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LAS OTRAS
ZAPATILLAS
Amado del Pino
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La Habana
Están allí, muy cerca
del Capitolio Nacional. El grupo se encoge o se estira,
según la época del año, pero al menos un par de docenas
de ellos se agrupa todas las tardes como para guardar el
puesto, fijar la marca, acusar recibo de su existencia.
Conversan, meriendan, leen o deambulan, pero esas son
como labores secundarias, subproductos dentro de una
misión en la que lo esencial es mirar hacia el frente,
sostener la bolsa o la mochila: esperar.
Los padres y abuelos
de los que calzan zapatillas y tacones en el Gran Teatro
de La Habana son de diversos colores y transitan por las
más distintas etapas de la vida, pero les une el sueño
común de que sus descendientes —niñas en los más de los
casos— recibirán aplausos sobre el escenario y alguien
subirá desde el patio de butacas con el clásico y
rotundo ramo de flores de la noche de estreno. Atrás
parecen haber quedado los tiempos de prejuicios contra
la gente del arte. Los que ahora consumen la edad
escolar no podrán decir como tantos medio tiempo que uno
se encuentra por ahí y que exclaman, casi siempre con
una sombra de coquetería a punto de marchitarse: “Yo
quería ser artista, pero imagínate, mi padre no quiso,
porque decía que ese ambiente era tremendo”.
En los últimos años
la presencia del baile español ha ganado un sitio de
importancia en la preferencia de la familia habanera.
Tablados y castañuelas aportan un barniz de prestigio y
extensión. Siempre me pregunto si algunas de estas niñas
no estarán pasando por el incómodo trance que encaraba
Lalita Prieto, el personaje de Héctor Quintero que en la
formidable comedia Contigo pan y cebolla es
obligada por su madre-gallina a estudios diversos, a
pesar de que la muchacha no tiene gracia para las
españolerías y el ballet le da un profundo, grave,
marcado, delirante dolor en el dedo gordo del pie.
Por supuesto que de cien de los que esperan frente al
Gran Teatro, solo dos o tres verán a los suyos
adentrarse en el virtuosismo artístico. Los demás habrán
ganado en entrenamiento, en sensibilidad. Los padres,
mientras tanto, a nadie molestan con su ilusión, aunque
a ratos se haga incómodo pasar por esa cuadra de la
calle San José. El día de la función la sala se repleta
y muchas personas que hace rato no traspasan el umbral
de una instalación cultural, se acomodan, tensos, en los
asientos para adivinar la breve figura entre un
gigantesco coro de niños y apretar a tiempo el botoncito
de la cámara, que dejará el testimonio de la arrancada
de la posible gloria artística. Tal vez —si de soñar se
trata, no hay que estar poniendo cuotas— esta
experiencia los incite a buscar mejores películas, leer
algún libro o formar parte de un proyecto que eleve su
espiritualidad. Aunque, mañana, sean los hijos o nietos
quienes esperen a la puerta del teatro.
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