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ESA CARGA MAGNÉTICA QUE ATRAE
Y TE SUJETA
 
Joel James Figuerola,  investigador, ensayista y narrador  a sus 62 años es uno de los más profundos estudiosos del ser y de la espiritualidad del cubano —en especial del santiaguero—, uno de los motivos por los que el pasado año recibiera el Premio Nacional de Ciencias Sociales.


Mario Jorge Muñoz| La Habana

Los descendientes de haitianos, sus amigos de la Sierra Maestra, le llaman “El Barbú”. Y no es solo por su encanecida y rala barba. También tiene que ver con las botas que siempre lo acompañan en su andar por las empinadas calles de Santiago de Cuba. Algunos dicen que ambas son parte de su personalidad. Los más allegados aseguran que no se las quita porque aún no ha dejado de combatir.

Lo cierto es que este investigador, ensayista y narrador (Los Testigos, Hacia la tierra del fin del mundo, Caballo bayo, Vergüenza contra dinero, Cuba 1900-1928: República dividida contra sí misma, Martí en su dimensión única…), a sus 62 años es uno de los más profundos estudiosos del ser y de la espiritualidad del cubano —en especial del santiaguero—, uno de los motivos por los que el pasado año recibiera el Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Habanero de cuna y con una intensa vida como intelectual revolucionario, Joel James Figuerola dirige desde 1982 (año de su fundación) la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba. La reconocida institución se ha dedicado al estudio y promoción de la cultural popular tradicional del oriente cubano y sus vínculos con el área, además de organizar el Festival del Caribe, conocido como la Fiesta del Fuego, evento que desde hace más de dos décadas se realiza en Santiago y cuya próxima edición se efectuará del 3 al 9 de julio próximos.

¿Cuándo empieza a interesarse por la investigación  de la impronta de las religiones de origen africano en el territorio oriental de Cuba?

Comienza siendo un descubrimiento desde mi trabajo en el teatro. Los actores del Cabildo Teatral Santiago son gente que proviene de los sectores más humildes de la sociedad —en su mayoría negros y mestizos—, por lo que son portadores de una cultura que, al igual que la de los inmigrantes caribeños, era totalmente soterrada.

Me doy cuenta de que no se ha investigado lo suficiente y me dedico a estudiarla. Esta búsqueda con un grupo de compañeros nos conduce al descubrimiento, por ejemplo, de la variante cubana del vodú, que no había visto ni Don Fernando Ortiz. Y no porque careciese de mérito profesional o de inteligencia, sino porque no había ocurrido una revolución en Cuba. Antes, los descendientes de caribeños en Cuba eran triplemente discriminados: por negros, por pobres y por haitianos, lo que provocó que escondieran su cultura, sus tradiciones y como es lógico, también sus prácticas religiosas.

Al dignificarlos, al darles la condición de ciudadanos cubanos, la Revolución les crea el presupuesto que nos ha permitido trabajar, investigar las manifestaciones culturales de que son portadores. Igual sucedía con los sistemas mágico-religiosos cubanos. Léase santería, palo monte, espiritismo de cordón o la variante cubana del vodú que encontramos.

Es de gran satisfacción que este reconocimiento público a su cultura desembocara en el Festival del Caribe, que tendrá este año su edición 24 de manera ininterrumpida, dedicado esta vez al bicentenario de la Revolución haitiana. Y se sabe lo que significa en nuestro contexto de bloqueo y dificultades económicas sostener un evento que reúne miles de personas de todo el país y de otras naciones, durante una semana. 

¿Significa que el surgimiento de la Casa del Caribe fue una necesidad?

Fue una necesidad espiritual no solamente mía, sino también de los compañeros del Cabildo, entre otros investigadores del territorio. En Santiago hay muchos vasos comunicantes entre las expresiones culturales y los creadores. Y tanta gente vinculada a la creación artística y la promoción se sustentan en la personalidad cultural tan fuerte del pueblo de Santiago de Cuba, en general de la parte oriental de la Isla, con especificidades muy caribeñas. Piénsese, por ejemplo, en la presencia, en la historia y en la cultura de esta parte de la Isla de las inmigraciones a raíz de la Revolución haitiana a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. O la oleada de braceros caribeños que llegan a nuestro territorio a partir de 1914, como cortadores de caña. Esa cultura ameritaba la existencia de una institución que rastreara no solamente el pasado, sino la realidad y las perspectivas de la cultura caribeña a partir de proposiciones hechas desde la cultura cubana. 

¿Qué son para usted esos descendientes de haitianos, de jamaicanos… cuya cultura ha tratado de defender como parte de la nuestra?

Son mis hermanos, convivo con ellos en términos de igualdad. Les he dedicado varios libros. Lo más probable es que ninguno de ellos me haya leído y con toda probabilidad no me leerán jamás. Igual que no me han leído los sacerdotes del palo monte o de la santería, mis amigos en Santiago de Cuba y en otros lugares del país. Sin embargo, me quieren y yo los quiero. Creo en ellos profundamente y estoy seguro de que nunca nos van a fallar. 

No siendo santiaguero de cuna es uno de los más fervientes promotores de su cultura, ¿por qué?

Me siento muy identificado con Santiago. Esta ciudad tiene una fuerza que no se descubre a primera vista, aunque sí hay una suerte de imantación: quienes llegan por primera vez, la sienten. Hay un elemento de teluricidad espiritual. De cierta forma se corresponde con la teluricidad tectónica de su suelo que le da una personalidad muy atractiva. Hay magnetismo. Santiago de Cuba tiene carácter, tiene una impronta de muy fuerte calado.

Creo en el misterio. Creo que la razón humana, por suerte, tiene un límite para penetrar en la realidad esencial del ser humano. Ese límite no se puede traspasar. Y como creo en los misterios no cuestiono el misterio que hace que Santiago de Cuba posea esta carga magnética que atrae y te sujeta.

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