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EL DOCUMENTAL CUBANO DESDE
SUS ORÍGENES HASTA NUESTROS DÍAS
Del
mismo modo en que la primera película de la historia del
cine fue un documental. Hoy dificultades
y escollos no faltan para salir adelante en los tiempos
que corren, el prestigioso género
fílmico del cine cubano insiste en desempeñarse airoso
frente a los retos y desafíos que le salen al paso.
Mario
Naito López *|
La Habana
Del mismo modo en que
la primera película de la historia del cine fue un
documental —un filme de los hermanos Lumière—, la
primera cinta cubana ostentó también esta categoría
genérica. En fecha tan temprana como el 7 de febrero de
1897, a dos escasas semanas de la función inaugural del
cinematógrafo en Cuba, el francés Gabriel Veyre, quien
lo introdujo aquí después de haber arribado de México,
rodó un ejercicio del cuerpo de bomberos del Comercio de
La Habana, a petición de la actriz española María Tubau,
quien se encontraba actuando en el Teatro Tacón con su
compañía de teatro. Dicha representación filmada se
conoció con el título de Simulacro de incendio y tenía
un minuto de duración. Este material, como casi todos
los documentales del período silente, se perdió al no
existir en aquella época una preocupación permanente por
su conservación.
Al año siguiente, al actor cubano José E. Casasús le
correspondió la fortuna de realizar nuestro primer corto
publicitario: El brujo desapareciendo, que estuvo
dedicado a servir de propaganda a una firma cervecera.
Una copia de este se envió a los hermanos Lumière, y la
otra a Thomas A. Edison. En esta pequeña película
colaboró con Casasús un muchacho de quince años de edad
llamado Enrique Díaz Quesada, que luego se convertiría
en la figura más relevante del cine cubano en la etapa
muda.
Entre 1906 y 1915, Díaz Quesada fue el principal
realizador de documentales en nuestro país. El parque de
Palatino (1906) es la muestra más antigua que se
conserva de una película suya, así como la única
existente, en los archivos, de todas las rodadas por
este pionero del cine nacional. Desde inicios del siglo
XX hasta mayo de 1923 en que fallece, Díaz Quesada luchó
tenazmente por impulsar la producción cinematográfica en
Cuba.
Un fuego que tuvo
lugar poco después de su muerte destruyó prácticamente
casi todos los negativos de su obra. Entre los filmes
rodados por él figuran La Habana en agosto de
1906, La salida de palacio de Don Tomás Estrada
Palma, Un turista en La Habana, Un cabildo en Ña
Romualda, Los festejos de la Caridad en Camagüey, Toma
de posesión de José Miguel Gómez, Salida de Mr. Magoon
de Cuba, Los funerales de Morúa Delgado, Los cruceros
Cuba y Patria entrando en el puerto de La Habana, Vuelo
del aviador McCurdy sobre La Habana, Salida de tropas
hacia Santiago de Cuba durante la guerra racista, El
epílogo del Maine, Industria de la caña de azúcar, Los
carnavales de Cienfuegos, Toma de posesión del general
Menocal, Inauguración de la estatua del general Maceo.
Como se observa, en sus inicios, el documental tuvo
una función principalmente de carácter testimonial,
donde se recogían algunos de los sucesos políticos,
sociales, históricos o culturales, significativos de la
época, aunque también ejerció un papel promocional o
divulgativo. El propio Díaz Quesada realiza, en 1910, un
trabajo de publicidad: El sueño de un estudiante de
farmacia, en el que se muestran distintos
departamentos de la antigua Droguería Sarrá, y dos años
más tarde, Festival infantil de Bohemia, un reportaje
sobre una distribución de juguetes organizada por dicha
publicación para los niños habaneros. En 1915, el
llamado "padre de la cinematografía cubana" captó en
celuloide la pelea de boxeo entre Jess Willard y Jack
Johnson, que tanto diera que hablar en su tiempo. Un
lustro después rodará Cómo se hace un periódico,
que además de mostrar el proceso de edición de un diario
anunciaba el concurso del periódico La noche,
para elegir al artista más popular del momento.
En 1920 se edita ya un primer noticiero silente, Suprem
Film, que contenía noticias sobre la alta sociedad y
anuncios comerciales. Su realizador era Juan Valdés y en
él colaboraba el cronista social Enrique Fontanills. Su
frecuencia era esporádica. Además, de este intento de
noticiario, hubo otros de la etapa muda como las
Actualidades Habaneras, de Jorge Piñeyro, Salvador
Cancio (Saviur) y Rogelio Pujol, en colaboración con el
periódico La Prensa; el Noticiero OK —que
también editó Juan Valdés—; el Noticiero Santiagueras
—más bien una revista cinematográfica—; y el Noticiero
Liberty, pero solo este último continuó en el período
sonoro, aunque con ediciones ocasionales.
De la segunda mitad de la década de 1910 se tiene
conocimiento de otros documentales, de los cuales
tampoco se conservan copias, pero cuyos realizadores se
desconocen. Entre estos se sabe de títulos como
Convulsión liberal en Oriente, Cuba en la guerra, La
manifestación en honor de Estados Unidos, Las regatas de
Varadero y El soldado de Cuba.
Entre los materiales del género, de determinada
importancia, en la década de los años veinte, pueden
citarse: La llegada del Alfonso XIII —un corto
publicitario del refresco Orange Crush—; Las regatas
de Cienfuegos, Camagüey histórico y legendario, de
Anselmo Lazcano; dos reportajes sobre el ciclón de 1926
—uno de Manuel Andreu y otro de Abelardo Domingo—;
¿Cuál es la cubana de los ojos más lindos?, de
Ernesto Gallardo (divulgador de un concurso publicitario
auspiciado por la revista Bohemia, para escoger a
la criolla de los ojos más bellos). De este último
material se conserva copia en la Cinemateca de Cuba.
En 1925 el gobierno del general Gerardo Machado creó un
departamento de cinematografía, adscrito a la Secretaría
de Obras Públicas, que filmó miles de pies de películas
de carácter propagandístico. Su director fue Manuel
Martínez Illas, realizador de documentales que había
debutado en 1906 rodando el corto Cine y azúcar,
para la Manatí Sugar Company. Parte de este metraje está
archivado en las bóvedas de la Cinemateca, el cual había
sido añadido en los años 50 a noticieros de esa época.
Para realizar la
primera demostración de cine sonoro en Cuba, el inventor
norteamericano Lee De Forest viajó en febrero de 1926 a
nuestro país con sus equipos de filmación. El gobierno
del general Machado financió un documental con el
propósito anterior, que comprendía escenas del malecón
habanero, de un sorteo de la Lotería Nacional, de la
Banda del Estado Mayor dirigida por el capitán Luis
Casas Romero interpretando el Himno Nacional, de la
Guardia Presidencial, y de la soprano Luisa María
Morales cantando “Noche azul” en el Teatro Nacional.
