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JAGÜEY GRANDE: HEROICA RETAGUARDIA
DE LA BATALLA DE GIRÓN
Jesús Orta
Ruiz|
La Habana
Jagüey Grande,
recostado a la Ciénaga de Zapata, era uno de esos
pueblos de lento desarrollo y estático paisaje durante
la colonia y la seudorrepública. Daba la sensación de
que el tiempo se confundía con el agua de los pantanos y
también se estancaba.
Había sido, sin
embargo, escenario de los primeros hechos de armas en
las provincias occidentales durante las guerras de
independencia del siglo pasado.
EI 1ro de diciembre
de 1899, el Ayuntamiento de Jagüey Grande acordó por
unanimidad enviar una carta a McKinley, presidente
entonces de los Estados Unidos de Norteamérica,
expresando el descontento de los cubanos por la
intervención norteamericana.
En la lucha contra
Machado, en el ataque al cuartel Moncada, en los embates
populares contra la tiranía batistiana, en el bregar
diario por la consolidación de la revolución socialista,
en todo momento crítico de la patria, Jagüey Grande ha
estado presente y activo.
Ante esa tradición,
no hay que preguntar: ¿De dónde extrajo Jagüey Grande
aquella fuerza colectiva, unánime, poderosa, que
manifestó en los días difíciles de la batalla de Playa
Girón? ¿Aquella decisión de hombres y mujeres, de
jóvenes y ancianos, y hasta de niños?
Debemos recordar al
respecto que antes del triunfo de la Revolución uno de
los lugares más tristes y abandonados del país era la
Ciénaga de Zapata. La Revolución había triunfado el 1ro
de enero de 1959 y ya el 26 de marzo de ese mismo año
—fecha que Jagüey se ha grabado bien en su memoria Fidel
hacía su primera visita a los jagüeyenses, mostrando
especial interés por conocer los problemas de la
Ciénaga. Manifestó la necesidad urgente de afrontarlos y
resolverlos. Ya en abril de 1961, cuando el pérfido
ataque de los mercenarios y los imperialistas, la obra
de la Revolución empezaba a mostrarse a grandes rasgos
en la Península de Zapata. Los carboneros veían con
asombro la carretera, las casas de mampostería, las
cooperativas del carbón y del pescado, maestros y
médicos que llegaban... Todo como si se abrieran las
puertas de una gran cárcel de agua y fango, de hambre,
ignorancia y muerte.
Obra tan hermosa, tan
próxima, tan visible, tan palpable, tuvo que influir
necesariamente en la sensibilidad y la conciencia de los
vecinos de Jagüey Grande y unirse al espíritu heroico
general que despertó el triunfo de la Revolución, así
como a la ira natural que provoca siempre toda invasión
vandálica al territorio de un pueblo libre y soberano.
También estaban todavía ardiendo en el aire las palabras
de Fidel pronunciadas junto a las tumbas de los caídos
por los arteros ataques del día 15 de abril, trasmitidas
por radio y televisión a todo el pueblo.
Se sabía que el
ataque enemigo sería inmediato, pero se ignoraba el
lugar por donde habría de producirse. Y fue en la
madrugada del 17 de abril, por Playa Girón, al fondo de
Jagüey Grande, que desembarcaron los mercenarios.
A Jagüey correspondió
el heroísmo necesario de la retaguardia. "Sin
retaguardia —han dicho expertos militares— no es dable
la vanguardia."
Para recordar cuál
fue la actitud de este pueblo en horas tan dramáticas,
nos reunimos en la Sala de Conferencias del Comité
Municipal del Partido, con un grupo de compañeros que
fueron testigos y copartícipes de una verdadera hazaña
masiva.
"Nosotras no tuvimos
que llamar a ninguna federada o cederista —nos dice
Caridad Águila—. Enseguida que supieron del ataque
salieron a la calle. La escalinata del Palacio de
Gobierno era un hervidero de público. Hombres y mujeres,
jóvenes y viejos. iHasta niños había! Las preguntas
eran: ¿Qué hago? ¿Adónde voy? ¿Dónde me pongo? Hubo
necesidad de organizar hospitales de campaña. Salimos en
un carro altoparlante solicitando la cooperación del
pueblo. Por encima de ideologías políticas y credos
religiosos, todos cooperaron. No hubo casa de donde no
saliera una funda, una almohada, una toalla, una sábana,
una colchoneta, una cama. Baste decir que rápidamente
quedaron instalados seis hospitales: en el liceo, el
Casino Español, el Club Igualdad, la Sociedad 10 de
Octubre, la Casa de Visitas del central Australia y la
iglesia."
¿Quién decía que no
al pueblo en aquellas circunstancias? "Yo era jefe de la
milicia del central Australia recuerda Raúl Ríos—. En
cuanto lo supe, por una microonda que había al lado de
mi casa, vine para Jagüey y lo comuniqué a Dámaso
Rodríguez, secretario general del sindicato del ingenio.
Fuimos hacia la Unidad del Ejército Rebelde y vimos algo
sorprendente: una multitud de hombres pidiendo armas al
teniente Antero Fernández."
"Lo asombroso —añade
Dámaso Rodríguez— era ver que allí también estaban los
que parecían más apáticos. Yo vi un caso que nunca se me
olvidará Un niño empeñado en subir a un camión que iba
al campo de combate. El padre le ordenaba que no fuera.
