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EXPLICAR SERÁ NUESTRO TRABAJO...
(Dedico este comentario a los 5 jóvenes antiterroristas
cubanos presos en cárceles norteamericanas).
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"Con los pobres de la tierra, quiero
yo mi suerte echar..."
José Martí |
Juan
Carlos Zamora |
Miami
Citar
frases de José Martí como respuesta a diferentes
circunstancias y retos de nuestra vida individual,
social y política, es una práctica legítima pues el
pensamiento martiano es la más prístina y concentrada
expresión de nuestra eticidad nacional, y la referencia
a él es parte de la respiración moral de la Nación, del
corpus de su liturgia fundacional.
Las
frases del autor de Nuestra América en relación
explícita con lo ético, se pueden citar sin
acotaciones. La impronta moral de Martí, de raíz
estoica, cristiana y trascendentalista, conserva una
unidad idéntica, aunque creciente, a través de toda su
vida y obra. No pasa lo mismo con su pensamiento
político y social, donde esta eticidad contrastada por
las circunstancias concretas halla nuevas mediaciones
analíticas y bruscas iluminaciones, relacionadas con los
avatares de una época en que las naciones capitalistas,
socialmente convulsas, se avecinaban al fenómeno del
imperialismo. Tres años después del sacrificio de Dos
Ríos ese imperialismo se inauguraría sobre Cuba y
sus conflictivos intereses internacionales desembocarían
en la I Guerra Mundial en 1914.
Una
muestra simple de la evolución del pensamiento martiano,
en relación con EE.UU., en este caso, la podemos
encontrar en el texto A la Raíz de 1883, donde él nos
dice: “Y si vemos afuera, y en lo de afuera a este Norte
a donde por fantasmagoría e imprudencia vinimos a
vivir, y por el engaño de tomar a los pueblos por sus
palabras, y a las realidades de una nación por lo que
cuentan de ella sus sermones de domingo y sus libros de
lectura; si vemos nuestra vida en este país erizado y
ansioso”..(…) El mismo Martí se incluye entre los que en
algún momento, desde la América nuestra, miraron hacia
el Norte como paradigma liberal. Era comprensible esta
admiración. La Revolución norteamericana de 1776
significó una luz para las colonias españolas de América
y había creado una portentosa república. Esa república
después anidaría los huevos de un águila, y eso es lo
que Martí supo ver con hondura y sin perder su respeto y
veneración para las mejores tradiciones y hombres
representativos de la Unión (“Amamos a la patria de
Lincoln tanto como tememos a la patria de Cutting”).
Otros como Domingo Faustino Sarmiento no pudieron pasar
de la justa admiración primaria a la crítica que
desvela, y se quedaron atrapados en una cándida
idolatría.
Lo que
cuestiono hoy, no es citar a José Martí, sino la
práctica sumamente dudosa de arrancar atemporalmente sus
frases del texto en que fueron escritas y ejercer sobre
ellas cierta violencia semántica. Se ha intentado varias
veces hacer una especie de diccionario o enciclopedia
martiana, en las que se trata de agrupar temáticamente
su “pensamiento” en frases desgajadas de su texto, del
contexto vital donde nacieron, y del “pretexto”
existencial que las sostuvo. De ahí que, por ejemplo, en
un diccionario martiano publicado recientemente en Cuba,
y que representa un gran esfuerzo y un incentivo para
conocer más la obra martiana, se cite de Martí, en
relación con el “tema” del “socialismo”, algunas
expresiones fatalmente arrancadas del ensayo donde el
Apóstol comenta las ideas de Herbert Spencer sobre el
tema, sin hacer una clara referencia al contexto y sin
citar otros importantes escritos del autor de los
Versos Sencillos sobre el mismo asunto.
El
ensayo de José Martí sobre el libro del filósofo
positivista británico, se ha convertido en objeto de
abuso textual de quienes, en EE.UU., sin conocer su
obra, lo quieren “arrimar a su saltén” ideológico y
convertirlo en ingrediente culinario de un anticomunismo
furioso.
