|
CUBA Y LOS DERECHOS HUMANOS
Horacio
Labastida
|
México
Cierto es que la idea
humanista de los derechos fundamentales del hombre tiene
muy profundas raíces en la historia. Filósofos y
utopistas de muy añosos tiempos pensaron que el ser
humano por sus propias calidades espirituales es capaz
de encontrar y existir sin opresiones ni explotaciones.
En su República Platón advierte que en ciertas
condiciones el bien y la equidad podrían prevalecer en
la polis. Esto floreció en la Edad Ateniense, y después
la concepción corrió de aquí para allá en los tiempos.
La Utopía (1516) de Tomás Moro, asesinado por Enrique
VIII, rey de Inglaterra de 1509 a 1547, por no acatar
sus caprichos erótico-político-religiosos, creyó
firmemente en una sociedad perfecta si se daban ciertos
pasos sine qua non ―purgación de la propiedad
privada, por ejemplo―, y por rutas semejantes caminaron
Campanella y Thomas Bacon en sus conocidos textos Ciudad
del Sol (1602) y la Nueva Atlántida (1627).
Posteriormente, ya en el siglo XVIII y en atmósfera
semejante cuentan Fourier (1772-1839) y Saint Simón
(1760-1825), quienes contemplaron con profundo dolor el
sufrimiento de las mayorías sujetas a las cadenas de la
industrialización que venía alimentando el surgimiento
de clases empresariales opuestas al viejo régimen de la
aristocracia y las monarquías absolutas, y es obvio que
en la batalla humanista que se ha registrado desde el
siglo XIX Carlos Marx (1818-83), Federico Engels
(1820-95) y Lenin (1870-1924) forman entre los gigantes
que contribuyeron con su ciencia a la percepción y
realización del derecho humano a una vida justa y libre.
Igual en América que
en México, los derechos humanos son tema esencial en las
luchas políticas. Citaremos sólo algunos. Los jesuitas
que fundaron en años coloniales comunidades
cristiano-socialistas en las intrincadas montañas
amazónicas, y la virreinal Puebla de los Ángeles,
imaginada por sus fundadores sin repartimiento de indios
ni conquistadores esclavizantes; y en las auroras de
nuestra independencia Simón Bolívar (1783-1830) soñó con
la Gran Colombia, al lado de José María Morelos y Pavón
(1765-1815) y la idea de un Estado sin desigualdades por
dinero o estirpes. La propuesta es enérgica en el siglo
XX y el orto del XXI ante nuevas castas totalitarias que
se asumen dueñas de la verdad única y del poder
inapelable, y que buscan reducir al hombre a una simple
cosa que puede comprarse y venderse en el mercado de los
acaudalados.
En ese ambiente
contradictorio saltaron las bellas abstracciones de la
Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano
(1789) y las enmiendas que se han agregado desde 1792 a
la constitución estadounidense de 1787, documentos que
nutren la libertad consagrada en los 30 artículos de la
Declaración universal de los derechos humanos, aprobada
por Naciones Unidas en 1948. ¡Libertad, libertad!, se
repite hasta la fecha, pero sin apuntalarla en la
justicia porque hacerlo sería echar abajo el statu
quo del supercapitalismo corporativo reinante,
causante de la miseria e ignorancia generalizadas.
¿Puede haber libertad
sin justicia? La historia prueba que la libertad sin
justicia es simplemente una manipulación ideológica, y
esto fue lo que Cuba percibió con iluminada claridad
cuando los guerrilleros de Sierra Maestra echaron fuera
al títere Batista y a los multimillonarios
estadounidenses que lo manipulaban, e hicieron de la
Perla del Caribe un Estado donde el ciudadano es cada
vez más libre de sus ataduras monetarias a partir de la
promulgación del supremo derecho del hombre a la
libertad económica, o sea, de la enajenación que lo ata
a sus necesidades materiales. La libertad deja de ser
abstracción y se vuelve concreta en una nación capaz de
ofrecer a las familias un extrañamiento concreto de las
adhesiones al enriquecimiento personal a cambio del
cultivo y realización de los ideales supremos. Eliminar
el hambre para consagrarse a la contemplación de la
belleza y la práctica del bien común es camino que sigue
la Cuba contemporánea. Y precisamente a causa de su
liberación, el supercapitalismo militarista y
absolutista refugiado en la alta burocracia
estadounidense y en gobiernos serviles de América Latina
y otras zonas del mundo condenan por violación de los
derechos humanos a la única república que en este
planeta logra cada día más entrelazar justicia social y
libertad. Miremos a fondo y veremos que en Cuba el
hombre es más humano y noble.
Tomado de
La
Jornada
|