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CUBA, 1960: EL ROSTRO, EL ALMA
Y UNA VIEJA PROFECÍA HEGELIANA
Quien intente tomar el pulso de la vida
y del pensamiento en la Cuba revolucionaria de aquel
sábado que fue 9 de julio de 1960,
probablemente coincidirá conmigo en que
compartimos un privilegio: la observación de un
fascinante instante en que un mundo en retirada
intentaba convencerse a sí mismo de que nada
extraordinario ocurría.
Eliades
Acosta Matos |
La Habana
El 9 de julio de 1960 La Habana y toda Cuba seguían
siendo la arena de una lucha silenciosa, el escenario de
una porfía nunca antes vista en la Isla que continúa
marcando el ritmo de nuestras vidas, transcurridos 44
años. En abrazo estrecho, confundiendo todas las
certezas, trastocando todos los manuales, desmintiendo
todas las predicciones, dos mundos y dos culturas
compartían el mismo espacio caótico, impredecible,
desconcertante de una Revolución que buscaba su
rostro definitivo en el espejo, al que la lucha diaria
por su sobrevida le permitía apenas asomarse.
Quien intente, como he intentado yo para este encuentro,
tomar el pulso de la vida y del pensamiento en la Cuba
revolucionaria de aquel sábado que fue 9 de julio,
probablemente coincidirá conmigo en que
compartimos un privilegio: la
observación de un fascinante instante en que un mundo en
retirada intentaba convencerse a sí mismo de que nada
extraordinario ocurría, mientras el que le sucedía no
tenía aún conciencia del prodigio de su propio
nacimiento.
Pocas veces en la historia de las revoluciones se podría
documentar un instante semejante, con tal abundancia de
información como la que disponemos y no utilizamos los
cubanos. Quizás en los momentos iniciales de la saga
blochevique auscultados y conservados para siempre en
los afortunados Diez días que estremecieron al mundo,
de John Reed, o en algunos relatos de la revolución
mexicana pudiera hallarse la abundancia de matices e
historias secundarias , intuidas pero no escritas, como
las que esperan por nosotros en las bibliotecas y
archivos del país.
Nada agradecería más la propia Revolución que esta leal
labor de restauración de sus colores primigenios y de
reconstrucción de sus enormes energías iniciales.
En los albores del siglo XXI, urge redescubrir el saber
que permitió a los antiguos la hazaña alquímica de
revolucionar las injusticias sin el sacrificio de la
libertad, y reencontrar la doctrina herética que hacía a
un pueblo combatir al enemigo, sin temor a morir,
mientras disfrutaba de los placeres de la vida, de todos
los placeres de la vida, incluidos aquellos que
presagiaban el paraíso, como eran, por aquel sábado 9 de
julio en La Habana, bailar con la Aragón y Benny Moré,
presenciar un espectáculo de la Ópera de Pekín o leer la
Breve Antología, de Rabindranath Tagore que el
Consejo Nacional de Cultura acababa de publicar, con
traducción de Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez.
Es temerario volar a ciegas, sin la cartografía de la
memoria. Los que quieren recolonizarnos mañana apuestan
por borrarnos el ayer: quieren que olvidemos lo vivido.
Nos juran ahora que todo fue un sueño, una fantasía, de
la que debemos despertar, al fin, para ser aceptados de
vuelta al redil, cabizbajos y arrepentidos. Nos aseguran
que la rebeldía es un mal negocio, y nos ponen de
ejemplo los indicadores macroeconómicos de Singapur y
Taiwán. Nos demuestran, con la elocuencia de Carmelo
Mesa Lago y Rafael Rojas, que nunca vivimos lo que
vivimos en los 60, porque antes de eso, mucho antes,
éramos felices y no lo sabíamos.
Eso nos dicen hoy. Vayamos a lo que dicen las
escrituras.
