos y otra una flor y les sonríes a todos. Una viejita te trae un vaso de agua fría, helada. Y dejas de mirar a todos los demás. Y solo miras aquella viejita, y mientras te tomas el agua y la miras, te preguntas si será posible, si no será ella misma. Extiendes tu mano, tratas de detenerla, pero ella se va sin que puedas preguntarle, pero ¡oiga, oiga, vieja!, pero ella no te oye. Pero ella no te espera y se sigue alejando y el camión comienza a moverse nuevamente. Tú no has dejado de mirarla. Piensas solo en la viejita que no quiso esperarte...

...es de noche o de madrugada. Los camiones aminoran la marcha. Nadie canta. Nadie habla. Callan. Ese pueblo está en penumbras. Las calles están solitarias. Todas las casas apagadas. Ese pueblo está como muerto. Todos se sobrecogen un poco. Se miran. Aprietan los fusiles. Uno te dice: “¿Aquí no hay nadie? ¿No hay nadie?” “No”, le dices, “parece que no”. Otro susurra: “Es que está muy cerca la cosa”. “Sí, muy cerca”, le dices. Pero no hay nadie. Los camiones siguen avanzando por el pueblo. “Deben ser los aviones”, dice uno. “Sí”, dices bajito, “los aviones”. Pero no hay nadie. Y todos callan porque no hay nadie.

Respiras con trabajo. Te falta un poco el aire. “Hace frío aquí”, piensas. Y miras a los otros. El camión está lleno de frío. Además, no hay nadie. Y está oscuro. Y se acaba el pueblo. Se acaba este pueblo muerto. “Oye, allí hay una luz”, te dicen. Una luz en el pueblo muerto. Hay alguien en este pueblo. Y todos miran. Todos quieren ver, porque hay una sombra al lado de la luz. Una sombra pequeña. Ahora todos los camiones van más despacio. Porque todos los camiones quieren ver la luz. Y allí está. Y puedes verla. Tiene algo en la mano que se mueve con el aire. Un pañuelo que se mueve con el aire. Y una cara arrugada pero suave que les sonríe a todos los camiones. Y un brazo que se mueve acompasadamente al ritmo del viento que lo mece. Y el pañuelo parece que se pierde, que se pierde, pero regresa y vuelve a mecerse suave y la cara sonríe y ella no se va y los camiones pasan y un calor suave comienza a envolverlos y todos vuelven la cabeza y miran y no se hablan y ella sigue allí con su suavidad de pañuelo meciéndose y la cara y el brazo y el pañuelo y el aire y la cara suave que sonríe y ella que no se va y ella que sigue allí como clavada al suelo y a la luz que desaparece y se pierde. Los camiones siguen lentos, pero diferentes.

Todos levantan la cabeza y sin mirarse comienzan a cantar en un susurro. Alguien dice: “¡esa viejita!...” Y tú no dices nada.

II

Los camiones llegan al central. Has ordenado que nadie se mueva. Dionisio ha mandado que lo esperes. Y lo ves alejarse hacia la jefatura. Vas a combatir. Caminas hacia la cabeza de la caravana. Vuelves. “¿Qué es combatir?”, te preguntas. No lo sabes. Te imaginas todavía saltando a los camiones, atrapando el júbilo de una orden de combate. Porque estabas alegre sin saber qué iba a pasar. Te imaginas nuevamente la carretera. El viaje interminable, más lento que nunca. Y tú pensando en el combate sin saber qué era el combate. Sin saber qué ibas a hacer. Diciéndote que todo sería como siempre. Porque todo te parecía igual que siempre. La carretera con los mismos árboles. El aire sin presagios como todos los días. Los hombres sonriéndoles a las armas como ayer o como antes. Todo igual, hasta la noche. Hasta el pueblo sin luces, donde por primera vez un sabor diferente te llenó la boca y algo te dijo que no todo era igual. Sigues caminando cerca de los camiones. Alguien quiere fumar. Todos quieren fumar. Nadie te lo ha dicho, pero lo presientes. “No fumar”, dices. “¡No se puede fumar aquí!”, repites, mientras tiras el cigarro que ya tenías en tu mano. Te sorprendes mirando tu reloj a cada momento. “¡Esta espera!”, piensas. Llegas al último camión y alguien se acerca. “¿Quién?” No responde. “¿Tienes candela?”, te pregunta. Lleva el fusil en cuelguen y una mano vendada le tiembla ligeramente mientras alarga el cigarro. “¡Aquí no se fuma!”, le dices bruscamente. Está muy cerca de ti. Hay poca luz. Pero puedes ver las canas descoloridas debajo de la boina manchada de sangre, el fango húmedo aún en su miseria de uniforme. Te mira sin decir nada y te da la espalda para retirarse. Y no puedes explicarlo, pero sientes que el aire está cargado de heroísmo. Y sin que sepas cómo, has dicho deteniéndolo: “¿Y usted de dónde es, viejo?” “Del 339 de Cienfuegos”, te dice. No ha levantado la voz. Te lo ha dicho a ti solamente, pero todos los del camión lo han oído. “¿Combatieron, combatieron?”, le gritan. “¿Cuántos son, cómo fue la cosa?” “Espere”, le dices tú, “espere, viejo”. Él no responde. Vuelve a mirarte y te envuelve su seca ternura de miliciano viejo. “Muchacho, nos mataron como a cincuenta”, te dice mientras se seca las arrugas con la mano vendada y aprieta con fuerza su cigarro. “Pero, ¡¿cómo, cómo?!”, le gritas, “¿y nosotros?, ¿y los nuestros?” “¡Tírenles, tírenles con todo!”. Y se aleja. Y su figura se va convirtiendo en una sombra. Ahora ya sabes lo que pasa. Ya sabes que no todo es igual. Ya sabes que la guerra no es sólo disparar y matar a los otros. Ya sabes que en la guerra también matan a los nuestros. Ya sabes que no será como siempre. “¡Espere, viejo, espere!” Y corres tras él y lo alcanzas. La llama de un fósforo quebranta la disciplina de la noche...

