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EL CRECIENTE PANTANO IRAQUÍ PUDIERA SER LA RUINA DE BUSH

Max Castro | Miami  


Mientras la situación en Iraq continúa deteriorándose, los líderes republicanos y funcionarios de la administración echan espuma por la boca debido a las recientes declaraciones de los senadores demócratas Edward Kennedy y Robert C. Byrd, quienes comparan la ilegítima aventura iraquí de Bush con el pantano de Viet Nam. Ellos dicen que los comentarios son inexactos, injustos y que ayudan al enemigo.

Su furia es comprensible. Por buenas razones Viet Nam se ha convertido en sinónimo de muchas malas palabras, la peor de las cuales pudiera ser, para la mente norteamericana, la “derrota”. Si la equiparación de Iraq con Viet Nam se afianza en la imaginación del público, significaría la ruina para la reelección de Bush. Sin embargo, para disgusto de los leales a Bush, todos los elementos para que tal visión se afiance se están uniendo, como demuestran los hechos de las últimas dos semanas en Iraq.

La gravedad política de la amenaza representada por la analogía con Viet Nam explica la inusualmente intensa y amplia reacción, en la que se destacan no solo los usuales perros de pelea republicanos, sino también dos respetados moderados en el campo de la administración republicana, el secretario de Estado Colin Powell y el senador por Arizona Jon McCain, ambos condecorados veteranos de Viet Nam.

Ninguna de sus protestas será de uso alguno si la resistencia armada en Iraq continúa expandiéndose, el número de bajas se mantiene alto, el resultado permanece incierto y el fin de la participación norteamericana es una posibilidad distante. Si la situación continúa agravándose o se convierte en un estancamiento de una guerra de guerrillas que enfrenta a un ejército de ocupación contra un movimiento de resistencia nacional, incluso el argumento de que las bajas norteamericanas en Viet Nam fueron mucho mayores va a sonar falso. La participación norteamericana en Viet Nam se extendió más de dos décadas. El número de muertos de EE.UU. en Iraq, hasta ahora 650 y siguen aumentando, ha sido en un año. Y precisamente debido a la experiencia en Viet Nam, es improbable que el pueblo norteamericano tolere bajas ni siquiera parecidas a la cifra final de las del Sudeste Asiático.

Además, la debacle de Viet Nam no fue solamente debido a la alta cifra de muertes norteamericanas. Fue también acerca de muchas otras cosas, incluyendo la palabrería oficial de doble sentido, para aquellos norteamericanos cuya conciencia se extiende más allá de las fronteras nacionalistas, una horrible cuenta de muerte y destrucción inflingida al pueblo vietnamita.

En las últimas semanas, cientos de civiles iraquíes han muerto en Faluya y otras ciudades de Iraq. Los sorprendentes paralelos no terminan ahí. Incluyen fraudulentas razones para ir a la guerra, una clara incomprensión de las realidades políticas y culturales de la nación que supuestamente se está construyendo, aliados inciertos, la dificultad de distinguir al amigo del adversario, un escalofriante optimismo inconsecuente con los hechos en el terreno, la ausencia de una estrategia realista de salida o de un plan para la retirada, y un creciente sentimiento de falta de sentido de toda la aventura entre sectores significativos del público, la clase política, los medios e incluso parte de las tropas en el terreno.

Sin embargo, la ironía de la discusión por la comparación entre Iraq y Viet Nam es que, a pesar de lo trágica y mal orientada que fue la participación norteamericana en Viet Nam, de manera significativa la guerra de Iraq es aún menos justificable y más irracional.

Viet Nam sucedió en medio de una Guerra Fría que enfrentó a EE.UU. y a Occidente contra el bloque comunista dirigido por los soviéticos. Viet Nam del Norte estaba gobernado por el Partido Comunista y era aliado de los soviéticos. Es indudable que la participación norteamericana en Viet Nam estuvo basada en incomprensiones, incluyendo una visión de todos los países comunistas como un bloque monolítico y una subestimación de la dimensión nacionalista de la revolución vietnamita. Pero dentro de la lógica de la Guerra Fría y la Doctrina Truman de contención, la participación norteamericana tenía un cierto sentido ideológico y estratégico.

Ese no fue el caso de la Guerra de Iraq. Hoy el principal adversario en la mal llamada “guerra al terror” es un sector “jihadista” militante dentro del fundamentalismo islámico, responsable del 11/9 y muchos otros ataques. Con todos sus crímenes, Saddam Hussein, cuyo régimen era uno de los más seculares en el Medio Oriente, era un obstáculo para el fundamentalismo jihadista, no un aliado de Osama Bin Laden. Al aplastar a Saddam y excluir del nuevo Iraq a la vasta legión de ex miembros del Partido Baath, oficiales militares y miembros del aparato de seguridad, EE.UU. no solo ha creado un grupo listo para ser reclutado para la resistencia armada a su propia ocupación, sino que también ha preparado el camino para que los ayatolás lleguen al poder.

Ya ellos están estirando sus músculos tras bambalinas (el Gran Ayatolá Alí Al-Sistani) y en el campo de batalla (Multaba Al-Sadr). Independientemente de cuál grupo de ayatolás termine teniendo la mayor influencia, de hasta dónde el futuro estado de Iraq sea realmente soberano y su gobierno refleje la opinión mayoritaria, el resultado será un clima más favorable al fundamentalismo que cualquier cosa bajo Saddam.

