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BORRADOR DE UN CORRESPONSAL
“AHORA SÍ”
Manuel
Alberto Ramy|
Miami
Progreso Semanal
Leovigildo Sanfrán,
43 años, mecánico de autos, reside en Miami, compró su
boleto en American Airlines. No tuvo que pedir permiso a
autoridad norteamericana alguna para viajar. Dos veces
al año hace este viaje —su trabajo y la economía
personal son los únicos frenos para abrazar a su gente—,
uno, en diciembre, y el otro coincidiendo con el
cumpleaños de su sobrino de 7 años. Leovigildo es un
poco el padre del pequeño, hijo de su hermano menor que
falleció en un accidente automovilístico tres años
atrás. Desde entonces envía remesas a su cuñada, a veces
de 100, y otras, de 150 dólares cada mes, pues nadie,
salvo su bolsillo, lo limita. Leovigildo, es
salvadoreño. Pero, si en vez de salvadoreño, mexicano,
colombiano o nica, fuese cubano-americano, la historia
sería diferente.
La historia real
Conozco un caso,
llamémosle Luis —omito el nombre a petición del
interesado—, cuyo drama esencial lo incorporé al
Leovigildo imaginario. Nuestro Luis, cubano-americano,
tiene el fuerte compromiso de ayudar a su cuñada, viuda,
en la crianza de un sobrino pequeño, hijo de su hermano
menor fallecido trágicamente. Desde hace 18 años ha
vivido la angustia de cuándo viajar: si en las Navidades
con su esposa o en el mes de julio, cuando su sobrino
cumple años. Las regulaciones de las autoridades
norteamericanas prescribían —ahora son otras y más
crueles aún—, que solamente podía volar una vez cada 12
meses. También limitaban la cantidad de dinero a llevar
—167 dólares por día—, así como el monto y la
periodicidad de las remesas que podía mandar a su gente
y a algún que otro amigo del barrio (300 al trimestre).
No obstante, decidió alternar cada año la fecha de su
único viaje permitido, incluso, me comentó, que alguna
que otra vez había burlado las disposiciones oficiales
haciendo puente en un tercer país. Pero ahora, después
de las regulaciones aprobadas por la administración Bush
y puestas en vigor el 30 de junio pasado, el cerco lo
ahoga espiritual y afectivamente.
No es para menos.
Para viajar, primero, debe aguardar que transcurran tres
años de su último regreso de Cuba; después, solicitar,
como cada emigrado cubano, licencia individual de OFAC
(Oficina Federal de Control de Bienes y Activos) y con
paciencia esperar a que se la concedan. Anteriormente
existía una autorización general que amparaba al más de
millón de emigrados residentes en los EE.UU.
Pero lo anterior es
solo el comienzo en las complicaciones de Luis. Sus
padres viven con él en EE.UU., su único hermano que
permanecía en Cuba, falleció, y de acuerdo al concepto
de familia de Bush —recogido en las nuevas
regulaciones—, su cuñada y sobrino, como tampoco los
tíos y primos —que los tiene—, califican como familia.
Por estas mismas razones tampoco podrá viajar en
compañía de su esposa a quien las autoridades reconocen
como su familia, pero no familia de su familia. No es un
trabalenguas, sino un trabavidas. La reducción del
concepto familiar también le prohíbe enviarles remesas,
así como gastar más de 50 dólares por día en una
estancia limitada a dos semanas. El objetivo de las
regulaciones es nítido y transparente: quebrar los
vínculos familiares a ambos lados del Estrecho de la
Florida.
“Estoy contra la
pared”, me dijo en buen criollo. “Ni visitarlos, ni
mandarles ayuda económica”, concluyó Luis a manera de
resumen.
En el resumen de Luis
está latente el surgimiento activo y público de un
segmento importante de la emigración cubana, que existía
pero que no había mostrado el rostro. ¿Quiénes lo
forman?
Las encuestas y los
medios hispanos
Desde mediados de los
años 90 a la fecha, más de 20 encuestas se han realizado
entre la comunidad cubana radicada en la Florida.
Especialmente las de la FIU (Universidad Internacional
de la Florida), como las del Grupo de Estudios Cubanos y
de SVREP, asumieron con seriedad la investigación, no
solo debido al profesionalismo técnico de su confección,
sino que pretendían tocar con la mano la realidad de
ciertos signos que a cada momento iban revelándose.
