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La poesía también es sueño1
 
Luis Marré optó por el rigor, por la decantación, aunque fuera exagerada, por limitar su producción para entregarnos libros que son, más que recopilaciones, estrictas selecciones de sus trabajos.


Basilia Papastamatíu | La Habana


Quienes han seguido el  itinerario poético de Luis Marré saben que su obra no es muy numerosa. Y que aunque también ejerce la crítica y escribe relatos, se dedica  fundamentalmente y devotamente a la poesía; y con una sabia noción del buen uso, no dilapidador, de la palabra escrita.

No cayó en la tentación de asumir la poesía como un alegre flujo  de libros, uno tras otro, a manera de producción seriada  que termina siendo, como tal, inevitablemente repetitiva y en parte malograda.

Marré, por el contrario, optó por el rigor, por la decantación, aunque fuera exagerada, por limitar su producción para entregarnos libros que son, más que recopilaciones, estrictas selecciones de sus trabajos. Nunca se ha permitido  textos apresurados, el corre corre de quien desea ante todo publicar. Y creo que debemos agradecerle ese respeto por la escritura, ese cuidado por el prestigio de su poesía, no abaratándola por exceso.

En su reciente antología  personal, A quien conmigo va, publicada en el 2001 por Ediciones Unión,  Marré ha sido especialmente severo en la  elección de los poemas incluidos. Reunió en ella los que consideró definitivos, aquellos textos que el tiempo no daña ni podría dañar, que no surgieron a partir de circunstancias, gustos o pasiones transitorias, sino los que parecen tener la suficiente solidez como para poder permanecer en sus libros sin arrepentimientos ni sonrojos.

Esta  esmerada selección  sirve entonces para  percibir  claramente cómo, desde sus mismos inicios, van apareciendo en su escritura  atisbos, anuncios de esa marcada subjetividad que impregna toda su poesía; y también los comienzos de esa búsqueda de coherencia, de armonía, y de mesura, de un elegante y equilibrado modo de decir, vocación clásica que, con cada vez más convicción y  oficio, fue desarrollando en sus textos.  Y junto a esta búsqueda de una adecuada medida de lo bello y verdadero, es notable cómo  también lo sedujeron esos aires de renovadora libertad de los poetas simbolistas y los malditos del XIX comenzando por Rimbaud, Lautréamont, Nerval,  las vanguardias de principios del XX y lo mejor de la poesía española de entonces, en particular Juan Ramón Jiménez.

Pero  tanto en Canciones de los años de aprendizaje, como precisamente tituló  a sus versos más tempranos —escritos entre 1949 y 1951—, como en sus obras posteriores, Marré logró que la amalgama de influencias recibida no impidieran el surgimiento de su propia voz,  de su lenguaje personal, caracterizado  siempre por una tenaz subjetividad, esa persistente presencia, nunca negada, de su yo y su propia experiencia en sus poemas.   

En una de las canciones de los años de aprendizaje dice: “Lejos de mí he vivido, / tan lejos / que ni siquiera sé quién soy yo mismo”. Y en ese peregrinar por encontrarse y conocerse transcurrirá toda su poesía. 

Pero la propia identidad no se revela fácilmente cuando la escamotean incertidumbres, miedos, soledades, desamparos, y, por sobre todo, culpas. Aparece recurrentemente en sus textos la culpa de no ser como los demás —la familia, la sociedad— esperan,  y que es vivida como insoportable imposibilidad o carencia. La culpa de experimentar o desear lo inaceptable. De todo lo cual, pues, el poeta solo podrá hallar refugio y amparo en sus sueños.  

Por eso con razón afirmó Eliseo Diego  que todos sus textos, desde los primeros “que con conmovedora sencillez llama ‘de aprendizaje’, hasta el que lleva a pecho descubierto el título de ‘Canción’  y es una arenga, más eficaz que tantas supuestas ‘épicas’,  es un armonioso cuerpo de poemas líricos”.

En sus versos iniciales Marré intentaba registrar su crecimiento como individuo, la demarcación entre infancia y juventud, la crisis de la metamorfosis del capullo,  de la nueva sangre, la desazón de las nuevas efervescencias: “...Todo arde y vibra con / mágica simpatía. / Llama de sangre mía / enciende el flamboyán / y hasta los muros dan /  —tañe mi pulsación— / cálida melodía...”

En Los ojos en el fresco (1955-1950) como en sus obras posteriores, Marré sigue siendo coherente con las demandas de su complejo mundo interior, viaja al centro de sí mismo, bucea en las profundidades de su conciencia,  en esos estados que van de la vigilia al sueño y de la lucidez a la locura, figuras amenazantes de la muerte.

Y el amor, que cuando aparece se muestra dudoso, contradictorio y evasivo,  es visto también como amenaza, como peligro. El poeta se debate  entre la culpa y el remordimiento. Como ha observado Antón Arrufat, “sus poemas están construidos sobre un extraño sentimiento de culpabilidad implacable”.

En el  poeta es ciertamente una constante el temor a haber transgredido lo prohibido: “Sobresaltado sueño /  el sueño del culpable /... /  confúndese el culpable, no / siente el abrazo de la zarza / al muro resonante de su cuerpo...”

   Y  la culpa es como reverso de la inocencia del niño, una sospechosa candidez: “Ese es Baby. Su mirada yerra en torno /  como una mariposa de alas mojadas, negra”. O la culpa se metaforiza en el sueño, soñar la culpa ante el otro: “Cuando amanezco, extraño al día /  de los otros, con pesadumbre de mi sueño, /  y de la estrella huidiza, temblorosa /  debajo de la noche, / avergonzado, avergonzado, / tú no sabes, no te había contado...”

