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FERNANDO PINO SOLANAS:
NO NOS PUEDEN SAQUEAR LA MEMORIA
"Hay que comprometerse. No ser un panfletario. El
director de cine es un artista con una formación muy
amplia que no puede ignorar lo que pasa en la realidad.
Hay que reconstruir una cultura de la victoria, con
caminos alternativos y superiores, los del protagonismo
de los pueblos. No queda otra salida que la integración
del continente. Creo que los tiempos marchan a favor
nuestro".
Nirma
Acosta
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La Habana
Fotos:
José Urbano
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El director de cine argentino Fernando Pino Solanas, intelectual
rebelde cuyas causas prioritarias en su vida profesional
y como militante siguen comprometidas con lo más humilde
de su pueblo, ha traído a los cubanos su polémico filme
Memoria del saqueo, la oscura trama de la corrupción
que recientemente recibiera el título al mejor documental en el
Festival de Cine Latino de Los Ángeles, y que ya venía con el
lauro del Oso de Oro de honor del Festival de Berlín.
Testimonio de profundo valor histórico y patriótico,
Memoria… “… nació para aportar a la memoria contra
el olvido, reconstruir la historia de una de las etapas
más graves de la Argentina, para incitar a denunciar las
causas que provocaron el vaciamiento económico y el
genocidio social del país”. Con este hombre que ha
conocido de cerca la dictadura, el exilio, que ha sido
baleado por defender su punto de vista y a pesar de todo
ello no le han cambiado su forma de pensar, conversamos
en exclusivo para La Jiribilla.
¿Es este ensayo histórico,
Memoria del saqueo, una manera de decirles a los
intelectuales del mundo cuál es el rol que les
correspondería desempeñar en estos momentos?
Es peligroso decir hay que hacer
esto o lo otro. El que tiene necesidad de escribir un
poema, o de cantar porque el amor invade su vida en ese
momento o porque su niño se le ha muerto, debe hacerlo y
ya. Las necesidades del artista son múltiples. Uno se
fue al exilio, por muy diversas razones, partió. Yo
respeto mucho lo que pasa en las circunstancias de cada
persona lo cual no quiere decir que justifique que le dé
la espalda a la realidad, o que esa persona no se
comprometa de una u otra manera contra el horror. Los
mecanismos que el artista crea son muy complejos y
misteriosos.
En el caso del cine y de una
película como Memoria del saqueo se juntan la
reflexión, la conciencia política y ciudadana o humana
al nivel del pensamiento.
Hay que comprometerse. No ser un
panfletario, esta es una actitud repudiable. Si uno se
encuentra en la calle a un hombre maltratando a un niño
o una mujer, uno se involucra. Ante la tragedia de mi
país con 35 y 40 mil muertos al año por desnutrición y
enfermedades curables, qué menos puede hacer un artista.
El director de cine es un artista
con una formación muy amplia que no puede ignorar lo
que pasa en la realidad. Yo podría ser restaurador y
trabajar en una capilla perdida en medio del campo, pero
el director de cine maneja mucha información, un medio
de comunicación de masas, no puede ser un imbécil, ni
hacerse el distraído frente a la realidad. El que
trabaja y se expresa con un medio de comunicación de
masas asume de hecho toda la información y todo el saber
de la comunicación de masas; si no lo ejerce, es un ser
despreciable y debe ser criticado.
Aquel que opera con un medio de
comunicación masivo, no puede ser ingenuo, tiene un arma
extraordinaria y debe asumirlo con la mayor ética y
responsabilidad.
Si uno repasa la cinematografía
norteamericana, encuentra una antología de
monstruosidades: la lucha del mal y del bien... y pensar
que a generaciones de niños
le han educado viendo estos
seres agresivos. La idea del malvado y su contracara, el
justiciero, entrena la gran cultura de masas
norteamericana que es bochornosa, es una cloaca de
valores inmorales y destructivos. Ese pueblo sometido al
terror desde pequeño no puede leer la realidad de otra
manera que no sea la que le enseñaron los medios. Es una
saga extraordinaria del terror, la inmoralidad, la
imbecilización del espectador y de categorías estéticas
y dramáticas muy elementales. La mayor parte del cine
norteamericano cabalga sobre la estructura del suspenso,
la trama que deja fuera la realidad, que es generalmente
la vida; todo esto se cierra con una suerte de película
fantástica de ciencia ficción que es otra antología del
horror, la corrupción, gran cloaca institucional que es
la política norteamericana.
¿Qué ha significado Memoria…
para la cinematografía argentina? ¿El filme es una
lección para los pueblos o una advertencia para los
gobiernos?
En
Argentina, entre 1983 y el 2004 ―20 años a 40
largometrajes por año―, se realizaron unos 800 filmes.