CUBA: EL ROSTRO
El domingo 3 de julio de 1960, a las 6.00 a.m., y tras
una tormentosa jornada de debates, el Senado de los
EE.UU. aprobó por 32 votos a favor y 24 en contra una
ley que retiraba a Cuba la cuota azucarera. Quedaban 856
mil toneladas de azúcar cubana sin comprador, gracias a
lo que el pueblo pronto calificó como “Ley Puñal”. Al
día siguiente, un titular del periódico Revolución
sentenciaba: “ Un 4 de julio, como para que no olvidemos
los cubanos”.
El miércoles 6 de julio, tras reunión urgente del
Consejo de Ministros convocada el día anterior en
Palacio por el presidente Dorticós, se conoció la
aprobación de una ley que concedía al estado cubano
facultades para nacionalizar propiedades extranjeras. El
pueblo la denominó “Ley Machete”. Revolución
proclamaba: “Machete contra puñal. Cuba se defiende con
una ley de nacionalización de la artera puñalada de
EE.UU. que nos roba 856 mil toneladas de la cuota
azucarera”.
Esa misma noche, en un acto en la CTC, Fidel
sentenciaba: “Nos arrebatarán la cuota, pero no podrán
arrebatarnos la libertad”, y convocaba al pueblo, el
domingo 10 de julio, a una concentración frente a la
terraza norte de Palacio. Era el arma de que disponía la
Revolución, pero de manera inesperada se ponían sobre el
tapete otras armas. Jruschov anunciaba en la clausura
del Congreso de Maestros, en Moscú: “Si los Estados
Unidos atacan a Cuba, la artillería internacional
teledirigida de la URSS entrará en acción, en defensa de
Cuba”.
En México, la Comisión Permanente de Diputados y
Senadores, con el apoyo de los ex presidentes Lázaro
Cárdenas y Emilio Portes Gil declaraba su solidaridad
para el pueblo cubano.
El viernes 8 de julio, a las 9.00 de la noche, Fidel era
entrevistado en la televisión por los periodistas Luis
Báez, Antonio Ortega y Mario Kuchilán. Fidel cerró sus
declaraciones con una exhortación que debió de
estremecer a los sofisticados analistas de inteligencia
norteamericanos por su sencillez y, a la vez, por su
sentido críptico:
“No debemos perder la calma, ni la paciencia, ni el buen
humor: estamos frente a una larga lucha… Nos acompañan
en nuestra lucha la razón, la verdad, el derecho y la
historia… La camarilla que gobierna en Estados Unidos ha
perdido el sentido común.”
El sábado 9 de julio, en su página cuatro, Revolución,
dirigido todavía por Carlos Franqui, anunciaba que un
importante libro había salido a la venta al precio de un
peso, editado por Ediciones Revolución: Cuba: zona de
desarrollo agrícola, de Lisandro Otero. Se anunciaba
que … “redactado de forma amena,… este libro le ofrece
en pocas horas de lectura el equivalente de un viaje de
varias semanas a través de la Isla, para que usted pueda
escudriñar la compleja realidad humana, política,
social, económica y política de los campos de la Cuba
nueva”.
La televisión motivaba comentarios de los críticos,
algunos muy favorables, como el programa “Así era Cuba”,
de una hora de duración, que mostró a Rosendo Ruiz con
su guitarra entrevistado por Odilio Urfé, y acompañado
por María Teresa Vera, Lorenzo Hierrezuelo y el Septeto
Típico Cubano; otro, signado por la polémica, presentaba
a una cantante, que se movía entre la devoción y el
rechazo:
“Enfrentarse a La Lupe —comentaba el crítico— es
enfrentarse a un fenómeno totalmente desconocido e
insospechado. La Lupe canta como jamás se imaginó que
pudiera cantarse, mordiéndose las manos, pellizcándose
los senos, pateando una butaca, golpeando los platillos…
La Lupe se ha adelantado demasiado, de aquí el
nerviosismo que provoca el primer encuentro… Nuestra
posición es defender a La Lupe, el más poderoso
acontecimiento artístico que se produce en mucho
tiempo.”
