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POR LA ISLA DEL TEATRO (V)
Taller Itinerante de la Crítica en Santiago (II)

Omar Valiño
| La Habana

FOTOS DEL TALLER ITINERANTE DE LA CRÍTICA EN SANTIAGO

Santiago nos ofreció, si no todos, buena parte de sus espectáculos recientes.
 


El boxeador azul, de Teatro Gestus

Versus, de Calibán Teatro, indaga en torno a la Inquisición. Centrado en la figura de Giordano Bruno, a partir de un monólogo de Tomás González, busca paralelismos con el presente declarando su intencionalidad a través del uso de numerosos recursos brechtianos. Se cuela en él una rumba, se producen rupturas que permiten la discusión a los actores-personajes, pero no alcanza a concretar ese juego entre pasado e inmediatez. Si bien asistimos al proceso de incubación de la denuncia y el crimen, nacidos del dogma, la incomprensión, la envidia y la maldad, sus marcos son demasiado generales.

Resuelto con dignidad en términos escénicos y actorales, aunque pudiera profundizarse precisamente en la interacción entre actores y elementos escenográficos, la función que vimos se vio afectada por un cambio de espacio que maltrató con creces el cuidado diseño de movimientos del montaje, ejemplo este del desarrollo como directora de Nora Hamze.


El boxeador azul, de Teatro Gestus

Ella, en su calidad de fundadora y directora general de Calibán, explicó durante el intercambio con la crítica, la historia, las estaciones y el estado actual del grupo. Concentrándose en Versus, abundó sobre las dificultades resultantes del cambio de sala y las características del proceso de trabajo al que había dado lugar, del cual destacó la labor en torno a la incorporación del personaje en el teatro y en el ritual. Varios señalamientos notificaron la continuidad del recurso narrativo en la estética de la agrupación.   

Meñique y yo, de Teatro Gestus, ofreció una versión más de la fábula martiana. Dirigido por Orlando Barthelemy y actuado por él junto a Dagmari Cruz, la puesta no remonta nunca, ante los ojos del espectador, la sensación del intento fallido. Título inexplicable, pues nadie se erige como dialogante del pequeño pero inteligente Meñique. Carencia de verdadera fluidez y de nuevas visiones que alumbren el relato. Imágenes desaprovechadas según las propias convenciones elegidas. Un camino muy elemental, en definitiva.

Por tanto los críticos, después de señalar estas y otras deficiencias, se concentraron en compartir posibles vías, mediante sugerencias técnicas, para replantear el montaje.

El propio Teatro Gestus, bajo la tutela artística de su director general Ramiro Herrero, acudió al diálogo con el proceso de trabajo, aún no terminado, de El boxeador azul.

Creación colectiva a partir de una idea y un texto iniciales propuestos por el mismo Ramiro, el “cuadrilátero rectangular” sirve de base a un ring de boxeo donde se desarrollará un drama aparentemente deportivo, parapeto de una estrategia simbólica: la vida de un personaje. Vida con pretensión modélica en la medida que intenta concentrar muchas vidas tipificadas. Mas el camino es arduo porque ni logra tal tipificación a la altura brechtiana, modelo indiscutible de poética de tal naturaleza, ni alcanza a diferenciar la “unicidad” de una vida que exprese artísticamente de una manera “nueva” las contradicciones entre individuo y sociedad que la obra quiere transmitir.

Falla la dramaturgia a pesar del afán de vulnerar las convenciones dramáticas al uso. Las “células” son débiles, muchas veces imprecisas y su belleza literaria, aun dentro de lo popular, escasa.

La metáfora del boxeo como pelea constante ante los obstáculos de la vida, se abandona en su concreción expresiva convirtiéndose en un decorado de la acción. En este sentido el ring, como contenedor de esa estrategia metafórica, no funciona en sí mismo, si no va a ser utilizado para una diferente ubicación espacial del público.

A pesar de tantos señalamientos negativos, destaqué en el diálogo posterior con los creadores que enfrentarme a un espectáculo en proceso redobla, para mí, todo el sentido del Encuentro con la Crítica porque facilita la intervención en un tejido inconcluso y por tanto más fácilmente perfectible, si es que me asiste alguna razón en las sugerencias expuestas.

Ramiro Herrero defendió con pasión la voluntad escatológica, difícil de su propuesta. Esa de presentar con crudeza los traspiés de un personaje frente a todos los lazos sociales de un ser humano. No tengo nada en contra, sí todo a favor, pero dentro de sus propias bases estéticas creo también en la posibilidad de verificarlas mejor.

Con los años he comprendido que si hay confianza en el intercambio entre hacedores y espectadores especializados, como fue el caso, la crítica puede vulnerar el precepto de no ir más allá de señalar disfunciones y defectos. Puede meter las manos en el magma hirviente de la creación para alumbrar caminos, para en definitiva hacer su más fértil trabajo.

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