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ANDY MONTAÑEZ O
LA SEDUCCIÓN DEL BOLERO
Andy Montañez se ha convertido en un fenómeno de
resonancias corales: “Cuando él canta, la gente entiende
que ellos cantan también. Eso es lo que siente el pueblo
cuando lo escucha. Cuando el pueblo lo ve cantando y
sonreír, sonríe la gente. Cuando él llega al escenario y
empieza a dar besos y abrazos a todo el mundo, siente
que llegó el hermano cantor y que eso es parte de la
canción.
Pedro de
la Hoz |
La Habana
Cada vez que viaja a La Habana, desafiando el
fundamentalismo de una política hostil que desde
Washington intenta separar la cercanía natural de Cuba y
Puerto Rico y echando a un lado la ira de los ultras de
Miami que alguna vez lo estigmatizaron, Andy Montañez
confirma su reinado en uno de los géneros que define la
universalidad caribeña:
Como sonero, nadie lo discute. Andrés Montañez
Rodríguez (Santurce, 7 de mayo de 1942) cuenta con una
fecunda trayectoria en la música popular boricua
contemporánea, jalonada por su larga estadía con el Gran
Combo de Puerto Rico ―quedan como testimonio veintiocho
discos entre 1962 y 1976―, su presencia decisiva con la
orquesta Dimensión Latina (1977-1980) y luego con el
bolero. Sus propias agrupaciones, sin dejar de sumar sus
momentos estelares con la Fania All Stars.
Pero siempre, con esas orquestas, y antes y después, el
bolero ha estado presente en las preferencias y el
repertorio de Montañez. Hoy día se consideran obras de
culto los tres discos que grabó a dúo con Ismael Miranda
para la casa Disco Hir entre 1996 y 1998: Al son del
bolero, Románticos de nuevo y Con alma de niño.
Detrás de cada interpretación suya se siente la fuerza y
la sustancia de una tradición. Si bien el bolero
probadamente adquirió su perfil definitorio en Cuba
durante la segunda mitad del siglo XIX, su identidad se
consolidó en el ámbito antillano en las primeras décadas
de la siguiente centuria. Y en ello, no fue casual el
papel determinante de los músicos puertorriqueños.
Puede suscribirse el análisis del sociólogo
puertorriqueño Ángel Quintero Rivera cuando nos dice que
en esa época “va conformándose una música
‘latinoamericana’ en la cual el bolero va a ser un
género fundamental; el bolero combinó el protagonismo de
la canción, fortalecida tanto por el formato inicial del
disco como por los marineros, el ritmo afrocaribeño,
popularizado sobre todo desde Cuba, y el acompañamiento
guitarrero de toda la ruralía latinoamericana, logrando
niveles de expresión íntima personal en un género a la
vez lírico y bailable”.
Andy se formó en la academia de la calle, entre
victrolas de barrio y cantores populares, escuchando al
trío Los Panchos y sabiendo que en su país existía un
compositor fenomenal, Rafael Hernández, que había
conseguido consumar creaciones donde lo íntimo y lo
social delinearon una dinámica singular.
Entre sus ídolos figuraban Daniel Santos y Benny Moré,
maestros en combinar las corrientes del son con los más
encendidos boleros, y no faltó estímulo para que emulara
con los tenores líricos que a mediados del siglo pasado
supieron aquilatar cómo en una habitación cercana a la
ópera y la zarzuela existía otra donde la canción
romántica poseía la misma dignidad de las piezas de
concierto.
Todo ello se hace ostensible cuando Andy canta. Pero hay
mucho más que viene de sí mismo: el timbre atenorado, la
afinación precisa, el fraseo adecuado, la inflexión
dúctil y pujante. Y más aún una especie de sexto sentido
para la comunicación sentimental, de modo tal que a cada
obra extrae y traslada la imagen exacta de su contenido.
El
cantor nos ha dejado temas antológicos en su voz. Como
de casta le viene al galgo, la manera de trovar la
canción compuesta por su padre, Andrés Montañez,
“Guitarra mía”, puede competir con cualquiera de los
clásicos del género. Hay que escuchar a Andy cantar /
decir (pues se trata de una unidad indivisible) “Me
dijeron”, de Edwin Oliver; “Si no eres tú”, de Pedro
Flores; “Regálame esta noche”, de Roberto Cantoral; y
“Dolor cobarde”, popularizada por nuestro Miguelito
Valdés.
Lo
que sucedió en La Habana cuando clausuró el Festival
Boleros de Oro 2004, que organizado por la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se ha convertido
en un fenómeno resonancias corales, coincide con la
visión que del arte de Andy Montañez tiene su colega y
compatriota Danny Rivera: “Cuando él canta, la gente
entiende que ellos cantan también. Eso es lo que siente
el pueblo cuando escucha a Andy. Cuando el pueblo lo ve
cantando y sonreír, sonríe la gente. Cuando él llega al
escenario y empieza a dar besos y abrazos a todo el
mundo, siente que llegó el hermano cantor y que eso es
parte de la canción. Esa personalidad es otra canción
silente que él lleva consigo, y cuando llega al
escenario, la dramatiza y la pone entonces con el
sonido. Y la gente dice: ese que me abrazó, es el que
está cantando. Ese es parte de mí”. |