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MARX EN EL SOHO
 
Cuando se publicó Das Kapital, lo celebramos, pero Engels nos tuvo que dar algún dinero para desempeñar la mantelería y los platos para la cena. Engels… un santo. No hay otra palabra para él. Cuando nos cortaron el agua y el gas y la casa se quedó a oscuras y nuestro ánimo por los suelos, Engels pagó las facturas. Su padre tenía fábricas en Manchester. Sí... (Sonriendo)...el capitalismo nos salvó.

Howard Zinn |
EE.UU.

 


(Las luces se encienden y apagan varias veces, como amenazantes. Marx mira hacia arriba y se dirige al público)

¡Al comité no le ha gustado eso!

(Su tono se hace más suave, evocador) En ese pisito del Soho, Jenny calentaba sopa y hervía patatas. Siempre teníamos pan recién hecho de nuestro amigo el panadero que estaba calle abajo. Nos sentábamos alrededor de la mesa y comíamos mientras discutíamos los acontecimientos del día... La lucha de los irlandeses por la libertad, la última guerra, la estupidez de los líderes del país, la oposición política dedicada solo a dar chillidos, la cobardía de la prensa… Supongo que las cosas son diferentes ahora, ¿eh?

Después de cenar, limpiábamos la mesa y yo me ponía a trabajar. Con mis cigarros a mano y un vaso de cerveza. Sí, trabajaba hasta las tres o las cuatro de la mañana. Mis libros apilados a un lado y los informes parlamentarios a otro.

Jenny se sentaba al otro lado de la mesa, transcribiendo... Mi letra era imposible y ella volvía a escribir cada una de mis palabras... ¿Podéis imaginar un acto más heroico?

De vez en cuando había una crisis. No, no una crisis mundial. Un libro había desaparecido. Un día eché en falta mi Ricardo. Le pregunté a Jenny: "¿Dónde está mi Ricardo?"

"¿Quieres decir Principios de economía política?" Bueno, ella pensaba que yo había terminado con él y lo había llevado a la tienda de empeño.

Perdí los estribos. "¡Mi Ricardo! ¡Has empeñado mi Ricardo!”

Ella me dijo: "¡Tranquilízate! ¿No empeñé yo la semana pasada la sortija que me regaló mi madre?”

Así es como era ella. (Suspira) Lo empeñábamos todo. Especialmente recuerdos de la familia de Jenny. Cuando terminamos con los recuerdos, empeñamos nuestra ropa. Un invierno — ¿conocéis los inviernos de Londres?— lo pasé sin mi abrigo. En otra ocasión salí de mi casa y noté que mis pies se quedaban helados sobre la nieve, y entonces me di cuenta de que no llevaba zapatos. Los habíamos empeñado el día anterior.

Cuando se publicó Das Kapital, lo celebramos, pero Engels nos tuvo que dar algún dinero para desempeñar la mantelería y los platos para la cena. Engels… un santo. No hay otra palabra para él. Cuando nos cortaron el agua y el gas y la casa se quedó a oscuras y nuestro ánimo por los suelos, Engels pagó las facturas. Su padre tenía fábricas en Manchester. Sí... (Sonriendo)...el capitalismo nos salvó.

Él no siempre entendía nuestras necesidades. No teníamos dinero para comprar comida y nos enviaba ¡cajas de vino! Unas navidades, cuando no teníamos forma de comprar un Weihnachtsbaum —un árbol de Navidad— Engels llegó con seis botellas de champagne. Así que nos imaginamos el árbol, formamos un círculo a su alrededor y cantamos villancicos. (Marx tararea un villancico)

Sé que mis amigos revolucionarios pensarán: ¡Marx, el ateo, con un árbol de Navidad!
 

Sí, yo describí la religión como el opio del pueblo, pero nadie ha puesto nunca atención al párrafo completo. Escuchad. (Coge un libro y lee) "La religión es la tabla de salvación de las criaturas oprimidas, el corazón de un mundo sin corazón, el alma de las condiciones desalmadas, el opio del pueblo". Cierto, el opio no es una solución, pero puede ser necesario para aliviar el dolor. (Mueve la cabeza) Lo sé muy bien por mis diviesos. No hay nada en el mundo tan horrible como los diviesos.

Estaba pensando en Jenny. (Se detiene, se frota los ojos) Cómo empaquetó todas nuestras pertenencias y se trajo a nuestras dos hijas, Jennichen y Laura a Londres. Y después parió tres veces en nuestro miserable y frío piso de Dean Street. Cuidó a aquellos niños e intentó darles calor. Y vio cómo se morían uno tras otro… Guido todavía no había empezado a andar. Y Francesca tenía un año… En cuanto a Moosh, vivió ocho años, pero algo anduvo mal en él desde el principio. Tenía una hermosa cabeza, pero el resto de su cuerpo nunca creció. La noche que murió todos dormimos en el suelo alrededor de su cuerpo hasta que llegó la mañana.

Cuando nació Eleanor tuvimos miedo. Pero ella era muy fuerte. Fue bueno que tuviera dos hermanas mayores. Ellas habían conseguido sobrevivir. Jennichen nació en París. París es maravilloso para los enamorados, pero no para los niños. Es algo que hay en su aire. Laura, nuestra segunda hija, nació en Bruselas. Nadie debería nacer en Bruselas.

En Londres no teníamos dinero. Pero todos los domingos nos íbamos a comer al campo. Una hora y media caminando, Jenny y yo, las niñas y Lenchen (oh, ya les hablaré acerca de ella)... Lenchen hacía un asado de ternera. Y llevábamos té, pan, queso, cerveza. Eleanor era la más joven, pero bebía cerveza.

