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El cuento de La Jiribilla
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EL JUEZ
Abel Prieto
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K. comprendió que la regla más importante
para un acusado debía ser
no dejarse sorprender nunca, no mirar a la
derecha cuando su juez se
encontrase a la izquierda, y era precisamente
aquella regla la que
volvía a quebrar una y otra vez.
(El proceso, cap. VII) |
Katia había cometido
un pecado menor con su novio, en las últimas lunetas del
Ambassador. No sintió placer, y lo hizo más bien por
complacerlo a él; pero su abuela se enteró y decidió
llevarla ante el Juez.
Katia, por supuesto,
nunca supo de qué trataba exactamente la película de
aquella tarde fatídica. El novio la había escogido por
su remota nacionalidad y por lo que decía el periódico
acerca del profundo contenido histórico-social del tema
y la belleza y humanismo de su mensaje, con lo que
parecía garantizado un cine vacío y discreto, propicio
para los enamorados. La presencia de una vecina
delatora, alrededor de las seis de la tarde, en la
tiniebla del Ambassador, seguiría siendo un enigma
indescifrable hasta el final de la vida de Katia.
Pero cualquier
indagación sobre el papel de la casualidad en los
destinos humanos, dejaba de tener sentido ahora. La idea
de comparecer ante el Juez llenaba de pavor a Katia, que
desde niña había oído hablar de Él y de su espada
justiciera. La leyenda describía el proceso como un
trance espantoso, dificilísimo, que hacía sollozar a
matones curtidos y caer de rodillas, desmoronados, a los
soberbios. La mirada del Juez —decían— iba al fondo,
raspaba las últimas membranas de la gente con una punta
de metal blanco y duro; iba al fondo, y más, más al
fondo, donde la gente esconde lo que ni siquiera se
atreve a pensar, donde la gente no tiene armas, ni
ropas, ni justificaciones: allí entraban, como dos
cuchillos inclementes, los ojos del Juez; allí herían,
sajaban, despedazando lo blando y corrupto del hombre,
para limpiar el terreno y abrirle espacio a la
Sentencia.
Katia lloró y lloró
toda una tarde: primero entrecortadamente, sin mucho
ruido, como esas mujeres contenidas de las películas que
pretenden darse su lugar; luego le fue saliendo una
perreta de niña malcriada, que poco a poco se disolvió
en su llanto, el apropiado, el llanto de su edad, en el
largo gemido de la adolescente que no quiere ser
juzgada, que daría cualquier cosa por no exhibir sus
faltas ante el Juez. Intentó disuadir a la abuela con
ruegos y promesas, pero la vieja estaba resentida: en la
cara, superpuesta a la amargura cotidiana, se le había
formado una máscara de reproche. Sentía que Katia había
defraudado la confianza depositada en ella, y que, si no
se la atajaba a tiempo, terminaría como cualquiera otra
de las muchachitas perdidas del barrio. No había más que
hablar: el sábado irían a ver al Juez.
Y hasta el sábado la
vida de Katia fue un martirio. En ningún momento se le
apartó un sobresalto de la boca del estómago y soñó
todas las noches con el Juez, un hombre de cuello y
corbata, con espejuelos de armadura metálica, que unas
veces llevaba el rostro endurecido de la abuela y otras
el ceñudo y cruel del profesor de Química. En estos
sueños, el Juez nunca llegaba a hablar; lo que hacía era
aclararse la garganta, con un sonido áspero.
El sábado llegó, sin
embargo, como si fuera un día ordinario, y salieron
después de almuerzo. Para el camino la abuela llevaba
panes con bisté, unas naranjas, café y caramelos, y para
el Juez (decían que era muy dulcero) un pudín sembrado
de pasas. Cruzaron el Puente de la Lisa bajo un sol
vertical, que se ensañaba en los paseantes, y allí
esperaron la primera guagua.
Katia, por los
nervios, estaba muy conversadora. Habló del Pre, de los
exámenes, de cómo el profesor de Química había puesto
una prueba de control sobre los números cuánticos y cómo
nadie en el aula, ni los abelarditos más eminentes,
entendían aquello, y la prueba había sido un desastre.