Conviviendo con La Lupe y sus pellizcos, CMQ anunciaba
para esa noche la obra “Como tú me deseas”, de Luigi
Pirandello, con Gina Cabrera y Homero Gutiérrez,
dirigidos por Amaury Pérez, y la Universidad del Aire,
del Circuito CMQ, anunciaba el programa “El Gran Camino
de los Libros”, dirigido por Jorge Mañach, dividido en
dos partes: la primera sobre el Popol Vuh, a
cargo del Dr. Salvador Bueno, y la segunda, sobre El
Rabinal Achí de los Mayas, a cargo del Dr. José Cid.
Los promotores de la Universidad Popular se veían
obligados a pronunciarse y posponer la transmisión, que
debía ser el domingo 10, para el domingo 17 de julio, en
aras de apoyar la convocatoria que había lanzado Fidel:
“Esta institución, —declaraban los firmantes—… exhorta a
todos los hombres y mujeres dignos a concurrir a la
misma bajo la consigna: TRAIDOR O HÉROE, como disyuntiva
única en este minuto glorioso de la Patria…”
Entre aquellos firmantes se encontraban Carlos Olivares,
Lionel Soto, René Anillo, Ricardo Alarcón, y Odón
Álvarez de la Campa, entre otros.
Se conocía que en la Sala Teatro Municipal de Marianao
se presentaba con gran éxito la obra de Dora Alonso La
hora de estar ciegos, dirigida a criticar la
discriminación racial, y que al terminar la misma, se
abría un debate con la participación activa del público.
La Sala Covarrubias del Teatro Nacional escandalizaba a
los empresarios teatrales que aún quedaban en el país
ofreciendo su magnífico espacio, recién climatizado, a
la Ópera de Pekín y al Conjunto Artístico de China para
presentar a los cubanos “La serpiente blanca”por solo $
0.25 centavos la entrada.
La Habana era escogida por jóvenes teatristas, graduados
de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, para
iniciar una gira por América Latina . La noticia era
comentada en Revolución por Matías Monte Huidobro, quien precisaba: “Esta es una forma más de comunicación
entre los pueblos, que hasta hace poco han vivido
aislados, modo de vivir a medias”. Entre aquellos
jóvenes teatristas chilenos, la mirada franca de Víctor
Jara.
El Mundo, dirigido por Levi Marrero, continuaba a
la manera tradicional anunciando que comenzaban los
Cursillos de Verano del Lyceun y Lawn Tennis Club, con
los correspondientes a Filosofía y Literatura. Se
aclaraba que estos cursillos eran gratis para los socios
del Lyceum, y a $ 3.00 “para señoritas y caballeros
invitados”. No pocas páginas de El Mundo se
seguían dedicando a la crónica social, que se aferraba a
la vida en una Habana cada vez más extraña para la
burguesía cubana.
En Verde Olivo, órgano de las FAR, dirigido
entonces por Manuel Brugueras, dedicaba la sección “Bien
armados de fusiles y pensamientos” al método para armar
el fusil Garand, y la sección “Sin bala en el directo”
firmada por “El Francotirador”, que no era otro que el
Che, profetizaba, refiriéndose a los planes del
Pentágono para agredir a la Isla:
“Y vendrán matemáticamente a ocupar sus lugares con
precisión de mecanismo de relojería. Qué lástima, qué
lástima tan grande que después de tanto trabajo
esmerado, después de tanto cálculo llevado hasta el
décimo decimal,… vayan a encontrar que todas sus
fórmulas fallan, se tambalean y se vienen al suelo,
porque habían olvidado en la resolución del esquema
cubano un pequeño factorcito, insignificante, sin valor
ninguno, pero que será el que cambiará los sueños del
imperio y convertirá en derrota su fórmula: el pueblo
cubano.”
