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La Esperanza Destrozada
Esta edición de La
esperanza destrozada. La revolución guatemalteca y los
Estados Unidos. 1944- 1954 enriquecida con algunas
reflexiones de su autor, Piero Gleijeses, sobre la
política de Eisenhower hacia Guatemala. Es un libro de
historia donde se demuestra la habilidad que tiene los
EE.UU. “de echarle la culpa a la víctima”.
María
Matienzo|
La Habana
Fotos: Tomado de Granma
En
el pasado Sábado del Libro fue presentada La
esperanza destrozada. La revolución guatemalteca y los
Estados Unidos. 1944- 1954. Su autor Piero Gleijeses,
ya conocido por lectores y especialistas desde la pasada
Feria Internacional del Libro de La Habana por su título
Misiones en conflictos, La Habana, Washington y África.
1959-1976,
premiada por
la sesión anual de la Organization of American
Historians
como el mejor libro de
Historia y Política Exterior
del año 2002.
La
Esperanza Destrozada ...
editada por la Editorial Ciencias Sociales forma parte
de la colección Grandes Momentos de la Historia y es la
segunda obra de una trilogía donde The Dominican
Crisis: The 1965 Constitucionalista Revol and American
Intervention es la primera escrita por el autor y
la única que no ha sido publicada por editoriales
cubanas. Sin embargo, The Dominican Crisis:… y
La Esperanza Destrozada, la seriedad y la visión
objetiva con que aborda la problemática tercermundista,
le sirvieron a Piero Gleijeses para que se le abrieran
las puertas a su investigación en Cuba e iniciara
amistad con Jorge Risquet, “uno de los hombres más
impactantes” que ha conocido en su vida, también
miembro del Consejo de Estado de Cuba, testigo del
derrocamiento de 1954 en Guatemala, mientras era
dirigente estudiantil de la Federación Mundial de
Juventudes Democráticas y —justo a los cincuenta años
del hecho— autor del prefacio de La Esperanza
Destrozada...
Esta
edición enriquecida con algunas reflexiones sobre la
política de Eisenhower hacia Guatemala y la política
exterior de los EE.UU., es un libro de historia donde se
demuestra la habilidad que tiene los EE.UU. “de echarle
la culpa a la víctima” como “un componente clave del
idealismo jeffersoniano, (que) caracterizó a la actitud
de los funcionarios, del Congreso y de la prensa
norteamericanos hacia Guatemala en 1954”, según afirma
en su libro el propio autor.
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Piero Gleijeses |
Sus fuentes
han sido documentos desclasificados, entrevistas con
personalidades guatemaltecas y norteamericanas,
protagonistas y testigos, y otros historiadores que a
diferencia de Gleijeses, no habían contado con estos
testimonios determinantes.
En
el libro se establecen los precedentes anticomunistas,
los intereses militaristas y de la clase alta de una
Guatemala pobre: primero Ubico que con su voluntad de
hierro hacia los indígenas, con cualquier intento de
organización, dirigía a Guatemala como una gran finca y
él era el terrateniente; luego Arévalos con sus medias
tintas y su coqueteo: por un lado los trabajadores y por
otro los EE.UU., este prefiere la colonización de la
tierra a la reforma agraria, acepta la organización de
los trabajadores y estudiantes pero no les brinda apoyo
y mantiene a la clase alta insatisfecha que lo acusa de
comunista; la muerte de Francisco Arana que aún resulta
un misterio pero que se había convertido en el candidato
ideal “Era inteligente, astuto como un campesino y podía
ser encantador(...), persuasivo en grupos reducidos”;
llega la elección de Jacobo Arbenz que era un “héroe
militar sobreviviente de 1944, el hombre que había
dirigido la defensa del gobierno contra los aranistas” y
así comienza el drama guatemalteco: la organización de
los trabajadores, la nacionalización de las tierras y la
primera Reforma Agraria, la espera del imperio para que
cayera por su propio peso, el derrocamiento y la
esperanza destrozada.
Por último, el silencio: “Tuvieron que pasar seis años
antes de que un periódico de la prensa norteamericana
descorriera —un poco, nada más— la cortina de mentiras”.
El futuro
de Guatemala en las siguientes décadas lo describe
Jorge Risquet en su prefacio: “Doscientos mil muertos,
la tercera parte de ellos desaparecidos, y otros tantos
obligados a buscar amparo en los países vecinos. Una
cifra imprecisa, superior al medio millón de personas
que debieron abandonar su hogar y lugar de origen hacia
otros puntos del país, huyendo del terror masivo. Los
mutilados suman decenas de miles.
“Los
huérfanos son calculados entre cien mil y ciento
cincuenta mil por las organizaciones humanitarias.
“Seiscientas
veintiséis aldeas borradas del mapa y sus pobladores
liquidados, número preciso, exacto, fijado en el terreno
calcinado donde se asentaban, que no se puede lanzar al
océano como los cadáveres.”
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