Iba a explicar más en detalle la catástrofe, y sus
consecuencias para la promoción general del grupo,
cuando un vistazo cortante de la abuela demostró que el
tema era decididamente inoportuno. Vio, en el chispazo
de los ojos de la abuela, que ahora sólo importaba una
prueba (la de Katia ante el Juez), y que lo único digno
era el silencio.
Tuvieron que hacer
parte del recorrido a pie, a través del Barrio Malo,
donde unos hombres piropearon a Katia y le gritaron a la
abuela que cuidara al pollito, que era de calidad.
Después las estuvo siguiendo un perro grande y negruzco,
de lengua colgante, y tuvieron que apurar el paso.
Bordearon un riachuelo fangoso y, a pesar del disgusto
de la abuela, hubo que atravesar un bosquecito de
enamorados cuando ya atardecía. Allí el olfato
excepcional de la abuela le reveló los olores húmedos de
la hierba y de la tierra, y (en ráfagas) los olores
indescifrables y pecaminosos que subían de la gente
oculta. Las dos evitaron mirar los trémulos bultos que
formaban las parejas en el follaje, y mantuvieron rígida
la cabeza, con la vista al frente, hasta que salieron a
la carreterita polvorienta donde debían esperar la
tercera guagua.
La abuela pensaba en
sus responsabilidades, que eran muchas: la lujuria
andaba suelta por las calles, arañando las puertas
cerradas, y los muchachos ya no aceptaban chaperonas;
exigían que los dejaran solos en los parques, en la
playa, en el cine, entre los arbustos. La abuela
confiaba en que una intervención a tiempo del Juez podía
enderezar a Katia radicalmente, como una cura de
caballo; pero también estaba asustada, aunque no pudiera
confesárselo.
Katia pensaba en el
novio con cierto resquemor. Como si sólo el principio
del viaje fuera suficiente para purificarla, había
olvidado la mayoría de los detalles de su pecado y se
arrepentía verdaderamente (así iba a decírselo al Juez)
de haberse prestado a eso con alguien que no lo merecía:
estaba dispuesta —incluso— a romper con aquel pepillo
superficial y a no aceptar más pretendientes hasta la
Universidad, donde la gente es ya madura y tiene ideas
claras sobre el amor y sobre la vida en general. Todo
eso podía prometerlo ante el Juez y ante la abuela.
Prometerlo de corazón.
Aguardaron casi dos
horas en el descampado, cuando ya empezaba a caer la
noche, y cogieron una guagua triste y desvencijada,
donde viajaban algunos hombres y mujeres de campo con
jabas y gallinas. Katia tenía frío y le pesaban los
párpados, pero la abuela no aceptó que se ovillara en su
regazo. Katia pudo sin embargo pescar un sueñecito,
arrullada por el cancaneo y los resoplidos de la guagua.
Cuando abrió los
ojos, era el amanecer. La abuela miraba por la
ventanilla, y Katia comprendió que había estado velando
todo el tiempo con la misma expresión rencorosa de los
últimos días. Entonces se le hizo más agudo el
sobresalto en la boca del estómago, y una corriente de
angustia —una náusea— le subió hasta los labios: este
reguero de casitas anunciaba el pueblo del Juez.
—Tengo miedo, abuela.
La vieja la miró; sin
decir una palabra, abrió el pomo de café y lo puso en
las manos de Katia.
La casa del Juez
estaba al final de un callejón estrecho, sin asfaltar,
donde picoteaba un gallito quiquiriquí y dormía un gato
amarillo-
sucio. No parecía la casa de un juez: era demasiado
pequeña, de tablas blanqueadas con cal y agujeros en la
tela metálica de las ventanas. La abuela pensó que, sin
duda, la tremenda misión de juzgar a los hombres —por
naturaleza pecadores y torpes— no dejaba tiempo para
ocuparse de arreglar una casa, que es asunto de mucha
dedicación, y (sin saber por qué) tomó en su mano rugosa
y envejecida la manita helada de Katia.
