|
45 Años A Veinticuatro
Imágenes Por Segundo
Desde la fundación del ICAIC hasta ahora mismo, dentro y
fuera de esa institución, ha sido preeminente la
voluntad de los cineastas cubanos por concederle
protagonismo a la compleja realidad de una nación en
franca apuesta por la soberanía. Así, la intención
documental se ha enseñoreado en los 45 años de cine
revolucionario, tanto en el género propiamente
documental como en la ficción.
Joel del
Río|
La Habana
Una
parte significativa de la actividad cinematográfica
atendible, antes de la Revolución, provenía en exclusiva
de sociedades culturales como Nuestro Tiempo y el
cineclub Visión. En 1954, dos miembros de estos grupos,
Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, que luego
serían fundadores del ICAIC, colaboraron en la
realización de El Mégano, un documental de
denuncia social cuyo guionista, Alfredo Guevara, sería
después presidente del Instituto Cubano del Arte e
Industria Cinematográficos, y su fotógrafo, Jorge Haydú,
se contaría entre los más destacados del cine nacional.
Desde
los tiempos de Cine Rebelde, la entidad que precedió al
ICAIC (fundado en marzo de 1959) y que solo alcanzó a
producir dos cortos documentales, Esta tierra nuestra,
de Tomás Gutiérrez Alea y La vivienda, de Julio
García Espinosa, se puso de manifiesto la intención de
privilegiar en nuestro cine lo documental, testimonial,
realista y verídico. Cuando el equipamiento y el
personal resultaban insuficientes, cuando se afirmaba
que la creatividad solo podía alcanzar la cúspide en la
confrontación con la inmediatez, era natural este
impulso hacia la graficación en imágenes de la realidad
como medio idóneo para captar y dejar registrado el muy
amplio espectro de la compleja realidad cubana.
El
movimiento documental fue la verdadera base del séptimo
arte en la Isla, el Noticiero ICAIC Latinoamericano fue
la forja de graduación para la mayor parte de los
directores nuestros, y la inmensa mayoría de ellos nos
legaron importantes obras de ese género antes de
incursionar en la ficción. Aparte de los ya mencionados
Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa (formados
en el periodo prerrevolucionario), Manuel Octavio Gómez
firmó la excepcional y emotiva Historia de una
batalla antes de entregarnos esa clásica entremezcla
de ficción y documental que fuera La primera carga al
machete; Humberto Solás realizó un paréntesis con
Simparelé y Wifredo Lam entre largometrajes
de ficción tan memorables como Lucía o Cecilia,
Fernando Pérez presentó credenciales con Camilo y
Omara previamente a los mayores opus que significaron
Clandestinos o Madagascar; Orlando Rojas se
le recuerda casi tanto por A veces miro mi vida
como gracias a Una novia para David y Papeles
secundarios; Octavio Cortázar hizo Por primera
vez antes de El brigadista, Pastor Vega solo
igualó el éxito artístico de Viva la República
con Retrato de Teresa; Manuel Herrera es el autor
de Girón y Enrique Pineda Barnet de Mella
aunque después se dedicaran con éxito a la puesta en
escena fictiva.
De la
anterior enumeración puede inferirse que en Cuba (salvo
brillantes excepciones como Santiago Álvarez y Nicolás
Guillén Landrián, documentalistas natos y puros) apenas
existen realizadores que antes no hayan cultivado el
documental, con éxito, en las primeras fases de sus
carreras. Y por tanto, ese deseo de retratar la
contemporaneidad de la Revolución, o en perspectiva
histórica, la identidad y la cultura nacionales, fue
trasvasado del cine documental al de ficción sin que
existieran rupturas fundamentales en la concepción
primigenia de nuestros filmes.
Nuestras primeras películas de ficción, aquellas que
recreaban la primera etapa luego del triunfo en 1959,
atestiguaban la voluntad por dejar constancia veraz del
cambio social y político recién acontecido: Historias
de la Revolución (1960) de Tomás Gutiérrez Alea;
El joven rebelde (1961) de Julio García Espinosa;
Manuela (1966) de Humberto Solás volvían la vista
hacia el pasado reciente de contienda y clandestinidad
con el espíritu épico que se esperaba de ellas. Era
preciso reconocer los enormes sacrificios que había
costado el triunfo.
Posteriormente, el cine cubano no abandonaría nunca más
la saludable y necesaria cercanía con la inmediatez
documental para construir incluso las ficciones más
sofisticadas formalmente. Si existe una cinematografía
nacional preocupada porque el séptimo arte se convierta
en ese espejo que se pasea a lo largo de un camino, esa
ha sido la cubana.
A una
inmensidad de tratados sociológicos y al periodismo
literario más fidedigno y acucioso equivalen la hechura
y la plataforma narrativa de docudramas históricos como
La primera carga al machete (1969), de Manuel
Octavio Gómez y La odisea del general José
(1968), de Jorge Fraga. Formidables comedias estilo
La muerte de un burócrata (1966), de Gutiérrez Alea,
Plaff (1988), de Juan Carlos Tabío y Nada
(2001), de Juan Carlos Cremata, parecen imbuidas del
espíritu dominante en las crónicas e invectivas
característica del documentalismo filoso y comprometido
con la veracidad. Verticales dramas
crítico-introspectivos al modo de Memorias del
subdesarrollo (1968), Hasta cierto punto
(1983) y Fresa y chocolate (1993), de Gutiérrez
Alea, del tercer cuento de Lucía (1968), de
Humberto Solás; De cierta manera (1974), de Sara
Gómez; Retrato de Teresa (1978),de Pastor Vega y
La vida es silbar (1998), de Fernando Pérez,
mostraban al dedillo los conflictos del hombre y la
mujer de pueblo, gente común en el trance de participar
en un proceso hiperconflictuado de cambio de
mentalidades y de costumbres.
Constatar de primera mano la cotidianidad épica, y el
historial admirable de la Revolución, aparejados a los
inevitables traumas individuales que conlleva el devenir
social en profunda transformación, han sido las dos
líneas principales registradas sensiblemente por el
mejor cine cubano de las últimas cuatro décadas y media.
Tal es así, que nuestros más recientes éxitos
filmográficos, Miel para Oshún (2000), de
Humberto Solás; Video de familia (2001), del
joven Humberto Padrón, Suite Habana (2003), del
consagrado Fernando Pérez, y la muy reciente Tres
veces dos (2004), de los también debutantes Pavel
Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti, representan la
continuidad imprescindible de una cinematografía con
indoblegable vocación para adentrarse en la cotidianidad
épica, espiritual y cultural de la Isla, con el lente
muy abierto, en gran angular, a las virtudes, pesares,
conflictos e innombrable fiesta que implica habitar a
lomos de un largo lagarto verde, con ojos de piedra y
agua. |