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DISIDENTE DEL MUNDO
Omar Valiño
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La Habana
Fotos:
Enrique
de la Osa
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Galería de imágenes de la obra
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Sáqueme los ojos y me volveré vidente.
PASOLINI |
Hay vidas
desgajadas de su muerte, vidas, la mayoría, en
las cuales la muerte viene a ser el accidente
inevitable, sin relación directa con la existencia
vivida, acaso solo la conclusión de ciertas enfermedades
heredadas o adquiridas. No es el caso del poeta,
cineasta y periodista italiano del pasado siglo, Pier
Paolo Pasolini.
Michel Azama devela en el título
esa vocación de su texto, seguida con fidelidad por el
espectáculo. Estaremos frente a una existencia humana,
recorriendo estaciones que penetran la vida y la muerte
de un hombre. Sí, la vida y la muerte en una conjunción,
en una cópula, tan terrible como inevitable.
Carlos Celdrán nos coloca frente a
un paisaje artificial, hermoso, despojado, con las
reminiscencias de un set cinematográfico que intenta,
casi siempre, poner a su protagonista en el centro de
una lente dibujada en el suelo “arenoso” del aserrín. La
lente como microscopio, con cierto afán de laboratorio y
al mismo tiempo cita del mecanismo a través del cual
intentó Pasolini pergeñar su conocimiento del ser
humano. Aparece en el piso, pero en el montaje es como
si se fuera levantando para dejar abajo, desnudo, ya
lejos, ya cerca a Pasolini, para obsequiarnos, mediante
esta persona-personaje, el montaje teatral cubano más
importante de los últimos años.
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Tales estaciones se suceden en
cuadros. Dispuestos linealmente, aparentan, por
equilibrio y perfección, ser “copiados” de la realidad,
de la biografía del protagonista. No es cierto. Aunque
siguiendo, de alguna manera, una pauta cronológica,
explicitada en el texto, Michel Azama ha fundido
pasajes, encuentros, aseveraciones, intercambios entre
los personajes con el afán del biógrafo que intenta más
penetrar el alma de su “objeto” que colocarnos frente a
una hagiografía. Sintetiza, no obstante, entre ambos
“polos”, una gran cantidad de información y,
efectivamente, indaga con profundidad en las
contradicciones de Pasolini y su tiempo.
Cuando la lente se abre, mediante
las luces que iluminan el espacio, se escucha el sonido
del mar rompiendo en la orilla. El cadáver de Pier Paolo
Pasolini yace en un terreno cerca de Roma, baldío como
la tierra que registró en alguna de sus películas. Es 2
de noviembre de 1975. El Juez (por un José Luis Hidalgo
cortante, preciso, dominante), duda ante las evidencias
de que su asesino, José Pelosi, cometiera solo el
crimen. De hecho, se subraya ese solo contra Pasolini
como un leitmotiv que será convertido en su
contrario todos contra Pasolini. Caleb Casas en
Pelosi registra con excelencia el aturdimiento, el peso,
algo real, algo cínico, del culpable manipulado por
fuerzas que desconoce o también del muchacho, si bien
marginal, asustado por la magnitud del acto cometido.
El segundo cuadro (como todos,
presentado por la Narradora, a cargo de Ileana
Rodríguez, quien no supo siempre dominar en su emisión
vocal el papel de la no-actriz), trae la ríspida
conversación entre Pasolini y el militante del Partido
Comunista Italiano que viene a comunicarle su expulsión
del mismo. Determinada esta por la acusación, incluso de
dominio público, de incitar a jóvenes a tener sexo con
él, Pasolini la rebate reclamando a la filosofía y
práctica comunistas alejarse de las mismas concepciones
de la Iglesia. Reniego de los moralistas que han
convertido el comunismo en un catolicismo tan aburrido
como el propio catolicismo, dice. Como en otros muchos
momentos, zonas como estas dejan abiertas excelentes
puertas al debate, un debate de ideas profundísimas que
el espectáculo procura como uno de sus centros. Por eso
es lícito observar Vida y muerte de Pier Paolo
Pasolini, como teatro de ideas.
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El protagonista, encarnado
por Alexis Díaz de Villegas, entierra con furia las
cenizas de su carné ardiendo y jura, amasando su
convicción con ese poco de tierra entre las manos e
invocando a su hermano muerto, seguir siendo comunista
para toda la vida, mientras escuchamos el imponente
Réquiem mozartiano. Hidalgo se desdobla aquí como el
Miembro del PCI que “viene en personaje” de expulsor,
con asco, tan real como fingido, por la falta cometida
por el otro. Alexis comienza a dibujar con particular
fineza esa encarnación distanciada que antes
subrayé, pues no hay término mejor para describir el
arte del actor.