Otros artículos de Verde Olivo, escritos desde
posiciones clasistas muy claras, daban voz a los pobres
de la tierra, situándose en las antípodas de la crónica
social que aún acogía El Mundo. Se hablaba en
ellos, por ejemplo, de Haití y de Bolivia. En el terreno
cultural, se dedicaba espacio a recomendar, en crónica
de José del Campo, el film de Hebert Biberman “La sal de
la tierra”, al que se calificaba como … “el film que el
pueblo cubano debe ver”, porque “films como este solo
pueden ser rechazados por los que se ven retratados
entre los explotadores”. Se reseñaba también la
presentación, en el teatro Blanquita de “Hiroshima” ante
4 mil espectadores.
Bohemia, dirigida por Miguel Ángel Quevedo (hijo)
a la vez que mantenía anuncios comerciales de productos
cubanos y norteamericanos, y artículos sensacionalistas,
al estilo de “Los grandes dramas de la Biblia”, dedicaba
su editorial a declarar sin ambages: “… la nación que
hace 184 años fue para la humanidad un modelo, ha dejado
de serlo… En las dramáticas circunstancias de 1960, le
toca a la Cuba de Fidel Castro el honroso papel que
desempeñó en 1776 la América de Jefferson, y a la
América de Eisenhower el infortunado rol que ensayó la
Inglaterra de Jorge III.”
Bajo el título de “Despedida de un mentiroso que rehuye
el debate”, Carlos Rafael Rodríguez fustigaba en las
páginas de Bohemia al Dr. Andrés Valdespino por
su constante prédica anticomunista dirigida a
desacreditar a los entonces países socialistas del este
de Europa. Es curioso que en ese mismo número,
Valdespino publicase un artículo dedicado a analizar el
alcance del atentado que acababa de sufrir en Caracas el
presidente Rómulo Betancourt, donde de manera oblicua se
refería a Cuba:… “Si la democracia venezolana se
consolida definitivamente, superando los peligros que la
acechan, se habrá ganado una batalla decisiva para el
porvenir de nuestro continente. Si los enemigos
confabulados contra la democracia venezolana logran
decapitarla,… se abrirán cauces para la infiltración de
ideologías exóticas que, con el pretexto de garantizar
la justicia, acaban enajenando la libertad y reduciendo
al hombre a la esclavitud moral.”
En el número siguiente de Bohemia,
correspondiente al 10 de julio, mientras Martin Rod
denunciaba que la United Fruit Co poseía 1 094
kilómetros cuadrados de territorio cubano, Jorge Mañach
intentaba aplacar a la FEU en sus exigencias de
revolucionar definitivamente la Universidad, afirmando,
más con cálculo astuto que con miopía política, que… “no
hay un conflicto entre la sensibilidad revolucionaria de
los alumnos por un lado, y la insensibilidad o apatía de
los profesores, por otro, sino, a lo sumo, entre los
grados y modos del reformismo”.
Bertillón 166, de José Soler Puig, recién publicado por
Casa de las Américas, era reseñado en Revolución
por Edith Depestre, y en la misma edición José A.
Baragaño publicaba el artículo “La gran prostituta de
Babilonia”, con conceptos sumamente claros para la
época:
“A casi nadie le está permitido escoger a su enemigo;
—escribía— en el caso contrario, el pueblo cubano
seguramente no hubiera escogido su enemigo natural: la
oligarquía norteamericana. Porque lo desagradable en
este combate no es el poderío del enemigo, sino su
naturaleza simplemente asquerosa. No hay más que mirar
los rostros de los dirigentes norteamericanos para
sentir la más profunda repulsión: son el producto de una
decadencia que ha entrado hasta el hueso, que suda un
estado de locura, una degradación definitiva… El
babilonismo que sueña establecer una civilización
milenaria sobre la inicua explotación del hombre por el
hombre,… sobre la degradación de la vida humana por el
capitalismo más feroz, es una contradicción tan grande
con la historia del hombre y con su destino, que no
puede durar.”