Lamentablemente no se conserva copia de este material.
Sin embargo, del primer experimento de cine sonoro
realizado en Cuba por técnicos cubanos, que data de
1932, sí se guarda constancia. Max Tosquella y Arturo "Mussie"
del Barrio, trayendo equipos procedentes de EE.UU.
ruedan un corto publicitario sobre un hotel situado en
la esquina de las calles G y 25, en el Vedado. A este
documental se le conoce posteriormente como Un rollo
Movietone. Del Barrio, Antonio Perdices y Ramón Peón
habían fundado, en 1929, la BPP Pictures que además de
algunos largometrajes de ficción produjeron una serie de
documentales conocidos con el nombre genérico de
Conozca a Cuba.
En los archivos de la Cinemateca se conserva una copia
del No.5 de los materiales de esta serie, realizado por
Max Tosquella, donde se recoge la inauguración de
pabellón "García Tuñón" en la antigua Quinta de
Dependientes, hoy Diez de Octubre; también se guarda
otro título de la serie referente al bojeo del buque
escuela "Patria" por las costas de Cuba, que también
dirigió el mismo Tosquella. La BPP Pictures realizó,
además, otros documentales como Varona Suárez y el
baile de las naciones y La última jornada del
Titán de Bronce, ambos de 1930, de los cuales se
conservan copias.
En 1932, Max Tosquella rueda propiamente el primer
cortometraje sonoro, Maracas y bongó, con música de
Eliseo Grenet, aunque este tiene una trama de ficción.
Como en los primeros años treinta escaseaban los
recursos, todavía fueron realizados algunos documentales
mudos en este período como El terremoto de Santiago
(de Cuba), en 1932, y La epopeya revolucionaria
y Una página de gloria, ambos de 1933.
Durante la república neocolonial numerosas empresas e
individuos se vincularon al negocio de la producción de
documentales y cortometrajes, pero muy pocos lograron
subsistir durante un período razonable. Entre ese
privilegiado grupo figuró Manolo Alonso, dibujante,
administrador de cines, periodista, y sobre todo gran
negociante, quien logró monopolizar desde principios de
los años 40 hasta 1950 la producción de noticieros,
además de realizar documentales, comerciales y dedicarse
a la exhibición. Comerciantes, políticos, el gobierno
mismo, utilizaban fundamentalmente el cine como medio de
propaganda. Las empresas de los noticiarios
incursionaron también en el género documental y
produjeron cortos que a veces denominaban con nombres
genéricos: Miniaturas Royal —serie de tipo
turístico y didáctico inaugurada por Luis Ricardo
Molina, editor del reportaje La tragedia de Cali
(1937), perteneciente al Noticiero Royal News—,
Verdades increíbles, etcétera.
Al comenzarse a incorporar el sonido al celuloide
aparecen los primeros cortometrajes musicales: El
frutero (1933) y Como el arrullo de palmas
(1936), de Ernesto Caparrós, inspirados en la música del
compositor Ernesto Lecuona.
Lamentablemente no se han podido localizar copias de
estas obras. En 1938, el propio Caparrós realiza
Tam-Tam o El origen de la rumba, que muestra el
desarrollo de este baile afrocubano desde la época de la
esclavitud hasta el año de su producción. Es en este
mismo año en que el Partido Socialista Popular, de
orientación comunista, funda la Cuba Sono Film, la cual
a través de Luis Álvarez Tabío y el operador José Tabío
realiza numerosos noticieros y documentales. Esta
institución fílmica, que se mantuvo hasta 1948, plasmó
en imágenes la historia del movimiento obrero y sindical
cubano de esos años, además de denuncias y valiosos
testimonios de la realidad del país, pero el material se
ha perdido en su casi totalidad. Entre los documentales
militantes iniciales pueden citarse títulos como Acto
a Castelao, Gran manifestación de septiembre de 1938,
Toma de posesión del Comité Nacional del Partido
Comunista, Asamblea Juvenil por la Constituyente,
Constitución de la CTC, Gran manifestación del 20 de
agosto de 1939, La Jata: intento de desalojo en
Guanabacoa, Llegada de combatientes internacionalistas
cubanos, Por un Cerro mejor, Talleres para Hoy.
Entre los cortometrajes documentales de finales de los
años 30, aparte de los materiales sensacionalistas que
los noticieros recogían, se rodaban reportajes
especiales sobre sucesos deportivos como La pelea de
Kid Chocolate y Fillo Echevarria, producido por
Jorge Piñeyro, o sobre la crónica roja como El caso
de Margot García Maldonado, de Leo Aníbal Rubens. En
el panorama de los años de la Segunda Guerra Mundial
junto a documentales de la Cuba Sono Films como
Escuelas del Ecuador, Manzanillo: un pueblo alcalde, El
desalojo de Hato del Estero (con textos de Nicolás
Guillén y musicalización de Alejo Carpentier) ,
Azúcar amargo, La lucha del pueblo cubano contra el
nazismo, ¡A trabajar para el pueblo!, Los carboneros de
la ciénaga, sur de Batabanó y Yaguajay, un pueblo
alcalde, coexisten cortos musicales como Mis
cinco hijos y Ritmos de Cuba, ambos de
Ernesto Caparrós, el primero patrocinado por la Cerveza
Polar; Embrujo del fandango, con Carmen Amaya y
su conjunto de bailes flamencos, producido por la
Compañía Cinematográfica Cubana, y Flor de Yumurí,
con Esther Borja, ambos de Jean Angelo; Ritmo de
maracas, de Antonio Jiménez Armengol —el primero de
los documentales de Producciones Cubanas, S.A., fundada
por este último y Enrique Crucet, realizador años más
tarde de La ruta de Martí—, y Amor en
kilociclos, de Manolo Alonso, con Rosita Fornés y
René Cabel. Otros realizadores de documentales de esa
época fueron José A. Sarol (Su majestad el ladrillo,1940;
Camagüey, 1944; Los parques de La Habana
—aparentemente el primer filme en colores revelado en
Cuba mediante el sistema Ansco Color—, 1944; Santiago
heroico y sentimental, 1946); Enrique Bravo
(El caso Oriente, 1942), quien había sido
fotógrafo de El crimen de la descuartizada
(1939), cortometraje de la serie amarilla La Noticia
del Día, fundada por Jorge Piñeyro y Manolo Alonso,
apéndice del Noticiario Cinematográfico Cubano CMQ-El
Crisol; Aurelio Lagunas (Cienfuegos, la perla del Sur,
1942); El lenguaje de las flores y Palmares,
1944; Víctor Reyes (El diablo fugitivo, 1944);
José Antonio García Cuenca (Isla del Tesoro,
rodado en los años cuarenta); César Cruz (Ahí viene
la conga, 1946); Alberto G. Montes (Borrando
huellas de otras épocas, Construyendo nidos de
esperanza, Distancias fáciles, Nace un futuro, todos
de 1946, casi todos propagandísticos por encargo del
gobierno de Ramón Grau San Martín); Bebo Alonso,
camarógrafo hermano de Manolo (Prensa, baluarte de la
libertad —premio nacional "Juan Gualberto Gómez"—,
1946, aparentemente también en función de propaganda);
Bernabé (Bebo) Muñiz (La historia íntima de cayo
Confites —premio al mejor documental bélico otorgado
por la Federación de Redactores Cinematográficos y
Teatrales—, 1947). En la segunda mitad de la década del
40 la Cuba Sono Films produce, entre otros documentales,
Un héroe del pueblo español: José Gómez Gayoso,
Realengo 18, Ventas de Casanova, Los precaristas de
la hacienda Sevilla, y Funerales de Jesús
Menéndez, siendo esta la última de sus
realizaciones.
