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El cuento de La Jiribilla
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RECUERDOS DE ELOÍSA
Usted me pregunta y yo le cuento las razones que ha
tenido un muchacho de quince años que fue correo en la
insurrección y que ahora es artillero, para arriesgar
sus mejores años y hacerse la promesa de que primero
muerto antes que esa gente vuelva y haga con mis otras
hermanas lo que una vez pudieron hacer con la ausente,
con nuestra querida Eloísa.
Raúl
González de Cascorro|
La Habana
En casa nunca se
hablaba de ella, como no fuera cuando llegaba una carta,
que casi siempre venía acompañada de un regalo. Ese día,
desde que Domingo el lechero pasaba bajo la guásima que
está en la curva del camino real, levantaba el brazo y
se ponía a mover la mano como si dijera adiós. Pero en
la mano estaba la carta o el paquete con el regalo,
recogido en el correo del pueblo, que para ello él era
de confianza y tenía que ir todas las tardes a repartir
la leche.
Todas las tardes,
cuando llegaba ella hora, mi madre estaba barriendo el
portalito, o sembrando alguna postura en el jardincito
de enfrente, o recogiendo todos los tarecos que mis
hermanas juntaban bajo los girasoles para jugar a las
casitas. Hasta los domingos por la tarde mi madre estaba
allí. Claro que entonces se sentaba con mi padre, a
comentar las cosas de la semana; y es que ella lo fue
acostumbrando sin que él se diera cuenta, y no por pura
costumbre, sino que como el pueblo era un pueblo
chiquito, las cartas de ese día también las daban, pues
el administrador vivía en la misma casa del correo.
Digo que nunca se
hablaba de ella y eso a mí se me ocurrió un día que no
era una cosa normal. Usted sabe, a veces uno no se da
cuenta de ciertas cosas, de estarlas pasando todos los
días; y si se es muchacho mucho menos. Pero llega un
momento en que hasta los muchachos hacen preguntas que
nunca antes se les había ocurrido. Y da la casualidad
que yo la hago
un
domingo, cuando mi
madre y mi padre conversaban sentados bajo el portalito.
— ¿Por qué nunca se
habla de Eloísa, nada más que cuando se recibe carta?
—pregunté.
Mi madre cambió de
color y no dijo nada. Mi padre mordió el tabaco como si
estuviera bravo y después escupió el pedacito, para
hablarme corto y sin intención de seguir diciendo:
—Mientras menos se
hable de gente malagradecida, es mejor.
Yo no me atreví a
preguntar más. Porque siempre fui respetuoso y cuando
papá hablaba así era porque algo malo había pasado y no
me quería dar cuentas. Pero con mi madre era distinto:
siempre ella trataba de encariñarse con uno y a cada
rato yo la veía abrazando a mis hermanitas, como si se
sintiera muy sola y hasta me pareció alguna vez verle
uña lágrima. Y yo lo achacaba a que una madre debe
sufrir mucho cuando se le va un hijo y ese hijo no
vuelve más, sino que de vez en cuando manda una carta o
un regalo.
Por la noche papá fue
a una reunión que tenían los cosecheros sobre algo de si
estaban ganando tan poco de que no sacaban ni para comer
y yo aproveché para preguntarle a mi madre..
Cuando entré al cuarto
me la encontré mirando a la luz del quinqué una
fotografía de Eloísa que le había mandado de La Habana,
donde se veía mi hermana entre las matas y flores de un
parque bonito. Esa fotografía llegó una voz con una
carta y yo pensé que se había perdido porque nunca la vi
más y cuando le dije a mamá que la pusiera en un
cuadrito en la sala, me respondió que no sabía dónde la
había metido. Y al verla ahora comprendí que la tenía
escondida para que papá no se pusiera de mal humor al
tener que ver cada vez que entrara a la casa el retrato
de la hija malagradecida...
Mamá trató de ocultar
la fotografía. Pero yo le dije que me la dejara ver. Y
me pareció que Eloísa estaba triste, como si le diera
miedo estar tan lejos de nosotros.
— ¿Por qué se fue
Eloísa? —le pregunté.
—Ya te lo dije un día:
se casó con un hombre que vive allá y no ha podido
volver a vernos...
Entonces yo me di
cuenta que esa no era verdad, sino acaso parte de esa
verdad, por insistí.
— ¿Se casó o se fue
con él?
—Eso qué importa.
—En este caso sí. No
es lo mismo que se vaya con un hombre que vive tan lejos
a que se vaya con Domingo...
Mamá empezó a llorar
bajito y yo la abracé, porque comprendí que había algo
que era el culpable de ese sentimiento y que lo menos
que yo podía hacer era demostrarle que no se encontraba
sola y de que yo también estaba preocupado por mi
hermana Eloísa.