De esos 800, el 1 %, 8
ó 10 películas, trataron
el tema de la dictadura. Es un horror, una negación
absoluta. Los temas dolorosos cuestan mucho asumirlos. A
veces, ante una tragedia no es posible hablar de ello y
en una sociedad donde todavía los familiares de los
desaparecidos no han recibido la información sobre en
qué circunstancias y dónde tiraron los cadáveres de sus
hijos, es entendible que todavía sientan miedo. El
miedo se puede percibir en esa sociedad.
Pero, por ejemplo, durante esta
década mafiosa que yo describo en Memoria del saqueo,
no existe ni una sola película sobre la corrupción, el
robo y la denuncia de las atrocidades que se hicieron
con los derechos sociales, humanos, y con el patrimonio
material de los argentinos. Y en este caso la inmensa
mayoría de los intelectuales y la clase media argentina
estaban concientes de que Menem era un ladrón, un
cobarde y un padrino mafioso.
La mayor parte de los cineastas
argentinos se ubicaban en el arco del progresismo,
izquierda y centro izquierda, pero en determinadas
circunstancias figuraban como de izquierda, mientras en
sus películas la realidad argentina no aparecía
denunciada. Una parte de mi generación quedó quebrada
o fuera de juego; los jóvenes, quienes nacieron en el
76 cuando llega la dictadura, hoy tienen 40 años, ¿qué
han vivido? Luego vinieron los años del postmodernismo,
donde todo tema político era anacrónico. Imperaban los
valores de hacer lo propio, desarrollar el egoísmo como
valor fundamental y atacar la solidaridad, el humanismo,
lo social y colectivo.
En Memorias… hay
coincidencias con la documentalística cubana, y el modo
de hacer cine que nos legó Santiago Álvarez…
Santiago Álvarez fue el gran maestro de la
documentalística latinoamericana. Antes de hacer La
hora de los hornos, difundía clandestinamente sus
películas, las de Fernando Birri y otros. Santiago
Álvarez representa al documental militante. NOW
es el ejemplo, fue de un gran impacto. Lo que hizo
desde el Noticiero ICAIC fue extraordinario, abrió
cauces. Todo ello se expresa en mi obra, en La hora
de los hornos y por supuesto en Memoria del
saqueo. Su influencia del cine mudo soviético está
también en estos documentales o ensayos históricos como
prefiero llamar.
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Junto a Julio
García Espinosa y Alfredo Guevara luego de la
presentación del documental en el Cine Chaplin
de la capital cubana. |
El documental no solo denuncia
lo que sucedió en Argentina, el saqueo de un país, sino
que desmonta el modelo neoliberal, lo pone al desnudo.
¿Cómo definiría a Argentina, antes y después de "El
cacerolazo"?
La Argentina de Menem y de De la
Rúa es la que puede verse en Memoria del saqueo.
Fue una gran estafa. Fue la Argentina del cinismo y la
hipocresía, del saqueo y la ignominia que terminó en un
genocidio social, aceptando como normal que la gente se
muriera de hambre en un país donde sobra el grano. Se
nos prometió un gran desarrollo, progreso para todos;
los medios hicieron creer al país muchas mentiras;
además silenciaron el saqueo, el robo y la mafiocracia.
Después del cacerolazo, la gente ya
no se equivoca sobre quién es su enemigo, aquello dejó
el sedimento de una desconfianza total. Volver a creer,
lograr la confianza, la esperanza, lleva su tiempo.
Ha afirmado que su lucha es
justamente contra la cultura de la derrota. ¿Cuál
ha sido el papel de los medios en la formación de esa
cultura?
Los pueblos no tienen muchas
alternativas para cambiar la realidad, no tienen el
capital, las riquezas del país no les pertenecen, no
tienen el poder político, ni el poder de las armas; el
único poder es su conciencia como energía movilizadora
para unirse, organizarse y transformar la realidad. La
realidad puede ser transformada. Nosotros vivimos una
época de resignación y derrota; el postmodernismo y el
neoliberalismo nos inculcaron que no era posible
otro camino. Todo ello a través de los medios de
comunicación de masas, la verdadera brigada de choque,
el bombardeo incesante de ese ejército de comunicadores,
periodistas, empresarios, que desde los programas o los
noticieros nos enseñaron el camino de la explotación
salvaje de los unos contra los otros, o de la
servidumbre frente al imperialismo dominante y de
desprecio por los valores nacionales; desprecio por la
historia, la memoria… Esa porquería inculcó la
idea ―muy
ligado por supuesto con el consenso de Washington, la
caída del muro de Berlín, el vacío, el fin de la
historia, el fin de las ideologías―,
que no había otro camino posible que no fuera sumarse a
ese tren, a ese proyecto, inculcaron el sentimiento de
que no era posible el cambio. Todo fracasó. La única
posibilidad que teníamos de salvarnos era acomodarnos a
la nueva situación, y ahí mismo se nos dio el caso
patético de mucha gente que tuvo actitudes éticas de
resistencia, militancias heroicas inclusive que
terminaron sirviendo como funcionarios de los proyectos
más canallas.
