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EL LUGAR Y LA LECCIÓN
DE LA GUERRA

 Roberto Fernández Retamar | La Habana


Hace unos dos años, pocos meses después de iniciada la gestión revolucionaria, conocí la Ciénaga de Zapata. Estaba ella entonces a cargo del poeta Rolando Escardó.  En parte para visitarlo, y en parte para conocer la región, que estaba destinada a transformarse profundamente, organizamos una visita, entonces más difícil de realizar que algún tiempo después, en que se haría fácilmente asequible la zona. Éramos un grupo de escritores y amigos: Fayad Jamís, Pedro de Oraá, César Leante y su hermano Ricardo, Agustín Pi y yo.  Escardó debía esperarnos en el Central Australia. No quisiera ahora demorarme en las menudencias de aquel espléndido viaje. No sólo nos pareció de una impresionante y áspera hermosura la región, sino también el ser humano que allí vivía, acorralado por una sociedad injusta y una naturaleza violenta, y aun así batallador, laborioso y esperanzado.  No olvidará ninguno de nosotros cuando Escardó, caminando a zancadas, reunió en una escuelita a los carboneros de la zona para comunicarles que la explotación había terminado, que ellos eran los dueños de su trabajo y sus tierras.

Los meses siguientes iban a verificar aquellas palabras, y los otros iban a arrancarnos al gran amigo y gran poeta, muerto en absurdo accidente.

Aquella visita, aquellos discursos, aquellos paseos, iban a convertirse, sin que desde luego nosotros pudiéramos preverlo entonces, en un recuerdo extraño y algo alucinado.  En una tarde de bromas planeamos algo que siento muchísimo no haber llevado a cabo. Se comenzaba entonces a editar la Nueva Revista Cubana, y propusimos buscarle a la revista, un tanto grave, su contrapunto risueño. Se acordó publicar un boletín burlón llamado El caimán, que se editaría en la Ciénaga, y que quedaría al cuidado de Rolando Escardó y de Agustín Pi.  Los nombres de los pequeños pueblecitos de la zona servirían para titular las distintas secciones de la revista.  Así por ejemplo, la sección de la actualidad se llamaría “Pálpite”; la de críticas se llamaría “Soplillar”.  Desgraciadamente, como la mayoría de los planes que hemos elaborado para publicar una revista, se desbarataron al poco tiempo, e idea tan excelente – tanto más que otras realizadas- se esfumó.  Las ideas pasaron a ser ruinas en la conversación.

Pero si la profunda transformación que la Revolución ha llevado a todo el país, - Y especialmente a la Ciénaga – y luego la muerte de Rolando, iban a convertir en extraños aquellos recuerdos, ¿qué diremos de las últimas noticias, qué diremos de la impresión que causó en mí, e imagino que en todos los viajeros de esos días, el saber que la anunciada invasión de asesinos, mercenarios y privilegiados, había escogido para herir nuestra patria precisamente aquella zona, en que nosotros no podíamos separar la amistad, la poesía, el paisaje, la obra inmensa de la Revolución?  A la escuela universitaria donde estábamos acuartelados, nos llegó la noticia de que se peleaba bravamente en la Ciénaga, de que allí se derramaba la sangre generosa de los nuestros y la sangre revuelta y rapaz de las hordas invasoras.  No sabíamos entonces, en aquellas horas de tensión y esperanza que compartíamos con alumnos y compañeros, si se producirían otras invasiones u otros ataques.  Pero nos impresionó conocer que se guerreaba ya  en un pedazo de la patria que no nos era en absoluto desconocido.

Nos impresionó repasar aquellos nombres – Pálpite, Soplillar-, vinculados ayer a la alegría y el buen humor, y hoy a la destrucción y a la muerte. Aquellos caseríos humildes, ardiendo en las llamas de las bombas; aquellos hombres silenciosos, obstinados y puros, aquellas mujeres cuya hermosura vencía a la miseria, aquellos niños a los que la Revolución abría una vida nueva – asesinados, martirizados.  Pues si es siempre terrible saber que hombres inocentes están muriendo en un instante, lo es aún más cuando hemos conocido a esos hombres, cuando son para nosotros una realidad entrañablemente vinculada a nuestra vida.  Nos parecía que se nos daba la trágica oportunidad de contemplar en toda su crudeza el contraste entre lo que es la Revolución y lo que es el régimen de explotación e ignominia que los invasores traían en la punta de sus armas mercenarias.  De una parte, un poeta larguirucho y bonachón, que avanzaba a grandes pasos en su ropa de soldado del Ejército Rebelde, y que reunía en su torno, en una escuela, a los trabajadores de la región, para anunciarles el fin de la explotación del hombre por le hombre; para anunciarles que eran, en lo adelante, los dueños de sus propios destinos: y ello en medio de amigos sonrientes, entre nombres fragantes como flores. De otro lado, un grupo de asesinos, privilegiados y ladrones, que llegaban a la misma región sembrando la muerte, incendiando la escuela donde se reuniera Escardó con los carboneros, haciendo arder los niños, las mujeres y los hombres, matando con armas que puso en sus manos el extranjero, en el nombre de la explotación del hombre por el hombre, que llaman cínicamente libre empresa y anticomunismo.   No podía imaginar yo contraste más vívido.  Ni tampoco el pueblo de Cuba.  Si el precio pagado ha sido muy alto – vidas trabajadoras segadas por la furia de hordas mercenarias sin más patria que el dinero ni más bandera que le deshonor-, en cambio la enseñanza ha sido definitiva: de aquella región inhóspita la Revolución había hecho, en solo dos años, una tierra fértil y un lugar de recreo; pero en tiempo todavía más breve, en menos de setentidós horas, los ladrones y asesinos desandaron el camino y volvieron a hacer de la región lugar de esterilidad y luto. Es un precio alto, pero es una lección más alta todavía.  El 19 de abril no sólo se selló el acta de defunción de la nefasta burguesía cubana, sino se vieron, iluminados por las llamas, dos rostros que no olvidaremos: el de una clase que sucumbe traicionado su patria y su honor, y el de otra que irrumpe vencedora, defendiendo su país, la humanidad, la justicia. No olvidaremos.

Tomado de: Lunes de Revolución, mayo de 1962

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