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Memoria de un cantor popular
 
Las claves de la nostalgia prematura por la voz y las composiciones de Polo Montañez pasan por el tamiz del pop que todos llevamos por dentro. Él mismo es un producto de la recepción de la cultura pop, entendida esta en su formulación latina.


Pedro de la Hoz| La Habana
 

No se han apagado los ecos de la consternación que invadió a cientos de miles de cubanos ante la abrupta desaparición física de Polo Montañez cuando, como para anticiparse a la demanda de su música, la productora francesa Lusáfrica pone a circular, bajo la cifra de la novedad, un título póstumo: Memoria (abril 2004).

Cuatro de esos temas (“Como nunca nadie”, “Con o sin ella”, “Gente loca”  y “Querido amor”) son descartes de los dos discos de su corta carrera, seguramente previstos para ser insertados en el repertorio del tercer fonograma que nunca llegó a completar. En otros cuatro (“Amor y distancia”, “Locura de amor”, “Pueblo mío”, y “Homenaje a José Martí”)  se aprovechó el registro de la voz del cantor para recrearlo en el entorno de nuevas orquestaciones grabadas post mortem. Como atisbo de posible continuidad y sentido homenaje, “Siete años”, uno de sus temas inéditos, se da en la voz de Gladis Pérez, quien perteneciera a su grupo. Y se añadió una obra emblemática del arte poética del cantor, “Guitarra mía”, que le dio título al segundo y último disco en vida.

Una audición detenida del material contenido en Memoria no aporta diferencias sustanciales a lo ya conocido, salvo en dos momentos. El primero, por parte de “Amor y distancia”, donde se hace evidente el manejo interesado de la producción que busca conectarlo al ámbito de la cultura musical lusófona mediante una orquestación que combina el tiempo de la bossa nova con los aires de la morna caboverdiana (téngase en cuenta que Lusáfrica opera con la gran Cesaria Evora como punta de lanza y que buena parte de su producción se mueve, con excepción de Brasil, en los territorios de habla portuguesa). El otro momento inesperado corre por cuenta de “Con o sin ella”, donde los coros y sus respuestas asimilan la dicción “conversada” (con énfasis más en la forma de decir que en la inflexión melódica) que caracterizó a algunos de los vocalistas de las orquestas que se adscribieron en los 90 a la variante timbera de la música popular bailable cubana.

Sin embargo, dentro de un patrón no innovador, se encuentra aquí un hallazgo que resume de algún modo la “estrategia melódico-sentimental” del cantor y es el tema “Como nunca nadie”. En esa pieza cuaja el esquema poético-comunicacional de Polo sobre la base del bolero: en una sencilla estructura A –A – B – B que se repite, la sencillez expositiva con la que transmite el conflicto entre el amor y la pérdida sobrecoge por la limpieza de imágenes nacidas de una concepción popular de la poesía: “Déjame ayudarte / para que tú veas / la segunda parte de este corazón / que de tanto amarte / se ha quedado en venas / y ya no tiene carne”. Es, por demás, el tema sentimental del disco que se aleja de la apropiación bachatera que se evidencia en esta área de su producción.

Boleros abachatados y guarachas aguajiradas constituyen las bases de la obra de Polo Montañez, internamente enlazadas por una visión ingenua de la creación. Ingenua, si cabe, en el mismo sentido con que la crítica califica la expresión de los pintores no académicos, nunca en sentido peyorativo. Ingenua tanto porque brota desde una sinceridad expresiva como por el carácter de los recursos composicionales frecuentes en las formas del discurso musical.

Las claves de la nostalgia prematura por la voz y las composiciones de Polo Montañez pasan por el tamiz del pop que todos llevamos por dentro. Él mismo es un producto de la recepción de la cultura pop, entendida esta en su formulación latina: el bolero contaminado por el uso y la dicción de José Feliciano, los ornamentos armónico-vocales de los cuartetos que hicieron época en los 60 en el campo de la llamada canción ligera, la ola bachatera que nos vino de la vecina República Dominicana, el enlace melódico con las rancheras mexicanas, la asimilación de los baladistas iberoamericanos e italianos más difundidos (se sabe de su preferencia por Nicola di Bari), y la estandarización profesional de la música rural cubana mas todo ello tamizado, nunca imitado. Polo, de alguna manera, encarna la posibilidad de reciclar, con estilo propio, al natural, ese sedimento que nos fue dejando la radio en los 60 y los 70 del siglo pasado.

Alguien alguna vez comentó que “Polo trasmite una imagen de absoluta familiaridad; es como si cantara un vecino del barrio”. Quien lo dijo, dio en la diana. La recepción masiva del fenómeno Polo Montañez en Cuba, que debe repetirse con la salida de Memoria, tiene que ver con la psicología social del cubano que ha vivido las últimas décadas del siglo XX y los primeros años del XXI, marcada por la herencia de tradiciones sentimentales que se traslada a la sensibilidad contemporánea que van del gusto por el enfoque melodramático de las relaciones de pareja a la referencia humorística a la tremenda ante triviales situaciones cotidianas.

Si a eso se le añade la condición mítica del creador —su temprana y trágica desaparición, el sabor a obra inconclusa—, podrá tenerse una idea de lo que representará Memoria en la saga de Polo Montañez.
 

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