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Viaje por la isla del teatro (Ii)

Omar Valiño
| La Habana
Fotos:
Pedro L. Díaz Dávila


Que diez años sean nada en el tiempo del mundo no importa a Matanzas. La memoria del arte de animación de figuras entre nosotros, le agradece esta década, precisamente esta, tan preñada de encrucijadas e insalvables obstáculos, a todos aquellos responsables del Taller Internacional de Títeres, locos de todos los tamaños que fundaron en 1994 y mantuvieron hasta hoy uno de los eventos más coherentes del panorama teatral cubano.

De nuevo en la apertura de abril, como cada dos años, se abrió la bella Matanzas al arte de los títeres; resumen coherente del trabajo que en ella es cotidiano. Cada Taller viene a culminar el ambiente que crea sucesivos estrenos, jornadas, exposiciones, homenajes, múltiples iniciativas girando en torno a los muñecos. Cuatro fundadores, verdaderos pilares de la creación artística y la gestión cultural, sintetizan el ánimo de muchos otros nombres, parteros todos del milagro. René Fernández, con sus escasos sesenta años, siempre líder de la fecunda trayectoria de Teatro Papalote, Rubén Darío Salazar y Zenén Calero, almas del incansable Teatro de las Estaciones, y Mercedes Fernández, la eficaz coordinadora de todo cuanto se mueve en las artes escénicas matanceras, que es muchísimo, por su entrega al frente del Consejo Provincial.

Entre el 4 y el 11 de este mes aconteció la sexta edición del Taller. Perfectamente organizado como siempre, tuvo, sin embargo, un perfil diferente a los anteriores. Se concentró en lo nacional, pues la insoslayable dedicación de Papalote y el Consejo a las inversiones realizadas en su sala (de las mejores sedes del país hoy), impidió una adecuada convocatoria internacional.

Aun así, pasó por allí La venganza de las margaritas, un espectáculo firmado por Esfera Zona Teatral y Les Jardins du Masque, lo mismo que decir entre Adriana Duch y Jean-Marie Binoche o entre México y Francia.

En 1998 Adriana, entonces integrante del grupo Tablas y Diablas, se había presentado en el mismo escenario con Juan Volado, dirigido por el propio Binoche, una aventura en torno a la máscara, el eje de la vida del director francés.

Se inicia la puesta en escena, precisamente, como la saga del protagonista. Ahora Juan Volado se zambullirá en el Caribe, en un diálogo, transido por lo mítico, entre distintos personajes. La abundancia de ellos con la máscara como identificador para ser asumidos por una sola actriz, entorpece el curso de la acción dramática, obligada a detenerse verbalmente en los avatares de la historia contada, pecado de lesa teatralidad en el universo de la máscara. Diseñadas y construidas por Binoche, una vez más son estas extraordinarias en su concepción plástica y expresión teatral, algo que logra a las mil maravillas la magnífica actriz que es Adriana Duch.

Muchas otras propuestas, viejas y nuevas, sirvieron para detenerse en el ámbito de la creación nacional.

Teatro de las Estaciones volvió sobre su extraordinario Pelusín y los pájaros, con diseños de Zenén Calero y puesta de Rubén Darío Salazar. Con la perfección de la sencillez, juntan tradición y renovación, total equilibrio entre imágenes y juego, bordadas animaciones, espléndido trabajo de conjunto.


Pelusín y los pájaros

El Guiñol de Holguín atacó la calle por primera vez con una interesante concepción del retablo y los muñecos como una gigantería para el espacio abierto, pero con una indiscriminada proyección de distintos códigos en el trabajo actoral, en Sancho Panza en la Ínsula Barataria, de Miguel Santiesteban.


Sancho Panza en la Ínsula Barataria

La Salamandra viene dándose a conocer como grupo con Media naranja, firmada por Kilo Figueredo y dirigida por Ederlys Rodríguez, quienes son sus mismos actores. Se descubre en ellos la voluntad de realizar una labor con matices propios y potencialidades también muestran, pero todavía el trabajo está en sus inicios, sin romper de manera suficiente con los cauces conocidos.

Teatro Viajero apuesta por Viaje a Maravilla, de Carmela Nuñez, desequilibrado entre el valor de la historia y el juego con el público.

El Retablo, de Cienfuegos, con dirección de Panait Villalvilla, presentó, entre otros espectáculos, su versión de La calle de los fantasmas, de Villafañe, denominada Si yo te contara, un delicioso divertimento titiritero-musical, solo lastrado en algo por el abuso de referencias fuera del alcance de los niños o, por el contrario, ya conocidas por ese público.

Fueron estos, únicamente algunos de las muchas incursiones que arman el rompecabezas del títere cubano hoy, buscando crecer en Matanzas mediante talleres (el más importante de ellos “De la literatura al retablo”, sobre dramaturgia titiritera por Freddy Artiles), clases magistrales, paneles de reflexión, desmontajes de puestas en escena, presentaciones de libros y un sinfín de encuentros típicos de un evento concebido como un espacio de trabajo en su totalidad.

Dentro de dos años, superada la coyuntura que ahora impidió la participación internacional, Matanzas rendirá un Taller de Títeres para la historia.
 

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