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CABEZAZO AL
MEDIODÍA
Amado del Pino
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La Habana
Mucho se ha hablado
del bochorno de la siesta, de que nos viene, como tantas
cosas, de España, de su utilidad o inconveniencia.
Conozco personas a las que les pone de mal humor el
sueño posterior al almuerzo y otras que no pueden
prescindir de ese pestañazo.
En el campo de mi
infancia, el mediodía se tornaba largo y alucinante. Era
preciso aprovechar la fresca para el trabajo en el surco
y a las once de la mañana, después de unas seis horas de
intenso laboreo, el sol comenzaba su azote despiadado
sobre las espaldas. Entonces se imponía, almorzar,
acostarse un rato para volver a la faena hasta que
quedara un poco de sol para ver las manos y la tarea.
Había hasta algo de erótico en el mediodía, que supongo
tendrá que ver con los muchos hijos de los campesinos.
En la calma y el sopor de la siesta, se agradecía la
compañía de la mujer, después que ella fregara calderos
y pusiera orden.
Después en Escuelas
al Campo y otras movilizaciones agrícolas asistí al
olvido de esa tradición milenaria, de ese rejuego entre
el sol y el hombre. Se perdía el tiempo del amanecer y
después a las dos de la tarde, con la furia de la luz en
su apogeo, salíamos hacia una tarea que hervía por los
cuatro costados.
Una clase aburrida al
mediodía es otra de las desgracias que muchos
recordamos. Querer atender y dormirse, pasar de la
realidad de las matemáticas o la biología a un leve y
súbito sueño. Tuve un profesor que se dormía hablando,
con lo cual evitaba que a los alumnos nos pasara lo
mismo, pues nos manteníamos alerta de cuándo su lengua
se iría poniendo torpe y sus ojos cerrándose. Después
algunos contaban los minutos que tardaba en recuperarse.
Tras la insólita siesta, el buen maestro lograba un
ritmo aceptable y hasta conseguía el milagro de un
dinámico intercambio.
En Cuba los horarios
oficiales desconocen bastante a la señora siesta. Pero
tengo amigos que no atienden el teléfono a esa hora, y
otros que hasta ponen en la puerta la inconveniencia de
visitar durante ese momento del día. Yo no hago ni una
cosa ni la otra, pero no es nada noble ni agradable mi
cara cuando algún vecino procura a mi suegra entre la
una y las tres de la tarde. Resulta falsa la promesa de
que le daré el recado y una mueca el intento de sonrisa
al despedirme. En los eventos provinciales procuro que
esas horas sean de pausa, más aún si la habitación que
me espera posee aire acondicionado y si el encuentro
transcurre en algún territorio del calcinante oriente
cubano.
En el Periodismo
tampoco el mediodía resulta muy útil. Los jefes a los
que debes entrevistar andan para la calle y el horario
de almuerzo de las secretarias suele alargarse como una
primera base del béisbol. En este, como en otros casos,
vale más dejar que el astro rey, “el indio” feroz de los
trópicos parpadee, dé una pequeña oportunidad. En ese
momento todo parece marchar mejor y el alivio de una
gota de brisa facilita las cosas, ennoblece levemente
los rostros. |