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...y moveré el Mundo
Aparece frente al escenario de
la danza el perverso fotógrafo que pretende atrapar para
la perpetuidad de su arte las imágenes danzarias,
considerándolas dignas de la quietud aparente de un
lente, y demostrando que también desde la inercia de una
fotografía existe una fuerza capaz de moverlo todo.
Andrés D.
Abreu |
La Habana
Fotografiar la danza es una de las grandes paradojas que
se ha inventado el arte. Salvar el contrasentido de
tomar instantáneas de lo que nació para ser observado y
disfrutado en continuo movimiento es una de las
obsesiones inherentes a un determinado espécimen humano
cuya sensibilidad ha de ser lo suficientemente delicada,
suspicaz y subversiva como para resolver lo
contradictorio del hecho.
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Partimos de que para el coreógrafo, creador del baile
como manera artística, no debe existir otro universo
comunicativo más capaz y rotundo que aquel de los
cuerpos y su dinámica. De aquí su constante preocupación
por representar en un espectáculo, nuevas y congruentes
estructuras cinéticas que descubran toda la capacidad
expresiva del hombre a partir de su propio sistema
físico.
Pero entonces aparece frente al escenario de la danza el
perverso fotógrafo que pretende atrapar para la
perpetuidad de su arte las imágenes danzarias,
considerándolas dignas de la quietud aparente de un
lente, y demostrando que también desde la inercia de
una fotografía existe una fuerza capaz de moverlo todo.
Un fotógrafo sabido de que nunca ha de formularse
la danza como una coreografía y que su mejor punto
de confluencia con ella está en un objeto común, el
cuerpo.
He aquí la clave o la palanca de Ricardo Rodríguez para
hacer el arte “estático” de una foto a partir de la
aprehensión del arte móvil de la danza: resolver la
paradoja desde la potencia visual que traza en escena
el cuerpo único.
Una unicidad que puede darse lo mismo en el bailarín
solitario que en la cristalización armónica de un
conjunto de ellos.
El resto del éxito es la gran poética de toda buena
obra visual: el sublime manejo de la composición entre
formas y luces; dejarse llevar por un acierto interno
que dicta la orden de que es ese y no otro el momento de
“detener” la imagen, convirtiéndola en un acto tan
propio, tan para sí, que en ocasiones es capaz de
coexistir como un suceso particular.
Al final de la fábula el obcecado y perverso fotógrafo
no ha hecho más que robarse o tomarse prestado, en
dependencia de la calidad de sus obras, el mismo cuerpo
que antes pidió el coreógrafo para ambos mover a su
manera el Mundo
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