En el período sonoro
hasta 1959, se fundaron unos veinticinco noticieros,
incluidos los que se editaron en el interior de la Isla.
Al fusionarse algunos de ellos con diversas empresas
—radioemisoras, periodísticas, industriales— o entre sí,
adaptaban nuevos nombres, pero mantenían los mismos
editores y lineamientos. Entre el 85 y el 90% de los
noticieros que se creaban, desaparecían en corto
tiempo El Royal News, de Luis Ricardo Molina, y los de
Manolo Alonso, Nacional y América —en sus frecuentes y
variables asociaciones con otras empresas— fueron los
únicos que lograron mantenerse a través de los años. Más
tarde les siguieron Cineperiódico, de José Guerra
Alemán, y Noticuba, de Eduardo Hernández (Guayo), que
logró realizar un reportaje sobre la lucha guerrillera
revolucionaria de Fidel Castro en las montañas de la
Sierra Maestra. Estos últimos cuatro eran los únicos que
aún se editaban al terminar el año 1958.
Los noticieros más importantes subsistían, mayormente,
por las prebendas, comisiones del gobierno y
"contribuciones" de grandes empresas de servicio
público, que pagaban mensualidades para evitar críticas
o denuncias públicas.
Asimismo se utilizaban a conveniencia para propaganda
política, crónica social, etcétera. Una característica
de los noticiarios cubanos fue agregarle un segmento,
casi siempre, de corte humorístico, patrocinado por
alguna firma comercial para atraer la atención del
público. Por ejemplo, Cine Revista, de los años
cincuenta, con unos diez minutos de duración, contenía
breves documentales, notas deportivas y sociales, modas,
y una selección de chistes.
De toda esta tendencia publicitaria, por supuesto,
estuvo libre el Noticiero Gráfico Sono Film, auspiciado
por el Partido Socialista Popular en los años cuarenta.
Los documentales de la década de los años cincuenta, en
su mayoría, se caracterizaron predominantemente por su
espíritu propagandístico, incluyendo a menudo una
función turística o comercial. Manolo Alonso, además de
haber realizado dos de los largometrajes de ficción más
significativos del cine cubano de esa época: Siete
muertes a plazo fijo y Casta de roble, y de
ser la personalidad rectora de los noticiarios de esos
años, produjo o dirigió muchos de esos cortometrajes,
entre ellos algunos interesantes como Milagro en el
mar (1951) —premio de la Federación de Redactores
Cinematográficos y Teatrales— y Virgen morena,
patrona de Cuba (1952), pero gran parte de su obra
documental estuvo muy comprometida con el régimen del
dictador Fulgencio Batista: Adelante, siempre
adelante (1954-1955), Cambio de poderes
(1955), Una nación en marcha (1957). Alberto
G.Montes, fundador (en 1946) de la empresa Information
Films se dedicó a filmar documentales mayormente por
encargo: Industrias nacionales: el cemento
(1950), Industrias nacionales: textil (1951),
Feria Ganadera (1953), Cienfuegos turístico
(1953), Bayamo M.N. (1955), El moderno San
Rafael (1957), y en 1954 creó la Cuban Color Films
Corp., con Jorge Cancio y George P. Quigley, dirigida a
comerciales en colores. Otros nombres de
documentalistas habituales de esos años fueron los de
J.A. García Cuenca (Paraíso del deportista,
1954), Manuel de la Pedrosa (con algunos de sus cortos
musicales como Del frufrú al mambo, Mambo en
España, Rumba, todos de 1951), y Rogelio Caparrós (La
metalurgia básica nacional, 1957; Tabaco rubio,
1958).
José Guerra Alemán, de Cineperiódico, realiza entre
otros documentales de interés Eva Perón, la dama de
la esperanza (1952), reportaje con motivo de los
funerales de la esposa y estrecha colaboradora del
presidente argentino Juan Domingo Perón, y Haití,
tierra de ensueño (1954) sobre el aniversario 150
de la independencia de ese país. Eduardo Hernández
(Guayo), en su época de integrante de Cineperiódico,
filma Honor a las armas (1951), sobre la Escuela
de Cadetes de Managua, que mereció el Premio Antillana
de ese año; en 1958 haría historia con Sierra
Maestra: baluarte de la Revolución Cubana, reportaje
periodístico de la lucha guerrillera dirigida por el
Comandante Fidel Castro, ya mencionado antes.
Entre los escasos intentos de realizar documentales con
carácter de denuncia social en esos años se hallan
Jocuma o el cabo de San Antonio (1955) y La
cooperativa del hambre (1957), de José A. Sarol —el
primero solo pudo ser estrenado en los cines después de
1959 y el segundo fue destruido por el gobierno de
Batista cuando aún no tenía sonido, junto a toda la
producción y equipamiento de la empresa Minicolor Films,
fundada por el realizador en Guanabacoa en 1954—, y
especialmente El Mégano, de corte neorrealista,
sobre el trabajo y la vida miserable de los carboneros
de la ciénaga de Zapata, en la costa sur de Cuba,
realizado por Julio García Espinosa con la colaboración
de Tomás Gutiérrez Alea. Esta película, prohibida y
ocupada por la policía batistiana, pero afortunadamente
recuperada en una copia después del triunfo de la
Revolución se considera el principal antecedente de un
cine con conciencia social y artística manifiesta a
partir de 1959.
Desde los primeros días de enero de 1959 se evidenció la
importancia que el nuevo gobierno revolucionario iba a
confiar al cine, y concretamente al documental, con la
creación de un departamento cinematográfico en la
Dirección de Cultura del Ejército Rebelde. Este embrión
del Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC), organismo que se crearía dos
meses más tarde, auspició la filmación de los
cortometrajes Esta tierra nuestra, de Tomás
Gutiérrez Alea, y La vivienda, de Julio García
Espinosa. Estos dos realizadores, quienes habían
integrado desde muy jóvenes la sociedad cultural Nuestro
tiempo, y que con ayuda de Alfredo Guevara, futuro
director del ICAIC, habían rodado, en 1955, El Mégano,
brindaron un aporte trascendental en las labores de
fundación de dicha institución fílmica.