—Hay que esperar
—dijo la abuela—. Es demasiado temprano.
Se sentaron en el
escaloncito del portal, de espaldas a la puerta del
Juez. Katia fijó sus ojos en el gallo que escarbaba
entre las escasas hierbas del callejón: tenía deseos de
vomitar y sabía que si no podía controlarse, si vomitaba
allí, a las puertas del Juez, aquello le daría un toque
grotesco a su comparecencia y a todo el proceso. Y
respiraba profundo por la nariz, que es lo mejor que
puede hacerse para evitar la náusea.
La vieja dejaba
correr la mirada hacia el pedazo de pueblo que podía
verse a la entrada del callejón: había un carro chato y
boquiabierto, al que empujaban maldiciendo unos hombres;
pasaban niños vestidos de escuela y algunos guajiros
despaciosos a caballo. La abuela mantenía consigo la
mano de Katia, la sentía temblar como un pececito
anhelante, y quería darle calor, aunque por momentos
aborrecía aquella mano y sentía un horrible impulso de
alejarla de sí. Sabía que aquel animalito, ahora
temeroso y frío, estremecido ahora en la proximidad del
Juicio, había protagonizado en la penumbra del
Ambassador la Caída de Katia; aquella mano, o su gemela,
o las dos.
Al rato crujió la
puerta: Katia y la abuela, sobresaltadas, se pusieron de
pie.
—Anoche se acostó
tardísimo —dijo la mujer que salía a barrer el portal—.
Estuvieron jugando dominó hasta las mil y quinientas.
—No se preocupe,
nosotras no tenemos apuro —dijo, muy bajito, la abuela,
y la mujer que repartía escobazos sobre las tablas del
portal no dio señales de haberla oído.
La mujer no parecía
la mujer de un juez. Quizás —pensó Katia— podía ser una
criada, o una especie de secretaria que controla los
turnos de los procesados y lo ayuda en la limpieza.
Realmente, tampoco parecía la secretaria de un juez: era
una cincuentona malgeniosa, envuelta a medias en una
bata de casa muy ajada, con el pelo —de un rubio
artificial— agrupado en rollitos de papel higiénico.
Manejaba la escoba sin vocación, como para salir del
paso y cumplir formalmente con el barrido de la mañana.
Su trabajo consistía, especialmente, en expulsar del
territorio de la casa a un montón de cucarachones, que
habían encontrado la muerte alucinados en la madrugada
por el bombillo del dominó.
Durante la limpieza
del portal, la abuela y Katia habían estado de pie, un
poco aturdidas, contemplando la operación como si
quisieran entenderla en sus significaciones más oscuras,
y no advirtieron la llegada de otros aspirantes a ser
juzgados. Sólo cuando la mujer que barría pensó que era
suficiente (aunque podían distinguirse todavía cuatro o
cinco bichos despatarrados junto a la puerta) y echó
antes de retirarse un vistazo a la cola que se estaba
formando, sólo entonces la abuela y Katia sintieron la
presencia de toda una familia en el callejón.
—¿Ustedes son las
últimas? —preguntó con voz débil un hombre alto, pálido,
que llevaba una gorra de la firma Land-Rover.
La abuela asintió, y
Katia fue asaltada instantáneamente por la grata idea de
que había otros pecadores en el mundo; de que la mera
existencia de una cola ante la casa del Juez servía para
aligerar su culpa. Por eso se permitió la primera
sonrisa desde que la abuela le anunciara el proceso, y
se la dedicó afectuosamente a los recién llegados.
Parecían venir de muy
lejos, a juzgar por las jabas y paquetes que sostenían
trabajosamente el hombre, la mujer y los propios niños.
