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LA crónica

DEL CABALLO AL ORDENADOR

Amado del Pino
| La Habana

Cuando pasen– así de rápido y como quien no quiere las cosas- un par de décadas, los viejos de para entonces podremos contar, entre las antigüedades de nuestra memoria, que alguna vez recibimos cartas con palabras en el sobre para asegurar que llegaran a nuestras manos. En mi infancia la idea de correo remoto o rudimentario tenía poco que ver con la paloma mensajera. Tal vez porque esos animales estaban demasiado cerca, bajaban a ratos a comer con las gallinas del patio y las cazábamos con tiraflechas para gozar de su carne escasa y exquisita. Más fuerte fue la imagen de jinetes fogueados y caballos de “refresco” con los que abuelo refería el legendario transcurrir de las grandes noticias.

Al centro del pequeño Tamarindo, el Correo era toda una institución. Su portal, elegante si lo comparamos con las casas vecinas, parecía advertir que allí se entraba para algo trascendente o, al menos, importante. Los de mi zona rural llegábamos siempre que se iba al pueblo a cualquier otra gestión y preguntábamos si había carta para “Las Margaritas”. De ese modo ejercíamos como una función de correo secundario a la vez que nos enrolábamos en  una solidaridad un tanto promiscua, pues alcanzándole al vecino las letras familiares, obteníamos (por carambola, de ñapa o refilón ) datos tales como quién le escribió y desde dónde.  Nuestro paraje no era muy intrincado y rara vez se acudía a esa forma de información radial frecuente en las zonas orientales. Allá en las montañas un amable locutor advertía sobre visitas, defunciones o nacimientos. Cierto narrador deportivo de la región de Bayamo aprovechó el apogeo de un partido de Béisbol para hacerle llegar a su hijo un telegrama corto y puntual. El hombre describía un batazo de “jonrón” enorme y, entre el ruido ambiente de los aficionados, advirtió a su descendiente...: “El juego se ha empatado a cinco... y tú, Juanito, baja el jarro de la leche  que dejé el fogón encendido”.

Disfruto especialmente los libros de correspondencia de los grandes autores. En las cartas personales laten angustias, querellas o inquietudes que no se permiten en las obras encomendadas al reino de lo público. Claro, que las cartas de un escritor casi siempre hacen pensar en una vocación de comunicación tan firme que nunca excluyeron la posibilidad de pasar del destinatario íntimo a la compartida letra de imprenta. Muchas veces decimos que en el futuro desaparecerá este tipo de libros junto a los sellos y los carteros. La única esperanza es que del mismo modo que muchos intelectuales guardaban copias de papel carbón (otro elemento en vías de extinción) o archivaban lo recibido, ahora habrá quien preserve amorosamente parte de su buzón electrónico o lo copie en un formato más vinculado a la posteridad. Se dice que el email tiene más de telegrama por su inmediatez y ligereza. Sin embargo, en algún momento he escrito o recibido largas, oportunas, certeras cartas a través de la pantalla del ordenador. El todo parece seguir estando– como en los tiempos del caballo o el telégrafo- en encontrar a alguien con ánimo y fervor para acompañarte desde la palabra lejana.
 

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