No teníamos dinero, pero las niñas necesitaban vacaciones. Una vez cogí el dinero del alquiler y las envié a la costa atlántica francesa. Otra vez, con el dinero de la comida compré un piano, porque a las chicas les gustaba la música.

Un padre se supone que no debe tener favoritos entre sus hijos. ¡Pero Eleanor! Yo solía decirle a Jenny: "Eleanor es una niña extraña". Y Jenny replicaba: “¿Tú esperas que los hijos de Marx sean normales?".

Eleanor era la más joven, la más brillante. Imaginaos un revolucionario de ocho años. Esa es la edad que tenía en 1863. Polonia se había rebelado contra la dominación rusa y Tussy escribió una carta (así es como la llamábamos: Tussy)... escribió a Engels sobre "esos valientes camaradas polacos", como ella les llamaba. ¡A los nueve años envió una carta a América, a la atención del presidente Lincoln diciéndole cómo ganar la guerra a los confederados!

También fumaba. Y bebía vino. Todavía era una niña. ¡Vestía muñecas mientras se bebía un vaso de vino! Cuando tenía diez años jugaba al ajedrez conmigo y yo no podía ganarle con facilidad. A los quince años de repente se convirtió en una furibunda detractora de la ley que ordenaba guardar el día del Señor. No se permitía ninguna actividad en domingo. Así que organizó "La tarde de los domingos para el pueblo" en St Martín' s Hall, trajo músicos que interpretaban a Handel, Mozart, Beethoven. El local estaba repleto. Dos mil personas. Era ilegal, pero no fue arrestada. Una lección. Si vas a quebrantar la ley, hazlo con dos mil personas... y con Mozart.

Yo solía leer a Shakespeare, Esquilo y Dante en voz alta a ella y a sus hermanas, y eso le encantaba. Su habitación era un museo de Shakespeare. Sabía de memoria Romeo y Julieta e insistía en que le leyera una y otra vez las palabras de Romeo cuando ve a Julieta por primera vez:

"El brillo de sus mejillas apagaría las estrellas, lo mismo que la luz del día apaga las antorchas; sus ojos celestiales son tan brillantes en la noche que los pájaros comenzarán a cantar pensando que es de día".

No era fácil, vivir con Tussy. ¡Oh, no! ¿Sabéis lo molesto que es tener una niña que encuentra defectos en tus razonamientos? ¡Discutía conmigo sobre mis escritos! Por ejemplo, mi ensayo “Sobre la cuestión judía”. No es fácil de entender, lo admito. Bueno, pues Eleanor lo leyó e inmediatamente se enfrentó conmigo: ¿Por qué consideras a los judíos representativos del capitalismo? No son los únicos envenenados por los negocios y la avaricia".

"Intenté explicarle: "No singularizo en los judíos. Solo los utilizo como un ejemplo real". Su respuesta fue comenzar a usar una estrella judía. "Soy judía", anunció. ¿Qué podía yo decide? Me encogí de hombros y Eleanor dijo: "¡Ese es un gesto muy judío!" ¡Podía ser realmente molesta!

Tussy sabía que mi padre se había convertido al cristianismo. No era práctico ser judío en Alemania... ¿Es práctico ser judío en alguna parte? Me habían bautizado a los ocho años. Este hecho intrigaba a Eleanor. Me preguntó: "Moro" —la familia me llamaba Moro a causa de mi piel morena". Sé que estás bautizado. Pero antes fuiste circuncidado, ¿no es cierto?" ¡Nada tan molesto como esa chica!

En tales ocasiones se ponía imposible. Escuchad esto. Junto con su estrella judía llevaba su crucifijo. No, no es que fuera cristiana, era por su apoyo a los irlandeses y a su rebelión contra Inglaterra. Conoció la lucha de los irlandeses por Lizzie Burns, el amor de Engels.

Lizzie era analfabeta, no sabía leer. Engels hablaba nueve idiomas. Podría pensarse que era difícil para ellos comunicarse. Pero se amaban. Lizzie era activista del movimiento irlandés. Tussy la visitaba y las dos se sentaban en el suelo a beber vino juntas y cantar canciones irlandesas hasta que les vencía el sueño.

Hubo una noche terrible, la noche en que el gobierno inglés otorgó a dos jóvenes irlandeses justo allí, en el Soho, con toda una multitud borracha, gritando. ¡Esos gentiles ingleses, con su té de las cinco y sus ejecuciones públicas! Creo que ahora ya no se cuelga a la gente... Ahora se les gasea, se les inyecta veneno en las venas o se utiliza la electricidad para quemarles hasta que mueren. Es mucho más civilizado. Sí, colgaron a dos jóvenes irlandeses por desear la libertad de su tierra. Eleanor lloró y lloró.

Le dije: "Tussy, no debes involucrarte tan pronto en los horrores del mundo. Solo tienes quince años". Y ella me contestó: "Esa es la cuestión, Moro. No tengo trece. No tengo catorce. Tengo quince".

Sí, tenía quince años y se encaprichaba de cualquier hombre gallardo y de buena presencia que visitaba nuestro piso. Podría hacer una lista. Durante toda su vida Eleanor fue inteligente en asuntos políticos, pero tonta en asuntos sentimentales. Estaba loca por el héroe de la Comuna de París, Lissagaray. Bueno, al menos era francés.

El compañero de Jennichen era inglés. Los hombres ingleses son como la comida inglesa. ¿Es necesario decir algo más? Y luego estaba el amor de Laura, LaFargue. Sus demostraciones públicas de ardor eran absurdas. Le ponía la mano en el trasero en público, como si fuera la cosa más natural del mundo. Y Jenny le defendía. "Es su pasado creole", decía. "Ya sabes que su familia vino a Francia procedente de Cuba". ¡Como si todo el mundo en Cuba anduviese con las manos en el trasero de los demás!
 

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