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EL ESCRITOR, EL COMPROMISO
Y EL MUNDO
Julio Pino
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Miami
Iniciado ya el siglo
XXI sigue debatiéndose en los conventículos del
pensamiento y en los más variados escenarios políticos
el papel del artista y el intelectual ante la vida; ante
la vida política y la racionalidad ética del
compromiso.
El
arma del intelectual es de este modo la crítica frente a
un mundo que surge por constante oposición a él; a su
pensamiento; a su ideario; a su racionalidad. Las
grietas del mundo son entonces observadas por el
artista desde la óptica de la razón y del juicio, desde
el concepto universal de la belleza y desde la presencia
de su sensibilidad.
Este enfrentamiento, Arte y Pensamiento versus Mundo, es
del todo correlativo a una época como la nuestra donde
el artista, y toda forma genuina de creación, han sido
marginados de los grandes centros de poder. Una época en
que proporcionalmente a la subida del valor económico de
los objetos de arte (pinturas, libros, música, cine,
etc. etc.) existe una corrosiva depauperación del valor
real de la obra artística. Simplemente las verdaderas
obras son muy poco contempladas por el mercadeo
contemporáneo.
Para la segunda mitad del siglo XIX esa era ya
definitivamente el estado de cosas en el mundo
occidental. Lo que sucede es que hoy en día la situación
se ha agravado mucho más. Las tan comentadas fugas
decimonónicas de grandes artistas hacia otras tierras
situadas al margen de Occidente, o ubicadas en su
periferia, revelan de una manera elocuente la progresiva
descontextualización de un pensamiento, de una
sensibilidad y de un modo de vida los cuales han sido,
poco a poco, arrinconados por “esa magia burguesa”
que comenzó a imperar en casi todas partes. Porque hay
muy pocos lugares sobre la tierra donde el artista, como
disidente moderno del mundo, pueda huir dando un
portazo, con su equipaje o sin él.
El
mundo burgués —como tan bien lo supieron ver Cervantes y
Quevedo a comienzos del siglo XVII— presupone un
encantamiento de las antiguas formas naturales de la
vida, allí donde el dinero todavía no se había
convertido en “poderoso caballero”. Un
acto de presdigitación, una suprema inversión de los
valores, un vulgar escamoteo de las esencias de la vida,
una profunda subversión de las fuentes originales del
arte y la existencia humana es lo que vino a imponer,
con su acción trasformadora, entre ofertas y falsas
promesas, remates, demandas y fanfarrias la sociedad de
los mercaderes.
Y
en nombre de los falsos valores de esa sociedad es que
se levantan hoy todos los entarimados inimaginables, los
retablos de cartón más acuciosos, el imaginario guiñol
donde se representa, bajo el aplauso atronador de más de
un millar de filisteos, la farsa de la época. Época que
corona bulliciosa, con la insignia de laurel de
cartulina, al buen burgués devenido afamado autor de
libros para el consumo, autor sin par, con beneficios de
nuestra empobrecida comedia humana.
Por otra parte ese cuento ideológico de que Occidente no
conoce disidentes no es solamente bastante falso, sino
que es querer ignorar que en la civilización occidental,
al modo de la original tradición del pensamiento
heterodoxo que hay en España, ha sido cuna y tribuna de
toda una alta cultura histórica de la disidencia.
Disidencia ante Occidente, por ejemplarizar, por la cual
Arturo Rimbaud pagó su saldo con la gangrena en un
miserable hospital de Marsella luego de regresar de su
exilio en África, y Vicent Van Gogh el suyo con su
exilio entre los campesinos del Medio Día francés y con
su misma locura internado en el sanatorio de Saint-Rémy.
O
es que acaso la narración para niños El pequeño
Príncipe, uno de los libros más universales que
jamás se hayan escritos, no encierra entre sus páginas
una apasionada denuncia del capitalismo. Porque el
Principito es también un exiliado del mundo que vive en
su asteroide poético y desciende a la Tierra al modo de
un enviado milenario del pensamiento progresista. No sé
pero, a veces pienso que la Belleza es también una
disidente ante “los horrores del mundo moral”.
En
definitiva, ¿qué puede significar para muchos hablar de
un arte y un pensamiento políticos, en un momento tan
incierto como el actual, donde nos invade la apatía
porque hemos visto hundirse viejos proyectos que
creíamos imbatibles y aparecer, en su lugar,
contraproyectos neoliberales que también se hunden?