Los primeros documentales producidos por el ICAIC dieron
muestras de la nueva realidad social del país. Sexto
aniversario, de Julio García Espinosa, y
Construcciones rurales, de Humberto Arenal, ambos de
1959, son ejemplos testimoniales notables de esta obra
documental inicial.
Siguiendo el postulado martiano "injértese en el tronco
de nuestras repúblicas el mundo", el documental cubano,
captando las vivencias y el sentir del pueblo, comenzó a
reflejar en la pantalla la identidad de la nación, pero
sin dejar de recoger los sucesos y hechos del mundo
contemporáneo. Desde junio de 1960, el Noticiero ICAIC
Latinoamericano se encargaría de narrar los principales
acontecimientos que ocurrirían en el país y en el
extranjero. Su fundador y animador, Santiago Álvarez, a
quien la práctica creadora transformó, con los años, de
aprendiz en maestro del celuloide, desplegó desde los
primeros noticieros un estilo dinámico e innovador, que
imprimió un sello de calidad inconfundible a los
materiales de su tipo. El rasgo distintivo del estilo de
Santiago radicó en su habilidad excepcional para
sintetizar un mensaje por medio de la edición de
fotogramas de muy diversas fuentes (fotografías,
grabados, películas, reportajes televisivos) con el
empleo efectivo de la banda sonora. Su línea artística,
como la de Dziga Vertov en el cine soviético de los años
veinte, estuvo muy influida por la improvisación ante
las tareas de choque más disímiles que el país debió
acometer en las difíciles condiciones de aquellos
momentos.
Sucesos tan trascendentales como la invasión mercenaria
de Playa Girón, el azote del huracán Flora o la
repercusión de la desaparición física del Guerrillero
Heroico fueron recogidos por el Noticiero ICAIC
Latinoamericano en sus emisiones semanales
correspondientes, que luego mediante montaje originaron
documentales clásicos de Santiago Álvarez como Muerte
al invasor (en colaboración con Tomás Gutiérrez
Alea, 1961), Ciclón (1963) o Hasta la victoria
siempre (1967) respectivamente. Now! (1965),
tal vez el cortometraje más famoso de Santiago, para
algunos, antecedente del videoclip actual, apareció
también como un noticiero en las salas cinematográficas
cubanas. Estos títulos anteriores junto a Cerro
Pelado (1966), Hanoi, martes 13
(1967), LBJ (1968) y 79 primaveras (1969),
constituyen lo más relevante de la ejecutoria artística
de nuestro cronista fílmico indiscutible sobre la lucha
revolucionaria del pueblo cubano y la problemática
tercermundista contemporáneas.
No obstante, el fenómeno de la escuela documental cubana
surgido en la llamada década prodigiosa de los sesenta
no se limitó a la figura ya legendaria de Santiago
Álvarez. La riqueza temática y artística del género pudo
apreciarse desde muy temprano a través de muchos títulos
de otros realizadores: El negro (1960), de
Eduardo Manet; Carnaval (1960), de Fausto Canel y
Joe Massot; Ritmo de Cuba (1960), de Néstor
Almendros; Y me hice maestro (1961), de Jorge
Fraga; Historia de una batalla (1962) y
Cuentos del Alhambra (1962), de Manuel Octavio
Gómez; Colina Lenin (1962), de Alberto Roldán;
Historia de un ballet (1962), primer documental que
obtuviera la Paloma de Oro en el Festival de Leipzig, y
Nuestra Olimpiada en La Habana (1968), de José
Massip; Variaciones (1962), de Humberto Solás y
Héctor Veitía; El parque (1963), de Fernando
Villaverde;
Gente de Moscú (1963), de Roberto Fandiño;
Nosotros, la música (1964), de Rogelio París,
redescubierto a la luz del éxito internacional de
Buena Vista Social Club y Calle 54; Sobre
Luis Gómez (1965), de Bernabé Hernández; Vaqueros
del Cauto (1965) y El ring (1966), de Oscar
L. Valdés; Hombres del cañaveral (1965), de
Pastor Vega; La herrería de Sirique (1966), de
Héctor Veitía; La muerte de Joe J. Jones (1966),
de Sergio Giral, Por primera vez (1967) y
Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y
otros llaman Babalú (1968), de Octavio Cortázar;
En la otra isla (1968) y Una isla para Miguel
(1968), de Sara Gómez; Hombres de Mal Tiempo
(1968), de Alejandro Saderman; En un barrio viejo
(1963), Ociel del Toa (1965) y Coffea Arábiga
(1968), de Nicolás Guillén Landrián. Particularmente,
Oscar L. Valdés, Sara Gómez, Guillén Landrián y Cortázar
pudieran considerarse junto a Santiago Álvarez, la
avanzada de todo este grupo de documentalistas, y en el
caso de Sara, ella marcaría el precedente de explorar
los temas de la marginalidad así como de emplear los
métodos del cine-encuesta con un lenguaje libre de
sofismas. Sin embargo, podría enumerarse una relación
más amplia de obras de estos y otros autores, rodadas
durante los años sesenta, para integrar una antología de
lo más significativo producido por el ICAIC a lo largo
de toda su historia.
La característica fundamental en la inspiración creativa
de estos años fue la experimentación osada y desenfadada
propia de los bisoños, frente al torbellino de las
transformaciones económico-sociales cotidianas. A
inicios de los sesenta, los cineastas del ICAIC tuvieron
que aprender por sí mismos la técnica y el lenguaje
cinematográficos. Como taller les sirvieron los cortos
de la serie didáctica Enciclopedia Popular,
dirigida por Octavio Cortázar, aparecidos entre 1961 y
1963. Pero también los jóvenes realizadores aprovecharon
las experiencias de algunos visitantes y representantes
ilustres de la documentalística universal contemporánea
como Joris Ivens, Roman Karmen y Chris Marker, quienes
vinieron a Cuba dispuestos a trabajar y a trasmitir sus
enseñanzas. A finales de los años sesenta, empero,
nuestros documentalistas ya habían demostrado que eran
capaces de experimentar y aportar en el género, ya fuera
el propósito conceptual de sus búsquedas la
investigación del pasado o la indagación de la realidad
cotidiana. La crítica internacional señala generalmente
los sesenta como "la época de oro" del documental cubano
por su ebullición imaginativa y espíritu creativo,
apuntando que el género no ha vuelto después a alcanzar
la dimensión artística de aquella etapa. Este juicio
podría originar esquematismos, pues debe considerarse
que los primeros años de todo movimiento cinematográfico
guardan la frescura y el esplendor del descubrimiento.
No puede exigirse a épocas posteriores los temas e
inquietudes de un momento histórico específico, pues
cada período tiene sus características.