De un primer vistazo, no se sabía cuál de ellos sería el
procesado, o si se trataba de un proceso colectivo. Ella
(regordeta, mestiza) se veía relajada a pesar del viaje,
casi contenta, como si hubiera llegado a Santa María del
Mar y estuviera buscando un poco de sombra para extender
el cuadrado de hule y organizar el almuerzo. Los dos
niños ya habían empezado a descargarse de la
responsabilidad y del peso de sus bultos, colocándolos
en el suelo, ya miraban al gallito, ya despertaban al
gato y recorrían, cada vez más libres, el callejón del
Juez. Toda la angustia de la familia se concentraba en
el rostro blanco-lechoso del hombre alto: él era
evidentemente el procesado, el único pecador del grupo,
el que iba a enfrentarse —desnudo— a la espada de la
justicia. Quizás había traído a la familia para hacerse
acompañar de la risa de sus hijos y de la charla
seguramente frívola de su mujer, pero (¡pobre!) seguía
estando solo frente a la Ley.
Serían las diez de la
mañana cuando el Juez salió al portal. Primero fue su
voz: dio los buenos días con una voz muy clara, muy
limpia, y todos se volvieron hacia él. Katia, la abuela,
el hombre de la gorra Land-Rover y su mujer, todos
pusieron sus ojos en el recién llegado y corearon
tímidamente el saludo de respuesta. Los dos niños
dejaron de jugar y se pararon uno junto a otro, tiesos,
como en atención. El gato levantó la cabeza y enderezó
sus orejas amarillas, mientras el gallo detenía su
picoteo y observaba de reojo la escena.
Era un hombre muy
blanco, trabado, casi gordo, que podía tener unos
setenta años, aunque se veía sólido y muy derecho.
Sonreía sin mezquindad, orgulloso quizás de su buena
dentadura: regalaba una sonrisa cómoda, suelta, que
hacía juego con los ojitos traviesos, algo inflamados
por el sueño. Evidentemente acababa de levantarse: su
pantalón de pijama parecía salido de una botella de
cerveza y le colgaba flojamente de las caderas, la
camiseta de algodón, que servía para completar su
indumentaria nocturna, estaba torcida sobre el pecho de
vellos encanecidos y se levantaba impúdicamente para
mostrar la barriguita descolorida y el ombligo miope. Se
había echado agua en la cara y en el escaso pelo blanco,
que ahora se le pegaba al cráneo y a las sienes, y
exhibía —un poco divertido, al parecer— su gran cabeza
húmeda, casi albina, como una morsa emergida bruscamente
ante una asamblea de pingüinos. Llevaba una taza de
café, y tomaba sorbitos minuciosos, como con miedo a
quemarse, y continuaba sonriendo.
—¿Quién tiene el uno?
—preguntó de repente, con aquella voz lavada,
transparente, que no daba miedo ni hacía llorar a los
pecadores.
Y Katia levantó la
mano como un resorte, como si estuvieran en el aula y
hubieran lanzado una pregunta muy esperada. Y un par de
segundos después, también se alzó la mano de la abuela,
que se arrimó rápidamente a Katia, queriendo significar
que ellas dos venían juntas, que las dos (nieta y
abuela) tenían el uno para comparecer ante la Justicia.
El Juez hizo un gesto
amable de asentimiento y terminó su taza de café,
siempre de pie junto a la puerta, un poco absorto ahora,
pestañeando para acostumbrarse al sol de la media
mañana. Luego manoteó el aire, en lo que podía ser una
seña para que Katia y la abuela lo siguieran al interior
de la casa.
La salita resultaba
un poco asfixiante por el exceso de muebles, las
ventanas cerradas, un cenicero repleto de colillas
malolientes y la falta de limpieza. Había dos sillones y
un juego de sala compuesto por sofá de madera y butacas
gemelas, y en todos los casos la rejilla de mimbre de
respaldos y asientos había sido sustituida por tablas de
plywood. En las paredes colgaban fotos de familia y una
lámina con jinetes y perros que corrían tras un zorro
anaranjado.