A continuación, Pasolini y su
madre, en la figura de Ileana Rodríguez, esperan en la
estación el tren que los sacará de su pueblito y los
llevará a Roma. La luz acentúa el círculo sobre ellos
para recoger la atmósfera íntima de la larga confesión
de Pier Paolo sobre lo que ha sido su vida hasta allí.
Se duele de dejar atrás la tumba de su hermano y el
equilibrio con que se describe a sí mismo, que ya no
encontrará jamás.
Salta a la ciudad al ritmo de un
jazz intenso y se va a las calles, reconocida ya su
condición homosexual (de esas cosas no se habla, dirá
Ninetto más tarde), a “cazar”. La puesta regala aquí una
escena para la antología del amor en el teatro, de
seguro, coincidiendo con Eugenio Barba, el sentimiento
más difícil de representar. Todos los tics, todos los
gestos de toma y daca de la conquista; la ingenuidad, el
deseo, la juventud y la belleza de un lado, la astucia,
la madurez y el poder de la palabra de otro, se tejen de
forma brillante por Fidel Betancourt y Díaz de Villegas.
Fidel marca su despreocupación juvenil, su desperdicio
de energía, también su seguridad de lo que busca y
quiere. Alexis registra el impacto causado por el
muchacho que se convertirá luego en la relación más
duradera del cineasta. El actor nunca asume como
estereotipo la condición homosexual de su personaje. Es
delicado cuando tiene que serlo, fuerte cuando así lo
exige la situación, todo ser humano antes que hetero u
homosexual. En medio de la escena Pasolini se
autodefine: es Pier, Pedro el señor y Paolo, Pablo el
marginal. Quienes disfrutamos de su cine, sabemos que
este contrapunteo es entonces orgánica consecuencia de
su personalidad. Al final de aquella, con las notas de
Bach en un clavicordio, Ninetto ha estimulado en Pier
Paolo también la pasión del escritor, quien convierte el
hecho en literatura.
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En los cuadros quinto, séptimo y
décimo, asistiremos a las sesiones del Tribunal.
Pasolini permanentemente juzgado por sus libros,
escritos periodísticos y películas. Él mismo señalará en
algún instante el dato: treinta y tres procesos en
veinte años. De la repetición saca Azama la simetría de
estos juicios. Celdrán la refuerza en el escenario,
sobre todo, mediante la utilización del actor Francisco
“Pancho” García en los distintos roles “secundarios” de
ellos. Así, primero, un concepto: el personaje acusador
acecha a Pasolini transfigurándose sin parar, como en
una pesadilla. Después un actor en plenitud de
facultades. Pancho crea máscaras y gestos: el
diputado Pagliucca con sus cabellos erizados, su tono
melodramático con el que acentúa que vive de su
historia; el Profesor Semerari con su boquita estirada y
su afeminamiento; el adusto Fiscal de Roma con su
severidad y comedimiento hasta que Pancho lo hace
explotar frente a Pasolini en una perfecta modulación de
energía, de la cual hace gala en todos sus papeles, al
igual que de un toque de comicidad necesario a las
oscilaciones del drama.
Frente a las máscaras y las
torceduras morales y jurídicas de estos juicios, tras el
afán de doblegar al protagonista a cualquier costo y
convertirlo en víctima, se alza la entereza ética de
Pasolini. No le podían perdonar su crítica feroz a la
hipocresía social, a las estructuras de poder
capitalista y su ideología fascistoide en la Italia
represiva de los 60; tampoco su celebración del
homoerotismo y los derechos del cuerpo, ni la denuncia
al envejecimiento del PCI, a la corrupción del sistema
político… En definitiva, a la plena libertad del
individuo, menos dentro de una cultura de izquierda como
la que él proclamaba. Así Vida y muerte de Pier Paolo
Pasolini puede leerse también como teatro político,
si tal término no entraña, aparte de una redundancia, el
reflejo condicionado de lo que este fue antaño. Ante él
se hace inevitable pensar, por ejemplo, en la mascarada
ya habitual de la política italiana cuyo más acabado
producto es Berlusconi; en el renacimiento del fascismo
y las tendencias filo-fascistas a lo largo y ancho del
planeta; en el fracaso de la anticuada concepción
socialista que se derrumbó con el Muro de Berlín; en
cuánto de pertinente sigue siendo esa crítica entre
nosotros cuando, en nombre del socialismo, se empeñan en
coartar la libertad del sujeto; en los también
asfixiantes años 60 cubanos agrisados por la persecución
contra el homosexualismo y otras “taras” burguesas. En
este sentido, el espectáculo tiende resistentes hilos
hacia la platea porque toca puntos muy álgidos de la
memoria nacional y del teatro en particular. No resulta
así una puesta en escena solo saludable por su excelente
resultado artístico, su sensual equilibrio, su
conseguido “naturalismo poético”, sino viva en su audaz,
radical y quemante actualidad.
