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Derechos humanos y terror en Cuba
Emir Sader|
Brasil
La situación es
insostenible, de hecho la comunidad internacional tiene
que tomar una actitud drástica e inmediata para terminar
con la violación de los derechos humanos más elementales
que se hace diariamente en Cuba.
Mil cien presos están
sometidos en la Isla a la peor
situación a la que pueden ser sometidos seres humanos.
Presos sin acusación, están encarcelados en verdaderas
jaulas, amarrados todo el tiempo. Fueron llevados hasta
el lugar de detención encapuchados y con las manos
amarradas en la espalda en vuelos militares. Las
esposas con las que iban amarrados estaban tan apretadas
que rápidamente varios de ellos comenzaron a sangrar,
algunos de ellos lloraban y gritaban durante todo el
vuelo, según declaraciones que algunos de ellos
consiguieron hacer llegar hacia el exterior del infierno
al que están relegados.
Ellos están recluidos
en una estructura carcelaria llamada originalmente X-ray,
después Campo Delta y ahora Campo Five, conforme a un
modelo arquitectónico de las prisiones de máxima
seguridad, en un área de dos mil doscientos metros
cuadrados. En la puerta del campo, una inscripción
paradójica: "Honor en la defensa de la libertad" (sic).
Todo lo que sucede allí contradice las más elementales
nociones de la Tercera Convención de Ginebra, porque los
que está allí no son siquiera considerados "prisioneros
de guerra", sino "combatientes enemigos", sobre los
cuales recae la expiación sin condena, sin ningún plazo,
fuera de cualquier convención de tratamiento de
prisioneros, como quieren ellos ser considerados por sus
carceleros. Son muertos vivos en las manos de un régimen
totalitario.
Las celdas, las
camas, el espacio irrisorio en el que están encerrados,
el tiempo mínimo de exposición al sol y de movimiento
(en una semana, apenas noventa minutos), amarrados con
cadenas, totalmente aislados unos de otros, todas las
condiciones de ese infierno son descritas por el
periodista italiano Carlo Bonini en un libro
recientemente publicado por la Editorial Einaudi.
Enviado especial de su periódico La Repubblica,
Bonini, después de trabajar para Il Manifesto y
Corriere della Sera, viajó dos veces entre
noviembre de 2001 y 2003 a la Isla caribeña y pudo
constatar, con horror, cómo seres humanos eran tratados
de esa manera, peor todavía por quienes pretenden
hacerlo en nombre de la libertad. De ahí el subtítulo de
su libro: "Viaje a la prisión del terror".
Los militares
responsables de la prisión dicen conocer la Tercera
Convención de Ginebra, sin embargo, no la respetan en
absoluto, porque ella prevé, entre otras cosas: que el
aislamiento del preso solo debe existir si fuera
necesario para garantizar su vida y su salud; el preso
tiene el derecho de tener sus objetos personales, fumar
y si es posible hacer su comida; deben ser estimulados
para el estudio, el deporte y las actividades de
socialización, siendo prohibido interrogarlos. Más allá
de las pésimas condiciones, los presos en ese infierno
no tienen procesos, ni tribunales para ser juzgados, ni
siquiera son identificados por el nombre, solo por un
número para cada uno.
No por casualidad
hubo treinta y dos tentativas de suicidios, hechas por
veinte y siete detenidos, algunos más de una vez. En
pocos meses el equipo de siquiatras tuvo que pasar de
tres a treinta y los presos bajo observación llegan a
noventa. Son tratados con fuertes dosis de calmantes,
que los dejan aniquilados por varias semanas.
Los presos son
divididos en dos grupos: unos, con uniforme naranja, son
los que "no colaboran", en tanto que los de uniforme
blanco "colaboran". La promesa es que ellos serán un día
juzgados por "comisiones militares", pero las últimas
decisiones están en manos del Presidente de la
república, que decide cuándo y si el detenido debe ser
sometido a juicio, pudiendo incluso hasta alterar la
condena, que puede ser la pena de muerte. Una
concentración de poder desconocida en regímenes
democráticos.
Para quien se
interesa por los derechos humanos, el libro se llama
Guantánamo: USA, viaje a las prisiones del terror.
En efecto, el libro relata el sufrimiento, el terror y
los atentados más brutales a los derechos humanos
realizados en territorio cubano bajo ocupación
norteamericana por más de un siglo. Son presos de la
guerra de Afganistán, de 42 nacionalidades, que hablan
19 idiomas diferentes, sin nadie que los defienda,
abandonados, en lo que Bonini llama, el "sarcófago de
acero de Guantánamo".
Y, entre tanto,
paradójicamente, en esta semana una moción de censura a
Cuba, al régimen del otro lado de la Isla, por violación
de derechos humanos fue presentada
(*) por el gobierno de Honduras
—redactada en inglés directamente por el gobierno de
Estados Unidos, conforme un documento interceptado por
el gobierno cubano y denunciado a la prensa mundial— en
la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra, como una
maniobra norteamericana más para mantener el bloqueo a
Cuba, donde, ni de lejos, nada de lo denunciado en el
libro de Bonini acontece.
*
Nota de la Redacción: Por 22
votos a favor, 21 en contra y 10 abstenciones, el 15 de
abril la Comisión de Derechos
Humanos aprobó una resolución en la que se "insta
a Cuba a garantizar la libertad de expresión y
religión y a iniciar diálogos" con los grupos
opositores. El canciller cubano, Felipe Pérez Roque,
dijo que este "ridículo resultado no podrá ser jamás
presentado como una condena a Cuba", al tiempo que el
gobierno cubano anunció que presentará una resolución en
la misma Comisión sobre la situación de los presos
detenidos en Guantánamo.
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