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LA DESEADA TRANSICIÓN
DEMOCRÁTICA CUBANA
Pascual
Serrano|
Rebelión
Desde hace décadas el
oligopolio mediático no cesa de tronar que en Cuba hay
una dictadura, que los periodistas van a prisión por
decenas, que no hay elecciones... Y, por tanto, que es
necesaria una transición a la democracia, con elecciones
en la que se presenten muchos partidos con posibilidades
de ganar –con dos como en EE.UU. ya sería suficiente si
ambos propusiesen el mismo modelo económico-, con
coloridas campañas electorales en las que los grandes
emporios económicos pudieran invertir en los candidatos.
Se trataría de una democracia como la norteamericana, en
la que no hiciera falta que votasen los negros, ni los
pobres. Y en la que, por supuesto, los trabajadores
extranjeros no pudiesen votar, sólo trabajar, pagar
impuestos e incorporarse al ejército.
La Cuba democrática podría salir incluso barata para el
gobierno democrático, no haría falta tanto gasto en
sanidad o educación. Véase sus vecinos Honduras o
Dominicana, son países perfectamente democráticos que
ahorran mucho en caras prestaciones que nada tienen que
ver con la democracia.
Además los ciudadanos evitarían muchos quebraderos de
cabeza, ya no tendrían que reunirse como en la dictadura
cubana en asambleas municipales, provinciales o
sindicales para elegir a sus representantes. Con votar
cada cuatro años ya disfrutarían de la democracia. Por
supuesto no haría falta que se preocuparan por la
eficacia de su gobierno a mitad de la legislatura
mediante legislaciones revocatorias que los evalúen como
sucede ahora en la dictadura cubana.
Si Cuba abandonase el cruel socialismo y se hiciera
democrática podría aplicar sentencias de muerte sin que
a la ONU le molestase, como sucede en EE.UU., quizás
hasta podría ser un miembro permanente del Consejo de
Seguridad. Podría tener campos de concentración para
presos sin juicio ni abogado en cualquier parte de su
territorio, no como ahora que sólo se puede hacer en la
zona de Guantánamo.
Los beneficios para una democracia cubana serían
múltiples. Serían bienvenidos a la lucha contra el
terrorismo que posee, entre otros privilegios, que sus
empresas, con los representantes políticos al frente,
podrían hacer buenos negocios reconstruyendo países
“malos” previamente bombardeados por ellos.
Además, Cuba ya no tendría malas relaciones con otros
gobiernos democráticos. Reestablecería relaciones
diplomáticas con el gobierno de El Salvador del mismo
partido que organizó escuadrones de la muerte o con el
de Nicaragua que ha logrado terminar con la
alfabetización que alcanzó el país con el sandinismo
gracias al dinero que el presidente Alemán se llevó a su
bolsillo.
Un presidente democrático cubano podría retirarse
cómodamente como sus homólogos democráticos Pinochet en
su país, Mobutu en Francia o Marcos en EE.UU.
Tampoco tendría ya problemas con la democracia europea,
esa en la que sólo vota el 30 % de los ciudadanos. Allí
sería invitado a los ágapes y bodas de sus democráticos
reyes.
Si Cuba se acogiese a un régimen de libertades podría
prohibir a sus ciudadanos que visitasen a sus familias
en países socialistas. Si los cubanos fueran
democráticos e iguales ante la ley podrían disfrutar de
la prohibición de enviar jabón o pasta de dientes a sus
hermanos o hijos si fuesen miembros del partido
comunista, tal y como les sucede a os cubanos que
disfrutan de la democracia en Miami.
Lo que uno no entiende es cómo, con todas esas ventajas,
los cubanos siguen empeñados en no querer ser
democráticos. |