El comentarista radial José Pardo Llada, sufría un
atentado en L y 19 , al salir de la emisora donde
trabajaba, y en el cual resultó herido un amigo que lo
acompañaba. Los detenidos pertenecían a una organización
contrarrevolucionaria que dirigía Walfrido Despaigne,
hijo y hermano de esbirros batistianos fusilados por su
participación en el asesinato de 54 revolucionarios en
Santiago de Cuba. Protestaban por el atentado los
profesores de la Escuela de Periodismo “Manuel Márquez
Sterling”, entre ellos Oscar Pino Santos, Lisandro
Otero, Elio Constantín, Guillermo Cabrera Infante, Luis
Gómez Wanguemert y Mirtha Aguirre.
Se estrenaba en los cines habaneros La máquina del
tiempo, y también los 400 golpes, de
Truffaut, Nido de Ratas, y Viva Zapata. El
éxito comercial era El milagro, con Roger Moore,
Carroll Baker y Vittorio Gassman. Pero los productos de
Hollywood comenzaban a tener otra lectura, como lo
demuestra la crítica de Jaime Soriano que publicaba
Revolución:
“Con El milagro se ha producido un milagro al
revés. Como película religiosa es tanto como una
blasfemia; como atentado al buen gusto merece la
execración y condenación absoluta y decididas. Es
difícil concebir mayor acumulación de falsedades, mal
gusto, sentimentalismo barato y desfachatez, en una sola
película, como en esta penúltima superproducción recién
llegada de Hollywood.”
En efecto, la Cuba de aquel 9 de julio de 1960
desconcertaba por igual a amigos y enemigos. Su rostro
buscaba una expresión definitiva. La Revolución que
avanzaba se lo iba a procurar, pero desde dentro,
transformándole el alma.
CUBA: EL ALMA
Aires de revolución, no de reformismo como insistía en
decir Jorge Mañach, azotaban el rostro y cambiaban los
cimientos del país, de sus símbolos y su cultura.
En minutos se deshacían entuertos de décadas, llamándose
a las cosas por su nombre, por primera vez en mucho
tiempo. Así lo sentía el pueblo cuando leía en el
periódico Revolución los siguientes comentarios:
“El general José Miró Argenter fue un héroe de nuestras
guerras de independencia…. Su hijo, el abogado José Miró
Cardona, es un traidor. Se asiló en la Embajada
argentina en la semana transcurrida”.
“ Viriato Gutiérrez estuvo junto a Machado. El pueblo
asaltó su casa y él huyó… La semana pasada, 28 años
después de su fuga, cuatro años después de la
organización del trust fosforero, 40 años después de
estar soportando su tiranía social y económica, Viriato
Gutiérrez fue intervenido por Recuperación de Bienes”.
En efecto, el pueblo sentía que los cambios eran
profundos, no simples modificaciones escenográficas. Y
en retribución, respondía masivamente a la convocatoria
del domingo 10 de julio. Fidel no pudo asistir, por
enfermedad, pero allí estaban sus compañeros y su
pueblo.
En el acto frente a Palacio se concentraban también,
como en una inmensa metáfora, las contradicciones del
momento. Como narra el reportero de Revolución,
en el segundo piso de Palacio, en espera del inicio del
acto, en un mismo espacio físico y al mismo tiempo, era
posible encontrar … “un grupo formado por Joaquín
Ordoqui, Marinello, Lázaro Peña y Carlos Rafael, y más
allá al comandante William Morgan siendo entrevistado
por un corresponsal de la agencia china Sinjua; Faure
Chomón, embajador en la URSS y Faustino Pérez , ex
ministro de Recuperación de Bienes Malversados, junto al
general de la España Republicana Alberto Bayo y al
comentarista Pardo Llada; a Haydée Santamaría, directora
de Casa de las Américas, al Secretariado en pleno de la
CTC, con Noelio Morell, al frente, cerca del ex
presidente Carlos Prío Socarrás…”
Pero la unanimidad reinaba en las consignas que el
pueblo enarbolaba en sus carteles:
“Fidel, nuestra Patria como tumba antes que volver a
manos extranjeras.”