Así mismo, en términos de legitimidad, la operación iraquí no se puede comparar ni siquiera con la pobre norma de Viet Nam. Al intervenir en Viet Nam EE.UU. podía argumentar que estaba respondiendo a la llamada de ayuda de un estado amigo. En lo que concierne a Iraq no existe tal hoja de parra. En Viet Nam, EE.UU. ignoró a la opinión pública y a la ONU; en Iraq las desafió despreciativamente. En Viet Nam, EE.UU. no aceptó el sabio consejo de los franceses, que habían estado allí. En Iraq, EE.UU. trató de demonizar a los franceses por haber dicho cosas que resultaron ser ciertas.

El apoyo popular es otra área problemática. En Viet Nam, EE.UU. puede que no haya tenido la simpatía de la mayoría de la población, pero sí tenía aliados significativos, incluyendo a católicos, las elites económicas y la mayor parte de la clase media, exiliados del Norte, los militares y, en general, gente opuesta a un régimen comunista. Si esto no fue suficiente para enfrentar a un paciente y determinado adversario, ¿podemos en EE.UU. contar con amigos más poderosos en Iraq? ¿Quiénes son los aliados de EE.UU. allí? ¿Los clérigos chiíes, un exiliado como Ahmad Chalabi que alardea cínicamente de que manipuló a EE.UU. para que “liberara a Iraq”, el designado Consejo Iraquí de Gobierno que las encuestas muestran que casi no tienen credibilidad en el país?

Si la falta de avance en la restauración del orden y la vida normal en Iraq no fuera suficiente, la fuerte inclinación de EE.UU. hacia Israel en el conflicto israelo-palestino, más extremo que nunca en esta era de Bush/Sharon, hace improbable que la vasta mayoría del pueblo iraquí tenga una visión favorable de las políticas e intenciones norteamericanas. La reacción de EE.UU. al actual levantamiento, particularmente el sitio de Faluya, exacerba el problema e invita a hacer comparaciones con la Margen Occidental. Tan grande ha sido el rechazo y la ira entre los iraquíes por el sitio de la ciudad que incluso Adnan Pachachi, un aliado de EE.UU. y uno de los miembros más respetados del Consejo Iraquí de Gobierno, expresó su enojo. Dijo Pachachi: “Consideramos ilegal y totalmente inaceptable la acción llevada a cabo por fuerzas de EE.UU.”. Y agregó: “Denunciamos las operaciones militares realizadas por las fuerzas norteamericanas porque, en efecto, es un castigo colectivo para los residentes de Faluya”. En Iraq EE.UU. tiene pocos verdaderos amigos y puede que esté a punto de perderlos.

Finalmente, comparemos a los tejanos en la Casa Blanca en el momento de ambos conflictos. A pesar de sus enromes errores, Lyndon B. Johnson, elegido abrumadoramente en 1964, era un hombre que se forjó a sí mismo y que superó los prejuicios provincianos de su origen sureño para promover las leyes de derechos civiles y programas para mejorar la vida de los pobres. La tragedia de la presidencia de Jonson es que su enmarañamiento en Viet Nam oscureció y destruyó un esfuerzo histórico para la inclusión racial y económica

Bush no posee ninguna de las cualidades que redimen a Johnson. En todas las áreas, las políticas de Bush son las de la retaguardia; sus políticas reflejan los intereses más egoístas y los prejuicios más bajos de su religión, clase y origen, desde prohibir el matrimonio homosexual a hacer más ricos a los ricos y minimizar la defensa de los derechos civiles. A diferencia de Johnson, las políticas internas de Bush no hacen nada por las minorías y las clases blancas trabajadoras y media baja cuyos hijos e hijas están muriendo en combate.

La gran ventaja del momento presente es que esta vez la historia oficial está engañando a menos gente y por un tiempo menor. Hizo falta un tiempo más largo y muchas más muertes para que la oposición a la guerra de Viet Nam llegara al nivel que tiene la de Iraq o para cobrar el costo político que ya siente Bush en la forma de cifras descendentes en las encuestas. Incluso los derechistas están expresando su desconfianza en la administración, como muestra una reciente columna de George F. Will:

“Después del asesinato en Faluya de cuatro civiles norteamericanos contratados, el liderazgo de EE.UU. en Bagdad prometió que la respuesta contra esa ciudad sería ‘precisa’ y ‘avasalladora’. Pero, ¿precisamente quién será avasallado y cuál será el éxito métrico del avasallamiento? ¿Cuántos soldados harán falta para encontrar a los involucrados en la muerte de los contratados? ¿Y sobre la base de qué inteligencia? Una fuerza de 1 200 infantes de Marina fue enviada a ‘rodear’ a Faluya, que está tan poblada como Newark, Nueva Jersey. Es una señal de que las cosas se desmoronan cuando el lenguaje común parece incapaz de obtener una palanca en la nueva realidad de Iraq…”

Will, un halcón de la Guerra, exhorta al pueblo norteamericano a prepararse porque “el cambio de régimen, la ocupación, la construcción de una nación —en una palabra, el imperio— es un negocio sangriento”.

Pero ¿qué sucedería si el pueblo norteamericano decide a eliminar todo el sangriento negocio del imperio para no soportar una calamidad detrás de otra inflingida por una dirigencia arrogante, excedida y obsesiva? Ese pensamiento debe provocar escalofríos no solo a la administración Bush, sino a todos los que creen que el destino manifiesto de EE.UU. es dominar le mundo. Ya las encuestas muestran que la mayoría de los norteamericanos creen que la guerra en Iraq no merece el costo. ¿Cómo harán para vender al pueblo nuevos sangrientos planes de cambio de régimen?
 

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