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MIRAR A LOS SESENTA:
EL TIEMPO DE LA ECLOSIÓN
Se
abre esta exposición cuando se nos anuncia que este país
está condenado a desaparecer como nación independiente,
que nuestra obra será destruida, que su cultura será
aplastada y el pueblo literalmente, esclavizado. Ahí
está el Plan anexionista que, entre otras ofensas
intolerables, explica detalladamente cómo intenta el
Imperio apoderarse de Cuba y controlar y dirigir todos y
cada uno de los aspectos de nuestras vidas sin excluir
ninguno.
Ricardo
Alarcón de Quesada |
La Habana
Mucho
habrá que pelear para impedirlo. Lo haremos entre todos.
Salvaremos nuestra obra y la haremos aún más bella, más
justa, más humana. La cultura nos salvará.
Muchos
libros, ensayos y artículos se han escrito sobre la
séptima década del pasado siglo. No es esta la ocasión
para analizarlos. Solo cabe apuntar aquí algunas
observaciones muy rápidas.
La
primera es que parece haber consenso a que ese decenio
tuvo más de diez años.
La
segunda es que los sesenta no admiten naturalidad.
Todavía hoy se les denigra como a un enemigo que aún
pelea o se les recuerda con nostalgia e incluso algunos
aguardan su imposible regreso.
Los
sesenta fueron, ante todo, la rebelión de la juventud
que trajo, en palabras de John Lennon “una revolución
completa en el modo de pensar” y que él definió también
como “un barco que seguirá navegando impulsado por un
viento que nunca muere hasta llegar a un nuevo mundo”.
En otro momento señalé que eran una “actitud ante la
vida que conmovió desde lo más hondo a la cultura, la
sociedad y la política, y cruzó todas las fronteras. Su
impulso renovador se alzó, victorioso, colmando aquella
década, pero había nacido antes y no se detendría hasta
hoy”.
Para
los cubanos no hay dudas de que los sesenta comenzaron
exactamente la madrugada del primer día del año 1959.
Con la Revolución triunfante, Cuba entraría en una época
enteramente nueva que significaba una ruptura radical
con el pasado inmediato, pero a la vez era el
reencuentro con un proceso revolucionario único, varias
veces interrumpido y que se había iniciado casi un siglo
antes.
La
gentil invitación de Moraima Clavijo, directora del
Museo Nacional de Bellas Artes, me conduce a ciertas
reflexiones enteramente personales para ofrecer mi
propia mirada. Pertenezco a esa especie cada vez más
reducida de quienes ya entonces estudiaban en la
Universidad y no habían sido ajenos a la lucha contra la
tiranía. Para quien salía de la clandestinidad en el
principio fue, ante todo, el “deslumbramiento” en el
sentido de “turbación de la vista por luz repentina”.
Recuerdo las palabras de Fidel advirtiéndonos que la
lucha que entonces comenzaba sería más difícil y
compleja que la etapa terrible que veníamos de superar.
El
poder real aún no había sido conquistado. Los primeros
años serían decisivos en términos políticos. Se dio
entonces también una intensa batalla de ideas que habría
de librarse mientras, al mismo tiempo, se adoptaban
decisiones justicieras que serían la base de la profunda
y necesaria transformación de la sociedad. Hubo que
esperar más de treinta años para poder leer en
documentos oficiales celosamente guardados, cómo en
aquellos años, desde el primer día, el gobierno de
Estados Unidos. Se había empeñado en arrebatarnos la
victoria, había tratado de doblegarnos con el “hambre y
la desesperación” y había gastado, año por año, decenas
de millones de dólares en fomentar el embuste y el
soborno, el engaño y la amenaza. Además de agresiones y
crímenes que no hace falta recordar.
En el
terreno de la cultura, aquí fue el tiempo de la
eclosión, es decir la “acción de abrirse un capullo de
flor, una crisálida” y también “brote, manifestación,
aparición súbita”.
De
pronto era el libro y la danza, el filme y el teatro y
también los carteles, las fotos y los cantos. La poesía
y la plástica junto al debate constante se posesionaban
del país. Descubríamos la Isla al tiempo que nos
sentíamos, por primera vez, sus propietarios. Dueños del
color y la palabra, de la luz y el aire, buscábamos la
última información para saber el día exacto de nuestra
muerte anunciada y hacíamos maravillas del trabajo
voluntario, las guardias nocturnas y los secretos del
arme y desarme del AK y la metralleta checa.
La
excelente exposición que hoy se inaugura nos devuelve el
espíritu de aquel tiempo. Nos aproxima a lo mucho que en
todos los aspectos de la cultura fuimos capaces de hacer
en circunstancias irrepetibles, y en ella no faltan
muestras de importantes creaciones ajenas que de un modo
u otro dejaron su huella entre nosotros. Hay que
felicitar a la dirección del Museo y a todos los que han
hecho posible este extraordinario acontecimiento. Quiero
agradecerles en nombre del público, que acudirá en gran
número ―estoy
seguro―
a disfrutar y aprender, a recordar y descubrir. Especial
mención debo hacer al catálogo en tantos sentidos
superior y a los muy valiosos textos en él incluidos.
Unas
palabras a los que nacieron después. Déjennos a nosotros
la nostalgia. Ustedes tendrán también sus Sesenta, les
pertenecerán por entero, los construirán de una manera
nueva. Es un derecho pero también una tarea que estarán
obligados a realizar. No se trata de un imposible
regreso al pasado. A ustedes les tocará luchar hasta
alcanzar un mundo nuevo, ese que reclaman con fuerza
creciente millones de personas de todas partes.
Estoy
seguro de que en algún momento recordarán entonces a la
generación que ingenuamente creyó poder tomar el cielo
por asalto.
Se
abre esta exposición cuando se nos anuncia que este país
está condenado a desaparecer como nación independiente,
que nuestra obra será destruida, que su cultura será
aplastada y el pueblo literalmente, esclavizado. Ahí
está el Plan anexionista que, entre otras ofensas
intolerables, explica detalladamente cómo intenta el
Imperio apoderarse de Cuba y controlar y dirigir todos y
cada uno de los aspectos de nuestras vidas sin excluir
ninguno.
Mucho
habrá que pelear para impedirlo. Lo haremos entre todos.
Salvaremos nuestra obra y la haremos aún más bella, más
justa, más humana. La cultura nos salvará. En el origen
fue semilla de donde brotó la Patria. Es su mejor escudo
y lo será siempre.
Mirar a los Sesenta en este preciso instante ayudará a
descifrar el milagro de resistencia y creación que es y
será Cuba.
Palabras de Ricardo Alarcón de Quesada en la
inauguración de la exposición “Mirar a los 60”.
Museo de Bellas Artes
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