La verdad que yo
recordaba poco de ella. Ya le dije que cuando uno es
muchacho no se fija en más de cuatro cosas. Y yo me
recordaba a Eloísa con un vestido rojo y otro azul, que
se turnaba los domingos, cuando Domingo llegaba hasta la
casa a tomar café y se ponían a conversar bajo el anón y
después ella le acompañaba hasta el camino real, bajo la
mirada vigilante de mamá. Eloísa era muy bonita y tenía
los dientes muy blancos y parejos, tanto, que parecían
darle brillo a toda la cara cuando abría la boca y se
reía de cualquier chiste de Domingo. Porque era muy
alegre y yo digo que también por eso se le echaba tanto
de menos.
También recuerdo que
por las mañanas, mientras ayudaba a mamá en el desayuno,
se ponía a cantar décimas que ella inventaba y ahora me
molesta que toda la lo que yo me hubiera puesto bravo
con ella por la sencilla razón de que no me dejaba
seguir durmiendo el segundo sueño, ya que el primero me
lo había cortado el gallo criollo colorado que se ponía
a cantar junto a mi ventana en cuanto amanecía.
—Cuéntame lo que ha
pasado. Dime por qué papá no quiere saber de ella. Ya yo
soy un hombre y puedo ir a buscarla...
Mi madre tuvo que
sonreír y me pasó la mano afilada por el pelo y como que
se alegró de poder conversar conmigo de Eloísa.
—Aquel hombre no se
casó con ella. Vino con el senador, cuando la propaganda
de hace dos años, ¿recuerdas...? Nosotros pensamos que
tenía buenas intenciones... Hablaba bonito y prometió
cambiar el mundo... pero todo siguió igual...
El senador era el
dueño de aquellas tierras que nosotros teníamos a
partido. A lo mejor por eso mi padre no hablaba del
asunto; porque siendo aquel hombre un amigo del senador,
podía buscarse problemas y quedar todos en el camino.
Mamá no quiso decirme
más aquel domingo. Pero ya me había empezado a hablar de
Eloísa y a cada rato volvía a hacerlo, especialmente
cuando llegó aquella carta donde decía que se sentía
feliz, que no todos los hombres eran malos y que pronto
iba a venir a vernos si papá no se ponía bravo.
Fue una tragedia el
pensar en cómo le diríamos a papá de aquella carta. Él
sabía que llegaban; pero como no sabíamos leer, nunca
tuvo confianza a lo que nosotros le contábamos que decía
Domingo. Porque Domingo, además de traer las cartas, las
leía. Y nosotros sí teníamos confianza en él, aunque yo
pienso que mi padre se hacía el desconfiado para no dar
su aprobación a todo aquello que encontraba tan mal.
Por fin mamá le habló
de que Eloísa había escrito diciendo que un día quería
venir a vernos y él se enfureció y dijo que primero
muerto y de que él y toda su familia eran personas
decentes para venir ella a mancharlos así, de esa forma
tan denigrante...
Sí. Esa fue la palabra
que usó. Y a mí se me quedó en la cabeza, dándome
vueltas, y le pregunté a mamá qué quería decir. Y ella
no hizo más que llorar. Y entonces se lo pregunté a
Domingo. Y Domingo, que ya era un hombre, me llevó en la
zanca de la yegua hasta donde no nos pudieran ver y me
empezó a contar una serie de cosas que deben saber todos
los hombres y que él pensaba ya yo debía saber, pues
otros con menos de doce años ya lo sabían.
Domingo estaba
enamorado de Eloísa. Y a él le dolía mucho que ella se
hubiera ido con aquel hombre que nos había engañado a
todos con sus promesas; aunque todo se lo hubiéramos
perdonado, menos el que hubiera hecho eso con Eloísa.
Entonces yo le dije a Domingo que el mundo era muy
chiquito y que las cosas daban muchas vueltas y de que
ya para mí era muy chiquita la vega y que en cuanto
pudiera me iba a largar lejos, a buscar a ese hombre. Él
parece que se abochornó al pensar que había cogido las
cosas con tanta resignación y me dijo que cuando fuera a
hacerlo se lo avisara, que nos iríamos los dos.
Resulta que viene el
problema de la Revolución. Y Domingo se alza con un
grupo y es él quien me llama para que sirva de correo;
pero no era solo hacer el trabajo de él de llevar la
leche por las tardes al pueblo y traer las cartas, sino
el llevar comunicaciones y mensajes de un lado a otro de
la zona, sin que la gente fuera a sospechar que un
muchacho trabajando como lechero y mandadero pudiera
estar metido en cosas de tanta importancia.