Pero el rasgo distintivo de esta
época del neoliberalismo es haber permitido el triunfo
circunstancial de su modelo, es haber convencido a buena
parte de nuestros sectores medios que no era viable otro
modelo, como el de la utopía de un mundo justo donde se
respeten los derechos y donde la gente pueda hacer
ejercicio soberano de su individualidad, de su valor;
nos sembraron el sentimiento de la derrota.
En Argentina, desde que llegó la
democracia, el voto fue siempre traicionado y robado al
votante. La gente terminó por no interesarle votar. Esa
es la consecuencia del descrédito y la desconfianza, el
escepticismo ante el hecho de creer que va a cambiar la
sociedad porque se vaya a votar, es más, no quieren
participar de esa farsa, hay una cultura de la
resignación. El ciudadano no cree que puede cambiar la
realidad, el sentimiento es pesimista.
Esos factores subjetivos los
remarco porque somos víctimas de los medios. Nadie lee
los diarios, en un país donde el salario mínimo es de
dos dólares por día, y un diario cuesta 50 centavos,
igual que un litro de leche o un kilo de pan. La gente
se informa a través de la radio, la televisión donde la
batalla cultural y mediática es esencial para la
democratización de nuestras sociedades. Vivimos en
sociedades mediáticas donde la represión mayor, no es el
policía, sino los medios.
¿Cree que la nueva situación
latinoamericana potencia un nuevo cambio, digamos un
regreso a sus esencias? ¿Apuesta entonces por una nueva
América Latina?
Soy de los que cree que tenemos
todo para transformar y dar un vuelco a América Latina.
Todavía no hemos realizado el proyecto inconcluso de
Bolívar, San Martín, Sucre, Martí que es la gran patria
latinoamericana. Todavía tenemos esa deuda, tenemos que
lograr la unidad del continente del Caribe a la
Patagonia y terminar con esta hegemonía norteamericana.
Estamos lejos de creer que el
imperio está en expansión y avance, está en un retroceso
espantoso. Lo hemos visto en la guerra de Iraq. EE.UU.
no ha vencido, han caído en su propia trampa, no pueden
salir ni de los cuarteles, no saben cómo regresar,
pensaban que iban a financiar la guerra con el petróleo
y les han incendiado todos los pozos, el costo político
que han pagado es descomunal. Es una derrota
espectacular para una guerra colonial de rapiña que
termina aceleradamente, son los últimos estertores del
imperio. La democracia norteamericana y sus
instituciones pasan por su peor momento, basta ver la
película de Michael Moore (Fahrenheit 9/11), las
quiebras fraudulentas de dos de las diez principales
corporaciones del mundo: la Enron y el otro gigante
mediático, eso no se puede hacer sin la complicidad de
la fiscalía y las instituciones judiciales de EE.UU.
Están en retroceso.
América Latina tiene condiciones
para ser una comunidad unida e independiente del resto
del mundo, porque cuenta con todas las materias primas y
los alimentos para autoabastecerse
―inclusive para
exportar―, tienen materia gris, tecnología de punta, una
gran creatividad, un pueblo hermosísimo, una identidad,
esa identidad que está en el carácter latinoamericano.
Con la caída del muro de Berlín,
la resignación y la apatía abrieron brecha en el
sentir de la izquierda, hubo una derechización de su
pensamiento. ¿Es todavía la izquierda una alternativa en
Latinoamérica?
El cambio se tiene que dar a favor
de los pueblos, y a favor de los pueblos es lo que
llamamos la izquierda, los que luchamos por una sociedad
justa, democrática. Hay que reconstruir una cultura de
la victoria, con caminos alternativos y superiores, los
del protagonismo de los pueblos. No queda otra salida
que la integración del continente, apoyarnos como
hermanos. América Latina tiene muchas asignaturas
pendientes. Necesitamos grupos mediáticos, construir
redes alternativas de comunicación, de información que
estén en manos de los pueblos y no en manos del enemigo
como sucede habitualmente.
Tenemos que crear un canal
informativo cultural de televisión que sea la expresión
y la imagen latinoamericana donde se rescate la memoria,
los acontecimientos históricos, los valores culturales,
científicos, que dé un espacio al documental. Hoy no hay
un documental latinoamericano en la televisión. Este
canal de información objetiva, plural de lo que pasa en
el continente debe ser faro de referencia para el resto
del mundo. En lugar de ver CNN que pueda verse el canal
latinoamericano. Todo eso se puede hacer, porque existen
el talento, la capacidad, los medios técnicos, el
satélite, pero no hay voluntad política.
A diferencia de lo que nos hicieron
creer, pienso que estamos viviendo una época preciosa,
como nunca antes se ha dado la coincidencia de varios
gobiernos de espíritu y proyección progresista que
ayudarán a impulsar mucho más el continente. Creo que
los tiempos marchan a favor nuestro. |