Se
pretende que José Martí dijo alguna vez que el
socialismo sería la "esclavitud futura". Eso es
absolutamente falso. No es Martí quien dijo eso, sino
Spencer. Martí solo lo comenta.
Una
lectura atenta de este mismo ensayo de Martí, nos
llevaría a conclusiones muy opuestas a las que
comúnmente suelen sacarse de él. En ese texto José
Martí, lo único que hace es reseñar la ideas de Herbert
Spencer, y si en algún momento, entre muchas salvedades
coincide con Spencer, es para finalmente indicar que sí,
que hay que preocuparse sobre el creciente papel
totalitario del Estado en la vida social del mundo
moderno, pero también aclarando que Spencer “no señala
con igual energía, al echar en cara a los páuperos su
abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar
la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en
Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en
ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se
roen los puños de hambre en las mismas calles por donde
pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las
rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda
Inglaterra de guineas. Nosotros diríamos a la política:
¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca
yerra”. Es decir, que aun no estando de acuerdo con
“ese” socialismo tal como lo presenta Spencer, Martí no
pacta con la situación de injusticia social inherente a
su época y considera que esa tendencia socialista aun
deformada, y a pesar de sus errores, de sus fallos, trae
un consuelo y una esperanza.
Ese
texto sobre el libro de Spencer fue escrito en 1884. Sin
embargo, un año antes, a raíz de la muerte de Marx, con
las consabidas reservas, Martí elogia la actitud ética
del autor de El Capital cuando dice que “como se
puso del lado de los débiles, merece honor” y alaba su
labor teórica pues “estudió los modos de asentar al
mundo sobre bases nuevas, y despertó a los dormidos, y
les enseñó el modo de echar a tierra los puntales
rotos”. Pero aunque le indignaba “el forzoso
abestiamiento de unos hombres en provecho de otros” en
el capitalismo, las tareas que el Apóstol se proponía
eran, en ese momento histórico, intrínsecamente
incompatibles con la lucha de clases, tal como el
marxismo la definía.
Para
la fundación de una Nación nueva e independiente se
necesitaba la concurrencia máxima de todos los
estamentos del país, aun cuando los intereses de la más
alta burguesía azucarera cubana eran contrarios a la
independencia. Ahora bien, la República “con todos y
para el bien de todos”, en que esa Nación adquiriría su
‘forma’, no cabe la menor duda que pasaría por vías de
recomposición que cuestionarían a fondo el sistema
social anterior y sus jerarquías de clase. Ya en 1887
Martí había escrito en las Escenas Norteamericanas:
“en vez de un estado social donde unos cuantos
hombres excepcionales se levanten sobre las turbas cada
vez más infelices, ¿no es lícito procurar, conservando
en su plenitud los estímulos y el arbitrio propio del
hombre, un estado donde, distribuyendo equitativamente
los productos naturales de la asociación, puedan los
hombres vivir con descanso y decoro de su labor?”.
En carta a Fermín Valdés Domínguez, ya en 1894,
después de advertirle sobre los peligros que la idea
socialista puede tener “como tantas otras”, le dice que
“en nuestro pueblo no es tanto el riesgo como en
sociedades más iracundas, y de menos claridad natural:
explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú
lo sabes hacer: el caso es no comprometer la justicia
por los modos equivocados o excesivos de pedirla”.
José
Martí nos dijo en Nuestra América: “Crear es la
palabra de pase de esta generación”. El amigo de los
obreros socialistas y anarquistas de Cayo Hueso y Tampa,
con quienes creó el Partido Revolucionario Cubano, no le
fue infiel a la terca singularidad histórica de la
Patria que él pretendía desembridar, no quiso recortar
la epifanía de esta como Nación en ningún lecho de
Procusto, sino abrir el “claro” de su alethia; sabía que
cualquier sistema filosófico europeo o norteamericano se
estrellaría contra la novedad del encargo insular en el
“crucero del mundo” y contra la bisoña especificidad de
sus problemas, por eso quería todos los ‘injertos’ del
mundo pero en el ‘tronco’ de nuestra obligación
creadora. |