Me suplicaba que lo convenciese de que la guerra no era
cosa de niños. El muchacho tenía unos catorce años.
Logré que se bajara del camión, pero al momento se colgó
a una ambulancia y izas!, se fue para el frente. Allá en
el central Australia también los obreros demandaban
armas para ir a pelear. Recuerdo al capitán Fernández,
luego ministro de Educación, tratando de convencer a la
masa enardecida, diciéndole que ellos podían ayudar
mucho en la retaguardia."
"Hay que decir
—aclara Rodolfo Carrasca, entonces comisionado de
Jagüey— que unos sesenta hombres, que no pertenecían a
batallones, que no tenían entrenamiento militar, se
unieron al teniente Antera Fernández y marcharon al
frente. Del grupo murió Antero y un hijo muy querido de
Jagüey, el obrero Iluminado Rodríguez."
"Yo pertenecía —se
identifica Celio La O Batista— al Batallón 225,
integrado por muchos hijos de este pueblo. Recuerdo que
cuando partíamos para el frente el pueblo nos alentaba,
nos aplaudía, nos gritaba: ¡Patria o Muerte! Este
aliento lo recibían todos los milicianos que pasaban por
Jagüey."
"Me parece estar
viendo al pueblo —apoya Amparo Ortiz— cuando salían los
camiones con los combatientes. De las casas los llamaban
para darles agua, desayuno, comida..."
"Para nosotras
—expresa Nelia Friera Blanchet— fue una cosa que jamás
podremos olvidar. Toda mi familia se lanzó a la calle a
cooperar. Mis dos hijas, mi sobrina y yo trabajamos en
el hospital de campaña que estaba en el Casino Español,
mientras mi esposo, en su máquina, conducía heridos a
los hospitales desde el mismo campo de batalla."
Caridad Águila
subraya que el caso de la familia Gómez Friero es un
caso singular en Jagüey, que recuerda la actitud de las
ricas familias bayamesas del Grito de Yara. Era una
familia pudiente. Entregó todas sus propiedades
voluntariamente al gobierno revolucionario y se integró
a la lucha. Actualmente Nelia es federada y su esposo,
ya retirado, es jefe de vigilancia del Comité de Defensa
de su cuadra.
"Lo más que me
impresionó a mí —evoca María Josefa García— fue aquella
larga cola que hacía el pueblo para donar su sangre.
Igualmente recuerdo la actitud valiente de los
milicianos heridos que llegaban al hospital. No querían
soltar el fusil y se resistían a que les quitáramos las
botas."
Ernestina Cedeño
Mirabal narra cómo Carmelina Cabadilla y ella
organizaron, con la cooperación de todas sus vecinas,
una gran lavandería. Recogían las ropas ensangrentadas
de los hospitales, las lavaban, las tendían, las
secaban, las estiraban y las devolvían limpias a sus
respectivos centros médicos.
"¡En cubos —dice
Nidia Martínez— recogimos dinero y comida de puerta en
puerta! Nadie se negaba. Y cuando los heridos rebasaban
el estado de gravedad, para liberar espacio en los
hospitales, las casas de Jagüey los albergaban con un
cariño verdaderamente familiar."
"Cuando la guerra
—cuenta Consuelo Tejera— yo era auxiliar general del
Centro Policlínico. Estaba embarazada de seis meses.
Ante las circunstancias violentas, los médicos me
aconsejaron que debía dejar el trabajo. Me negué con
firmeza. Trabajé todo el tiempo sin desmayo. Días
después tuve un parto provocado. Mi hija tiene la edad
de la victoria de Playa Girón."
Hildolidia Angulo
empieza a hablar y apenas le sale la palabra. Su
recuerdo es verdaderamente dramático, según nos
explican. Su hija Dulce María Martín, de catorce años,
fue ametrallada por un avión yanqui en los momentos en
que un camión evacuaba las familias campesinas de la
Ciénaga.
"Como el mejor
consuelo a su pena —señala Dámaso Rodríguez— la
compañera tiene trece hijos que han encontrado amplios
horizontes en la sociedad socialista: un médico
veterinario internacionalista, con funciones en Etiopía;
un técnico de sicoterapia; un estudiante de derecho; un
ingeniero agrónomo; un estudiante de ingeniería
mecánica; un estudiante del Instituto Agrícola; tres
educadoras de círculos infantiles; y el hijo menor, de
trece años, estudiante de noveno grado..."
El triunfo de los
hijos de Hildolidia es parte de la gran victoria de
Playa Girón. ¿Qué habría sido de los hijos de los
campesinos y los obreros si los imperialistas y los
mercenarios hubieran logrado vencer?
Jagüey Grande habría
seguido siendo un pueblo de lento desarrollo y paisaje
estático.
Vaya usted ahora,
querido lector, al nuevo Jagüey. Se asombrará del
extraordinario desarrollo económico y social y del
paisaje transformado. La Ciénaga ya no es úlcera, sino
adorno y epopeya de Jagüey. Terrenos pedregosos y montes
improductivos se han convertido en tierras fértiles, en
dos mil trescientas caballerías de frutos cítricos —tres
millones de quintales en el año 80, con lo que se ha
cumplido una promesa de Jagüey a Fidel—, más de
veintisiete mil estudiantes y cincuenta y seis
mayúsculas escuelas, empinadas hacia el futuro sobre el
verde y el oro de los naranjales.
Tomado de: Huellas en el tiempo, Editorial
Política, 1993 |