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EL GÉNERO TESTIMONIO Y EL CINE CUBANO
Las
primeras películas del cine cubano que narraron
episodios de la lucha contra la dictadura batistiana en
la Sierra o en las ciudades (Historias de la
Revolución, de Tomás Gutiérrez Alea y El joven
rebelde, de Julio García Espinosa), lo hicieron a
partir de las enseñanzas, entonces tan cercanas en el
tiempo del neorrealismo.
Víctor
Casaus |
La Habana
Paralelamente al documental, comenzó a desarrollarse
dentro de la naciente cinematografía cubana el cine de
ficción. Sin la estructura industrial necesaria para el
desarrollo de ese género, sin antecedentes que
acumularan la significación cultural mínima para
convertirse en punto de partida válidos, la maduración
del cine de ficción se produjo, como es fácil imaginar,
en un periodo de tiempo más dilatado, con un ritmo más
lento.
A lo largo del camino
recorrido es también posible seguir, rastrear la
presencia de lo testimonial, incluso desde sus obras más
tempranas. Para el cine de ficción, la presencia de los
testimonial —que ya hemos considerado como inherente en
principio a toda obra de arte— se manifestaba como
cumplimiento de una necesidad surgida del momento
histórico que vivía el país, y dentro de él, los
artistas que trataban de llevar a sus obras los rasgos
definitorios de su tiempo. Es decir, temáticamente la
urgencia se presentaba con claridad: recrear en las
obras de ficción la historia más reciente, las batallas
que habían hecho posible el nacimiento de aquellas
obras, de este cine: una concatenación de hechos y
consecuencias afirmada en los valores de la honestidad y
el compromiso.
En lo estilístico, se
estableció una divisa que ha llegado hasta nuestros
días: la apertura, la búsqueda de caminos de expresión,
la confianza en el valor de la experimentación, todo
ello orientado, eso sí, hacia un objetivo central: “el
apresamiento de una realidad que en nuestro país es, sin
que sea necesario para llegar a ella otra cosa que la
honestidad y el rigor intelectual, la revolución,
y con un resultado que se definiera en una palabra
clave, reveladora de las potencialidades del arte y su
aporte al fortalecimiento de la cultura nacional: la
autenticidad”. Lo testimonial se hizo carne de aquella
divisa general en la influencia de una escuela
cinematográfica que representaba características afines
—en el contexto de su nacimiento, sus métodos, en sus
definiciones estéticas— con la realidad cubana de
aquellos años: el neorrealismo italiano. Las primeras
películas del cine cubano que narraron episodios de la
lucha contra la dictadura batistiana en la Sierra o en
las ciudades (Historias de la Revolución, de
Tomás Gutiérrez Alea y El joven rebelde, de Julio
García Espinosa), lo hicieron a partir de las
enseñanzas, entonces tan cercanas en el tiempo del
neorrealismo. Hoy podrán juzgarse con la frialdad de la
distancia y encontrar en ellas, seguramente, más de una
rasgo ingenuo, más de una interpretación insuficiente.
Pero para hacerles justicia —una justicia que
precisamente es posible hacer desde la distancia— es
necesario destacar, primero, su carácter de obras de
fundación y, después, su vocación genuinamente popular
heredada del neorrealismo, de la fuerza de los temas que
las originaron y también del contexto histórico en que
se realizaron, en todo lo cual vemos cumplirse, ya desde
estas primeras obras, la presencia de lo testimonial en
el cine cubano de ficción.
Más adelante, en el
camino del desarrollo de ese cine, se producirá —como
rasgo que consideramos esencial y que lo marcará
dramatúrgica y estilísticamente— la influencia del
testimonio, es decir, de su equivalente cinematográfico:
el documental. La importancia de esa influencia dice
mucho del nivel logrado por la documentalística cubana:
el alcance de su vitalidad y de la eficacia de sus
recursos lingüísticos, estilísticos, va más allá de las
fronteras de su propio género para fecundar otros
territorios creativos. Eso es un hecho incuestionable.