   El sueño aparece también en su poesía como reparador, como tregua,  remanso espiritual, intimidad del yo consigo mismo. O como proveedor de señales anunciadoras —que pueden ser gallos,  mariposas, inscripciones o un sauce de ceniza. El poeta intenta descifrar la enigmática aparición de inquietantes claves que asoman en el sueño como  restauradoras de fragmentos de una vida de fluir confuso y volátil;  pero no lo hace al modo de la interpretación psicoanalítica sino tratando de adivinar sus avisos.

   Al sueño parece desplazarse además la posibilidad de realización, es el  sitio en el que puede suceder y consumarse todo lo que la vida escamotea.  De ahí la  persistente función  de lo onírico como refugio, omnipresente en toda la obra de Luis Marré.

   El amor, como dijimos, es en sus poemas  una forma más de la experiencia desasosegada del yo en búsqueda de su identidad y de su equilibrio, un sentimiento  contradictorio, en medio de las incertidumbres de la existencia. Y los afectos familiares, de puertas adentro, de recogimiento pudoroso,  evocan nostalgias pero también  opresiones: “La ventana está abierta, padre, / y el cielo que por ella miro /  pesa en mi pecho como una lápida”. El sentimiento erótico, por otra parte, vivido con desconcierto, resulta inapresable: “¡Cuántas veces mi paso se detuvo, / oh Confundida, /  y tu rostro busqué en la oscuridad!”. O, percibido como transgresión, es expresado con más silencios que palabras. Hay parálisis en la comunicación. Como en Aislado diálogo: “Uno frente a otro, en el centro de lo cerrado. /  A veces no nos conocemos, tu mirada so

lo  dice / “un hombre”. Un hombre. Y tú, ¿quién eres? / Pero ¿a quién busca el hombre, frente a él?”.

En la serie de Las puertas de marfil  se entrega de lleno al mundo de los sueños, a fantasías oníricas inventadas como una segunda vida, según las palabras de Gérard de Nerval que utiliza como exergo.

Sus versos, al volverse cada vez más narrativos y descriptivos, se alargan, se vuelven prosa, pero sin perder su rica expresión simbólica ni su sensibilidad lírica. Y componen verdaderas estampas con seres y elementos sencillos pero enigmáticamente sugerentes y hasta mágicos.

La poesía que escribirá a partir de los 60 no estará al margen de la radical transformación social y humana que significó la Revolución en el país. Por lo que en Habaneras y otras letras (1963-1975) al igual que en Nadie me vio partir (1976-1985) incluye poemas de aliento épico y ético, inspirados en los nuevos tiempos con los que el autor se compromete y comparte su visión esperanzadora de la vida. Lo expresa claramente en  “Pequeña  canción diurna”: “Voy a hablar  de la dicha / no de sueños ni de cábalas. /... / Voy a hablar de la dicha. /  Más que discurso es canto de labor...” Y leemos en Canción: “...Compañero, el fusil /  no temblará en tus manos. / Que no se quede mudo / mi fusil, si yo caigo”.

Escribe en este período, además, poemas de valor circunstancial, de coyuntura, que el mismo autor se encargará después de decantar, de incluir o no en sus libros, según conserven o no vigencia estética.

Pero no porque la sociedad se haya transformado, sus fantasmas creativos lo abandonaron, ni tampoco su lirismo, ni sus inquietudes existenciales de siempre, ni sus añoranzas sentimentales y campesinas. El mundo rural retorna a sus versos, en una revitalizada visión contemplativa, en Cuaderno del Escambray.

Curiosamente este cuaderno lo concibió mientras participaba como combatiente en la lucha contra bandidos. Sin embargo, dentro de tal escenario bélico, poeta al fin, siente y escribe: “...pienso como un clásico  y me dispongo a componer una égloga con sátiros persiguiendo ninfas o cabras entre las espinosas ramas florecidas”. Y encontramos también asuntos tratados con un renovado lenguaje elegíaco, nostálgico en la evocación familiar y de sus amigos lejanos o muertos, como Baragaño.   

Tanto en estas obras, como en poemas posteriores no recogidos aún en libro, aparece igualmente la temática del viaje. El autor evoca países que visitó, con sus deslumbramientos y desencuentros, y cuya cultura  no puede evitar relacionarla con la propia, como el té de Rusia preparado con el samovar, con el té con limón de Jagüey Grande; o el puente colgante sobre el precipicio de Constantina, con el que pende sobre el río Cojímar.

Y en textos más recientes, como quien retorna a sus antiguos amores, Luis Marré vuelve a sus viejos sueños, y encontramos en la  serie Oniria poemas oníricos en prosa, de muy pulcro lenguaje, verdaderas pequeñas joyas en su género. Y en los que reafloran, no sin cierto humor, pero con sentida añoranza, recuerdos y afectos perdidos, con la amarga conciencia del tiempo que los borra, y que la memoria, los sueños y la poesía se empeñan en retener.

Diré para terminar, que solo quise ahora comunicarles mi propia lectura, de la valiosa poesía de Luis Marré, a quien hoy con tanta justicia estamos  homenajeando, y que merece, sin duda, muchas más, y más enjundiosas, que esta rápida aproximación que acabo de hacer. Muchas gracias. 

(1) Texto leído en “El autor y su obra”, acto de homenaje al escritor Luis Marré, el 21 de abril de 2004, en el Palacio del Segundo Cabo, La Habana Vieja

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