Todas han registrado de manera significativa esa
tendencia de cambio; sus datos indicaban que el
componente humano, la fecha de emigración —especialmente
a partir de 1980— y sus intereses con relación a la
Isla, gobierno y compatriotas, establecían una línea
fronteriza con el exilio-emigración tradicional. No es
que sean pro o contrarios al gobierno de La Habana, sino
que sus intereses prioritarios los definen como
emigrantes.
La extrema derecha,
si bien ha tratado de ocultar al público esta realidad
emergente, la conoce a la perfección. Más aún, lleva
mucho tiempo esforzándose para lograr modificaciones en
el pensamiento y la conducta de este sector en ascenso
numérico. No es posible explicar, solo en términos
comerciales, el aumento en la TV hispana de la Florida
de programas —algunos en horario estelar—, “serios” y
cómicos, donde se privilegian los temas con contenidos
cubanos, frases y dichos muchas veces inentendibles para
las otras minorías, locutores y actores conocidísimos
por los cubanos y situaciones exclusivas de los cubanos
—como reuniones de los Comités de Defensa de la
Revolución (CDR) o de asambleas de barrio.
La radio de la
derecha tradicional no aumenta de raitings, y sus
mensajes y contenidos carecen de impacto sobre este
grupo. Por el contrario, tienen el destino biológico de
sus oyentes de la tercera edad, en su mayoría, llegados
a la Florida en las décadas de los 60 y 70 del siglo
pasado.
El componente humano
a partir de la emigración de los años 80, creció y se
socializó a través de la cultura visual, no de la
auditiva. El auge de los programas de TV destinados a
ellos, evidentemente no es solo comercial. Tiene el
claro objetivo de controlar y reeducar políticamente a
este segmento para trasmutarlos de emigrados a
exiliados. La urgencia de este trabajo se explica cuando
un estimado del 50% de este grupo ya es ciudadano y, por
lo tanto, puede votar.
La familia: el núcleo
integrador de la emigración emergente
Luis, ciudadano de
EE.UU., es un objetivo del trabajo de esos medios; es un
voto, tiene ese derecho desde hace dos elecciones
presidenciales y varias locales, pero “nunca me
inscribí, ni voté”, me dice. ¿Los motivos? Los mismos
que millones de otros emigrados de diversas
nacionalidades. “Lo mío es mejorar de vida y ayudar a mi
gente allá”. ¿Y ahora, que estás “pegado a la pared”,
como dices?, pregunto.
“Ahora sí”, fue su
respuesta, por cierto lacónica, muy en correspondencia
con un acto indeseado, propio de quien no tiene otro
recurso a la mano.
No argumenta, por
ejemplo, que aprecia la utilización de los nexos
familiares como parte integral de la aprobada estrategia
para acelerar la transición en Cuba. Ni tampoco, algo
más evidente aún, el uso de la familia como moneda de
pago a la extrema derecha exiliada a cambio de recursos
económicos, maquinaria, presión social y ciertas “artes”
que garanticen la reelección presidencial. Estos y otros
argumentos válidos, no son su punto de partida. Su
decisión, de inicio, no es una opción política escogida,
sino impuesta por la instrumentación de unas medidas que
afectan directamente intereses vitales. “Ahora sí”, como
dice, defenderá sus derechos y votará en defensa de
ellos. “Mi familia es mi familia, es sagrada”,
sentencia.
El trabajo de los
programas de TV y de los medios en general destinados a
integrar a los miles de emigrados a la línea del exilio
militante, ¿qué valor le ofrecen a cambio de romper sus
vínculos familiares? ¿La promesa de que esta política
“liberará” a Cuba? ¿Es acaso una estrategia diferente a
la mantenida durante 45 años y que Luis y miles como él
vivieron su absoluta ineficacia y fracaso? ¿Que en este
momento sí es viable porque llevará a una revuelta
interna o que puede provocar ciertos bombardeos
selectivos y, por lo tanto, a una confrontación en gran
escala? Y su familia de “allá”, ¿qué?, ¿Acaso las bombas
llevan nombre y apellido? (y si los llevara no podría
ponerlos, su sobrino y cuñada no son familia). ¿Acaso no
han visto el precio que paga la población civil iraquí?
¿Acaso los que promueven esa política tienen familiares
y amigos en Cuba? ¿O se marcharon hasta con el perrito y
la sirvienta?
Sin lugar a dudas, la
extrema politización de las medidas ya aprobadas, ha
comenzado a tirar una zanja en el promocionado como
monolítico exilio anticastrista y está nucleando a los
cubanoamericanos por encima de opciones partidarias de
republicanos y demócratas, en lo tocante a la política
doméstica, como también en cuanto a las posiciones con
respecto al gobierno de La Habana. Ya lo estamos viendo,
era previsible. |