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El DESAYUNO TRUNCADO

Josefina Ortega
| La Habana

En una fría mañana del invierno de 1762 se presentaban varios soldados y oficiales ingleses en la casa del obispo de la villa de San Cristóbal de La Habana. Sin mediar muchos gestos y luego de leer alto y claro las razones de un largo decreto cargaron con el prelado sin dejarle terminar su desayuno.

Se daba así punto final a una disputa mitad oficial, mitad personal y que había comenzado poco después de la entrada de los británicos a la capital cubana.

Aquello que la historia universal recoge como la Toma de la Habana por los ingleses tiene entre sus muchos ecos el de promover el suceso que la Memoria trae a sus páginas.

Los personajes fueron nada más y nada menos que el Obispo Diocesano de la Habana don Pedro Agustín Díaz Morell y Santacruz, y Sir Georges Keppel, tercer Conde de Albemarle y Comandante en Jefe de las fuerzas invasoras.

El 14 de agosto de ese año y luego de varias semanas de cruentos combates en el asedio a la plaza, el alto estratega inglés entraba a la ciudad y dos días después empezaban los conflictos entre las dos personalidades.

El día 16 un oficial se presentaba en nombre de Albemarle ante Morell para exigir el cumplimiento de lo que se conocía como “El Derecho de Campana”, costumbre muy europea que obligaba a cualquier ciudad rendida ante una fuerza enemiga dar cuenta de todas las campanas de sus iglesias, monasterios y conventos, así como las de los ingenios y las instaladas en sus correspondientes dotaciones de esclavos.

Las campanas ―de buen bronce― debían ajustarse y además pagar por ellas. Después de un “tira y afloja” Morrell pagó 10 mil pesos por el derecho.

Quince días después volvían a chocar ambas personalidades: El lord inglés le pidió al jerarca eclesiástico una iglesia para que la tropa pudiera realizar sus oficios de la religión anglicana. En un principio el obispo se negó, y Albemarle le envió encendidas cartas de protesta a las que Morrell respondió con “santa ira”. El inglés optó por tomarse la iglesia de San Francisco de Asis, y además autorizó a asistir, a quien quisiera, a una iglesia católica. ¿Resultado? Los domingos se atestaba la de San Isidro, para escándalo de damas y caballeros de la sociedad habanera y regocijo de varias hermosas jóvenes de las buenas familias de la ciudad.

En octubre se produjo otro altercado entre el conde y el obispo, cuando el Lord le exigió al prelado otro pago por concepto de donativo.

En carta fechada el 19 de octubre Albemarle le comunicaba a Morrell, entre otras lindezas que: “ lo menos que puede UD pensar a ofrecer por esta donativo es cien mil pesos. Mis deseos es a vivir en mucho concordia con V.Y. y la iglesia, lo cual he manifestado en cada ocasión hasta ahora. Espero el no tener motivo para desviar de mis inclinaciones por descuida alguna de su parte. Dios Guarde & B.L.M. & Albemarle” (sic).

Al parecer, la respuesta fue la total ignorancia.

Luego de varios días de carteos y de silencios despreciativos, Albemarle, cansado de recibir no solo la callada por respuesta, sino además las amenazas del obispo de irse con el cuento a sus majestades de Madrid y Londres, ordenó la redacción de un decreto que su secretario firmaría el 3 de noviembre.

El documento arremetía contra el obispo y sus actitudes insolentes y “... por tanto su excelencia el conde de Albemarle consideró que es absolutamente necesario que el señor obispo sea mudado de esta isla”.

La orden fue cumplida poco después de modo tajante y perentorio una fría mañana.

En una carta dirigida al prefecto habanero Javier Bonilla un monje jesuita contaba de manera bastante realista que “... le bajaron cargado en su silla —al obispo— hasta la puerta, sin dejarle acabar de desayunarse, ni tomar más que su anillo y un crucifijo”.

“De allí —continuaba narrando el fraile— lo condujeron a bordo de una fragata que salió por la tarde para la Florida”.

El cabildo de la ciudad en pleno, junto a varios curas, fue a interceder por Morell ante Albemarle, pero el jerarca británico se mantuvo en sus trece; se cuenta que incluso el conde tuvo la intención de ahorcar al obispo, pero una destacada personalidad colonial española lo convenció de que no lo hiciera.

Finalmente Morell pudo llevarse varias pertenencias y dos de sus familiares.

Notas de buena fe:

Según el historiador cubano Emilo Roig de Leuschering la deportación de Morell no fue el deseo de Albemarle de molestar a la primera autoridad eclesiástica de Cuba sino porque el Obispo tenía fama de irascible, lo que hoy se denominaría como un “ impulsivo y mal llevado”, que incluso había tenido fuertes discrepancias con las autoridades coloniales españolas en general y en la persona del Capitan General don Juan de Prado en particular, triste personalidad a quien le cupo la vergüenza de no haber sabido defender la plaza contra los ingleses.

Meses después de los “encuentros cordiales” entre el conde y el obispo —porque al parecer se enemistaron con la fuerza del corazón— Albemarle regresó a Londres y dejó a su hermano Guillermo al frente de La Habana.

Entonces en un intento por suavizar las cosas, el otro Keppel, cinco meses después del extrañamiento de Morell , firmaba un decreto —el 13 de mayo de 1763— autorizando el regreso del prelado a La Habana y a sus funciones.

Se dice que luego de que los ingleses recogieran sus bártulos y se fueran a La Florida, Pedro Agustín Díaz Morell y Santacruz, otra vez obispo diocesano de La Habana tuvo varios desacuerdo con el entonces Teniente Gobernador Sebastián de Peñalver, a quien—según cuenta el historiador Gerardo Castellanos— le hizo la vida difícil.

¿Ignoraba el obispo que Peñalver había sido quien intercediera para evitar que Albemarle lo ahorcara en su momento?

Cinco años después fallecía en La Habana —el 30 de diciembre de 1768— el conflictivo obispo.

En el verano de 2001, doscientos treinta y nueve años después, contraía nupcias con rito anglicano, en la basílica de San Francisco de Asis, el decimocuarto conde de Albemarle, Rufus Keppel, para rememorar la primera ceremonia anglicana a la que asistió su ancestral almirante, el famoso lord Georges.

En el año 2002 una reducida colonia de súbditos británicos y académicos cubanos recordaban el aniversario 240 de la Toma de La Habana por los ingleses, ocupación que tan solo duró once meses, y que de haberse de perpetuado habría cambiado el rumbo de la historia.
 

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