Cuando el Juez las
invitó a sentarse, Katia y la abuela tuvieron un momento
de duda. A pesar del estilo afable del Juez, Katia no
dejaba de ser la procesada y de sentirse como tal:
desechó el sillón, en consecuencia, por el laxo balanceo
que lo define, por el relajamiento y el alivio que
proporciona; rechazó también el sofá, por su desmedida
holgura, y —sobre todo— por el hecho de no ser un mueble
individual. Concluyó que para un procesado lo más propio
es quedarse solo con su culpa, en una rígida butaca.
La abuela —con una
experiencia mayor en las batallas de la vida— se
preocupó inicialmente por el sitio que debía ocupar el
Juez, para luego pensar en el suyo y en el de Katia. Sus
razonamientos eran más lentos que los de su nieta, y
así, mientras se preguntaba dónde estaba la marca
secreta que indicaba el lugar de la presidencia, fue
sorprendida por la decisión de Katia en favor de una de
las butacas. Tuvo que precipitar su selección, obligada
por las circunstancias, y acudió a la simétrica opción
que ofrecía, algo más lejos, la otra butaca. Realmente,
hubiera preferido —para las dos— el sofá: estar junto a
su nieta, tan niña, tan indefensa todavía, en el minuto
del Juicio, y recibir parte del resplandor que —según
decían— se desprendía en ese instante definitivo de la
mirada del Juez.
Él se dejó caer en
uno de los sillones, sacó de alguna parte un tabaco
desfigurado, a medio fumar, y trató de encenderlo varias
veces. Ante la inutilidad de sus afanes, se echó hacia
atrás, ensayó una mueca de resignación, exhibió de nuevo
su sonrisa y guiñó uno de sus ojitos a Katia y a la
abuela: y lo hizo con una cierta complicidad, como si el
tabaco negado a prenderse estuviera en realidad
bromeando, y él quisiera dejar claro que se daba cuenta
de todo, que entendía a fondo la jugada del tabaco, y
que no le importaba demasiado perder la pelea por el
momento.
—Miimaaa —llamó el
Juez, alargando dulcemente las vocales, con su hermosa
voz proyectada hacia alguna parte—. Tráemeles cafecito a
las compañeras.
La mujer que había
barrido el portal, asomó su rostro desabrido por la
cortina que separaba la sala del resto de la casa, y
pasó una ojeada burocrática sobre las visitantes antes
de hacerse otra vez invisible.
Después del café —un
café aguado, apócrifo, servido en unas tacitas con el
asa rota—, empezó propiamente el proceso. El Juez no le
prestó mucha atención a Katia cuando intentó,
valientemente, contar la verdad y nada más que la verdad
de lo ocurrido en el Ambassador, aquella tarde que
quería borrar, suprimir, hundir para siempre en el
olvido. Incluso, apenas comenzado el relato, soltó una
risita e interrumpió a la procesada para explicar que le
había traído a la memoria un incidente muy cómico,
ocurrido un montón de años atrás, en el cine Capitolio,
donde estaban implicados un jamonero medio borracho y
una vieja. Luego recordó lo que le pasó al guajiro que
entró por error en un cine donde ponían una película de
vaqueros, y aquella historia le hizo tanta gracia que se
ahogó de risa y logró que las visitantes (Katia primero
y después la abuela) mezclaran unas risas pequeñas y
medrosas a sus tosidos y a su gran carcajada asmática.
En el transcurso del
proceso, que duró una hora y media aproximadamente,
Katia descubrió, en la pared que le quedaba enfrente,
una foto donde aparecía —indudablemente— el Juez, muy
jovencito, bien trajeado, con el pelo abundante y negro
peinado hacia atrás. Había sido un hombre espigado y
bello, del cual sólo se conservaban intactos la sonrisa
y —quizás— el tintineo de los ojos.