El único documental cubano realizado en los años sesenta
que provocó un rechazo oficial en su tiempo fue PM
(1960), de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante,
rodado en 16 mm al margen del ICAIC. Notablemente
influido por el movimiento del free cinema inglés, este
material se apartaba de los temas épicos ligados a las
transformaciones revolucionarias que predominaban en el
clima social de la época, abordando aspectos de la vida
de los bares nocturnos que mostraban a gente solitaria
y perdida en un mundo rutinario y monótono. La comisión
de estudios y clasificación de películas prohibió la
exhibición de dicho filme por considerarlo, en ese
momento, nocivo a los intereses del pueblo cubano y su
Revolución. Hoy día puede verse como un ejercicio
estilístico de acercamiento a cierto universo marginal.
La Sección Fílmica de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (ECIFAR), creada en diciembre de 1961,
cuyo antecedente sería la Sección de Cine de la
Dirección de Cultura del Ejército Rebelde surgida dos
años antes, produciría a partir de la fecha citada
filmes didácticos, documentales y el noticiero NOTIFAR.
Aunque su producción está destinada esencialmente a las
Fuerzas Armadas, muchos títulos son exhibidos por la
televisión a través del programa Farvisión, en programas
especiales de los cines y en festivales nacionales y
extranjeros. En noviembre de 1968 se ofrece por primera
vez al público en un cine comercial, el Rex Cinema, una
semana de cine de temática militar y al año siguiente,
el documental Y llegado el momento, de Abelardo Pláceres,
recibe el premio especial en el Festival de Cine Militar
de los Ejércitos Amigos, en Rumania.
Entre los primeros largometrajes de esos estudios pueden
citarse: Mundial 71 (1971), de Francisco Soto
Acosta; Crónica de una visita (1972), de Roberto
Velázquez; Marzo 13 (1973), de Jorge Fuentes y
FAR Año XV (1973), de Romano Splinter. Otros
documentales significativos posteriores son Canción
de ayer y después (1977), de Danilo Lejardi;
Polígonos (1977) y Hermanados en la hazaña
(1980), de Eduardo de la Torre; Proa al futuro
(1981), de Romano Splinter; Ayer, hoy y siempre
(1982) y Obá-Ilú (1986), de Emilio Oscar Alcalde
y España en el corazón (1982), de Belkis Vega. En
diciembre de 1978 adoptarían ya el nombre de Estudios
Cinematográficos y de Televisión de las FAR (ECITV-FAR)
al incorporar la televisión a sus tareas. Años más tarde
algunos materiales serían incluso galardonados en el
Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, como es el caso
de la serie documental Corresponsales de guerra
(1987), de Belkis Vega.
En 1972 se funda el Departamento de Cinematografía
Educativa (CINED) de la Dirección de Medios de Enseñanza
del MINED, que varios años después se convertiría en la
empresa de películas y diapositivas didácticas de ese
organismo. Dicha institución ha producido desde entonces
documentales para el sistema nacional de enseñanza, que
en ocasiones se han mostrado por la pequeña pantalla y
han llegado a competir en festivales nacionales e
internacionales.
Ya en 1976, el documental El primer instrumento,
de Luis Acevedo Fals, obtiene el máximo galardón en un
festival de protección e higiene del trabajo de los
antiguos países socialistas, y en el Primer Festival del
Nuevo Cine Latinoamericano (1979), concursa junto a este
una amplia muestra de cortometrajes de esta entidad
educacional La poesía de Nicolás Guillén (1974),
de Ambrosio Fornet; Quelonios (1975), de
Francisco Fernández Conejero; Caña de azúcar
(1978), de Santiago Prado; En peligro de extinción
(1979), de Manuel Acosta Cao; Conociendo la
naturaleza (1979), de Marcelo Fajardo; Crónica de
una encuesta (1979), de Eddy Pérez Tent; La
primera opción (1979), de Alberto Ortiz de Zárate;
Sierra Maestra (1979) de Félix Villar. Con
posterioridad podrían destacarse otros filmes didácticos
interesantes como los de la serie referente a los
orígenes del cine, que realizara Luis Najmías y
condujera Enrique Colina.
A los años setenta se ha hecho referencia como la
"década gris" de la cultura cubana, a causa del
estancamiento burocrático que afectó a muchas
manifestaciones artísticas en ese lapso, aunque el ICAIC
puede encontrarse entre las contadas instituciones que
pudieron salvaguardarse de su efecto.
Entre lo más relevante de la producción fílmica de los
setenta, no puede desconocerse Muerte y vida en El
Morrillo (1971), de Oscar Valdés, conjunción
creativa del documental y la ficción, sobre los sucesos
políticos ocurridos en Cuba desde el fin de la dictadura
de Machado hasta la muerte del revolucionario Antonio
Guiteras, que ayudaría a poner en boga entre nosotros a
ese "género" denominado docudrama. Girón (1972),
de Manuel Herrera, fue el primer largometraje que se
apropió de ese estilo dualista empleado ya por Saderman,
en Hombres de Mal Tiempo (1968), que
probablemente sirvió de inspiración a Manuel Octavio
Gómez para su cinta de ficción La primera carga al
machete (1969).
Otros títulos loables del documental cubano de inicios
de esta década son 1868- 1968 (1970), de Bernabé
Hernández, ¡Viva la República! (1972), de Pastor
Vega, y Hablando del punto cubano (1972), de
Octavio Cortázar.
Con los años setenta, Santiago Álvarez se alejó de la
línea experimental desarrollada en el decenio
precedente, y comenzó a explotar más el largometraje
documental de tema político-social sobre la lucha
internacionalista contra el imperialismo y la reacción (De
América soy hijo y a ella me debo, 1972; Y el
cielo fue tomado por asalto, 1973; Los cuatro
puentes, 1974), y también a reflejar más la
solidaridad de Cuba hacia otros pueblos (La estampida,
1971; El tigre saltó y mató...pero morirá... morirá,
1973; El octubre de todos, 1977).
Otros realizadores emplearon el género para vitorear la
obra social de la Revolución, en sectores como la
construcción o la educación, como Rogelio París, en
No tenemos derecho a esperar (1972) y Jorge Fraga en
La nueva escuela (1973) respectivamente.
Directores experimentados en el cine de ficción como
Humberto Solás, Tomás G. Alea y Julio García Espinosa
se decidieron también eventualmente en esta década a
retornar al documental: Solás rodó dos obras estimables
Simparelé (1974) y Wifredo Lam (1979),
Titón entregó un ejemplar cortometraje de siete minutos,
El arte del tabaco (1974) y García Espinosa
brindó un testimonio crítico sobre los crímenes de
guerra yanquis en Viet Nam en Tercer mundo, tercera
guerra mundial (1970).
El largometraje documental más significativo de este
período fue 55 hermanos (1978), de Jesús Díaz,
acerca de la primera visita a Cuba de la Brigada
"Antonio Maceo", formada por jóvenes que fueron sacados
del país cuando eran niños, por sus padres, en los
primeros años de la Revolución, asunto abordado con
profunda sensibilidad y emoción.