Pero, arte político no es otro que el que se hace para
la Polis, acostumbraban a decir los Griegos de la Edad
Clásica... y lo contrario podría ser absurdo añadiría
yo. Pienso que en cada momento histórico la Época nos
condiciona los modos particulares en que decidimos
expresar la forma de nuestro compromiso. O sea, la
bandera que podemos hoy alzar en cualquier parte, por el
hombre y su dignidad, puede muy bien no corresponder a
la posición política por la cual será alzada dentro de
doscientos años la misma bandera, pues cada época
establece su propio retablo operativo donde serán
puestos de nuevo en juego los viejos argumentos y las
consabidas razones humanas.
Mientras que en los momentos actuales el mundo encantado
de la burguesía, que prolifera entre nosotros en
juicios y actitudes, nos entrega una tercera disyuntiva
al margen de meramente resistir o de integrarnos de un
modo definitivo al Sistema. Esa tercera opción descansa
en un principio lógico: cuando no hay salida teórica
para los problemas del intelectual o del artista, que
como individuo está sufriendo su largo desarraigo en las
tierras pedregosas y baldías del mercado y la abulia,
son solo las razones consustanciales a su origen y su
destino como hombre las que deben responder hoy y
siempre por él. En esa semilla original puede estar
también la atribulada belleza del mundo, común a todos
los hombres, como el propio sentido de lo que se hace en
los conceptos de realidad y poesía, los cuales son los
que nos trasfieren el sentimiento de sabernos
pertenecientes a algo, que merecemos ser realmente parte
de algo; que se es elemento vivo de una comunidad
cultural e histórica que habita en un espacio geográfico
y se mueve en desarrollo, con todas sus contradicciones
a cuesta, en el tiempo.
En
resumen: si debemos fugarnos hacia alguna parte que esa
parte sea la realidad. Que si debemos, algún día,
decidirnos asumir todos los riesgos del compromiso será
muy alentador saber del significado colectivo que los
riesgos poseen; de ese tamaño punto de inflexión donde
la soledad del creador pudiera tener a su lado millones
de compañeros.
Refiriéndose a sí mismo, Bezukof, uno de los personajes
más importantes de la novela Guerra y Paz de León
Tolstoi emitió esta valoración sobre los artistas e
intelectuales, cito de memoria: “No es que no amemos la
vida, sino que de tanto amarla somos incapaces de
vivirla”.
Eso es profundamente cierto. En el fondo no ha sido
pereza las razones del consabido desvalimiento moderno
del artista ante el mundo. La vida ofrece una gama tan
variada de significados que son comunes los extravíos
para los que ejercen demasiado el oficio del
pensamiento. La vida es trágica, es cierto. Pero, la
vida también es cordial, jacarandosa. Esto último no
debe perderse nunca de vista. Que el mundo jamás va a
estar a la altura de nuestras expectativas es, además,
una verdad lapidaria...
Y
Pedro Bezukof, el noble ruso apasionado, emitió su
verdad más íntima ante las ruinas históricas de la
Batalla de Borodino. Pues justo en los momentos más
dolorosos del mundo, donde de todas partes los rifles
tiran a matarse, el arte es, entre otras cosas, un
reparador de nuestras cuotas de humanidad perdidas y la
expresión orgánica de un compromiso donde la belleza no
es ciertamente una de sus últimas verdades tributarias.
No obstante, los específicos modos políticos que ha de
revestir ese compromiso tiene que resolverlo cada cual
con su conciencia.
La
literatura, el compromiso y el mundo conforman así para
el artista una Trinidad política. Trinidad que se puede
explorar ilimitadamente de una manera conceptual, o
decidirse habitar en ella desde la esfera de la praxis
social. Por otra parte, en algún lugar de sus textos el
pensador italiano Antonio Gramsci definió al intelectual
no por la imagen que él tiene de sí mismo, sino por la
función social que cumple. Todo arte y pensamiento
verdaderos la cumplen por sí mismo, por eso no debe
asustarnos para nada esa definición. Ahora, la imagen
entendida, como cuestión primordial, como el
reconocimiento explícito de lo que se es ante los suyos,
cobra una importancia que trasciende el marco de las
relaciones habituales del artista con su obra. Porque el
compromiso no es otra cosa que la forma más temible, y
posiblemente la más bella, que tiene el artista para
decidirse a fijar, entre nosotros, y de un modo acaso
definitivo, su residencia en el mundo. |