El sexto pasaje nos devuelve a un
Pasolini en la calle. A diferencia del cuadro donde
descubría a Ninetto, está ahora en medio del mercado del
sexo. Debió ser este el primer tope en vida con Pelosi.
Cuando se auto presentan, Caleb Casas acierta en un
gesto del personaje que denuncia que conoce a Pasolini,
como al final nos confirmará. No sabemos si ya tiene el
“contrato” para matarlo o esto vendría después. Casas
asume de manera consistente al cínico y desenfadado
marginal.
Un Pier Paolo existencial nos
presenta el octavo cuadro. Apocado, confiesa su ansia de
otra vida, en la que pueda asumir sin tantos sobresaltos
el correr de los días. Fija en los campesinos una visión
un tanto utópica de esa cárcel cotidiana que él mismo no
querría romper. Como Fausto, no logra hacer un pacto con
el mundo.
Pero todo locura creativa lo vemos
en el siguiente fragmento. Carlos Celdrán convirtió un
monólogo del protagonista sobre apreciaciones
cinematográficas en una vívida filmación en Cinecittá.
Recrea los planos de su película Teorema, María
Callas canta. Me importan una mierda las reglas del
cine, dice, y añade: Creo en los milagros del hombre,
del poder disimulado que tiene.
Teorema es la película que
desata todos los rencores del Fiscal. Pasolini le espeta
que jamás encontrará en el arte la verdad preestablecida
en las comisarías. Yo busco, afirma. Le pregunta, ante
la insistencia acusatoria que inquiere por las razones
del filme, ¿De la que yo hice o de la que usted vio?,
interrogante que debería hacérsele a todos los censores
de arte. Después realiza una denuncia política frontal
contra la Italia que ve podrirse, ante la cual el Fiscal
le amenaza: Encontraremos una mordaza a su medida.
Cuadro IX. Apartamento de Pasolini.
La partitura de Alexis es perfecta. Siempre la misma en
sus detalles de miradas, gestos, intenciones, creciente
en su ensanchamiento de motivos, comprensiones, ideas,
plena en espiritualidad y capacidad de comunicación,
trasmite todos los registros del alma humana, sin duda,
la mejor actuación del teatro cubano en muchos años.
En esta escena enfrenta la
disolución de su relación con Ninetto. Este, cansado de
agresiones y seguramente del paso del tiempo, quiere
otra vida. Reprocha a Pier Paolo su superioridad, su
tristeza, su inconformidad con todo. En preciosos
parlamentos Pasolini se explica: quiere al hombre como
centro de todo, tal como los pintores del Trescento.
Cuenta sobre su hermano traicionado por sus compañeros
de la Resistencia, asesinado por muchachos de dieciséis
años, como aquellos calificados como menores para el
sexo. Desata todo su pensamiento antiburgués, su desamor
por los bienes materiales. Se siente como un nómada, un
expulsado, un disidente del mundo, la minoría de las
minorías.
Demasiada inquietud roba fuerzas,
susurra, por eso no se conforma con haber llevado
ninguna de sus obras a término. Expulsa a Ninetto y en
un rapto de locura la emprende contra todas las cosas,
excepto con la máquina de escribir, una de sus armas.
Esa imagen recuerda el cuadro El intelectual, de
Pogolotti. El hombre asaeteado por todas las angustias
representadas en la muerte.
La respuesta será anunciada en el
próximo pasaje. Pasolini delante de la madera de una
mesa que enuncia un paredón. Preparará Saló, una
película única de la historia del cine, tan viva como
las aberrantes torturas a los prisioneros iraquíes en
Abu Grahib. Alexis Díaz de Villegas dice ese monólogo
con una fuerza que asusta. Alcanza a irradiar todo lo
vomitivo que Pasolini pondrá en el filme para denunciar
el fascismo corriente, es el cenit de su personaje.
Invoca a la madre. No me quiero morir, grita.
Final. De la violencia artística a
la violencia del sexo. El ámbito de la escena primera,
la inminencia de la muerte. Intercambios brutales. Se da
cuenta de que ha caído en una trampa. Por un instante se
previene, pero ya hace mucho que ha perdido el miedo.
Los golpes. El informe judicial: el corazón
explotó.
Del equipo de realización de
Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini
Diseño de vestuario: Vladimir
Cuenca
Diseño de escenografía: Alain Ortiz
Diseño de luces: Manolo Garriga
Nota:
Algo más de un mes atrás culminaba en el
Noveno Piso del Teatro Nacional la extensa temporada
de estreno de Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini,
del dramaturgo francés Michel Azama, con puesta en
escena de Carlos Celdrán y Argos Teatro; todo un suceso
de repercusión pública. Si me he demorado en ofrecer mi
visión del montaje es porque quise acompañarlo
a lo largo de las numerosas funciones. Este texto, y
otros en torno a su proceso, aparecerá en tablas
3 de 2004, de próxima aparición. |