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MARX ENTRE NOSOTROS
Marx en el Soho, del escritor norteamericano Howard
Zinn, se ha convertido ahora en Marx en La Habana.
Nuestra vida teatral vuelve a dar pruebas de amplitud,
creciente profesionalidad y ese noble ingrediente que
sigue siendo la auténtica confrontación de las ideas.
Amado del
Pino |
La Habana
Marx en el Soho,
del escritor norteamericano Howard Zinn, subió al
escenario de la sala Llauradó en presencia de su autor,
del ministro de Cultura Abel Prieto y de Ricardo
Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder
Popular. Del revolucionario investigador y politólogo ha
comentado Alice Walker: “¿Qué puedo decir que exprese el
cariño, el respeto y la admiración que siento por este
modesto héroe que fue mi maestro y mentor, este
historiador radical, amante del pueblo y creador de
inquietudes?” Otra de sus célebres seguidoras, Elizabeth
Martínez, afirma: “Zinn es simplemente un tesoro
nacional”.
Zinn incursiona aquí
en el monólogo teatral y lo hace apoyándose en su gran
cultura sobre la vida y la obra de Karl Marx
(1818-1883). Se vale además de un lenguaje brillante,
del reiterado uso de la ironía, la reproducción
sintética de polémicas de su época, los juegos de
palabras, la exaltación de los contrastes, el sabio
equilibrio en el tratamiento de lo público y lo privado.
Nos ofrece una imagen del imprescindible filósofo que
incluye tanto la creación y la lucha, como las
peripecias de su vida familiar, la nutricia polémica con
sus contemporáneos o su profundo sentido de la amistad.
Zinn insiste en diferenciar entre la médula del legado
de Marx y las vulgarizaciones o tergiversaciones que el
marxismo sufrió desde el principio. Se vale eficazmente
de la ficción para ofrecer un corte transversal en la
historia, para hablarnos sutilmente del futuro, contando
con naturalidad sobre el pasado o asomándose a algunos
de los debates del presente. El texto es heredero de las
mejores búsquedas del Teatro Político en el siglo XX y
en especial las de un dramaturgo enorme: Bertold Brecht.
En los momentos más emotivos de Marx en el Soho
recordé la modélica biografía teatral que logró Brecht
con la figura de Galileo Galilei. Por cierto, entre los
asistentes a la función inaugural se encontraba también
Vicente Revuelta, padre del Teatro Cubano contemporáneo
y creador, en 1976, de una inolvidable puesta en escena
a partir del héroe brechtiano. Michaelis Cué, director y
protagonista de la puesta, trabajó muchas veces con
Vicente y se considera su alumno.
Analizando la obra a
la luz de los conceptos clásicos de la literatura
dramática, podría pedírsele mayor énfasis en el
conflicto y, sobre todo, más asideros para el juego
teatral. En algunas situaciones, lo expositivo se hace
más abundante que lo dramático. Se atenúan estas
carencias ante la capacidad del autor para “invitar”
personajes cercanos al fundador y establecer diálogos
fluidos. Especial gracia y sentido alcanza la evocación
de las relaciones de Marx con su esposa y, sobre todo,
con la más pequeña de sus hijas.
Bárbara Rivero y el
propio Michaelis Cué elaboraron una respetuosa versión
que poda la vocación narrativa del original y, sin
ingenuas traslaciones, logran que el argumento se
acerque a la órbita intelectiva, sentimental del
espectador cubano. Vale recordar que si en otros
contextos la obra podría parecer panfletaria desde la
izquierda, en Cuba se trata de un diálogo con el creador
de la filosofía que ha servido de base a las
indagaciones, logros y debates de los últimos cuarenta y
cinco años. Cuando Marx habla de los peligros de aplicar
incorrectamente sus ideas, es fácil evocar las
limitaciones o torpezas del socialismo real en Europa.
A nivel de puesta en
escena, Cué logra una agradable y expresiva imagen
integral. La escenografía, de Luis Lacosta y Oscar
Fagette, muestra una inteligente selección de los
objetos, aunque las sillas amontonadas se tornan en
exceso decorativas por su tardía y fugaz utilización.
Formidable integración consigue la música de Bobby y
Roberto Carcassés junto a Lucía Huergo. Lo palpitante
del plano sonoro y la intencionalidad de las luces, a
cargo de Saskia Cruz, contribuyen a la creación de una
atmósfera emotiva y al envidiable ritmo que alcanza el
montaje. Miriam Dueñas apela a un vestuario sobrio, al
igual que el maquillaje, a cargo de Dora Valenzuela, que
no pretende acercarse a una reproducción verista del
físico del personaje histórico.
La puesta equilibra
con eficacia los diversos espacios escénicos y alterna
lo frontal con otros recursos y soluciones.
Particularmente eficaz resulta el final en que el
personaje se desgarra y reflexiona sobre el fondo de la
escena.
Enorme fue el reto
que debió enfrentar Michaelis como actor. Recuerdo que
cuando el auge de los monólogos, a principios de los 90,
siempre fui de la opinión de que esta variante debía
asumirse como un síntoma de madurez en la carrera de un
intérprete. El Tal es el caso que nos ocupa. Después de
una larga trayectoria trabajando en compañía, Cué asume
con variedad de recursos y registros la soledad
escénica. Entre la labor anterior de Cué sobresale su
participación en dos obras del dramaturgo cubano Alberto
Pedro que marcaron hitos en los 90: “Manteca” y “Delirio
habanero”. Su homenaje a Marx está lleno de
ternura, contención, ligereza y profundidad a la vez. El
actor da pruebas de rigor en el tratamiento de la voz y
las sutilezas con que asume cada personaje que aparece
en la historia. Combina con especial tino la proyección
épica, los tonos íntimos, cómplices. Con la sucesión de
las funciones deberá madurar en cuanto a la organicidad
y coherencia de los desplazamientos de un plano a otro
sobre el escenario.
Marx en el Soho
se
ha convertido ahora en Marx en La Habana. Nuestra vida
teatral vuelve a dar pruebas de amplitud, creciente
profesionalidad y ese noble ingrediente que sigue siendo
la auténtica confrontación de las ideas. Devolvernos al
gran pensador de una forma humana y creíble puede
funcionar, además, como un formidable punto de partida
para otras reflexiones sobre la vida social de ahora
mismo.
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