III

Dionisio no ha vuelto. Y la batería está esperando por su jefe. No has dejado de caminar. Recorres las postas nerviosas que ahora no quieren dar el alto. Que se escudan del miedo en una ráfaga de balas. “¡Posta, posta!”, gritas antes de llegar, mucho antes, “¡posta!” Porque no quieres que una bala te corte la ansiedad del combate futuro. “¿Sin novedad, posta?” “Sin novedad, jefe. Oiga, ¿cuándo se combate aquí?” “No lo sé, posta. La guerra es una espera larga”, le dices. La noche está llena de ruidos y de resplandores lejanos. Te diriges hacia el yipi. Dionisio llegó. “¿Qué?”, le dices, “¿ya?, ¿ya?” “Hay que esperar”, te dice con un gesto. “¡Dionisio, coño, ¿cuándo se combate aquí?!” “Cuando lo manden, Chino, cuando lo manden”.

Pero no lo mandaron. Los jefes no mandaron. “Viejitas con pañuelos debían de mandar”, piensas, “o viejos milicianos de batallones con muertos”. Ahora quieres dormir, pero el silencio no te deja. Miras al central y te molesta su tranquilidad de animal dormido. Mientras, camiones y camiones siguen llegando, moviéndose como silenciosas hormigas, y la retaguardia adormece el coraje de los hombres que llegan.

IV

Aldo está combatiendo por la playa. Lleva dos días combatiendo y tú dos días de espera en el central. No puedes esperar más. Ya basta. Dionisio te deja ir a la jefatura a esperar órdenes. A preguntar interminablemente ¿cuándo?, mientras nadie te dice nada, mientras todo se mueve a tu alrededor en un torbellino de teléfonos sonando, de mapas desplegados, de gritos a mercenarios prisioneros. Alguien te ha tocado por la espalda. “Diga, teniente, ordene”. “Miliciano, ¿tienes yipi?”, te pregunta. “Sí, pero la batería...” No te deja terminar: “¡Vamos!”, te ordena. “¿Adónde?” “A la playa, al frente a llevar un mapa, ¡pero vamos!” Y casi te empuja hasta el yipi. No te resistes. Y la carretera te sorprende antes de que puedas pensar. Pero vas a ver a Aldo. Tu chofer te mira asustado. “Hay poca gasolina en el tanque”, te dice. “¡No importa, sigue!”, le ha dicho el teniente...

La carretera está solitaria y hay mucha soledad también en el yipi, porque ninguno habla. Cruzan por Pálpite. “Por aquí comenzó la cosa”, dices en voz baja, porque la carretera ha comenzado a cambiar. Porque hay huecos en las cunetas, huellas de tanques, árboles quemados, sangre. “No hay muertos por aquí”, piensas. “¿Dónde están los muertos? Aldo debe estar después de Playa Larga. Debe haber disparado mucho la batería de Aldo. ¿Por qué no habrán llamado a la batería nuestra? No le avisé a Dionisio. Si nos ve un avión...” “¡Playa Larga!”, dice el teniente. “No pares, sigue, sigue hacia Girón”. “Hay poca gasolina, teniente”, le dices. “¿Cuánto?” “Menos de un cuarto de tanque”. “Alcanza”, dice, “el mapa es urgente, sigue”. Y siguen hacia Girón...