“Comeremos malanga y azúcar, pero miedo no comemos”.
“Donde hay yanquis no hay libertad”.
“Fidel: lo que sea y como sea; estamos contigo porque
estás con el pueblo.”
A las 4.40 de la tarde comenzaba el acto, y era la voz
del Che, entonces presidente del Banco Nacional, la que
proclamaba tajantemente:
“…el mundo está caminando demasiado aprisa para los
cortos pasos de la diplomacia norteamericana…Tienen que
tener cuidado esos hijos del Pentágono y de los
monopolios,… que piensen bien, Cuba ya no es una Isla
solitaria en medio del océano, defendida solo por los
pechos indefensos de sus hijos y los pechos generosos de
todos los indefensos del mundo…”
Y el presidente Dorticós decía, con su pasión y una
dicción impecable:
“Ha llegado la hora de las definiciones para todos los
cubanos… Algunos desertores nos abandonan, por fortuna,
y los que quedan por abandonarnos, ¡que se apuren!, que
la nave de la Revolución cubana navega mejor sin el
lastre de ellos; que hemos puesto proa hacia un porvenir
de libertad y de independencia… Y es hora ya de que
todos respondan a esta disyuntiva final para nuestro
pueblo: ¡ O con la Patria, o contra la Patria!”
El comandante Almeida, jefe de las Fuerzas Armadas, era
quien resumía las esencias profundas de los cambios que
se operaban en el país, y la filosofía de una Revolución
que había llegado para quedarse:
“Si vienen, ¡que se queden de abono en nuestros
campos!... La consigna es ¡Patria o vida, porque vamos a
vivir!”
Todo quedaba dicho.
Las contradicciones que enfrentaba la Revolución en el
terreno cultural y en los demás terrenos, no serían, ni
podían ser resueltas, en aquel ya lejano 9 de julio de
1960. Pero el enunciado del problema era el primer paso
para su ulterior solución. Faltaban ocho meses y siete
días para la Victoria de Girón y la declaración del
carácter socialista de la Revolución, y once meses y
veintiún días para que Fidel, en el Teatro de la
Biblioteca Nacional, pronunciase el discurso que hoy
conocemos como “Palabras a los Intelectuales”:
“Permítanme decirles que la Revolución defiende la
libertad; que la Revolución ha traído al país una suma
muy grande de libertades; que la Revolución no puede ser
por esencia enemiga de las libertades; que si la
preocupación de alguno es que la Revolución vaya a
asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es
innecesaria”.
“Esto significa que dentro de la Revolución, todo;
contra la Revolución nada. Contra la Revolución nada,
porque la Revolución tiene también sus derechos y el
primer derecho de la Revolución es el derecho a existir…
Por cuanto la Revolución comprende los derechos del
pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses
de la nación entera, nadie puede alegar con razón un
derecho contra ella.”
“Estamos pidiendo el máximo desarrollo a favor de la
cultura, y muy precisamente en función de la Revolución,
porque la Revolución significa, precisamente, más
cultura y más arte…”
Hoy, transcurridos 44 años, escrutando el rostro y el
alma de la Cuba revolucionaria de entonces y la del
presente; pulsando las contradicciones palpitantes de
aquel julio de 1960, y el significado de la política
cultural enunciada por Fidel en “Palabras a los
Intelectuales”, resuena con especial acento la vieja
profecía hegeliana hecha suya por Lenin en sus
“Cuadernos Filosóficos”:
“Toda contradicción porta en sí su propia solución”
Valieron la pena las contradicciones, las angustias, los
aciertos y los errores.
Valió la pena tanta esperanza y la voluntad de vencer.
Valió la pena todo lo vivido.
La historia de la década revolucionaria cubana, a la que
hoy se rinde homenaje, así lo confirma.
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