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HOWARD ZINN EN LA HABANA
Ángel Guerra
| México
La Habana. Hay hechos
de la vida cotidiana que revelan como ninguna
estadística la esencia democrática y humanística y el
ejercicio del enriquecimiento cultural y el debate
intelectual presentes en la sociedad cubana actual. Lo
más contrastante es cómo esta realidad viva crece en
medio del incremento desbordado del asedio, la guerra
económica y la amenaza desembozada de destruirla
violentamente por parte de la más grande potencia
militar de la tierra. Justamente por eso no es
considerada “vendible” por la maquinaria mediática
internacional, de la que recibe los honores del más
ominoso silencio.
Así pensaba
mientras asistía la semana pasada a la presentación
en el muy habanero Sábado del libro de la obra A
people´s history of the United States, del
historiador estadunidense Howard Zinn, traducida en
la edición cubana como La otra historia de
Estados Unidos. El libro ofrece en menos de 600
páginas un relato crítico de la trayectoria del país
del norte desde la llegada de los peregrinos. Pasa
por las etapas más significativas que configuran la
construcción del carácter explotador, expansionista
y guerrerista de su Estado
—el
más racista que haya existido según el autor—,
excluyente desde su génesis de indios, negros,
trabajadores, pobres y gays. Son la vida y las
luchas sociales de estos grupos los protagonistas
principales de Zinn, que añadió a esta edición un
profético post scriptum sobre la fraudulenta
llegada de George W. Bush a la Casa Blanca y la
insensatez ulterior al atentado del 11 de septiembre
de combatir el terror con el terror en gran escala.
Según Alfredo Prieto, prologuista de la edición
isleña, el autor concibe la escritura de la historia
como un acto de toma de posición que prescinde de la
pretensión de objetividad que recorre la
autoconciencia de la academia del mainstream:
el texto no habla de los nativos americanos, ni de
los negros, ni de las mujeres sino ‘desde’ ellos,
“como queriendo dar voz a la gente sin historia”.
La obra era muy
esperada por los estudiosos cubanos, pero Zinn no es
hasta ahora un escritor conocido en la Isla fuera de ese
medio. Podría pensarse que el tema no atraería tanto
público como ocurre con las novelas de Daniel Chavarría
o Leonardo Padura, favoritos del público isleño en el
género negro.
De allí que la
presencia de más de 400 personas en su presentación,
pese a la asfixiante ola de calor que ese mediodía
convirtió a la ciudad en un horno, al escaso transporte
público y a la recompensa
—ausente—
de bebidas frías y bocadillos al final es un indicio
elocuente de lo que es Cuba hoy. Estudiantes,
escritores, académicos, obreros, profesionistas y
funcionarios esperaron pacientemente por la amabilidad
del historiador, que no se retiró hasta que hubo firmado
el último de los ejemplares. Entre ellos el poeta y
ensayista Roberto Fernández Retamar
—uno
de los presentadores—,
el ministro de cultura Abel Prieto y el líder
parlamentario Ricardo Alarcón, asistentes habituales al
Sábado del libro que platicaron mientras tanto con la
concurrencia como hijos de vecinos, sin escoltas ni
séquito. Es cierto que en Cuba el precio de los libros
es simbólico comparado con cualquier otro país. Eso es
parte precisamente del singular y masivo cambio social y
cultural que explica la avidez de esa cantidad y
diversidad de personas por sumergirse en la lectura de
una obra de investigación histórica antes que llegue a
las librerías.
Horas más tarde
confirmaría mi pensamiento al presenciar la espléndida
puesta en escena de la pieza teatral Marx en el Soho,
del propio Zinn, en la nueva sala Adolfo Llauradó,
repleta principalmente de jóvenes. El monólogo
—actuado
y dirigido con gran eficacia y dignidad por Michaelis
Cué—
es una tierna, desenfadada y convincente proclama sobre
la palpitante vigencia de Marx en la fase neoliberal del
capitalismo y también una crítica de la deformación
grosera y burocrática de sus ideas por el stalinismo
hasta convertirlas en un culto laico opuesto a su filo
rebelde. No es el elogio de un santo sino el retrato de
un ser humano de gran estatura revolucionaria e
intelectual, enemigo del dogma y las verdades absolutas,
que cambió la función de la filosofía de interpretación
contemplativa de la realidad social a instrumento
científico para su transformación.
Fidel Castro afirmó una vez algo que es concomitante a
la tesis de esta crónica: No le decimos al pueblo
¡cree!, le decimos ¡lee! |