Todo iba bien. Hasta
que una tarde me dicen en el correo que había una mujer
esperándome en el parquecito, pues había preguntado por
nosotros y le dijeron que yo iba todas las tardes a
llevar la leche y recoger la correspondencia. Y yo me
extraño y hasta cojo un poco de miedo, no fuera a ser
una trampa por mis actividades de correo de la
Revolución. Pero me llego al parquecito y me la
encuentro con una manta sobre los hombros y encogida,
como si tuviera frío, aunque hacía calor. Y me le acerco
y le veo la cara triste y la sonrisa que ya no ilumina,
como antes.
Sí: era Eloísa, que
venía a vernos, cumpliendo la promesa que nos hiciera en
aquella carta. Yo no me atrevía a hablar y ella seguía
sonriéndome, hasta que me tendió una mano y yo la cogí y
la encontré caliente y pensé que era por la manta.
—
¿Tú eres
Joseíto, verdad? —me dijo con la voz bajita, como si le
costara trabajo sacarla fuera de la boca.
Yo asentí con la
cabeza y no le solté la mano.
— ¿No sabes quién soy?
—Sí. Mi hermana.
Y entonces ella empezó
a llorar y me abrazó y fue cuando me di cuenta que
estaba volada en fiebre.
—No quise llegar
directamente. Tengo miedo que papá vaya a disgustarse...
Entonces yo le mentí
diciéndole que papá tenía tantas ganas de verla como
todos nosotros y de que hacía tiempo que la estábamos
esperando.
Yo me fui en la yegua,
con el serón y las cántaras. Pero ella tuvo que ir en la
máquina de Leoncio, que era la única máquina de alquiler
que había en el pueblo.
Cuando llegamos, mamá
estaba barriendo el portalito y se quedó muy quieta,
como si adivinara que dentro de la máquina venía ella,
Eloísa, la hija ausente...
Yo no puedo decirle
todo lo que mamá sintió en esos momentos, pues la abrazó
y estuvo un rato pasándole la mano por el pelo, como
hacía con mis hermanitas y luego, cuando se vino a dar
cuenta de que estaba enferma, empezó a llorar y a
echarse la culpa por no haberla sabido criar. Y Eloísa
la consoló diciéndole que eso no era cierto y que si
había algún culpable había sido aquel hombre que la
engañó con sus palabras bonitas; pero que no debía
culparse a nadie de que ella fuera así de débil y menos
de lo otro: de la fiebre que iba consumiéndola con
rapidez.
Papá se puso serio
cuando supo que Eloísa estaba en casa. Pero tan pronto
se dio cuenta de que venía enferma, entró al cuarto y la
abrazó y le dijo que la perdonaba y de que ya no
volvería a irse y de que viviríamos todos juntos. Para
mí que él se dio cuenta de que la cosa era de pocas
horas y de que ya nada podía hacerse como no fuera
perdonar por fuera a la hija que hacía tiempo había
perdonado por dentro.
Se planteó el problema
de buscar a un médico.
Pero el médico del
pueblo me dijo que ya era de noche y que estaba
lloviendo y los caminos se ponían muy malos para ir en
máquina tan pronto caía una llovizna. Yo traté de
precisarlo; pero no hubo forma. Y para no disgustar a la
familia, dije que el médico andaba por La Habana. Y
decidimos traer al curandero.
El curandero fue. Pero
ya la pudrición se le salía por todas partes y nada
podía hacerse. Por la madrugada empeoró y papá quiso que
ella le dijera quién había sido el culpable del aborto;
pero ella dijo que nadie era culpable, que lo había
hecho por su cuenta y que la perdonaran.
Al otro día por la
tarde la llevamos al cementerio del pueblo. Mamá empezó
a vestir de luto desde esa misma tarde y ha seguido con
la manía de ponerse a esperar por la tardecita a que
regrese Domingo del pueblo; aunque Domingo ya no hace
ese trabajo, pues todas las cosas han cambiado mucho. Y
ya el senador no es el dueño del terreno ni mi padre
tiene que pagar aparcería, sino que es de él, pues para
eso lo trabaja. Y Domingo siguió en el Ejército Rebelde
y se casó y tiene dos niñitas y a una le puso. Eloísa,
porque dice que así siempre recordará lo que pasó.
Y es bueno que uno se
acuerde siempre de esas cosas. Porque hay gente que no
comprende. Y usted se asombra de que yo, con quince
años, vista este uniforme y esté metido en la
artillería. Y yo sé que usted no lo dice con mala
intención, pues por lo mismo estamos en La Ciénaga en
estos momentos de tanto peligro. Pero usted me pregunta
y yo le cuento las razones que ha tenido un muchacho de
quince años que fue correo en la insurrección y que
ahora es artillero, para arriesgar sus mejores años y
hacerse la promesa de que primero muerto antes que esa
gente vuelva y haga con mis otras hermanas lo que una
vez pudieron hacer con la ausente, con nuestra querida
Eloísa...
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