Es necesario, sin
embargo, a la hora de intentar el análisis de este
fenómeno, rechazar la tentación de una valoración
similarmente sectaria, aunque de signo contrario: “el
cine es el cine documental, por ello pudo influir
de ese modo a la ficción”. Semejante punto de partida
sería igualmente erróneo y limitador. La influencia del
documental es preciso verla y valorarla en su contexto
—el contexto que precisamente le dio vida—: un
movimiento cinematográfico nacido al calor de una
Revolución socialista, que propone una actitud de
búsqueda y de apertura en la penetración de la realidad
y que está realizando, paralelamente, un proceso
descolonizador de gustos y mentes en el público, en el
pueblo. Ubicado en ese terreno amplio, al que pertenece
y al cual ayudó a desarrollar a su vez, el fenómeno de
la influencia del documental en la ficción —y más allá:
de la interrelación entre ambos, de su función— se
revela como uno de los rasgos más importantes en la
génesis e historia del cine cubano y como uno de los
aportes más significativos a su dramaturgia. Si lo
testimonial (lo documental) comenzó siendo un aspecto
visiblemente presente en las primeras obras del cine
cubano de ficción, más adelante se constataría, además
de esto, la irrupción de elementos y recursos
narrativos, lingüísticos del documental (del
testimonio) en esas obras. Si la estructura continúa
siendo básica y evidentemente la obra de ficción, la
inclusión de elementos documentales de manera orgánica y
creadora dan a esas obras, en ocasiones, otra
cualidad comunicativa, otra inmediatez, y en algunos
casos apuntan hacia los rasgos de otra
dramaturgia. Para situarnos ya en los ejemplos, a fines
de la década del 60 —que marca, por otra parte, la
madurez del cine cubano de ficción— la estructura de
Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea;
el uso de “La Guantanamera” y la atmósfera general del
último cuento de Lucía, de Humberto Solás; y ya
más abiertamente volcado hacia lo documental, La
primera carga al machete, de Manuel Octavio Gómez,
son ejemplos de la incorporación de elementos
documentales a las obras más significativas que abrieron
aquel periodo.
II
Mientras las obras de
ficción van incorporando a lo largo de este tiempo
recursos, métodos de filmación, estructuras que
originalmente pertenecieron solo al documental, otro
proceso de integración de lenguajes —y de nacimiento de
lenguajes nuevos— ocurre en el desarrollo del cine
documental cubano.
Si entre sus primeras
obras pudimos encontrar algunas en las que se intentaba
convertir en ficción temas y momentos realmente
documentales —a partir, en ciertos casos como hemos
dicho, de una actitud vergonzante ante el género
documental—, más adelante este proceso invertirá sus
objetivos y métodos y logrará, por esa vía, un
importante paso ene esa integración lingüística
documental-ficción que hemos venido analizando. Ya no se
trata de separar, dentro de un mismo filme, momentos de
ficción y momentos —fatalmente— documentales. Ahora se
trata de yuxtaponer orgánicamente — con el objetivo de
obtener un resultado nuevo, simiente quizás de
una nueva dramaturgia— los recursos lingüísticos de la
ficción y del documental, sin que esto suponga que los
autores estén tratando de “alcanzar el nivel” de una
obra de ficción, sino por el contrario, manteniendo la
confianza en las posibilidades del documental.