En la década de los setenta aparecen los primeros
cortometrajes de algunos de los directores debutantes
del cine de ficción de los ochenta y se afianzan como
documentalistas algunos que habían realizado sus pininos
en los sesenta.
Juan Carlos Tabío
filma un didáctico Bagazo (1970), que es
seleccionado por los críticos entre lo más significativo
de ese año. Luis Felipe Bernaza, con su jocoso estilo
característico, presenta Golpe por golpe (1974) y
El piropo (1978). Orlando Rojas, con su
penetrante sentido artístico rueda Día tras día
(1977) y Viento del pueblo (1978). Rolando Díaz,
con su innegable carácter populista, acierta en el
blanco con Redonda y viene en caja cuadrada
(1979).
Constante Diego, con su proverbial conocimiento del
diseño y la gráfica, entrega Las parrandas (1977)
y Carteles son cantares (1979). Fernando Pérez,
con Siembro viento en mi ciudad (1978), sobre
Chico Buarque de Hollanda, muestra mayor rigor
profesional y alcance que sus colegas en otros
documentales sobre algunas figuras contemporáneas del
canto que aparecieron en varios materiales fílmicos de
los setenta. Daniel Díaz Torres se agregaría a este
grupo, a inicios de los ochenta, con dos cortometrajes
de cuidadosa elaboración estética: Madera (1980)
y Los dueños del río (1980). Estos tres últimos
cineastas: Rolando, Fernando y Daniel, venían
participando como realizadores en los noticieros del
ICAIC de finales de los años setenta, algunos de los
cuales ya desbordaban ese género y devinieron
documentales de amplia aceptación popular, con un
enfoque crítico sobre los servicios a la población y la
atención a la comunidad. Documentales sobresalientes de
esta época son también Pablo (1978), de Víctor
Casaus; Pedro cero por ciento (1980) y Cayita,
leyenda y gesta (1980), de Luis Felipe Bernaza; y
A veces miro mi vida (1981), de Orlando Rojas; los
cuatro apoyados en individualidades carismáticas
irrepetibles, cada una perteneciente a esfera social y
contextos diferentes.
Una temática imprescindible del cine documental cubano
en la segunda mitad de la década de los setenta,
necesariamente tenía que ser la de nuestra participación
en las luchas solidarias de liberación en el continente
africano.
Títulos como La guerra en Angola (1976) de Miguel
Fleitas y Etiopia, diario de una victoria (1979)
—producción del ICAIC y ECITV-FAR— realizado por el
propio Fleitas con Roberto Velázquez, recogen este
testimonio.
A finales de los años setenta se produce una especie de
eclosión del movimiento aficionado de cineastas,
gracias a la introducción y venta de equipamiento y
película de 8 mm en el país. Esto posibilitó que
surgieran grupos como el de la Casa de Cultura de Plaza
y el Círculo de Aficionados del Cine Cubanacán de Santa
Clara, entre otros, lo cual daría pie a que en
septiembre de 1981 se organizara por el Ministerio de
Cultura el Primer Encuentro Nacional de Cine Aficionado,
en la Ciudad de La Habana, y en noviembre de 1984, el
Primer
Festival Nacional de Cine Aficionado donde se mostraron
numerosos documentales de cineastas no profesionales.
Los ochenta fueron
años de reformulación de la política cultural cubana, en
los cuales predominó una ansiedad por problematizar el
arte y vincularlo con la realidad social. Aunque
existieron controversias y polémicas que rebasaron los
marcos del ICAIC, lo cierto es que en esta etapa
tuvieron acceso al documental otras talentosas nuevas
figuras que realizaron obras meritorias de diversos
temas. Entre la producción más descollante del
documental cubano del ICAIC de los ochenta pueden
enumerarse: En tierra de Sandino (1980) de Jesús
Díaz, La Gloria City (1980) de Sergio Núñez,
Historia de una descarga (1981) de Melchor Casals,
Algo más que una medalla (1982) de Rogelio París,
Con amor (1982) de Santiago Villafuerte, El
corazón sobre la tierra (1982) de Constante Diego,
Una foto recorre el mundo (1982) del chileno
Pedro Chaskel, Crónica de una infamia (1982) de
Miguel Torres, La espera (1982) de Orlando
Rojas, Camilo (1982) y Omara (1983) de
Fernando Pérez, Mujer ante el espejo (1983) de
Marisol Trujillo, Los marielitos (1983) y
Niños desaparecidos(1985) de Estela Bravo —en
coproducción con el ICRT y Sky Productions
respectivamente—, Granada, el despegue de un sueño
(1983) y El viaje más largo (1987), de Rigoberto
López; La semilla escondida (1984), de Lázaro
Buría; Una vida para dos (1984) y Kid
Chocolate (1987), de Gerardo Chijona; Yo soy la
canción que canto (1985) y Con luz propia
(1988), de Mayra Vilasís; Uno, dos, eso es
(1986), de Miriam Talavera, Mientras el río pasa
(1986) y Volvamos a empezar (1987), de Guillermo
Centeno; No es tiempo de cigüeñas (1987), de
Mario Crespo; Joven de corazón (1987), de Octavio
Cortázar; Buscando a Chano Pozo (1987) de, Rebeca
Chávez; ¡Quietos ya! (1987), de Guillermo Torres;
Telarte (1987), de Idelfonso Ramos, y
Campeonas (1988), de Oscar Valdés, aunque tal vez la
personalidad más singular del género en esos años sea la
de Enrique Colina, que con sus cortometrajes del período
(Estética, 1984; Vecinos, 1985; Más
vale tarde que nunca, 1986; Chapucerías, 1987)
supo captar con auténtico espíritu criollo la forma de
ser del cubano actual.
En la segunda mitad de los ochenta aparecen los primeros
trabajos fílmicos procedentes del Taller de Cine de la
Asociación Hermanos Saíz (AHS) —fundado en junio de 1987
e integrado por jóvenes miembros del ICAIC, el Instituto
Cubano de Radio y Televisión (ICRT), los ECITV-FAR y de
Cinematografía del MINED— y de la Escuela Internacional
de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños
—inaugurada en diciembre de 1986—, que promueven a una
novísima generación de cineastas. Instituciones o
dependencias como los ECITV-FAR, ya mencionados, y los
Estudios Cinematográficos del ICRT— creados estos
últimos en 1962—, logran en estos años ampliar la
producción de documentales para los fines específicos
con que el Estado las creó. El formato de video se
agrega al de celuloide, y posibilita también que los
grupos de cine aficionado que existen en el país puedan
incrementar el número de cortometrajes realizados.