Ahora la carretera es diferente. O tú la ves diferente. O la sientes diferente. “Esta guerra es rara”, piensas. Y el yipi sigue. Viene una ambulancia del otro lado. “¿Por qué toca la sirena?”, piensas. La ambulancia se acerca. Cuando cruza, el chofer saca la mano y señala hacia arriba. “¡¿Qué es eso?!”, le dices al teniente, “¿qué quiere decir?” Pero él no te ha oído. Ha asomado la cabeza por detrás del yipi y ha gritado “¡avión, para, para!” El chofer frena violentamente y lanza el yipi hacia la cuneta derecha. Salta afuera y corre hacia los árboles retorcidos. El teniente hace lo mismo. Tú no puedes. Las piernas se niegan a responderte. Solo abres la puerta y trabajosamente te escondes bajo el yipi. Vas a sacar la cabeza cuando oyes el traqueteo de las ametralladoras del avión disparando, y la respiración se te corta. “¿Me van a matar aquí?”, piensas. Y el cuerpo se te llena de frío y después de un calor insoportable que te sube a la cabeza. “¡Vamos, vamos!”, dice el teniente. “¡Seguimos!” Te levantas. No tienes fuerzas. Pero te sobrepones y montas. “¡No arranca!”, grita el chofer, “¡no arranca!” “¡Bombéale el carburador!”, le gritas, y te sorprendes levantando de un golpe la capota. Pero el teniente se te adelanta y comienza a bombear frenéticamente el carburador. “¡Apúrate!”, le gritas, “¡apúrate!” Y él se apura. Pero vuelve el avión. Y ahora los tres corren hacia los árboles. Y tú te lanzas y te golpeas el cuerpo con el diente de perro que te hiere en los brazos y en las piernas, mientras el avión descarga su furia de balazos y de muerte y se pierde hacia Girón...

V

— ¡Aldo, Aldo!

Lo has visto en su yipi descubierto, esperando que los camiones y autobuses cargados de milicianos avancen tras una multitud de cañones, de tanques, de hombres que marchan a pie a ambos lados de la carretera, de niños con caras adustas y cuerpos empapados de sudor y sucios de polvo y de fango. No te ha oído y has corrido a verlo, bordeando con rapidez los camiones, chocando con los hombres que te miran sorprendidos. Lo agarras por un brazo con brusquedad. “¡Aldo, Aldo!”, le gritas. Tiene el rostro negro por la pólvora de los disparos, los ojos hinchados por los días sin sueño, las manos callosas inflamadas, llenas de tierra. Es un Aldo diferente. Te mira desde lejos, como si repasara los recuerdos. “¡Chino!”, te dice con una voz que no es la suya, una voz ronca y apagada,

Chino, ¿tienes agua, un poco de agua?” “No hay agua, Aldo”, le dices, “no tengo nada. ¿Te hirieron?”. Mueve la cabeza. “¿Dónde, dónde?”. El rostro se le vuelve a perder en el recuerdo. La voz se le humedece de lágrimas. “¡Me mataron al negro, a Lumumba, Chino!”, te dice. “¡No hubo tiempo y me mataron al negro!”. Vas a decirle algo. Quieres abrazarlo. Decirle que es un héroe y que la guerra se va a ganar porque gente como él ha combatido. Pero de pronto te has sentido miserablemente pequeño. Y no puedes hablar. Y ya la caravana se ha puesto en marcha y no haces nada por detenerlo. Y su yipi avanza con la caravana hacia el último combate. “¿Por qué no habrán llamado a la batería nuestra?”

VI

El teniente entregó el mapa y todos regresaron al central. Dionisio te esperaba. Iba a reprocharte la falta, pero ha mirado tu rostro y no ha dicho nada. Juntos vuelven a la batería que se ha puesto vieja de la espera. “Dionisio, he visto a Aldo”, le dices. “Aldo se ha batido como un héroe.” Y siguen hacia la batería...

...volviste a la espera. No hubo muertos, ni balas, ni héroes para la batería. Porque las horas siguieron pasando y nada sucedió. O todo sucedió sin ustedes. Has conocido la guerra pero todavía te preguntas qué es la guerra. Porque la guerra de Aldo y tu guerra han sido dos guerras diferentes. Ya no podrás saberlo, porque la guerra se terminó. Y para ti y para muchos como tú, la guerra fue un combate contra la espera. O el recuerdo de una viejita con un pañuelo, saludando desde un pueblo muerto. O las lágrimas de un viejo miliciano de un batallón heroico. O la voz lejana de un amigo con los ojos hinchados por el sueño, pidiéndote agua...

...y ahora, en el camión donde regresas con los puños apretados, con pedazos de victoria colgando de tu fusil y de tu boina, dejas de pensar. Los pueblos que pasas te saludan, te gritan, te cantan como a un héroe. Y tal vez tengan razón. Tal vez la guerra la ganaron todos. Los que combatieron y los que no combatieron. Los que esperaron y vivieron como tú, y los que no pudieron esperar porque la muerte terminó con su espera. Tal vez por eso saludas a todos y aprietas contra tu pecho las flores que te lanzan a los ojos y cantas la victoria porque también es tu victoria, mientras los camiones devoran la carretera interminable y el aire te seca las lágrimas.

1968

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