Muerte y vida en el
Morrillo,
de Oscar Valdés marca un momento importante de ese
proceso integrador. La escena reconstruida a la manera
de la ficción que ocurre detrás del entrevistado
mientras este nos habla en primer plano, no aspira a
convertirse, en sí misma, en el sustituto del
método documental para contarnos aquel hecho; por el
contrario, es el método documental, enriquecido
por aquella reconstrucción —la que no aspira, por otra
parte, a que se le tome por la realidad misma—, el que
logra, fusionando recursos lingüísticos de diversa
procedencia genérica, un abordaje vivo, dinámico de
aquel momento dramático y violento que nos narran, a
la vez, el entrevistado y la reconstrucción. Esta
línea alcanzará nuevo desarrollo y complejidad con el
filme Girón, de Manuel Herrera en el que también
podemos encontrar algunos puntos de contacto con el
género literario del testimonio, que evidencia,
nuevamente, dos de las ideas que hemos venido esbozando
hasta aquí: el creciente enriquecimiento del género
literario, con su capacidad para convertirse en un
instrumento de comunicación contemporáneo, inmediato y
eficaz; y la estrecha relación existente entre el
testimonio en la literatura y la presencia creciente del
documental y de lo documental en el cine cubano, que
llega a incluir la partición de los rasgos de una
dramaturgia nueva. El filme Girón rebasa la
primera idea desde el guión mismo: este se basa,
fundamentalmente, en un libro de testimonio, Girón en
la memoria, de Víctor Casaus, del que toma la
estructura y la mayoría de sus personajes. Y se
convierte en un brillante ejemplo de la segunda idea al
afrontar exitosa y creadoramente el reto de unir en un
mismo filme la autenticidad de un hecho histórico —por
otra parte, tan reciente que convierte a la mayoría de
los espectadores en sus contemporáneos— con el disfrute
de su reconstrucción como espectáculo, sin que esto
último alcance una presencia tan abrumadora que anule su
peso histórico, como sucede en los tradicionales filmes
de guerra de las cinematografías comerciales
capitalistas. La respuesta a este reto fue ofrecida por
la integración del documental y elementos lingüísticos
del cine de ficción. Estos últimos fueron llevados al
filme — y resueltos por tanto— de una manera imaginativa
y creadora. Girón se filmó con recursos
materiales que impedían la reconstrucción total, global
de los combates que constituyen el centro del filme.
Esta limitación material fue convertida realmente, por
sus realizadores, en un punto de partida para la
búsqueda de una forma distinta, nueva, de narrar aquella
historia. A golpes de imaginación y montaje se recrearon
combates aéreos trabajando con contratipos de películas
americanas de los años 50, reencuadrados en truca, y se
tomó nuevamente Girón, ahora —en el filme— utilizando
solamente dos tanques. En ese sentido, Girón
queda como ejemplo de algo que mencionaremos nuevamente
más adelante: una actitud.
Los métodos de
integración de elementos de ficción y el documental se
continúan asimismo en Pablo, otro filme que
muestra relación directa con el género literario del
testimonio, aunque esta vez de manera inversa: primero
fue el filme y después su tema se convirtió en libro. En
Pablo se enriquece, a partir de la utilización del color
—sepia para el pasado, colores para el presente y
disolvencias que pasan de uno a otro tiempo dentro del
mismo plano—, la relación entrevistado-reconstrucción, a
la vez que, dentro de estas últimas, muchas veces se
integran contratitos originales de la época y fotos
animadas, acentuando la sugerencia realidad-documental
en que se mueve toda la proposición estética del filme.
En esta línea
integradora de lenguajes diferentes —pero no
antagónicos, como hemos visto— se ha movido, por un
lado, la ficción en busca de una autenticidad mayor,
acercándose a la influencia contemporánea de otros
géneros y medios expresivos; y, por otra parte, el
documental, haciendo proposiciones que apuntan hacia
nuevos métodos dramatúrgicos. En esa doble línea
convergente —en cuyo interior caben todos los hallazgos,
todas las búsquedas y todos los tanteos, acertados o no,
del cine cubano— se encuentra, pensamos, el mayor valor
y el aporte general más significativo de nuestro cine.
Fragmento del ensayo homónimo tomado
del libro Cine, Literatura y Sociedad, Editorial
Letras Cubanas, La Habana, 1982 |