Las Muestras de Cine Joven que se organizan a partir de
1988 hasta 1992 y cuyo espíritu ha recogido después el
evento anual El Almacén de la Imagen, de Camagüey, han
coadyuvado al ensanchamiento del espectro temático de
los materiales concebidos. Diana (1988), de Juan
Carlos Cremata (EICTV); Hilo directo (1988), de
Fran Rodríguez (EICTV); Sonata para Arcadio
(1989), de Fernando Timossi (EICTV); Piensa en mí
(1989) de Alejandro Gil (ECITV-FAR); Muy bien
(1989), de Aarón Yelín (EICTV); La americana
(1990), de Luis Orlando Deulofeu (EICTV-FAR); Querido
y viejo amigo (1990), de Gloria Torres y Magda
González —ambas del ICRT—, En la calzada de Jesús
(1991), de Arturo Sotto (EICTV); Palomas (1991),
de Niurka Pérez (EICTV-FAR); Reflexión (1992), de
Ricardo Martínez (AHS) y Memoria (1992), de
Rosaida Irizar (ECITV-FAR), son algunos ejemplos de los
títulos documentales más significativos en estas
muestras iniciales.
Una nueva figura que despunta en el documental cubano, a
finales de los 80 e inicios de la década de los 90, es
Jorge Luis Sánchez, realizador proveniente del Taller de
Cine de la Asociación Hermanos Saíz, quien con sus
cortometrajes Un pedazo de mí (1989) y El
fanguito (1990) parece centrarse en los conflictos
de algunos personajes de nuestro entorno que viven y se
comportan de forma diferente al resto de la sociedad;
estos documentales han recibido amplios reconocimientos
nacionales e internacionales. En cuanto a las
realizadoras surgidas a principios del último decenio
del siglo XX, una de las más galardonadas ha sido Niurka
Pérez, quien formando parte en sus comienzos de ECITV-FAR,
logró romper cierto estigma ortodoxo de la temática
patriótico-militar al cual muchos consideraban que
estaba únicamente limitada la producción de esta
institución. Luis O. Deulofeu, a comienzos de los
noventa logra producir también dentro de estos Estudios
dos obras muy relevantes: Equilibrio (1992)
—sobre los planes agrícolas para el autoconsumo dentro
de las FAR— y Forever (1993) —acerca de la
aparición de la bicicleta como parte del paisaje y el
hogar cubanos—, que demuestran un gran sentido
audiovisual muy imaginativo.
Los telecentros que se irían creando en cada una de las
provincias van sumándose también en el futuro a esta
corriente de novedosos talentos audiovisuales.
Tele-Pinar consigue en un inicio estar a la vanguardia,
al alcanzar ya en la Tercera Muestra de Cine Joven un
premio en video con Juanito (1990), de Ramón
Rodríguez. Algunos estudiantes extranjeros de la EICTV
de San Antonio de los Baños, como el brasilero Wolney
Oliveira —con El invasor marciano: 36 años después
(1988) y Sabor a mí (1992) — y el español Benito
Zambrano —hoy consagrado realizador de su país—, con
Los que se quedaron (1993), logran incluso
galardones a nivel internacional, en festivales de cine
de España, Brasil y Argentina respectivamente. Otros
títulos destacados realizados en la EICTV son Barrio
Belén (1988), de la peruana Marité Vargas, Rincón
de San Lázaro (1991), del nicaragüense Leonel López,
y Un héroe se hace a patadas (1995) del
colombiano Andrés Burgos.
La grave crisis económica que comienza a atravesar el
país a principios de la década de los 90, causada por el
derrumbe del campo socialista y la desintegración de la
URSS, obliga a restringir la producción de nuestros
documentales y a buscar nuevas alternativas de expresión
artística a los realizadores. El Noticiero ICAIC
Latinoamericano concluye su producción en julio de 1990,
luego de treinta años ininterrumpidos, bajo la dirección
de Santiago Álvarez. No obstante, dos de sus emisiones,
Los albergados y Un día de Atarés, ambas
de José Padrón, se erigen por encima del promedio y
consiguen ese año alcanzar el premio especial del Jurado
de documentales en el Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Los estudios
cinematográficos del ICRT también recesan
definitivamente al iniciarse los noventa. En sus cerca
de tres décadas de existencia logró consolidar una buena
cantidad de obras en celuloide y perfilar un apreciable
número de realizadores. Entre lo más notable de la
producción de documentales para este medio pueden
citarse La sonrisa de la victoria (1970), de
Sergio Núñez; Cuando pasa la muerte (1979), de
Jorge Ramón González, merecedora de una Paloma de Oro en
el Festival de Leipzig; Arcoiris de pueblos
(1980), de Víctor Buttari y Ángel Castro; Las
parrandas remedianas (1981) y Caturla (1984),
de Senobio (Puri) Faget; Líbano, la guerra
interminable (1982), de Diego Rodríguez Arche;
635 años de son (1978) y Nicolás (1984), de
Teresa Ordoqui; Todo lo que se diga es poco
(1983), de Santiago Prado; Jalapa, la frontera
(1984), de Simón Escobar; Salvando flores (1984),
de Félix Marcos Daniel; Esteban Salas (1984), de
Andrés Torres; Vida nocturna (1983) y SOS
Quelonios (1983), de Manuel Acosta Cao; La ciudad
de las columnas (1984), de Norma Heras León; El
desastre de Barcaiztegui (1984), de René David Osés;
El orfebre (1986), de Lisette Vila; Cartas de
un hombre (1986), de Jorge Aguirre, etcétera.
Las filmaciones en video, las cintas en coproducciones y
la prestación de servicios a cineastas extranjeros se
presentan como diversas opciones para continuar en
activo dentro de la industria cinematográfica nacional.
En estas condiciones, a pesar de las limitaciones del
Período Especial, el ICAIC logra producir algunos
documentales interesantes en celuloide como Hasta la
reina Isabel baila el danzón (1991), de Luis Felipe
Bernaza; El rey de la selva (1991), de Enrique
Colina; A mis cuatro abuelos (1991), de Aarón
Yelín; El largo viaje de Rústico (1993), de
Rolando Díaz; y Cuerdas de mi ciudad y El cine
y yo, de Mayra Vilasís, ambos de 1995; mientras que
en el formato de video aparecen obras destacadas como
La virgen del Cobre (1994), de Félix de la Nuez;
Del otro lado del cristal (1995), de Guillermo
Centeno, Marina Ochoa, Manuel Pérez y Mercedes Arce;
El cine y la vida: Nelson Rodríguez y Humberto Solás
(1995), de Manuel Iglesias, Y me gasto la vida
(1997), de Jorge Luis Sánchez, así como Identidad
(1999) y De mi alma, recuerdos (2002), de Lourdes
de los Santos. Entre los cortometrajes documentales
realizados en video fuera del ICAIC, durante los años
noventa, uno de los más relevantes posiblemente sea
Herido de sombras (1994), de Jorge Dalton,
—coproducido entre el departamento de video y televisión
de la Universidad de Guadalajara, y el Taller de los
Inundados de la televisión cubana, que integraron Camilo
Hernández, José Luis Llanes y el propio Dalton,
responsable del desaparecido programa Memoria.
