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El cuento de La Jiribilla
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EL SALTO DEL
CHIVO
Tomás Inda Barrera
A la señal del
instructor “el conejo” salio al tren de aterrizajes del
helicóptero, lo envolvió el sonido silbante del aire en
el casco, su mirada recorrió en la penumbra las señales
luminosas de las pistas, más allá las luces del pueblo
brillaban como un puñado de diamantes lanzados sobre un
tapiz oscuro, en el horizonte aún quedaba un viso de
claridad del alba.
Una nueva señal del
“Soca” indicaba el momento del salto, con un ligero paso
hacia atrás “el conejo” se encontró en el aire, sus
manos y piernas buscaron la posición habitual de
estabilización, ya sentía su cuerpo suspendido en la
densidad del aire, la semioscuridad ayudaba a acentuar
aquella sensación que le acompañaba cada vez que
saltaba, era como si flotara en aquel océano silbante y
transparente, abajo las luces titilaban agradablemente.
Miró hacia arriba y observó el helicóptero que en la
penumbra se alejaba, vio como por la puerta salía ha
pararse en el tren de aterrizaje “el chivo”.
Como siempre, en la
oscuridad se agazapaba ella, al acecho, todo consistía
en no darle oportunidad.
“El chivo” dio un
paso atrás y tropezó con el vacío, era como si no
hubiera encontrado de que asirse, sus manos se movieron
frenéticas y sus piernas se alargaron demasiado, su
cuerpo giro fuera de toda estabilidad entrando en un
loco torbellino. Entonces recogió manos y piernas
volviéndose un ovillo, su velocidad de descenso aumentó
vertiginosamente, sin duda ella se había decidido a
acompañarlo y trataba de controlar su cuerpo. Pero el
primer paso para corregir el error ya había sido dado,
ahora debía abrir brazos y piernas de un tirón para
recobrar la estabilización.
“El conejo” miró su
altímetro en la penumbra adivinó la posición de la aguja
sobre los 600 metros, con su mano derecha tomó la anilla
y tiró de ella, de inmediato sintió como salía la
campana, un estrechonazo y ya pendía del paracaídas
abierto, buscó al chivo con la vista.
Pero no, su cuerpo
aún se mantenía cerrado, era claro, ella lo había
controlado y el caía a toda velocidad, ahora seguido por
el paracaídas que semejaba una toalla enrollada y se
acercaba cada vez más a la tierra. Era indudable a la
altura programada el automático había sacado los
pasadores abriendo la mochila, pero ella se aferraba a
su presa no lo quería dejar escapar.
La altura cada vez
era menor, de pronto la campana comenzó a girar, las
cuerdas se abrieron y el paracaídas se hinchó frenando
la caída justo a tiempo, su cuerpo llegó a tierra y
rodó pesadamente.
“El conejo”, que ya
tenia en sus manos los timones giró hacia el punto de
caída del chivo que sentado sobre el piso sin liberarse
de las correas sostenía su cabeza entre las manos. Al
tomar tierra abrió rápidamente los candados liberándose
del paracaídas y corrió hacia su compañero, el estaba
bien, pero ella aunque no había podido llevárselo había
logrado calar hasta lo más profundo de su alma, entonces
solo lo escucho decir:
—¡No salto más coño, esta vez si que no salto más!
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