La abuela no vio la
foto, de la que luego Katia hablaría a menudo; pero sí
percibió los olores que emanaban del cuerpo del Juez con
una precisión extraordinaria. Primero le pareció que el
aroma principal del Juez, el definitorio, consistía en
una fragancia mixta, agridulce, propia en parte del ron,
y en parte de un agua de lavanda barata que la abuela
conocía bien. Después se dio cuenta de que en el aliento
del Juez el vaho del ron se mezclaba, a su vez, con ecos
de comidas muy condimentadas, con el tabaco y
remembranzas de gárgaras antisépticas. Comprendió,
gradualmente, que de la piel pecosa y blanca del Juez
brotaba también un olor muy particular, que llegaba a
imponerse a pesar de los empeños del agua de lavanda:
cuando pudo separarlo de tantas mezclas, la abuela se
estremeció con la virilidad poderosa, secreta, de aquel
olor, y pensó que se estaba ruborizando.
Lo cierto es que,
tanto en opinión de Katia como de la abuela, el proceso
terminó precipitadamente, y al parecer tuvo que ver en
ello la mención casual al pudín que se hizo por alguna
de las dos, en un momento indeterminado de la
conversación, y que despertó en el Juez un interés
enorme. De hecho, la exposición que estaba haciendo el
Juez acerca de escándalos de diversa índole ocurridos en
salas de cine y de otros lugares oscuros, se vio
interrumpida bruscamente, y hubo que sacar del fondo de
la jaba la fuente de cristal, donde el pudín dormía el
sueño inocente de los dulces caseros. El Juez lo
examinó, goloso, chasqueando la lengua, sonriéndole, y
pasó el dedo índice por la superficie del pudín, en una
caricia que justificó alabando su consistencia. A partir
de ahí, fue como si el Juez no pudiera concentrarse en
la continuación del proceso. Se alisaba sus pocos pelos
blancos con las manos, aceleraba el balanceo del sillón,
miraba de reojo la fuente de cristal que la abuela había
colocado en una mesita, y trataba de hilvanar unas
cuantas palabras sin encontrar el hilo salvador. Katia y
la abuela, simultáneamente, percibieron en él una
dispersión, una impaciencia que no podía disimular, y
cuando se consultaron con la mirada, coincidieron de
inmediato en que aquello había terminado: era
imprescindible despedirse.
La abuela se inclinó
hacia delante, en ese gesto de los viejos que es un
amago para levantarse y una señal para dar por concluida
la visita, diciendo que no debían robarle más tiempo,
que el viaje de regreso era largo: había sido un placer,
ya volverían por allí...
El Juez aceptó
instantáneamente la propuesta de la abuela: de sus
ojitos desapareció en un relámpago la expresión de
angustia; sus gestos se organizaron, recobraron el
aplomo y el sentido, y regresó a sus labios la sonrisa.
Se puso de pie enseguida, y pudo hacer un nuevo chiste
sobre el camino que esperaba a Katia y a la abuela,
recomendándoles que fueran siempre por la sombrita.
Cuando las acompañaba
hasta la puerta, piropeó a Katia, y también a la abuela,
y se permitió darles unas palmadas afectuosas en las
nalgas. Tocó dos, tres veces, las blandas, declinantes
nalgas de la abuela, y las nalgas redondas y compactas,
las nalgas florecientes de Katia. Ellas no protestaron,
ni se volvieron para mirarlo con reproche. Se
despidieron en el portal, donde todavía reposaban los
insectos muertos, y estrecharon brevemente la mano
pecosa y áspera del Juez.
Afuera, la cola había
crecido. Además del procesado de la gorra Land-Rover, y
de su familia, esperaban unos muchachos jóvenes, que
sostenían entre todos —trabajosamente— una gigantesca
grabadora japonesa; había también un hombre bien
vestido, apoyado sobre su automóvil, y una mujer de
aspecto intelectual, un poco hombruna, que roía
ansiosamente el extremo de un bolígrafo. En un rincón,
abrazados, hacían la cola un negro joven, muy joven y
muy negro, y una vieja, muy blanca, disfrazada de
pepilla.
Katia y la abuela se
abrieron camino, pidiendo permiso, con ese aire de
superioridad, con ese paso rápido y seguro de los que ya
salieron del sillón del dentista y cruzan ahora frente a
los infelices que aguardan su turno. La gente de la cola
alzó la vista y las vio atravesar el callejón, juntas y
erguidas, y perderse por una esquina del pueblito.
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