Desde mediados de los años 80, pero mayormente sobre
todo en los 90, se crean casas productoras de video para
dar respuesta a la necesidad de la filmación de
audiovisuales a un costo más bajo. Entre ellas las más
conocidas son Mundo Latino, del Partido Comunista de
Cuba —que no solo circunscribe su producción a la esfera
político—ideológica, sino que incluye otras temáticas
como las del arte y el folclor la serie Lucumí (1994) de
cinco cortometrajes de Tato Quiñones, Wemilere (1994) de
José Estrada o Sosabravo en dos dimensiones (1995) de
Teresita Huerta, por ejemplo, la ciencia y la tecnología
o la ecología y el medio ambiente; Televisión Latina,
de la Agencia Informativa Prensa Latina —que ha
procurado trabajos valiosos como Fe (1989) de Cristina
González, Miami- Habana (1992) de Estela Bravo y Mujeres
diferentes (1997) de Niurka Pérez—; RTV Comercial,
empresa del ICRT, —con obras concursantes en el Festival
del Nuevo Cine Latinoamericano como Caballero de la
Habana (1998) de Natasha Vázquez y Rigoberto Senarega,
Del habano: historias y misterios (1999) de Teresita
Gómez y Los sitios cubanos de Ernest Hemingway (1999) de
Jorge Alonso Padilla—; Hurón Azul, de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) —con títulos
significativos como Gracias a la vida (1998) de Lisette
Vila, Bajo la noche lunar (1998) de Lourdes
Prieto, Soy como soy (1999) de Octavio Cortázar y
Hombre de teatro (2000) de Jorge Aguirre—; y
Producciones Trimagen S.A., surgida a partir de los
antiguos Estudios Cinematográficos y de Televisión de
las FAR que a finales de los ochenta se denominaron
Estudios Granma, los cuales luego diversificaron su
producción temática y recientemente se han transformado
en una empresa de servicios —entre lo más sobresaliente
de esta institución en la última década pueden citarse
Del sueño a la poesía (1993), de Belkis Vega;
Nube de otoño (1993), de Alejandro Gil y Zaida
(1994), de Niurka Pérez. Paralelamente comienza o se
amplía la producción de materiales procedentes de otros
telecentros del interior del país; de estos TV Camagüey
y la Televisión Serrana parecen llevar la batuta, y más
recientemente también CHTV. Del primer telecentro pueden
citarse interesantes documentales como El viaje
(1996) y La tejedora: su extensa realidad (2001),
de Gustavo Pérez, y del segundo, Tocar la alegría
(1996), de Marcos Bedoya; Video carta a Islas
Baleares (1998) y La tierra conmovida (1999),
de Daniel Diez; La chivichana (2000), de Waldo
Ramírez; y Al compás del pilón (2002), de Carlos
Rodríguez. De CHTV es destacable la serie de jóvenes
artistas plásticos realizada por Yuder Laffita.
También en los últimos años, estudiantes de la Facultad
de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del
Instituto Superior del Arte (ISA) han acometido trabajos
documentales, entre los cuales sobresalen Y todavía
el sueño (1998) —realizado en forma independiente— y
Los zapaticos me aprietan (1999) de Humberto
Padrón, El gusto exquisito (2001) de Lluis D.
Hereu Vilaró y Habanaceres (2001) de Luis Leonel
León.
Instituciones culturales como el Centro Cultural "Pablo
de la Torriente Brau" o CREART, entre muchas otras, así
como entidades religiosas y otras asociaciones no
gubernamentales —el Centro "Martín Luther King", la
Oficina Católica Internacional del Cine y el Audiovisual
de Cuba (OCIC), el Grupo Promocional del Barrio Chino,
por citar solo algunas— han conseguido también rodar
documentales de su esfera de interés.
Algunos realizadores han acudido a productores
extranjeros con sus proyectos y han logrado filmar en
video largometrajes documentales como Yo soy del son a
la salsa (1996), de Rigoberto López, o en celuloide como
¡Van Van empezó la fiesta! (2000) de Aarón Vega
en codirección con Liliana Mazure, los cuales se han
exhibido durante el Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano, con notable acogida de público, crítica
y jurados. Otra variante de producción es la de que
incluso algunos documentalistas de instituciones
oficiales han fundado sus propios grupos de video
independientes, adscriptos al Movimiento Nacional de
Video, y, en ocasiones, estos han realizado
coproducciones con entidades estatales o casas
productoras; casos que sirven de ejemplo son el de
Marina Ochoa y Félix de la Nuez, quienes crearon el ya
desaparecido grupo Trivisión, y filmaron junto al ICAIC
y CINED, Blanco es mi pelo, negra es mi piel
(1996), que fuera galardonado en Cinemafest´97, en San
Juan, Puerto Rico, así como el de Gloria Rolando,
fundadora del grupo de video Imágenes del Caribe,
realizadora, entre otras obras, de El alacrán
(1999), producida por Televisión Latina con la
colaboración técnica y artística de esta agrupación de
video.
La Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven —que
se desarrolló entre finales de octubre y principios de
noviembre del 2001— y la Segunda Muestra Nacional de
Nuevos Realizadores —celebrada en febrero del 2003—
ayudaron a divulgar más ampliamente varios nombres de
los más noveles talentos en el género.
En el año 2001 en la Televisión Cubana se crea el Grupo
de Creación de Documentales para dar continuidad a la
producción de obras del género en este medio concebidas
por realizadores experimentados, que ha aglutinado
también a artistas procedentes de otras entidades e
instituciones.
Insertado en los nuevos tiempos, el documental cubano
continúa su camino de búsqueda creativa permanente
intentando experimentar o innovar [La época, el
encanto y fin de siglo (1999), de Juan Carlos
Cremata; Las manos y el ángel: tributo a Emiliano
Salvador (2002), de Esteban García Insausti],
abordando temas originales, inéditos o apenas explorados
[Hasta que la muerte nos separe (2001) y
Mírame mi amor (2002), de Marilyn Solaya; En vena
(2002), de Terence Piard, Otoño (2001), de
Patricia Pérez] , desarrollando asuntos conflictivos o
polémicos [No me voy a defender (2001), de Ismael
Perdomo, Frank Delgado, una nueva trova (2002),
de Juan Carlos Travieso], o aprovechando sabiamente el
legado cinematográfico para homenajear a figuras cimeras
de nuestra cultura [Luis Carbonell (después de tanto
tiempo) (2001), de Ian Padrón].
Dificultades y escollos no faltan para salir adelante en
los tiempos que corren, pero este prestigioso género
fílmico del cine cubano insiste en desempeñarse airoso
frente a los retos y desafíos que le salen al paso.
* Especialista de la Cinemateca de Cuba. |